I Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Maníes para Elizabeth

Miguel Ángel Rodríguez Artigas · Montevideo, Uruguay 

Roberto Vignoli, célebre abogado bonaerense, eligió la desmemoria del tren para recordarla: “Al verte aquella noche, sólo atiné a poner maníes en tus manos y decirte: ‘Ojalá fueran esmeraldas’. Nos casamos, pudimos ser felices, pero llegó el dinero. El me dio triunfos con algún magistrado que soslayó la Constitución, pero transformó nuestra cercanía y presente en lejanía y pasado. Todavía es siempre”, suspiró. Al llegar, con prevención ocultó el collar de esmeraldas que, ahora sí, obsequiaría. Ella, repetida en el ventanal, hundía la mirada en el cielo, donde enormes rocas, cual pintura, se detuvieron conmovidas. Roberto, suavemente, encadenó aquel cuello de nieve. Esperanzado en una compartida memoria, ensayó un “feliz aniversario”. Entre los dos, se posó el silencio. Algunas lágrimas se desentendieron de los verdes lagos de Elizabeth. Después, ella habló: “Ojalá fueran maníes”. Apenas arriba, en el cielo, las enormes rocas retomaron su laborioso peregrinar, camino del olvido.

 

Relatos seleccionados

  • Un ciudadano ejemplar

    Joan Béjar González · Badalona (Barcelona) 

    La nieve caía desde el fin de semana anterior. Ciudadano ejemplar, el magistrado había seguido el protocolo básico de prevención en estos casos y el automóvil llevaba las correspondientes cadenas homologadas. Antes de ponerse en marcha, releyó por enésima vez la carta que guardaba en un ejemplar de la Constitución: la irónica despedida de un amante que ahora agonizaba en el maletero. Primero se desharía del bote de pintura con el que le había abierto la cabeza, y el carrito de aquel miserable vagabundo parecía una buena opción...

     
  • El magistrado Sagasta

    Antonio Iniesta Ortuño · Murcia 

    El magistrado Rafael Sagasta quería llegar hasta su coche. Hacía frío y nevaba, pero no podía alejar de sus pensamientos el dolor que arañaba su vientre. Había anochecido y el aparcamiento estaba vacío. Sintió miedo, lo cual no era propio de Sagasta. No del Sagasta que, de joven, apoyó fervientemente una constitución de medidas para la prevención de riesgos laborales. Ni del que se enfrentaba cada día en la sala para ejercer la justicia. Y menos aún del que, en una ocasión, hizo una excepción para ayudar a un amigo que se lo recompensaría generosamente. Una víctima quedó de aquello, una cara que no volvió a ver hasta este día, en que la vio deslizarse furtiva hasta él en el aparcamiento y perpetrar su venganza cuchillo en mano para luego alejarse dejándolo herido. Sagasta contempló cómo su sangre manchaba la nieve como pintura oscura. La justicia, pensó, siempre acaba llegando.

     
  • Enamoradizo

    Jordi Torrents Reynés · Terrassa 

    La acusada tiene una piel fina y unos ojos vivos y centelleantes que conviven con un pelo que, recogido, es todo orden y simetría, un ángel con los brazos extendidos bajo la nieve, líneas rectas de nadadora que sale feliz de la piscina después de ganar los 100 mariposa, una constitución frágil, tierna. Inocente, claro. Con el pelo suelto, aparece el caos, la duda, el mechón rebelde que tapa esos ojos, para convertirlos en desconfiados, en huidizos, en una pintura aterradora, quebrada. Culpable, entonces. Por enésima vez, el magistrado llama la atención al joven y enamoradizo abogado. Le reclama prevención y le recuerda que ya facilitó la absolución de esa asesina en serie que lanzaba miradas de lástima y que, de nuevo en la calle, ya despeinada y sin la coraza que le otorgó un carísimo maquillaje, pudo escoger a una nueva víctima.

     
  • Pequeño poema infinito

    Isidro Catela Marcos · Madrid 

    Llega el magistrado con la Constitución bajo el brazo. La coloca sobre la mesa y al abrirla aparece un libro brevísimo de poemas que estaba escondido, como si fuera un marcapáginas, en la primera sección del capítulo segundo. Me pregunta, entonces, si las jovencitas de ahora conocemos a Federico García Lorca. Algo he oído. Sonríe y me dice que, si además de haberle oído, he llegado a leerle. Equivocar el camino / es llegar a la nieve... O los cuatro muleros, o quizá ese llanto de las cinco de la tarde que recita todo el mundo. No, no lo he leído. Me entrega el libro y me asegura que es la mejor prevención contra el delito que conoce. Me pide que lo lea despacio y que busque entre sus hojas un verso con el que, como condena, pueda llenar de pintura y poesía las paredes del parque.

     
  • Un gran día

    Jesús Fornis Vaquero · Madrid 

    Hoy es un gran día, el día de la Constitución. Un día festivo para todos, especialmente para magistrados, juristas y políticos que lucen sus mejores sonrisas en fotos, cocktails y demás saraos. Yo debía de estar en uno de esos, brindado por la carta magna. Si embargo, ayer mi jefe decidió hacerme cruzar el océano para participar en un pleito contra el departamento de prevención de riesgos de una empresa. Y aquí estoy yo, en un pueblo perdido de la América profunda, con los pantalones empapados por la nieve y conduciendo un Buick de pintura desconchada y chapa herida de muerte. Tras recorrer dos millas repletas de curvas, encuentro el desvío. Una angosta carretera me lleva hasta el parking de la empresa. Desierto, ni un coche. Me acerco hasta la puerta. Un cartel en inglés reza: “Cerrado por fiesta local”. Hoy es un gran día, sin duda.

     
  • Noche de museo

    Ramón Fabián Vique · Buenos Aires (Argentina) 

    El vigilante mira, extasiado, el cuadro titulado “Discusión”. – ¡Válgame Dios! ¡Nada dice la Constitución sobre vender condones en los colegios! –grita el sacerdote. – No sea ignorante –replica el juez–, nuestra Carga Magna es una ley marco; que no hable puntualmente de condones no quiere decir que no los contemple su espíritu. ¡Al contrario! Su espíritu obliga al Estado a velar por la salud de todos los ciudadanos; ergo, debe poner a disposición todos los medios para prevenir enfermedades. – Qué auspicioso resulta –ironiza el religioso– que un ateo consuetudinario como Su Señoría nos hable del espíritu... – Quizás tan auspicioso como que un meapilas como Usted mencione la Constitución –devuelve el magistrado. – ¡Promiscuo! – ¡Retrógrado! – ¡Darwinista! – ¡Comehostias! … – ¿Oyes las voces? –pregunta el vigilante–, ¡esta pintura habla! Acércate. – No deberíamos beber en horas de trabajo –comenta el compañero, mientras ve caer la nieve sobre el patio del Reina Sofía.

     
  • El secreto

    Leonardo Siré 

    Era la muerte. El magistrado Malaquías Roth lo sabía bien, mientras corría desesperado abriéndose paso entre los árboles nevados. El orgulloso hombre de ley había dicho siempre, correr es para el sexo débil, y entendía tarde, que después de los sesenta cualquiera pertenecía al sexo débil, máxime si había asesinos persiguiéndole a uno para matarle. Un instante después el mundo le estalló en pedazos. Un resplandor que vino de quien sabe dónde, bastó para que se desplomara sobre la nieve, mientras la sangre fluía mansa. Había tenido la prevención de cifrar el mensaje, y ocultarlo en una curiosa pintura llamada La constitución. El cuadro estaba en su casa, pero esto sus matadores no lo sabían. El secreto estaba a salvo por ahora. –Si algo me sucediera- había dicho a su hijo –recuerda que la constitución es la justicia, y la verdad se esconde tras ella, defiéndela con tu vida…

     
  • Justicia Blanca

    Joan Iglesias · Hospilatet 

    El hombre de constitución fuerte clavó sus ojos en los del Magistrado. —Yo lancé el bote de pintura Señoría, lo reconozco y me siento orgulloso. La abogada se removió incómoda en el estrado. Su cliente sin la menor prevención y a la primera de cambio desoía su recomendación de guardar silencio. El Magistrado preguntó enseguida: —Pero Sr. Salgado; usted sabía que toda España lo vería y que acabaría respondiendo ante la Justicia por ello, entonces ¿por qué dicho acto?, ¿qué le impulsó a cometerlo? —Señoría; tenía que hacerlo. Por una vez tenía que ver de arriba abajo, al Presidente del Barça, todo blanco como la nieve.

     
  • Crimen ¿Perfecto?

    Ana Sofía De Gregorio Moro 

    El futuro magistrado observó la escena del crimen. Sobre la nieve se percibía un rastro de sangre que se perdía al borde del camino. Como si de un bello lienzo se tratara, alguien había dado los últimos toques de pintura a ese particular cuadro, tapando el rojo carmesí con un manto del más puro blanco. Antes de marcharse tuvo la prevención de borrar sus huellas en la nieve. Alguien le observaba… Llegó justo a tiempo de jurar ante la Constitución su nuevo e ilustrísimo cargo. - Enhorabuena señor magistrado, le dijo una hermosa togada con una amplia sonrisa en los labios. - Gracias, contestó él, haciendo el ademán de marcharse. - Por cierto, dijo ella colocando sensualmente la mano sobre su hombro y señalando con gesto sugerente el cuello de su camisa. - Las manchas rojas no salen bien en las fotos… - Nos veremos pronto, muy pronto.

     
  • Justicia Ciega

    Vicente Küster · Valencia 

    Oigo sus pasos a lo largo del pasillo que conduce a la sala. El sonido preciso de sus zapatos repiqueteando contra el suelo le delata. Un murmullo de gente espera: amigos, familiares, testigos, magistrado, curiosos. Tal vez sea éste el último juicio –presumo– mientras me viene a la mente la pintura Il Giudizio Universale de Miguel Ángel, colgada de la pared del salón donde escribía mi padre. Por fin aparece el letrado. Excéntrico, siempre impecable, con ese aplomo que da la experiencia y con la ilusión renovada de un niño con zapatos nuevos. Otra vez esos zapatos... si me topara con ellos en las antípodas, seguro que los reconocería. De pronto, toda su magia se desvanece. Al aproximarse al estrado, tropieza y cae de bruces. Toda prevención es poca. Veremos qué ocurre. Boston, mi fiel lazarillo, no pierde detalle. Fuera, en el Paseo de la Constitución cae la nieve.

     
  • Arrugas

    Elías Manrique Dorador · Granada 

    Al magistrado Fernández no lo podía ver ni en pintura. Devota como soy de una liturgia impecable en los estrados, soportaba con cierta entereza sus extravagantes quevedos, del todo ridículos sobre aquellos ojos como huevos, y hasta el bisoñé azabache que coronaba unas sienes de nieve. Pero cuando un hilillo de baba se escapaba entre sus dientes al invocar la Constitución y las Leyes, sentía una angustia irreprimible, y se me antojaba tarea de titanes escuchar a letrados y justiciables, y el peor de los destinos dar fe pública de las ocurrencias de tal fantoche. Le aguanté durante años con forzada cortesía hasta su traslado a la Audiencia, que me anunció en primicia. Fue ese día cuando cerró la puerta del despacho en prevención de oídos indiscretos para confesarme a bocajarro su inquebrantable amor otoñal. Mi asco rompió entonces en crueles carcajadas, pero hoy no hago sino mirarme al espejo.

     
  • El Desvío

    Joaquín Valls Arnau · Barcelona 

    Por la mañana se había desplazado en coche hasta la capital, para participar en unas jornadas sobre legislación en materia de prevención de riesgos laborales. De profesión magistrado de lo social y conferenciante esporádico, Don Ramiro Tajada era un jurista de reconocido prestigio, estudioso de la Constitución, apasionado del arte y hombre con fama de circunspecto y cabal. Después de haber visitado una exposición de pintura renacentista y ya de regreso a la ciudad en que residía, empezó a nevar con tal fuerza que apenas si podían distinguirse los límites de la carretera. Llevaba un buen rato sin cruzarse con nadie cuando vio un camino a mano derecha. Decidió tomarlo hasta que fue a parar a un claro del bosque, donde se detuvo. Tras una ardua búsqueda, allí lo encontraron ya entrada la noche, tiritando de frío, dando los últimos retoques a un muñeco de nieve.

     
  • Mi particular suerte

    Rocío Sirvent Pérez · Petrer (Alicante) 

    La suerte me odia; por un maldito atasco no llegaré a tiempo para defender una causa casi perdida. Un poco de prevención y un repaso a la Constitución me habría venido bien. El caso pendía de un hilo y se inclinaría definitivamente hacia el lado de la oposición si un testigo conseguía testificar a favor de aquel fantoche amante de la pintura. Ya estaría en los juzgados maquinando con su abogado la mejor forma para ganarse al magistrado. La cola se desplazó y pude ver el siniestro: era una colisión múltiple y había muertos, o muerto, porque solamente conseguí fijarme en el hombre que, tendido sobre la nieve, no daba indicios de seguir vivo. Era el testigo del acusado, el que le habría salvado de la cárcel y el que me habría hecho perder el juicio. Por fin, la suerte me dedicó una sonrisa que me heló la sangre.

     
  • Profesor de pintura

    José María Bento San Roman 

    Valdeluceros, 1936. Aterido de frío, el profesor abrió los ojos. La camioneta, con las luces encendidas, paró en el arcén y los guardias sacaron a empellones a los prisioneros, agrupándolos sobre la nieve sucia. Tras la camioneta asomaba una ametralladora, colocada en prevención de cualquier fuga. Un cura apresurado y varios falangistas nerviosos completaban aquel cuadro trágico iluminado por la luz del amanecer. Aquella imagen le recordó al profesor una pintura de Millet. Cuando sonaron los disparos y cayó de espaldas alcanzó a ver un trazo de sol en el horizonte antes de que el tiro de gracia lo oscureciera todo. Valdeluceros, 2008, día de la Constitución. El magistrado y el forense firman atestados. Unos jóvenes con piquetas escarban agachados en torno a catorce esqueletos que afloran de la cuneta en extraños escorzos. Junto a unas balas retorcidas y un reloj parado asoma un pincel oxidado y deshecho.

     
  • Un regalo constitucional

    Eloy Serrano Barroso · Madrid 

    El día de la Constitución, el magistrado de lo Penal llamó a su hijo para impartir justicia. “No te lo repetiré. Con la pintura te morirás de hambre. Sólo te pagaré la carrera si estudias Derecho”. El hijo, sin replicar,entregó a su padre un paquete envuelto en papel de regalo. “Es por Navidad”, dijo. El padre levantó la ceja y abrió el paquete con cierta prevención, pues hacía años que no recibía regalos del hijo. Encontró una de esas bolas de cristal que al agitarlas se inundan de copitos de falsa nieve. En su interior, esculpida con una sorprendente habilidad, vio una réplica de él, del famoso magistrado. En la mano derecha llevaba una balanza, desequilibrada por el peso de una cabeza en uno de sus platos: la cabeza del hijo. Con la cara desencajada, el magistrado agitó la bola y una nieve negra cubrió por entero el cristal.

     
  • Raíces

    Ángel Bravo del Valle · Leganés (Madrid) 

    Me propuse investigar mis raíces. Para ello subí en Glasgow a un tren que me llevaría a Inverness. De allí provenimos los Mc Cormick. Busqué mi compartimento y me senté junto a la ventanilla, mientras que daba palmadas con las manos, para evitar el frío de una mañana plagada de nieve. Minutos antes de arrancar la ya humeante locomotora del expreso, un hombre de constitución delgada, con aire de Magistrado, entró en el compartimento. Vestía el traje típico de nuestra tierra. Le saludé cortésmente, sin recibir respuesta. Pero algo me bullía en la cabeza. ¡Sí! El tartán de mi mudo compañero de viaje tenía las pinturas de mi familia. Me levanté hacia él con cierta prevención y, al poner mis manos en sus hombros, sólo conseguí tocar el respaldo del asiento. Me sonrió, y se desvaneció. Iba en busca de mis antepasados y ellos me habían encontrado a mí.

     
  • Levantamiento de cadáver

    Iñaki Arbilla Ruiz · Pamplona 

    '-Suelte la pistola -ordenó el juez, flanqueado por dos policías con sus armas en alto. -Esa puta merecía morir -le espetó aquel energúmeno con la boca del cañón oprimiéndole la sien. -Suéltela -continuó el magistrado, que pese a su gruesa consti

     
  • Equilibrio familiar

    Carlos Arnal Vivas · Villanueva de la Cañada, Madrid 

    Mi padre fue futbolista y mi madre magistrada. La mayor ilusión de ambos era que sus hijos siguieran sus pasos, así que yo decidí hacerme juez de línea. Para mi sorpresa su decepción sólo fue comparable al resentimiento que se guardaron desde entonces por considerarse mutuamente culpables de mi decisión. Por eso con mi hermana pequeña, Nieves, mi madre no quiso correr riesgos innecesarios y, como prevención, decidió abandonar a mi padre al confirmar que estaba embarazada. “No te quiero ver ni en pintura” le dijo al echarle de casa. Por fortuna para ella la débil constitución de mi hermana nunca le permitió realizar grandes esfuerzos físicos, y al final pudo cumplir su sueño de verla terminar la carrera de derecho y convertirse en una abogada de reconocido prestigio. Aunque eso sí, de la defensa, como a mi padre le gustaba recordarle cuando coincidían con secreta satisfacción.

     
  • Aquello frío

    Antonio Carballo Calderón · La Habana (Cuba) 

    El magistrado me exigió no invocar la Constitución sin motivo. Furioso, mirándome por debajo de las cejas, declaró que toda prevención había sido vana, que este servidor era incorregible. «Lo que estamos discutiendo aquí y ahora, caballero, es su irreverente pintura» dijo señalando la obra, colocada de espaldas en un rincón de la sala. «Esta vez me ha pintado usted a mí, desnudo en medio de la nieve. ¿Qué pretende demostrar con tales ofensas?» Sin dejarme provocar, puse a un lado la ley de leyes y le expliqué que todos teníamos no sólo iguales derechos, sino también iguales reacciones, que el calor dilata y el frío encoge… Él negó con la cabeza, mostrando su incomprensión. Entonces señalé a mi defendido y expliqué mi teoría termodinámica: «Este hombre es inocente y nunca pudo, aunque quisiese, violar a la mujer. Observe la pintura y comprobará que usted tampoco habría podido».

     
  • Acto de prevención

    Eugenio Pérez de Lema Carmona · Torrelodones, Madrid 

    La sangre caliente de su última víctima brotaba de una herida en el cuello y deshacía la nieve. Rápidamente un riachuelo de pintura roja se abría camino. Era un color inconfundible, que manchó los botines del asesino mientras murmuraba, si eres juez, cura o médico revisa tu conciencia. Acto seguido introdujo una hoja arrancada de la Constitución en la boca del muerto. La misma tarde los medios informaban ya del espeluznante crimen. Cuatro delitos de sangre en tres meses. Por fin se había detenido a un sospechoso. A puerta cerrada,ni siquiera el abogado de oficio se oponía a la pena capital para su cliente, “es por prevención”, justificaba su falta de ética. No me opondré a que vuestra señoría haga justicia, animaba al magistrado. Lo haré, afirmaba el juez, mientras pensaba que debería eliminar de sus botines unas motitas de un color inconfundible.

     
  • Sola

    Antonia María Galán · Alicante 

    Era una noche de invierno cerrada, con mucho frio ya que la nieve había estando cayendo durante todo el día. Aunque tenía una constitución delgada y menuda, era fuerte por dentro después de todo lo que había luchado por la custodia de hijos. Llegó exhausta tras la exposición de pintura que había estado preparando varios meses. Se preparó el café que solía tomar por la noche acompañando la medicación que en prevención de nuevas recaídas le hacían tomar cada día, pero está vez era diferente, estaba cansada de vivir, de luchar ella sola para demostrar a todo el mundo que pese a su carácter bohemio, desinteresado y su enfermedad era capaz de todo, hasta de morir, si ella quería. Ningún juez ni magistrado le iba a privar de ese derecho. Y así fue como lo hizo: desapareció como vivió, sin molestar y como se lo impusieron: sola.

     
  • Mi hija Lara

    Carmen Reija López · A Coruña 

    Lara, aquella niña de hermosos ojos verdes y rubios tirabuzones, inconformista desde la cuna y dotada de un acendrado sentido de la justicia, siempre había querido ser abogada, como su padre. Por eso a nadie le extrañó que en el patio de su colegio, presidido en aquella fría mañana de enero por un simpático muñeco de nieve, con maneras de magistrado, se erigiera en defensora de Paulita, víctima de una inoportuna bola teñida de pintura roja que impactó en su menuda cara. El agresor, un mozalbete de fuerte constitución que se asomaba a la pubertad, se sabía perdido ante la arrolladora elocuencia de la pizpireta acusadora particular. Sin embargo, tuvo la prevención de evitar el juicio ante la profe de patio y aceptar el arreglo extraprocesal que Lara, como buena abogada, le había ofrecido: cinco chuches diarias para Paulita durante una semana (y una para Lara).

     
  • Arte abstracto

    Isabel Rodríguez Madrid · Córdoba 

    Cuando por fin pude sacar al magistrado de la galería de arte pude respirar aliviada. Todos le miraban atónitos. ¡¨Quién es ese energúmeno?, ¡¨cómo se atreve a decir que eso no es arte¡€™-Arte y un cuerno, son solo extrañas manchas níveas-. Dimos dos vueltas en silencio por la plaza de la Constitución, seguramente le calmaba los nervios retrasar la llegada a casa. Yo no había despegado los labios en prevención del soliloquio que se avecinaba: primero no te gusta ese pintamonas, segundo no piensas dejar que la niña de tus ojos se case con semejante sujeto. El primero en dar la voz de alarma fue el vigilante del parking que se lo dijo al botones, este corrió en busca del secretario. Un cuarto de hora más tarde todos los empleados del juzgado estaban delante del Jaguar de su señoría, ridículamente tuneado con máculas de pintura blanca como la nieve.

     
  • Mal estacionado

    Carles Monso Varona · Barcelona 

    Desde hace seis años vivo en una plaza de garaje en un callejón de la zona alta. Cuando me fui de casa, porque tras cumplir los treinta vivir solo se convierte en una cuestión de orgullo, entendí que el precio de la independencia, más allá de la queja y el gimoteo, pasaba por la búsqueda de alternativas. Vivo en la calle Constitución, calle suprema. El número de mi plaza es el 101, en la planta -1. Duermo entre un Mercedes y un BMW, propiedad de un altitonante magistrado. Ambos son vecinos silenciosos, de pocas palabras y algún rugido. La decoración, lo admito, es sobria pero elegante. Coloqué un sofá, blanco como la nieve, una cama y, en el rincón que quedaba libre, añadí una pintura de decoración. A modo de prevención duermo con mascarilla. El extractor de humos no funciona y la flatulencia de mis honorables vecinos suele ser corrosiva?

     
  • Por prevención

    Alfonso Ruiz Sanchez · Valladolid 

    Mi papá,que es muy listo, me ha dicho que la señora constitución manda mucho. Que es la que más puede y manda del todo el mundo. Que manda incluso más que esa señora de la quinta enmienda de los estados unidos que sale en las pelis y por supuesto, más que ese señor magistrado que vive en el quinto y al que mi papá no puede ver ni en pintura.Se lo he preguntado hoy, que estoy en casa porque no he podido ir al cole con tanta nieve. Mi papá no me ha dejado; dice, que por prevención. Como me aburría he visto que el mando de la play no funcionaba debajo del agua. Pero el aún no lo sabe y no se lo voy a decir, por la constitución, la quinta enmienda y bueno...también por prevención.

     
  • ¡Abogados!

    Carmen Conceglieri Portela · Aljaraque, Huelva 

    Removiendo aquel bote de pintura, decidió empezar a cambiar de color la pared del despacho de su marido. Observó por la ventana al importante Magistrado ,¡cuánto había cambiado aquel alocado muchacho de la Facultad! Comenzó su labor, unas gotas de “blanco nieve” salpicaron la Constitución de tapas de cuero que presidía la mesa. Su sentido de la prevención había fallado. Lamentó haber manchado aquel libro en torno al cual empezaron a girar sus vidas, cambios de residencia y nuevas paredes de nuevos despachos. Mil veces le había repetido su marido que contratase a un pintor, pero ella necesitaba sentir los pies sobre la tierra. Limpió las huellas del crimen. Miró la foto de la orla en la pared y suspiró con media sonrisa: -¡Abogados!

     
  • Nieve artificial

    Claudia Munaiz · Madrid 

    “¿Podría decirnos, si es tan amable, su nombre y el cargo que ostentaba en la empresa?”, pregunta el magistrado. -“Julián García, técnico en prevención de riesgos laborales”, contesta el hombre. -“¿Jura decir la verdad y nada más que la verdad? Si es así, ponga la mano sobre la Constitución y diga -lo juro-". -“Lo juro”. -“¿Podría, señor García, relatarnos lo que vio la tarde en la que desapareció el cuadro “Belleza en la nieve”, de Otto Estrada y valorado en más de doscientos mil euros?”. -“Sobre las ocho y media vi el cuadro en el despacho del jefe. No había nadie más. Entré, lo descolgué y me lo llevé”. -“¿Cómo dice?”. Confiesa entonces haber robado el cuadro? -“No. Yo sólo cumplía órdenes de allá arriba”. -“¿Ah sí?, y qué órdenes fueron esas, señor García?”. -“No volver a ver al jefe esquiando ni en pintura. Pura prevención, ya sabe”.

     
  • Falta de pruebas

    Gemma María Ortiz López · Gijón 

    ¿A qué piso va ? Al tercero- digo mientras pienso como voy a decirles a los padres de Jessica que al final ese impresentable va a salirse con la suya. Al bajar del ascensor me invade el olor de la pintura que impregna la parte del edificio que están reparando, y me recuerda que yo aun no he perdido un caso en esta sala, y tenía que ser este, precisamente ahora que había recuperado mi fe en la justicia. Por los pasillos me cruzo con el magistrado que había llevado este caso, y noto que me mira con pena. Lo cierto es que él no pudo hacer nada, cuando lo dice la constitución son palabras mayores, y ni su cargo ni sus canas color nieve pueden luchar contra eso. Toda prevención fue poca y ahora solo nos queda aguantar su mirada desafiante durante la sentencia. Falta de pruebas.

     
  • Como niños

    Adela Ramos Contioso · Sevilla 

    El día de la Constitución el Magistrado se levantó tarde. Por fin un día de fiesta como Dios manda. Nada de juicios, autos, sentencias ni diligencias para mejor proveer. Nada de inspecciones del Consejo General del Poder Judicial, con su severo inspector al frente. Hoy no me ven el pelo en el Juzgado ni en pintura, pensó al salir a la calle ajustando con prevención su bufanda sobre el cuello para evitar la gélida bofetada del frío y la intemperie. Ya en el parque invirtió feliz la mañana y vio cómo iba tomando forma su ilusionado empeño. Al fin, miró tímidamente a uno y otro lado orgulloso de su gran muñeco de nieve, antes de escuchar detrás del árbol una voz ronca y grave: -Mi muñeco es más grande, y recuerde que mañana giro inspección a su Juzgado…

     
  • Aquel viejo abogado

    Carlos Suárez-Mira Rodríguez · A Coruña 

    Aquel viejo abogado nunca daba un caso por perdido. Utilizaba todas las armas que los Derechos sustantivo y procesal ponían en sus manos. Tampoco le importaban las reconvenciones que a menudo le hacían los magistrados por sus frecuentes excentricidades, como aquella vez que se empeñó en que el instructor ordenara arrancar un trozo de carretera manchada de pintura roja, para él claramente teñida de sangre. Su cantinela favorita “mi cliente está por encima de cualquier consideración” suponía que las diligencias promovidas a su instancia crecieran cual bola de nieve descendente, lo mismo que sus informes orales, expansivos como las ondas de su blanca cabellera. Con él toda prevención era poca, pues a la mínima duda de conculcación de los derechos de su patrocinado, anunciaba, enarbolando vehementemente la Constitución Española, toda suerte de recursos ordinarios y extraordinarios ante los más altos tribunales nacionales y europeos. ¡Qué grande era mi maestro!

     
  • La ruleta

    Francisco Fernández Núñez · Torrelavega, Cantabria 

    La ruleta comenzó a girar y el crupier lanzó la bola. “Treinta y uno, negro, impar, pasa”. El magistrado clavó su mirada de nieve en el tapete y se quedó como alelado. Toda aquella parafernalia le producía escalofríos de placer. A la mañana siguiente, sentado en sala, aún seguía fascinado. Entraron los abogados y concedió la palabra a la parte actora. El joven letrado expuso sus argumentos con entusiasmo aunque con una prevención: no citar la Constitución. Sabía que a su señoría no le gustaba. Sin embargo, el magistrado hoy no escuchaba leyes ni jurisprudencias. Su mente fantaseaba con la ruleta mientras jugueteaba con dos minúsculas pinturas gastadas por el uso, una roja y otra negra. Recordó el zumbido de la rueda, el novamás del crupier al pasar su mano sobre las fichas, y la bola saltando hasta caer en su suerte. Entonces escogió color y garabateó su fallo. Desestimada.

     
  • Rojo Bermellón

    Jose Antonio Botella Muñoz · Regensburg (Alemania) 

    El inspector entró en el despacho y, entre el destello de los flashes, reparó en la cantidad de sangre que había llegado hasta el cuadro situado detrás del escritorio. Los ríos estampados de rojo bermellón añadían un toque escabroso a la pintura que habría querido representar sólo unas cumbres sencillas cubiertas de nieve. Alguien había abierto la ventana para ahuyentar el perfume que deja la muerte después de besar certera a quien visita. En el sillón, el cuerpo del magistrado se había retorcido hasta adoptar una postura imposible, con los ojos muy abiertos y chorreando miedo por la boca. A su lado, encontraron un ejemplar de la Constitución abierta por el capítulo ocho y, en el suelo, un manual de Prevención de Riesgos Laborales donde unos desalmados acababan de añadir el capítulo referente al peligro de ser juez en una tierra imposible.

     
  • Abogado del diablo

    Carlos Talamanca López · Madrid 

    Cuando el cliente entró en la sala dejó un leve olor a azufre, suavizando la peste a pintura del despacho nuevo. La nieve de la cornisa se derritió, pero al abogado le pareció normal: el sol empezaba a asomar aquella mañana. Era un caso difícil, según el magistrado que se lo asignó. Como prevención, había estudiado el dossier, aunque era extrañamente confuso. Cuando el cliente habló, sus palabras denotaban una sabiduría fuera de lo común. Sin embargo, la acusación era grave: instigar los peores crímenes de la historia. En fin, tenía derecho a un juicio justo y a un abogado, en virtud de nuestra Constitución. El letrado no se explicaba que constasen varios nombres en el informe y el cliente le invitó a llamarle ¡®Legión¡¯, haciendo referencia a todos los demonios que habitaban en él. Perfecto. La alteración psíquica de la que hacía gala era, como poco, una circunstancia atenuante.

     
  • Cadáver insepulto

    José Aristóbulo Ramírez Barrero · Bogotá (Colombia) 

    Sigo sosteniendo a rajatabla que este desbarajuste cósmico, este caos monumental que nos agobia, esta nieve en agosto no es consecuencia del advenimiento inminente del apocalipsis, ni secuela lógica por demás del calentamiento global y del agotamiento de la capa de ozono. No, currutacos. Lo que padecemos, lo que se nos viene pierna arriba: la debacle, la ruina es producto de haberle dado muerte a nuestra constitución, de haberle quebrado con saña el espinazo. Ya no es posible dar marcha atrás. De nada servirán las manos de pintura que en prevención del hundimiento de la nao querrán hacerle a nuestra carta magna sus tremebundos y sanguinarios victimarios. No es necesario que los abogados del régimen inventen toda suerte de infamias sobre mí. Fui magistrado de la Corte Suprema. Ya no lo soy. Soy un cadáver insepulto que yace en esta sala gris donde alguna vez impartimos justicia de la buena.

     
  • Imperdonable

    María Pia Toro García · Barcelona 

    Era tan perfecta la constitución física del demandante que el Magistrado no pudo ocultar su envidia. Recordó de nuevo aquel frío día de diciembre en el que la nieve en la carretera le jugó una mala pasada. Supo definitivamente que nunca iba a sobrellevar con elegancia la deformación de su rostro tras el accidente. La cojera no era tan importante, era inapreciable tras el estrado, y la toga ocultaba su cuerpo maltrecho. Pero veía la repugnancia en el gesto de todos aquellos que pasaban diariamente por su sala de vistas, ya fuera partes, testigos e incluso abogados, aunque le hubieran visto otras muchas veces. Una perfección física como la de aquel Técnico de Prevención de Riesgos Laborales no podía tolerarse. Sin duda en su Sentencia ratificaría la procedencia del despido. Era inadmisible que hubiera autorizado la pintura de las paredes de la empresa de color blanco. Blanco como la nieve.

     
  • Receta navideña

    Víctor Machado Carvajal · Las Palmas 

    Para reformar una Constitución siga la siguiente receta: 1. Perciba el sentir popular. Piense y medite sobre qué pide la sociedad española cambiar. 2. Tome una fina brocha bien cargada de la mejor pintura para la ocasión. 3. Como medida de prevención, manténgase ajeno a cualquier crítica política, porque entonces no efectuará cambio alguno. 4. Abra las páginas de nuestra Constitución. Inspire profundo, y dispóngase a colorear esos huecos grises, sobre los que ni el más sabio de los magistrados ha sabido arrojar luz. 5. Por último, déjela secar por otros 30 años y si hay algo que no le ha convencido, diluya lo pintado en el agua de tanta nieve que estos días nos inunda.

     
  • Relato

    Raúl Borondo García · Sevilla 

    Siempre soñé con ser Magistrado. Desde muy pequeño pensaba en ello; mientras los demás niños jugaban con la nieve en los fríos días de invierno, yo me encerraba en mi habitación y leía el Código civil, la Constitución y otras leyes. Durante todo el tiempo estuve enfocando todo a conseguir mi objetivo, estudiando con mayor interés las asignaturas de las que tendría que examinarme en las oposiciones. Fueron años muy duros y de mucho estudio. Por fin logre mi objetivo, y estoy en lo mas alto de la Audiencia. Subido a un andamio - que aunque digan que pasó una inspección de riesgos laborales yo no me lo creo pues es más inestable que los pilares de la Justicia – paso manos de pintura en este insigne edificio. La culpa de todo la tuvo sin lugar a dudas mi memoria, que desde luego nunca fue histórica.

     
  • Paquillo «el corto»

    Roberto López Vargas · Leganés, Madrid 

    Hay hombres que tropiezan dos veces con la misma piedra y otros, como Paquillo, que lo hacen con sus propios pantalones. Un botón mal cosido, unos vaqueros rebeldes que se van a los tobillos en plena fuga, un trompazo morrocotudo contra el asfalto y al trullo con dos medallas, una por tonto y otra por si la pierdes. De nuevo libre, y con una sobredosis de Harry “el sucio” que ríase usted del mismo Clint Eastwood, Paquillo, provisto de un enorme Magnum que ha camuflado en el único libro que ha encontrado a tal efecto, una Constitución, se planta en la casa del magistrado tan listo para hacer JUSTICIA como falto de prevención. Camina con paso firme entre la nieve hasta que, extrañamente, pierde el equilibrio y se golpea contra un enorme bote de pintura tras quedarse otra vez con el culo al aire. Paquillo "el corto" le llamaban.

     
  • El último golpe

    Elena Galán Sagalés · Barcelona 

    A mi cliente le llamaban el Magistrado por sus golpes magistrales. Necesitaba mi pintura de guerra si quería una absolución y dediqué más tiempo del habitual frente al espejo. Me puse unos zapatos negros de tacón alto a pesar de la nieve. No escatimé bultos y en el bolso metí la Constitución. Al entrar le quitaron las esposas. Una deficiente combustión de la caldera provocó que abriesen un par de ventanas. Entró una densa niebla en la sala y aproveché para sujetarme una liga de las medias que se me había corrido pierna abajo al atravesar el estrado. Cuando cerraron las ventanas el acusado se había esfumado. Advertí que en la otra liga de encaje azul tenía una nota sujeta que decía “Gracias abogada, ha estado soberbia”. Al punto reconocí la letra del Magistrado. Por prevención cubrí mis rodillas de seda con la toga.

     
  • El aparatito

    José María Adorna Castro · Sevilla 

    El abogado bizco, en el estrado, miraba la ventana. La nieve caía como cuatro años antes, cuando encontró el aparatito que le había permitido viajar en el tiempo, analizar sus juicios antes de que ocurriesen y triunfar. De hecho, ahora mismo estaba también allí, entre el público, atentísimo al juicio, disfrazado por prevención. Se miraba con envidia, pues ese otro yo aun ignoraba que su cliente, después de la absolución, cometería delitos infames. El dilema era que este sería el pleito que lo encumbraría definitivamente. -¿Podré vivir con remordimientos? -Sí, -decidió-. Pero ojalá poseyese el retrato de Dorian Gray, para ver mi alma. En ese momento se fijó por primera vez en el viejo magistrado bizco, que dejó en la mesa, sobre una Constitución, otro aparatito, algo más ajado. “No puedo permitírtelo”, decía su sonrisa bondadosa. El juez, su tercer yo, era la pintura, el retrato de su alma arrepentida.

     
  • El Pintor Justo

    Cristina Reina Hernández · Alicante 

    Lo llamaban el Magistrado pese a que había pasado toda su vida metido entre brochas gordas y botes de pintura porque tenía más leyes que nadie. Sus dogmas de fe, entre brocha que sube y brocha que baja, estaban amparados por un conocimiento amplio de la Constitución de Derechos y Obligaciones que él mismo había creado. Frente a la cerveza nocturna, la tortilla de patatas y las injusticias de la vida aquella noche de invierno, en el que la nieve congelaba las calles, incluía un nuevo artículo, “por prevención, los autores/as de textos legales, nunca serán tomados por locos ni abandonados por sus esposas/os”. La puerta principal se acababa de cerrar ante sus ojos de un portazo y nadie le había dicho adiós.

     
  • Venganza en blanco

    Consuelo Jiménez de Cisneros Baudin · Alicante 

    El cadáver del reportero apareció semienterrado en la nieve recién caída. Sobre su frente había unos misteriosos signos escritos con pintura blanca: "ART 18". Lo encontró un abogado excursionista y enseguida pensó que sería un buen trabajo defender al autor del crimen. Llamó al juez para que procediera al levantamiento del cadáver. Los dos comentaron que seguramente se trataba de una venganza, por la alusión al artículo 18 de la Constitución, el que garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. Un derecho que aquel reportero sin escrúpulos ni prevención alguna había conculcado tantas veces. La última, cuando fotografió a la esposa de un conocido magistrado en situación comprometida. Pero esas fotos nunca saldrían publicadas, pensó el juez sin sacar sus manos enguantadas de los bolsillos. Aunque se las había lavado cuidadosamente, todavía quedaban en ellas restos de pintura blanca...

     
  • Vanidades

    Carmen Soucase Furió · Gandía (Valencia) 

    Alberto remato la Falla. ¡Espectacular¡ Había conseguido plasmar la feria de las vanidades de la Justicia: un gran Magistrado, con prepotente sonrisa y grandes puñetas,blandía en su mano derecha un ejemplar de la Constitución; en su mano izquierda una maza que hacia peligrar su equilibrio; su pie derecho sostenía una balanza; el izquierdo reposaba sobre pilas de legajos y un enjambre de abogados con togas de reluciente color rojo, rodeaba su oronda figura,como auténticos diablillos.Alberto decidió sacarla a la calle, no era marzo, pero daba igual,quería que todos contemplaran aquella crítica al sistema. Era enero y hacia buen tiempo. Aquella noche un manto de nieve cubrió la Falla.El corcho se mojó y la pintura desapareció.La Falla cayó sin fuego. Siempre tan precavido, y aquel día no tuvo en cuenta la prevención del riesgo.Al mirarla tras sus lagrimas...sonrió?,se habían salvado los diablillos rojos.

     
  • Sofía

    Mario López Muñoz · Valencia 

    Se llamaba Sofía, era abogada, yo la amaba y ahora esta muerta. Ella siempre defendió la fuerza y la importancia de la justicia, hasta hoy. Yo llevaba pintura en la cara y entre con mucha prevención por la puerta. Descansaba en el sillón, con su roja melena durmiendo en el hombro, bebía chocolate. A la segunda cuchillada el olor dulzon del cacao desapareció. En la noche la nieve caía sin misericordia, comencé a cavar. Su cuerpo cayo con un ruido sordo, inaudible excepto para mí, y yo?yo lloraba. Deje caer una copia de la constitución sobre su cuerpo, lo hubiera querido así, ella creía en la justicia. Nunca pude soportar que estuviera tan engañada, ella que siempre me hablo de la justicia y su eficacia. Quería llegar alto, ser magistrado o algo así. Ya no lo será, nunca sospecho que yo fuera un asesino, pobre Sofía, pobre mama.

     
  • El exorcista

    Amor Lago Menéndez · Valladolid 

    Esta vez necesitó tres horas para que el espíritu de la Constitución no abandonara el maltrecho cuerpo del díscolo diputado. Concluido el ritual, guardó de forma ceremoniosa una edición facsímil de la Norma en su viejo maletín y dirigió sus pasos hacia la salida. Al cruzar el hemiciclo, se sorprendió cavilando sobre como pedía a gritos una mano de pintura, igual que el texto acabado de invocar ... ¡Demonios! ¡Que le sucedía! Estaba cansado ... Quien iba a decir, a estas alturas de su vida, jubilado tras una abúlica carrera como magistrado de provincias, que para purgar tantas sentencias injustas, le habían exigido emular al Padre Karras. Suspiró. Franqueada la Puerta de los Leones, la visión de la escalinata le escalofrió. Por prevención, y aunque la nieve no había cuajado, descendió lentamente ... Muchas eran las almas que debía salvar antes que la suya hallara descanso.

     
  • Insoportable

    Nuria del Peso Ruiz · Madrid 

    El magistrado Blázquez Sanchís, todo un experto en la Constitución, fue recibido calurosamente por el auditorio. Era un hombre atractivo y rico, con fama de mujeriego, y Gloria había ido dispuesta a todo. Para un primer acercamiento, llevaba el último libro del magistrado. Además, por prevención, vestía una camisa blanco nieve de escote muy pronunciado. Blázquez Sanchís comenzó su conferencia y Gloria fijó la vista en sus labios carnosos, barruntando el instante en que los besaría. Pero cada vez que el magistrado hablaba, un hilillo de saliva formaba un minúsculo puente entre los labios. Gloria respiró hondo, aquello era una tontería, pero por más que se esforzaba no podía concentrarse, incapaz de entender una sola palabra que pronunciara esa boca mancillada por la baba. Cuando terminó la charla, Gloria abandonó la sala deseando no volver a ver al magistrado ni en pintura.

     
  • Un mal juicio

    Alejandro Juncosa Delgado · Madrid 

    ¿Fue por su interminable retahíla de verdades a medias y medias verdades?¿O por su insufrible sarcasmo? Soy un emérito magistrado del Tribunal Supremo, ciudadano respetable y padre de cinco hijos. ¿Cómo he podido cometer semejante locura? Toda la prevención del mundo hubiera sido en balde. Mi vida entera ha estado dedicada a salvaguardar a la Constitución y los valores patrios. Pero desde que coincidimos en el primer juicio hace veinte largos años no le he podido ver ni en pintura. ¿Se borrarán las huellas de mi crimen como las pisadas en la nieve? No lo creo. Ciertamente tengo una extraña sensación en el cuerpo. Acabo de asesinar sin piedad alguna a un abogado mediocre.

     
  • Venganza de Muerte

    Eva M¡¦ Pedraza Jiménez · Madrid 

    — ¡Quiero denunciar a la Muerte!— exclamó el muchacho— La constitución lo dice, ¡tengo derecho a la vida! Ella casi se me lleva por delante en un par de ocasiones y… El policía se rió. “Prevención muchacho, esa es la solución a tu problema. Y una visita al psiquiatra también, ¿no crees?” Cuando me lo contaron no quise creerlo, y, sin embargo, allí estaba yo: un importante abogado defendiendo a un chaval estúpido, con la Muerte, oscura y negra, sentada en un extremo y con el Magistrado, incrédulo, escuchando. Y encima el chaval ganó el juicio. ¡Qué narices! La Muerte sería destituida de su cargo. Inquietante. Poco después murió asesinado. La Muerte sólo dejó un charco de sangre sobre la impoluta nieve. Parecía pintura, roja y pegajosa. El chico había ganado el juicio, pero había perdido la vida. Nadie puede ganar a la Muerte, pensé. Ya decía yo.

     
  • Praça do comerço

    Ignacio Rodríguez Alemparte · El Médano, Tenerife 

    A Gumersindo Castrelos le llegó el instinto paternal bien pasada la cuarentena, mientras redactaba una sentencia en su despacho. Levantó la cabeza, miró la pintura de la pared, firmó el acta y decidió de pronto que el mundo necesitaba su herencia genética. Gumersindo era magistrado en Verín y siempre había demostrado una afecta prevención hacia el sexo opuesto. No conociendo mujer (ni habiéndosele conocido nunca), emprendió una metódica peregrinación por los centros sociales, casas de citas y teleclubs de la comarca buscando una hembra de constitución adecuada. Conoció así a mi madre, Ceferina Silveira, cantora portuguesa venida a menos, de piel blanca como la nieve y amplias caderas y la convenció, según me contaron, por setenta duros. Nunca supe de ella. Todo su amor tardó cuarenta años en llegarme, cuando una anciana andrajosa se me aferró por las calles de Lisboa. -“¡O meu fado! ”, repetía llorando, hasta que comprendí.

     
  • Generaciones

    Clara Sánchez Urbano · San Sebastián de los Reyes (Madrid) 

    Constitución nació sana y rosada en la fría madrugada de un 6 de diciembre. Hubo rumores. Las cotillas hablaban de que su padre no fue solo un magistrado sino varios. Su madre no pudo contener la emoción al tomar a la niña en brazos. ¡Era tan pequeña y parecía tan vulnerable!, pero a la vez irradiaba tanta fuerza, que toda prevención en permanecer impasible ante ella resultaba inútil. Los años venideros mostrarían que aquella criatura era precoz en casi todo: tomó la palabra sin miedo, dejando a todos boquiabiertos; dominó el arte de la pintura, conmoviendo con su visión del mundo y la vieron correr hacia la madurez. Pasaron los años y la niña, ahora mujer, encontró al amor de su vida y nueve meses después dio a luz a una preciosa cría, blanca como la nieve. Los enamorados padres se miraron: “Se llamará Democracia” - susurró ella.

     
  • A grandes males

    Manuel Molina Domínguez · Palma de Mallorca 

    A pesar de sus treinta años como Magistrado (los mismos que la Constitución), seguía sin asimilar ciertas noticias de prensa: violencia, vandalismo, destrucción... Pero la que ahora leía en primera página le resultó especialmente dura. Como dura era su vida profesional desde hacía años. Llegar hasta su Juzgado cada mañana se le hacía tan cuesta arriba como a un moderno Sísifo en una maldición burocrática: expedientes amontonados sobre su mesa; lista de Sentencias pendientes cada vez más grande, como una bola de nieve; amenazas de inspección. La noticia rezaba: “(...)prevención contra incendios falló. No hubo que lamentar desgracias personales, pero todos los expedientes judiciales resultaron completamente destruidos”. Afectado, salió a dar un paseo. Intentó animarse pensando que pronto su Juzgado quedaría como nuevo con una manita de pintura. También aprovechó para tirar al contenedor esa lata de gasolina, ahora vacía, que transportaba desde hacía meses en el maletero del coche.

     
  • Señoría y IV

    Eduardo Morena Valdenebro · Madrid 

    Su señoría recorría a hurtadillas el domicilio precintado de la mujer del cuadro cuya pintura aún estaba fresca. Debía eliminar pruebas. Si le incriminaban lo perdería todo: posición, familia... Debido a la huelga de forenses supuso que el cuerpo seguiría allí. Al abrir la puerta de la habitación fetiche el corazón casi se le para, como cuando le pillaron copiando los artículos de la Constitución. Aquel pálido cuerpo colgaba inerte de cuatro grilletes. Reprimió un grito. Y mientras contemplaba absorto su propio cadáver una mano le toco el hombro: ¡Magistrado! Despertó temblando, su esposa en toga de cuero asomaba divertida un ojo tras la cinta de raso. Levantaba dos copas de champán y agitaba graciosamente una fusta. Parecía una diosa. ¡Felicidades señoría! – gritó - Inhaló aquel perfume conyugal profundamente aliviado y, en prevención, se juró que jamás volvería a hablar de trabajo en casa. Era Navidad, fuera caía la nieve.

     
  • Sin mediar palabra

    Teresa Bautista Polo · Salamanca 

    Hacía frío en la sala, ella estaba sentada, ausente,con la mirada perdida dirigida hacia el ventanal, fuera aún había nieve en los tejados. Se sentía pequeña y vulnerable, no sabía nada de leyes, de juicios, nunca leyó nada más que alguna receta de cocina, ignoraba que era litigar, la constitución y los derechos que como persona tenía. Cuando el magistrado se lo indicó, ella se puso en pie mirando tristemente a su abogado, sin mediar palabra pasó el dorso de su mano por sus labios y retiró la pintura de carmín que aún había en ellos, despues llevó las manos cruzadas hasta su espalda en prevención a lo que ocurriría. Ella no quería matarle, solo pretendía olvidar los besos que le dió cuando le quería.

     
  • Secreto de Carnaval

    Margarita Ramonda · Rosario (Argentina) 

    Dulce recuerdo el de los carnavales calientes de Gualegauychú con serpentinas, lucecitas de colores, lentejuelas, disfraces y nieve loca. Nostalgia de infancia feliz que no vuelve, pero la felicidad ¡¨vuelve?, no lo sé, puede ser. Por eso, cuando mis colegas me invitan, no puedo resistir regresar a la fiesta, aunque yo fuera otro. Y aquí estoy, veinte años después, zambando borracho entre mujeres de hermosos cuerpos húmedos y sensuales, enamorado de la reina morena que bajo toneladas de pintura tapa al magistrado más prestigioso del fuero penal. Noche de sorpresas, con vitalicio secreto y anécdota muerta, nostálgico del niño que fui. Mañana, de nuevo abogado, recordaré que Su Señoría tiene la idoneidad que manda la Constitución y por prevención, prometo como hombre de ley, olvidaré.

     
  • Ceguera

    Olivia Aranda Fernández · Torredonjimeno, Jaén 

    Ahmed no había visto la nieve, por eso este invierno había planeado un viaje a Sierra Nevada. Hacía pocos meses que había conseguido un trabajo en una fábrica de pinturas y tenía ahorrado algo de dinero. Trabajaba en unas condiciones ínfimas, era lo mejor que había encontrado desde que vino a España. Huyó de la férrea dictadura de su país que había provocado la constitución de mafias. Su viaje se truncó cuando sufrió un accidente laboral y perdió la vista. Decidió denunciar al dueño de la fábrica por incumplir la ley de prevención de riesgos laborales. Durante el juicio, el empresario mostró un claro desprecio hacia su empleado, pero en su declaración pronunció una frase que resonó en la sala como un golpe seco: -Siendo ciego se puede vivir muy bien -dijo el empresario. -Efectivamente -le respondió el magistrado que defendía a Ahmed-. Usted es el mejor ejemplo de ello.

     
  • La Tumba

    María Reina Hernández · Almoradí, Alicante 

    Desde la carretera nadie diría que aquella tierra había sido levantada. Nadie, ni el dueño de una vista de águila, podría encontrar diferencia alguna entre la nieve dura y blanca y la pintura de la misma índole que cubría la engañosa tumba. El invierno acababa de empezar y la policía cerraría la carretera durante meses por prevención, para que nadie muriera de nuevo bajo los densos aludes. No encontrarían al Magistrado hasta que despuntara la primavera y para entonces él ya estaría muy lejos. El asesino no pudo evitar recordar la risa gorda y opulenta del hombre muerto, envuelta en un cuerpo de la misma constitución,?si casos de estos tengo yo todos los días, ya verás como no pasa nada?. 22 años de su desgraciada vida en la cárcel habían sido el resultado de aquella frase.

     
  • El retrato

    Manuel de la Peña Garrido · Madrid 

    Aquel retrato, expuesto en la galería de presidentes del Tribunal Supremo, comenzó a cuartearse. Decenios antes del fenómeno, el magistrado posaba togado, con las insignias del cargo y una constitución abierta entre las manos. El pintor lo miraba fijamente tras el lienzo. Sentirse observado incomodaba al juez; más aún por ojos tan desafiantes. Mantenía cierta prevención, pero no reconoció en la altiva mirada, heredada por el artista, la de una de sus numerosas víctimas: un abogado que sabía tanto sobre él como para haber dinamitado su carrera. Logró que lo ejecutaran. Al cabo de los años, una pintura consumó la venganza: bajo el retrato superficial, surgió otro de un monstruo sosteniendo un memorial con sus crímenes en vez de la carta magna. El magistrado fue deshonrado a título póstumo. Su cuadro, trasladado a la Escuela de Criminología. El juicio inapelable de la Historia lo había arrastrado como alud de nieve.

     
  • Todos los derechos

    Marta Antuña Egocheaga · Gijón 

    '-Señores, señoras, es para mi un honor presidir este acto solemne de celebración por los treinta años de nuestra Constitución de los derechos..- dijo el magistrado. En ese momento arreciaban los gritos de protesta en la calle.Los abogados del turno d

     
  • Tía Eulalia

    Jerónimo Gallego Pérez · Valladolid 

    Aunque no tenía prevención contra los juristas, estudiar Derecho se le atragantó. Lo único que le interesaba era heredar a tía Eulalia, que estaba podrida de dinero y que pagaba todos sus gastos desde que nació. Porque ella quiso, posó para un retrato al óleo con un ejemplar de la Constitución en la mano, resaltando en la pintura sobre un fondo blanco como la nieve el negro brillante de la toga prestada por un magistrado amigo de la familia. Tia Eulalia pagó su incorporación al Colegio de Abogados y la instalación de un despacho de lujo; ella buscó colaboradores avezados y el primer cliente. Ocupaba silla preferente en la Sala cuando se inició el primer juicio. Estaba muy pálido cuando se incorporó para decir “con la venia”. Y cayó a plomo muy cerca de los bonitos zapatos de tía Eulalia. El forense dijo: Ha sido un infarto.

     
  • Obsesión

    Juan José Duart Albiol · Amposta, Tarragona 

    Rojo vestido sobre blanca piel. No dejé de mirarla. Sus ojos, en cambio, me rehuían. Le repugnaba. Acabó el juicio y tuvo que absolverme por no sé qué precepto de la Constitución. Pero, yo era culpable y ella lo sabía. Sabía que volvería a hacerlo porque la pulsión me dominaba. No había sido la primera vez. Por eso me encerró en un psiquiátrico. Tres años: “Por prevención”, dijo. Tres años recluido, soñando con ella, pensando en ella, recordándola, dibujándola, pintándola: rojo vestido, blanca piel, rojo oscuro, blanco albo, rojo granate, blanco cano, rojo sangre, blanco níveo… durante tres años. Por eso cuando terminó el internamiento, la maté y su roja sangre tiñó la blanca nieve. Rojo sobre blanco, como en mi pintura. Pobre magistrada. Ella lo sabía. Sabía que volvería a matar a la siguiente mujer con la que me obsesionase. Lo sabía, lo sabía. Lo había previsto. Vana prevención.

     
  • La sentencia

    Leandro Molina Villaseñor · Ciudad Real 

    No había nadie en el despacho. Sobre la robusta mesa, se advertía una Constitución con caracteres cirílicos dorados. Esperamos largo rato sin saber qué hacer. Sonó un teléfono; por prevención, no lo cogimos, aunque sospechábamos que alguien conocía nuestra presencia allí. Me asomé a un lóbrego pasillo, iluminado por una pobre bombilla que dibujaba eventuales sombras temblorosas en la escamosa pintura ocre de la pared. - Buenos días, ¿buscan ustedes al Magistrado? –dijo una anciana voz indolente desde una pequeña ventana abierta en el pasillo. - Sí…, veníamos a recoger… la sentencia. Hoy se cumplía el plazo. - La nieve caída en este último mes ha impedido desplazarse al Sr. Magistrado hasta aquí. Lo lamento, pero deberán volver ustedes pasados unos días. En ese instante, el desconsuelo los sumió en el mayor desaliento para unos padres adoptivos, a miles de kilómetros de su hogar, con la sola compañía de su esperanza. Donetsk, 19 de diciembre de 2006.

     
  • Amor de padre

    María Esperanza Beneit de Madre · Palencia 

    Rebeca lucía radiante su nuevo vestido, especial para su primera Nochevieja fuera de casa. Ensimismada en el espejo se aplicaba pintura carmín en los labios, contrastando con su blanca tez. Su padre, reconocido abogado en la ciudad, permanecía en el sillón hojeando una antigua constitución –legada por su abuelo paterno, magistrado excepcional- con la vista clavada en su añorada niña. –Llevarás prevención esta noche…; pronunció rotundo, incómodo al hablar de esos temas. Rebeca hizo un silencio e irónica replicó: -Tranquilo papá, sabré cuidarme sola. El padre, curtido en mil batallas dialécticas, cerrando el libro se acercó y respondió: -Querida hija, de quien creo tú te refieres, no dudo sabrás cuidarte, pero ahí fuera cae nieve y el frío y tu ligero vestido serán fieles aliados de los catarros… Y dándole un beso en la frente abandonó la habitación, sonriente, como si de la Sala del Tribunal se tratara.

     
  • PUNTO Y… ¿SEGUIDO?

    Francisco Sánchez Egea · Lorca, Murcia 

    '- Señoría, hablamos de un hombre prudente y cauteloso, cuya prevención obsesiva ante toda circunstancia rozaba la locura. Esto no impidió que una secuencia de catastróficos infortunios, entre los que destacan un charco de pintura, un resbalón y los

     
  • Vida Espartana

    Juan Manuel Batuecas Florindo · Madrid 

    Son las ocho de la mañana. Observo la pintura desconchada de mi apartamento. Otra noche de insomnio. LLevo cuatro meses en este pueblecito de Badajoz y aquí todo es tranquilo. Es mi primer destino como Juez. En estos cinco de oposiciones me olvidé de ver el mar y la nieve. Olvidé muchas cosas. Mi preparador me tomaba los temas dos veces por semana. Al final siempre me insistía: ¡Debes llevar una vida espartana! ¡Cuando apruebes verás que merece la pena! Fue tan duro que me duele recordarlo. Pero ahora lo he conseguido. Memoricé la Constitución y todas las leyes. ¡En unos años serás Magistrado!, suelen repetirme mis padres emocionados. Tienen razón. Tengo un buen futuro por delante. Sin embargo, demasiadas veces lamento haber perdido así cinco años de mi vida. Ojalá pudiera volver atrás. ¡Maldita oposición! El psiquiatra me recetó unas pastillas. "Sólo en prevención", me dijo.

     
  • Retrato de familia

    Santiago Ripoll · Buenos Aires (Argentina) 

    La pintura lo mostraba severo, de ceño fruncido y con la constitución en la mano. Un magistrado que debería haber pertenecido a otra época. No eran tiempos ya para retratos y sin embargo, ahí estaba, colgado detrás del escritorio de su oficina, esperándolo para escrutarlo todas las mañanas porque su padre, fiel a todas las tradiciones, había insistido en contratar a un pintor. Hacía frío. El juez sacó el cortaplumas, escogió la punta más corta y, afirmado sobre su sillón, no necesitó más de un minuto para recortar del cuadro esa mirada que día a día se le incrustaba en la nuca. Bajó de un salto y abrió la ventana. Creyó que era un modo de prevención, una medida que mantendría más segura a su familia. Trató de no pensar en el trabajo. Los óvalos oscuros de sus ojos atraparon algunos copos de nieve en la caída.

     
  • DGT

    Carlos Martin Borromeo · Torrevieja (Alicante) 

    El atestado rezaba que la causa del siniestro fue su conducta imprudente. Yo solo sé que él,lo único que recuerda es la nieve ensangrentada fundiéndose con la grava de la carretera. Como si de una instantánea de polaroid se tratase. Como uno de esos cuadros hiperrealistas de Antonio López, que parecen negativos fotográficos retocados con pintura. Y es que a veces la vida, que no atiende a razones, se disfraza de paradoja para recordarnos que aquí abajo nadie está a salvo; ni los juzgados ni los que juzgan. Tanta prevención, tanta campaña publicitaria, tanta regulación legal y tanto juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, para que uno de los adalides de la justicia, un magistrado de cincuenta años de edad, dicte su último fallo a bordo del automóvil que, en mitad del puente de la Constitución, le conducía sin él saberlo hacia su último viaje.

     
  • La Injuria

    Valentín Alvite Gándara · Milladoiro-Ames, A Coruña 

    Querellante y querellado compartían un sector económico de éxito: la participación en programas televisivos y la venta de exclusivas. Sentado de espaldas a una pintura con la dama de la balanza y haciendo uso de su prevención habitual, el abogado acusador reorganizó algunos documentos y prosiguió. Reclamaba para su cliente el derecho al honor, recogido en la Constitución. El querellante acusaba de injurias a su hijo por haber afirmado éste que su progenitor había sido ludópata, pendenciero, libertino, holgazán y un padre irresponsable. Con la nieve de la senectud rociando sus cabellos, el querellante admitió ante la magistrada todos los excesos de una vida poco edificante, pero afirmó rotundamente su ejemplaridad en el cumplimiento de los deberes inherentes a la procreación. Dejaba a su vástago la mejor herencia: su biografía. ¡Hablando mal de su padre, aquel hijo tendría una vitalicia fuente de ingresos a salvo de turbulencias financieras!

     
  • Paisaje

    José Manuel Montero Ferreiro · Buenos Aires, Argentina 

    Llegan al despacho tres amenazas de muerte y un paquete con forma de tubo. Desde que anuló una ley económica, por entender que era violatoria de la Constitución, las mañanas son así.
    La policía comprueba que el cilindro no es peligroso. Contiene una lámina. Acaso para conjurar el miedo, el magistrado manda enmarcar la reproducción de la pintura. Le gusta. Es un paisaje dominado por el blanco. Le trae recuerdos.
    Antes de Navidad despide a la custodia y emprende el viaje de todos los años a su refugio secreto. En el puesto caminero le dan las recomendaciones habituales de prevención y coloca las cadenas en las ruedas.
    Sube la montaña. La nieve lo cubre todo. Entonces comprende: el cuadro que ahora cuelga en su despacho representa la curva antes de llegar a la cabaña.
    En ese preciso lugar pierde el control del auto, cae el barranco y muere.

     
  • Un desgraciado

    Susana Obrero Tejero · Madrid 

    Llegué pronto a firmar los papeles del divorcio y entré en la cafetería más cercana. Era una de esas franquicias nuevas donde nunca sé qué pedir. Cogí la carta y en la selección de cafés leí: DESGRACIADO... (descafeinado, leche desnatada y sacarina) - Buenos días ¿qué le pongo?- preguntó, serio como un magistrado, el camarero. - Un desgraciado. Miré a las mesas y descubrí en una esquina a Sofía besando a su abogado. Era un tipo de constitución gruesa y nieve en la cabeza, no sé qué le veía. La tarde anterior negocié con él, sin prevención alguna, que ella se quedaría con nuestra casa en la sierra. Le imaginé bañándose en mi piscina y recibiendo el calor de mi chimenea mientras disfruta de la pintura de Casas que hay en el salón. - ¿El desgraciado?- preguntó el camarero. - Yo- grité- el desgraciado soy yo.

     
  • Reencuentro

    Alfredo García Gregorio · Algorta (Vizcaya) 

    Salió la Constitución a airearse en el puente de sí misma, pero nevó, patinó y en la carretera de Pancorbo quedó cruzada. Un intrépido lehendakari (también amigo de rodeos) cogió la carretera (sin prevención alguna, ni siquiera cadenas), se topó con ella y entre la nieve quedó atascado. “¡Otra vez tú, roja y gualda, en mi camino!”. “Es nuestro destino”, le dijo coqueta ella. “Te veo pálida y desgastada; necesitarías una capa de pintura”. “Más bien, un buen achuchón, cariño, que tengo frío”. Y se arrimaron y se calentaron. “Sabes, estás bastante buena”. “Y tú, bien dotado”. Y bebieron y brindaron, y él le pintó de blanco y verde un lado, y ella a él una franja de amarillo, y cuando, alegres, entraron en el Congreso, cogidos de la mano, los expulsaron. Entonces, fueron al tribunal de ella a ver si algún magistrado los bendecía así confederados.

     
  • Ojos esmeralda

    María del Mar Monsó Varona · Barcelona 

    Tenía fama de burlarse de la vida. De la vida y de la justicia. Dicen que había cometido crímenes dantescos, escabrosos. Nunca la condenaron. La ley y la entereza de los jueces, uno a uno, habían sucumbido al poder hechizador de su mirada. Aquella mañana de invierno me tocó juzgarla. “Sobre todo, no le mires los ojos”. Sus rasgos, gélidos e impasibles, parecían esculpidos en la piedra. Me sonrió, forzada. “Buenos días, magistrado”. Su constitución de mármol parecía emergida de una pintura fantasmal. En su sonrisa atisbé el rastro indeleble de la culpabilidad. Me faltó prevención: la miré. Irremediablemente, sus ojos verdes se apoderaron de mi razón. La nieve azotaba a través de la ventana y la ciudad vestía de blanco. Hipnotizado, rendido ante sus ojos esmeralda, la absolví. Al año volvieron a detenerla. Ya no sonreía. Ante sí, el juez Morrison se guiaba con bastón: era ciego de nacimiento.

     
  • Héroes

    Antonio Jesús Molina Fernández 

    La nieve cae en la Avenida de la Constitución al salir de los Juzgados de la Caleta. El señor magistrado ha tenido mucho arte al describir mi obra como una “pintura de Modigliani” hecha con una navaja en la cara del otro chaval. Otra condena más a un programa de Prevención de consumo de drogas, otra vez bajo custodia de mis torpes padres, otra libertad vigilada, otro psicólogo, otra educadora, otro Programa de Garantía Social (¡qué bonito nombre para mi escuela de delincuencia!) al que me obligan a ir… Por lo menos mi abogado era un tío majo. Es el único que ha sido capaz de decirme que estoy tirando mi vida por la borda. Me hace falta más gente así, necesito que dejen de darme palmaditas en la espalda o que me hablen como si fueran raperos tartamudos. Tengo que cambiar. Y sólo tengo 16 años.

     
  • Desengaño

    Mireia Bonaventura Caparrós · Barcelona 

    Mientras se entretenía observando el descenso de los blancos copos de nieve a través del ventanal de su despacho, pensaba con tristeza en su infancia. Nadie le dijo que aquello fuera fácil. Exhaló un suspiro cuando su mirada resbaló por el marco de la puerta y su descorchada pintura. Todo a su alrededor le parecía ese día viejo y decadente. Una voz le devolvió a la realidad “Sr. Magistrado, es la hora”. Enderezó los hombros y se dirigió con paso firme a la audiencia. Observó al compungido hombre que tenía ante sí y su corazón le dio un vuelco, “maldita mujer, pensó mentalmente”.. En nombre del Rey y de la Constitución acaba de enviar a su hermano a la cárcel. El ujier, por prevención, esperó a llevarse esposado al condenado a que su Señoría hubiera abandonado la sala.

     
  • Némesis

    Beatriz Fernández Magdaleno · Málaga 

    Cuando el letrado Isidoro Barriga supo quien iba a ser el magistrado que instruiría la causa, sus esperanzas de ganar el caso se derritieron como un muñeco de nieve bajo el sol del mediodía. El juez Galán era sin duda su bestia negra. Con Galán le era imposible ganar un caso. No lo quería ni en pintura. Más que un juez era un avatar de la perfección humana, fuerte como Sansón y justo como Salomón. El titán, ídolo de secretarias y símbolo de equidad, había sido apodado “el niño mimado de la diosa Justicia”. Jamás una toga le había sentado tan bien a nadie. Isidoro, de constitución rechoncha, se miró resignado al espejo y ocultó cuidadosamente sus entradas con ayuda del peine. Hizo unas gárgaras como prevención de la halitosis, ajustó la corbata en torno a su rollizo cuello y partió hacia los juzgados donde le esperaba una nueva derrota

     
  • ¡Viva la Constitución!

    Alberto Ezquerra Gómez · Las Matas (Madrid) 

    La Constitución yacía sobre la nieve. Un policía tuvo la prevención de marcar su contorno con pintura en el suelo antes de que el juez ordenase el levantamiento del cadáver. El magistrado ponente fue cobarde y cedió a la presión del comisario político que le había nombrado. Sus compañeros le secundaron por unanimidad y violaron la separación de poderes por enésima vez. Asesinaron a Montesquieu de nuevo. Cuando la política entró por la puerta de atrás, la justicia salió por la ventana. La Carta Magna no pudo soportarlo más y cayó fulminada al pie de las escalinatas del Tribunal Constitucional. Estaba en la flor de la vida. Acababa de cumplir treinta años. Requiescant in pace. In memoriam. En Madrid, a seis de Noviembre de dos mil ocho.

     
  • Tráfico aéreo

    Lola Sanabria García · Madrid 

    El magistrado dejó a su paso un rastro de nieve cuando entró en la sala. - Señoría, circulaba por mi derecha- dijo el de la capa de armiño. - ¡Yo también!- replicó el del traje rojo. El caso se presentaba difícil. No había nada legislado al respecto, nada en la Constitución. Mientras reflexionaba, los demandantes llegaron a las manos obligando a intervenir a los funcionarios. El juez ordenó un receso. Se puso el abrigo como prevención contra un catarro y salió fuera. Necesitaba consultar con su colaborador. -¡¨Qué hago?- le preguntó nada más verlo. - Un veredicto salomónico es lo mejor- dijo sin un titubeo. Papá Noel compraría un camello al rey Melchor, y éste pagaría el reno y una mano de pintura al trineo. El magistrado dejó lo acordado en el platillo y volvió a la sala. Mientras, el abogado en paro guardó los cien euros y echó a andar en dirección al metro.

     
  • El hallazgo

    Miguel ¡µngel Moreno Cañizares 

    El guardia civil se inclinó y comprobó que no respiraba. El cadáver del Magistrado estaba boca abajo sobre la nieve. Mientras su compañero informaba por radio del hallazgo, revisó sus bolsillos. En uno de ellos encontró un ejemplar de la Constitución. Vaya, se dijo, ahora que se han cumplido los 30 años, recordando las horas de servicio en el Congreso de los Diputados. También llevaba unos folletos grapados. Leyó el título: "Campaña de prevención de riesgos laborales". Comprobó el nombre en el DNI y se lo comunicó a voces al cabo. Se incorporó e inspeccionó los alrededores. A unos metros halló un bote de pintura, cuyo contenido se había vaciado allí mismo. Regresó sobre sus pasos y giró levemente el cuerpo del fallecido. En un ojo tenía clavado un destornillador y en la mano derecha aún sujetaba la tapa del recipiente. Caray, pensó, este tipo no tenía mucha suerte

     
  • Interiores

    Eva Vidal ¡µlvarez · Bilbao 

    El magistrado Pemán, calcetines blancos, sin toalla en la cintura, tiró del ultimo cajón cerrado que quedaba en su casa y no supo qué pensar. Debía salir disparado para tomar posesión de su cargo como presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, y no tenía calzoncillos que ponerse. Su mujer de viaje y la chica de servicio de baja daban un resultado desolador en cuanto al menaje-hogar: y no tenía reservas, por prevención, él, tan maniático, que cruzaba impoluto cada día la puerta de la Audiencia. Y allí estaba aquel calzón, con sonrientes muñecos de nieve mirándole, que no podía ver ni en pintura. Se lo regaló su mujer junto a una edición de lujo en piel de cabra de la Constitución. Apurado, se los puso. Lo hizo. Ruborizado, juró su cargo con aquellos muñequitos rezongando debajo del traje. Jamás se lo contó a nadie.

     
  • Nieve

    Carlos Rodríguez Mayo 

    Mía tenía una constitución frágil, los ojos cuajados de pintura y la cara llena de pirsins. En el juicio estuvo ausente. Alegó que había esnifado tanta coca que apenas recordaba los detalles de la muerte de su amigo y despúés se negó obstinadamente a contestar. Con la misma frialdad con la que ella había clavado el puñal en el pecho del muchacho, el jurado la declaró culpable y expresó publicamente la conveniencia de someterla a un tratamiento de desintoxicación y a los cursillos carcelarios de prevención de drogodependencias que se organizasen en la prisión de destino. Sin embargo, de poco serviría todo el trámite. Dos días después, sin dar tiempo al magistrado para redactar la sentencia, Mía apareció en su celda, pálida e inmóvil, con los ojos muy abiertos y su cuerpo definitivamente helado por la nieve.

     
  • Se quedó helado

    Blanca Rego Constela · Barcelona 

    Con los primeros rayos de sol de una mañana de primavera, cuando empezaba a deshacerse la gruesa capa de nieve que cubre las montañas en invierno, emergió el magistrado. Había desaparecido durante una tempestad en diciembre de 1.988 y ahora resurgía en el río, 20 años después, convertido en un cubito de hielo de dimensiones humanas. Su constitución no había cambiado, al menos al compararla con la pintura que colgaba antiguamente en su despacho; un retrato con cierto valor sentimental y ninguno artístico. “Lo que hace falta es prevención”, dijo el portavoz de la policía a la prensa. “No queremos que vuelva a morir nadie en esas circunstancias, y mucho menos encontrarlo dos décadas más tarde”. Esa misma noche, cuando consiguieron derretir el témpano, el magistrado abrió los ojos, pidió una toga seca y se dirigió al juzgado como si no hubiese pasado nada. El forense se quedó helado.

     
  • Opiniones de un payaso magistrado o de un magistrado payaso

    Sofía García-Ollauri Antolín · Madrid 

    Hubiera querido ser payaso, pero como no existe titulación universitaria para ello mis padres no me lo permitieron…Opté por estudiar Derecho, fui abogado, oposité para ser juez y terminé de magistrado. Meteórica carrera. Ya saben, defensa de grandes valores, palabras que hay que escribir con mayúscula; salvaguarda de la Constitución, de la Justicia, la necesidad de represión donde falla la prevención, aunque, por supuesto, también la reinserción. Un discurso muy bien montado, como ustedes sabrán. Un día, haciendo caso a los dictados de mi corazón, colgué la toga, me maquillé la cara con una gran capa de pintura blanca y me coloqué una nariz roja de payaso. Desde entonces me dedico a la pantomima. Ya nieve, llueva o haga sol, intento alegrar el día a los transeúntes. Juzgar…juzgar es fácil (de hecho, todo el mundo lo hace) pero, ¿y hacer reír? No amigos, hacer reír no es tan fácil.

     
  • Memoria

    Mencía Igartua Pascual · Galapagar (Madrid) 

    '- Mamá, en el cole nos han mandado que hagamos una redacción sobre la Constitución de 1978. Sandra cruza la calle pisando los charcos de nieve deshecha intentando alcanzar a su madre, que camina ausente y apresurada. - Mamá, y acuérdate de comprarme

     
  • Maestro o Esclavo

    Silvia Vicedo Ramón · Alcoy, Alicante 

    Constitución Guerrero se atusó el pelo mientras fijaba la pintura roja de sus labios con la lengua. Mientras tanto, su cliente, una mujer enfundada en un chándal rosa lloraba y retorcía el kleenex entre su dedos de uñas mordidas. “Ningún magistrado le dará la custodia compartida al cromagnón de su marido”, y apuntándola con el dedo añadió: “Obraremos con seguridad. Más vale una libra de prevención que una onza de curación”. La abogada alargó su mano y cogió un cigarrillo. “No le molesta que fume”, afirmó sin preguntar, y sin darle tregua prosiguió: “Y ahora, despreocúpese”. Miró el reloj y despidió a la mujer y sus pañuelos mientras sonaba el móvil. Escuchó una voz firme: “Si te vuelves a retrasar, te la cargas”. La intrépida abogada tembló ante la amenaza de su marido. Las carreteras estaban llenas de nieve y aún tardaría bastante en cruzar la ciudad…

     
  • El orden mundial

    José Ignacio Señán Cano 

    Antes de la constitución del orden mundial, se reunió Dios con su gente y determinaron que esto era un caos. - “Un caos provocado por los economistas, que ya sabéis como son”, dijo. Se planteó que había un grupo de magistrados dispuestos a solucionar este caos, impartiendo justicia a diestro y siniestro, cobrando lo justo, en semanas de 35 horas, con un par de secretarios a jornada completa, y en febrero una semanita para esquiar en la nieve. Hubo bastantes reticencias, tanto por la prevención que los magistrados provocaban en algunos de ellos como por las condiciones que planteaban, ya que había gente que no podía verlos ni en pintura. Tras dos horas de discusión Dios decidió dar un voto de confianza al citado gremio, y les encargó la solución de los entuertos. Y hasta ahora, que aún están decidiendo quién ocupa este o aquel tribunal.

     
  • Invierno

    Vicente Gallart Gaspar · Valencia 

    14 de febrero de 1996, 10:30 horas de la mañana. A pesar de ser un día soleado, hace frío y la nieve ha teñido de blanco y negro la villa de Madrid. El ex Magistrado y ex Presidente del Tribunal Constitucional ha sido vilmente asesinado por la banda terrorista ETA. Rabia, dolor, desolación, indignación y tristeza, mucha tristeza, tanta que si fuera pintura no habrían lienzos bastantes en el mundo sobre los que trazar. Escuchas la radio, ves la televisión. Siempre las mismas palabras, el mismo tono, los mismos gestos: “Constitución, estado de derecho, democracia, prevención, el peso de la ley”. El desalmado se llama Jon Bienzobas, finalmente condenado a 30 años de prisión por la Audiencia Nacional. Afortunadamente, el testigo de Francisco Tomás y Valiente es recogido por otros valientes de igual talante, verdaderos guerreros que combatirán bajo el estado democrático la barbarie.