El Pintor Justo

Cristina Reina Hernández · Alicante 

Lo llamaban el Magistrado pese a que había pasado toda su vida metido entre brochas gordas y botes de pintura porque tenía más leyes que nadie. Sus dogmas de fe, entre brocha que sube y brocha que baja, estaban amparados por un conocimiento amplio de la Constitución de Derechos y Obligaciones que él mismo había creado. Frente a la cerveza nocturna, la tortilla de patatas y las injusticias de la vida aquella noche de invierno, en el que la nieve congelaba las calles, incluía un nuevo artículo, “por prevención, los autores/as de textos legales, nunca serán tomados por locos ni abandonados por sus esposas/os”. La puerta principal se acababa de cerrar ante sus ojos de un portazo y nadie le había dicho adiós.

 

 

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