El magistrado Sagasta

Antonio Iniesta Ortuño · Murcia 

El magistrado Rafael Sagasta quería llegar hasta su coche. Hacía frío y nevaba, pero no podía alejar de sus pensamientos el dolor que arañaba su vientre. Había anochecido y el aparcamiento estaba vacío. Sintió miedo, lo cual no era propio de Sagasta. No del Sagasta que, de joven, apoyó fervientemente una constitución de medidas para la prevención de riesgos laborales. Ni del que se enfrentaba cada día en la sala para ejercer la justicia. Y menos aún del que, en una ocasión, hizo una excepción para ayudar a un amigo que se lo recompensaría generosamente. Una víctima quedó de aquello, una cara que no volvió a ver hasta este día, en que la vio deslizarse furtiva hasta él en el aparcamiento y perpetrar su venganza cuchillo en mano para luego alejarse dejándolo herido. Sagasta contempló cómo su sangre manchaba la nieve como pintura oscura. La justicia, pensó, siempre acaba llegando.

 

 

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