El último golpe

Elena Galán Sagalés · Barcelona 

A mi cliente le llamaban el Magistrado por sus golpes magistrales. Necesitaba mi pintura de guerra si quería una absolución y dediqué más tiempo del habitual frente al espejo. Me puse unos zapatos negros de tacón alto a pesar de la nieve. No escatimé bultos y en el bolso metí la Constitución. Al entrar le quitaron las esposas. Una deficiente combustión de la caldera provocó que abriesen un par de ventanas. Entró una densa niebla en la sala y aproveché para sujetarme una liga de las medias que se me había corrido pierna abajo al atravesar el estrado. Cuando cerraron las ventanas el acusado se había esfumado. Advertí que en la otra liga de encaje azul tenía una nota sujeta que decía “Gracias abogada, ha estado soberbia”. Al punto reconocí la letra del Magistrado. Por prevención cubrí mis rodillas de seda con la toga.

 

 

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