Nieve

Carlos Rodríguez Mayo 

Mía tenía una constitución frágil, los ojos cuajados de pintura y la cara llena de pirsins. En el juicio estuvo ausente. Alegó que había esnifado tanta coca que apenas recordaba los detalles de la muerte de su amigo y despúés se negó obstinadamente a contestar. Con la misma frialdad con la que ella había clavado el puñal en el pecho del muchacho, el jurado la declaró culpable y expresó publicamente la conveniencia de someterla a un tratamiento de desintoxicación y a los cursillos carcelarios de prevención de drogodependencias que se organizasen en la prisión de destino. Sin embargo, de poco serviría todo el trámite. Dos días después, sin dar tiempo al magistrado para redactar la sentencia, Mía apareció en su celda, pálida e inmóvil, con los ojos muy abiertos y su cuerpo definitivamente helado por la nieve.

 

 

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