XVI Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

El más votado por la comunidad

Imagen de perfilEl primer juicio

Javier García Madrid · ALICANTE 

Ahí estás. Sentado por primera vez en el estrado. Enfrente tu rival, tu compañero, con muchos más juicios a sus espaldas, con muchos menos nervios en su estómago. A tu lado, un juez con aún más experiencia que los letrados, el encargado de presidir aquella sala durante años. Por un momento tu único objetivo parece ser evitar el bochorno, te sientes sobrepasado y te imaginas todos los escenarios en los que el juicio puede salir mal. Paras. Respiras. Te empiezas a sumergir en todos tus recuerdos. Piensas en todas las noches en vela estudiando entre códigos y leyes, en aquellos exámenes que parecían interminables y en todos los obstáculos que has superado para estar ahí sentado, que no son pocos. Sonríes. Levantas la cabeza y la inexperiencia que tanto pesaba comienza a desvanecerse. Ahora eres abogado, joven, inexperto, con mucho que aprender, pero, por fin, abogado.

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilMientras hay vida

    Carlos Alberto López Martínez 

    La tengo cargada y con el cerrojo amartillado, el seguro quitado y la boca del cañón pegada a mi sien, para no fallar, pese al tembleque.

    Repentinamente, oigo pasos aproximarse y no puedo evitar sobresaltarme y sumergir abruptamente el arma en el mar. Evitar el bochorno de explicarme me salva la vida.

    -¡Bonito día para pasear!- saludo a mi desconocida rescatadora.

    -Por decirlo de alguna manera- me contesta la joven- ¿Va a estar aquí mucho tiempo más?

    Y ante mi extrañeza por su pregunta, me explica su intención en este rincón apartado: es una abogada sin clientes, arruinada, se avergüenza porque se piensa fracasada y siente que su vida carece de sentido.

    -¡No cometas una barbaridad! Yo también estoy sobrepasado. ¡Puedes ayudarme!

    Y le cuento mis problemas con el código penal por aprovecharme de presidir una sociedad para saquearla. Le ofrezco trabajo y veo la esperanza renacer en su rostro.

     

     
  • Imagen de perfilMIEDO

    Sonia González rodriguez 

    Una nueva víctima. Estos casos me revuelven las entrañas…
    Me avisan del turno de oficio, y cuando llego, me siento sobrepasado por la escena:
    Tiene veinticinco años. Lleva la ropa manchada de sangre, y un brazo escayolado. Trata de sumergir entre las manos su rostro cubierto de hematomas. El bochorno se apodera de ella, como si se sintiera culpable.
    Intento presidir la conversación con palabras amables, que le inspiren confianza:
    -Tranquila, voy a ayudarte. Conseguiremos que acabe en prisión y no volverá a hacerte daño.
    -Me matará, interrumpe. Es su código, él manda, y siempre cumple sus amenazas. No puedo dejar la vida de mi hijo en sus manos. Lo siento, voy a retirar la demanda.
    Está asustada. Tiembla. Otro monstruo quedará en libertad, y no podré evitarlo.

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  • Imagen de perfilIA

    David Villar Cembellín 

    Se alzaba un mar de niebla, detrás de la cual, a medio sumergir, se advertía un juzgado siniestro. Hideo Nakazawa se ajustó las gafas de realidad aumentada y continuó avanzando. Desde que la justicia había añadido una IA en su código base, toda decisión legal se tomaba en el interior de ese entorno virtual. Era sobrecogedor. Hideo Nakazawa introdujo su cuerpo en la sala, dentro hacía calor, un bochorno sofocante. Un avatar de juez, encargado de presidir la sesión, le dio la bienvenida y leyó los cargos. Acto seguido, una voz en off presentó todas las pruebas. Hideo Nakazawa se sintió sobrepasado por lo impersonal del proceso, era kafkiano. El algoritmo le ordenó levantarse. Abogado, fiscal y juez, la IA había tomado una decisión.

    “Te condeno a veinte años.
    Este entorno virtual será tu cárcel.
    Mi decisión es firme.”

    Hideo Nakazawa intentó quitarse las gafas, pero no pudo.
    Entonces, gritó.

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  • Imagen de perfilES MI TRABAJO

    ANA Mª GARCÍA YUSTE 

    Había un código no escrito presente en aquella reunión de despacho que yo tenía que presidir, silencios incómodos y miradas ocultas mientras exponíamos la defensa técnica de nuestro cliente, apodado “el violador de ancianas”. Explicaba cómo ellas le seducían, le provocaban para que las forzara en un juego erótico que las excitaba hasta gritar, hasta llorar de felicidad; otras se abandonaban al placer quedándose quietas, disfrutando como él lo hacía.
    Me sentía sobrepasado escuchando nuestros argumentos, pero era mi trabajo: “experiencias traumáticas, abusos sexuales en la infancia, gerontofilia”. Me tenía que sumergir en alegatos que me asqueaban. Pero era mi trabajo.
    El día del juicio cumplí con destreza mi obligación, pero si nadie me escuchara atinaría a contar cómo me vi a mí mismo. Poco después llegó la sentencia “culpable”, y aquel bochorno que sentía desapareció en segundos. Perdimos, pero la justicia ganó. Es mi trabajo.

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  • Imagen de perfilAnotaciones sobre el trabajo en el Tribunal de mi amigo Pedro

    JUAN LOZANO GARROTE 

    A mi amigo Pedro le ha tocado presidir el tribunal de primera instancia. Pasa días y noches enteras dirimiendo los asuntos de millones de personas que se acercan suplicando la estimación de su demanda.
    Está sobrepasado. Ahora que ha empezado el mes de julio con su bochorno habitual tampoco descansa. No para ni sábados, ni domingos, ni fiestas de guardar (aunque en estas últimas, dada su posición, suele ser más clemente).
    Aplica el código de comportamiento que le enseñó su "Maestro" con rigor y exactitud. El hecho de poder dictar sentencias «in voce» agiliza los procesos. «Estimado», «desestimado», se le oye decir para a continuación volver a sumergir su atención en el siguiente asunto.
    Cuando alguien anuncia recurso una mueca se dibuja en su cara. Al menos, se dice, quedan siglos para el Juicio Final.
    Aún no sé si poner todo esto que observo en mi Evangelio.

    Firmado: San Mateo.

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  • Imagen de perfilEl primer juicio

    Javier García Madrid · ALICANTE 

    Ahí estás. Sentado por primera vez en el estrado. Enfrente tu rival, tu compañero, con muchos más juicios a sus espaldas, con muchos menos nervios en su estómago. A tu lado, un juez con aún más experiencia que los letrados, el encargado de presidir aquella sala durante años. Por un momento tu único objetivo parece ser evitar el bochorno, te sientes sobrepasado y te imaginas todos los escenarios en los que el juicio puede salir mal. Paras. Respiras. Te empiezas a sumergir en todos tus recuerdos. Piensas en todas las noches en vela estudiando entre códigos y leyes, en aquellos exámenes que parecían interminables y en todos los obstáculos que has superado para estar ahí sentado, que no son pocos. Sonríes. Levantas la cabeza y la inexperiencia que tanto pesaba comienza a desvanecerse. Ahora eres abogado, joven, inexperto, con mucho que aprender, pero, por fin, abogado.

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  • Imagen de perfilMis clientes necesitan descanso

    María Gil Sierra 

    Al principio confundieron los ruidos con una especie de código Morse. Y eso les encantó. Los nuevos inquilinos deseaban sumergir su casa en un halo de misterio. Diferente fue la aparición de la pintada, dispuesta a presidir el salón. Entonces me llamaron. Noté un bochorno áspero y escalofriante en aquella voz masculina. Me confesó que su mujer y él estaban sobrepasados por los acontecimientos. Que el mensaje escrito con sangre en la pared decía: “Necesito un abogado”, y debajo mi teléfono. Llegué de inmediato y les pedí intimidad. Se presentó ipso facto como intuí—ya había visto a otros estando solo—. Aún manaba sangre de su herida. Me pidió que sacara de la cárcel a un inocente. Con mi ayuda, además, la policía atrapó al verdadero culpable de su asesinato. Desde entonces, mi bufete se llena de fantasmas. Ellos me pagan y yo les ayudo a descansar en paz.

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