María Gil Sierra

Microrrelatos publicados

  • No hay dos sin tres

    Marta y Sumaiya tienen los ojos color aceituna. Podría ser la única coincidencia entre las dos, o no. Marta tiene veintinueve años, ha recibido una buena educación y, gracias a sus ideas innovadoras, va a ocupar el puesto ofertado en un prestigioso bufete de abogados. Sumaiya acaba de cumplir doce años, apenas sabe leer y nunca ha sido tratada con equidad.

    En su primer día de trabajo, Marta estrena una blusa bordada con esmero por las manos infantiles de Sumaiya —segunda coincidencia—. La tercera sucederá dentro de un año. Si Marta conociera la historia de la niña, lucharía por sus derechos. Pero en el país de Sumaiya las leyes no tienen valor. Así que el 9 de septiembre de 2021 se celebrarán las bodas de ambas.

    | Septiembre 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 3

  • Raíces

    Se quitó la alianza y me la entregó para que viera la fecha. Tenía dudas. Sin embargo, recordaba con nitidez sus sesenta y cinco años de matrimonio.
    —Sacamos cuatro hijos adelante, señor abogado, y ahora quieren encerrarme con los viejos. ¿Qué le parece? ¿Podrá cooperar conmigo?
    —¿Qué edad tiene usted?— le pregunté.
    —Noventa años. Aún soy joven. Con un poco de apoyo me valgo por mí mismo. Solo quiero sentarme bajo el nogal de mi huerta. A veces me fallan las piernas, pero las puedo fortalecer caminando. Me ven como a un trasto. Y luego se les llena la boca de solidaridad, sólo palabras.
    Cuando se fue, cerré el despacho y conduje hasta la residencia “El buen reposo”. Lo encontré en el patio, peleando por el único banco clavado junto a la encina —idéntica a la de nuestro cortijo—. Cogí la mano de mi padre y nos fuimos.

    | Agosto 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 13

  • Inocentes

    Cuando conocí a Eulalie, me emocioné. Nunca había visto tanta ternura y dolor reflejados en una mirada. Su caso era complicado. Había llegado sola a España, tenía 15 años y estaba embarazada a causa de una violación múltiple. Me dijo que venía buscando paz. Que aún no conocía su significado. Le pregunté si su familia seguía en Burundi. Me negó cualquier información. Yo, como abogada, debía ocuparme de sus documentos, pero también quería facilitar, con mi amistad, su proceso de adaptación. Ser eficaz con el papeleo me parecía insuficiente. Y llegué a quererla de verdad. Un día me arrancó un compromiso: “Promets-moi”. No me pude negar. Ocurrió poco antes del alumbramiento. En ese momento me permitieron el acceso al paritorio y la vi luchar por su hija. Una semana después murió. La esperanza también brilla en los ojos de Kigemi. Y, como le prometí a su madre, crecerá con amor.

    | Julio 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 24

  • Turno de oficio

    Papá me ayudó a hacer el cartel. Yo pinté un arco iris enorme con mis lápices de colores y él escribió “Quédate en casa” con su letra tan bonita de topógrafo. Luego Pablo me chinchó. Que me había salido torcido. ¡Buah! Ya me ha dicho papá que ni caso, que está muy tonto últimamente. Como tampoco quiere jugar conmigo, me he hecho científica. Hoy he inventado una vacuna que es como una bomba fétida. Estalla y destruye el coronavirus. A papá le pareció genial. Él cree que el olor a pedo terminará con su propagación. Seguro que a mamá también le gusta. Ahora está en la comisaria. Ha ido a defender a unos detenidos por no respetar el confinamiento. Ya sé. Todos tenemos derecho a un abogado. Pero me ha dado mucha pena verla salir con guantes y mascarilla. Esta tarde aplaudiré muy fuerte en el balcón. Dedicado a ella.

    | Abril 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 7

  • Camelamos trequejenar

    Regreso de Estrasburgo. Últimamente vivo en los aeropuertos. Suena el móvil. Es Ana, mi antigua profesora del insti. Ella me dio la oportunidad de labrarme un futuro. Me llama para felicitarme por mi nombramiento en el Comité contra el Racismo y la Desigualdad. Siempre habla en positivo, pero algo le preocupa. Sé que es por sus alumnos. Por la brecha que existe entre ellos según sus etnias. Le propongo darles una charla y acepta feliz.

    Antes de entrar en clase me habla de Alondra. Dice que le recuerda a mí.
    — ¿Quiere estudiar derecho?—le pregunto.
    —No, va a dejarnos para encargarse de su casa. Que, como gitana, es su obligación. Ya sabes.
    ¡Me duele tanto! Si abandonan los estudios, no conseguiremos que la sociedad acomodada deje de discriminar al diferente. Pero sonrío al pasar al aula.
    -Buenos días, chicos —les digo—.Soy abogada. Soy mujer. Y soy gitana.

    | Marzo 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 10

  • Identidad

    Cuando la conocí, todavía se llamaba Juan. Pero en su brillante currículum ya figuraba el nombre de Elena. Por supuesto, el empleo fue para ella. Como director de recursos humanos nunca lo dudé. Y eso que se encontraba en medio de un proceso personal muy complicado. No necesité demasiado tiempo para comprobar que había hecho la mejor elección. Con ella aumentó rápidamente nuestra capacidad productiva. Su lema, “Por una sociedad inclusiva”, se convirtió en el leitmotiv del bufete. Nunca pensé que tantos clientes buscasen nuestros servicios. Y todos pedían que los representase Elena. Así que el crecimiento de su reputación se desbordó. Hasta la revista Time se hizo eco de su lucha por promover la integración. Quisieron entrevistarla. Y ella los rechazó aduciendo que estaba muy ocupada. No mentía. Ese mismo día, comenzaba nuestro viaje de novios.

    | Febrero 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 11

  • Pandemia

    Abrí los ojos y me vi rodeado por un grupo de mujeres y hombres desnudos. Me dolía el cuerpo y me ardía la frente. Pero ya llevaba días así: soportando una tos cansina. Con el vuelco de la canoa solo había perdido el conocimiento. Lástima que lo recobrara junto a aquellos salvajes. Seguro que acababa metido en una olla. En lugar de eso, me agasajaron con gran diversidad de frutas exóticas. Y al día siguiente, me devolvieron al campamento. Cerca de las máquinas excavadoras. Ahí comprendí que nuestro trabajo suponía la degradación del ecosistema. Avergonzado, dejé la constructora y viajé a la capital para contratar a la mejor abogada experta en desarrollo sostenible. Quería proteger el territorio de mis salvadores. ¡Qué orgulloso me sentí! Después, regresé a España. Fue el bufete quien me dio la noticia. Ya no existía la tribu. Se habían extinguido a causa de la gripe.

    | Enero 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 18