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María Gil Sierra · Madrid 

Abrí los ojos y me vi rodeado por un grupo de mujeres y hombres desnudos. Me dolía el cuerpo y me ardía la frente. Pero ya llevaba días así: soportando una tos cansina. Con el vuelco de la canoa solo había perdido el conocimiento. Lástima que lo recobrara junto a aquellos salvajes. Seguro que acababa metido en una olla. En lugar de eso, me agasajaron con gran diversidad de frutas exóticas. Y al día siguiente, me devolvieron al campamento. Cerca de las máquinas excavadoras. Ahí comprendí que nuestro trabajo suponía la degradación del ecosistema. Avergonzado, dejé la constructora y viajé a la capital para contratar a la mejor abogada experta en desarrollo sostenible. Quería proteger el territorio de mis salvadores. ¡Qué orgulloso me sentí! Después, regresé a España. Fue el bufete quien me dio la noticia. Ya no existía la tribu. Se habían extinguido a causa de la gripe.

 

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