XII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Imagen de perfilMALDITA SUERTE

Eva María Algar García 

Ya estaba acostumbrado a la soledad, pero ahora el silencio es insólito, espectral. No sé qué ocurre realmente, pero debe ser grave. Nadie puede visitarme y hay que respetar una distancia de seguridad con los demás. Es de locos. Todas las actividades se han suspendido. Ahora los días son aún más largos, si cabe, que antes… El enfermero viene a verme. Lleva mascarilla y guantes. Comprueba si tengo fiebre. Consternado, murmura que ojalá encuentren la vacuna pronto porque no aguanta más y se marcha. No tengo internet, pero por teléfono mi abogado me habla de la rápida propagación de un tal coronavirus por todo el planeta y de que está muriendo mucha gente; se ha ordenado el confinamiento y nadie puede salir de casa. Suena a broma pesada. Mañana salgo en libertad, tras doce años de prisión. Dudo que haya alguien con peor suerte que yo en el mundo...

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El más votado por la comunidad

Imagen de perfilMALDITA SUERTE

Eva María Algar García 

Ya estaba acostumbrado a la soledad, pero ahora el silencio es insólito, espectral. No sé qué ocurre realmente, pero debe ser grave. Nadie puede visitarme y hay que respetar una distancia de seguridad con los demás. Es de locos. Todas las actividades se han suspendido. Ahora los días son aún más largos, si cabe, que antes… El enfermero viene a verme. Lleva mascarilla y guantes. Comprueba si tengo fiebre. Consternado, murmura que ojalá encuentren la vacuna pronto porque no aguanta más y se marcha. No tengo internet, pero por teléfono mi abogado me habla de la rápida propagación de un tal coronavirus por todo el planeta y de que está muriendo mucha gente; se ha ordenado el confinamiento y nadie puede salir de casa. Suena a broma pesada. Mañana salgo en libertad, tras doce años de prisión. Dudo que haya alguien con peor suerte que yo en el mundo...

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilINVENTARIO

    Montserrat Soria Sánchez 

    Con la misma meticulosidad con la que prepara sus casos, y con el coronavirus como la parte contraria, la abogada despliega en la mesa blanca todo el material que necesitará para su confinamiento, clasificado por el grado de utilidad. Mascarillas y guantes, las primeras. Luego alcohol y lejía, móvil y cargador, agenda, esterilla, cortauñas. Según su uso los productos escalarán o descenderán puestos a lo largo de los días.

    El día quince incluye en el inventario bollería industrial. El veintidós la tarjeta sim, después del envío de ciertos mensajes inapropiados. El veintinueve un limón enmohecido que apareció en la nevera. Algunos productos punteros son reemplazados. El treinta y cuatro añade unos somníferos y en el cuarenta y dos el último objeto impide ver el color de la mesa.

    Sentada al lado de ella, el codo apoyado en un trocito de esquina, espera que, ante tal propagación, encuentren pronto una vacuna.

     
  • Imagen de perfilLa vacuna del aprecio

    Sònia Parisi Ponce · Tarragona 

    Imposible conciliar el sueño, época de confinamiento, tres de la madrugada y preguntas sin resolver, un culpable el coronavirus. Son días complicados, pero me siento acompañada, acompañada por Pedro a quién le llevé el divorcio y sigue felicitándome por Navidad y hoy me ha llamado, por Carmen que esta vez en lugar de quedar con ella en mi despacho para traerme polvorones la he llamado yo por si quería que le acercara un pack de agua, por Luis que no para de llamarme por la indolencia de su primera mujer quien no le permite ni hacer una videollamada a sus hijos. El virus ha venido acompañado de mascarilla, pero también, de momento, nos ha traído en cantidad la vacuna del aprecio, del respeto, de la compañía, esperando que tras su propagación permanezca el recuerdo de los gestos que en este momento SÍ son importantes.

     
  • Imagen de perfilESPÍRITU INFANTIL

    Carolina Fernanda Gartner Restrepo · Espírito Santo - Brasil 

    Recuerdo que muy pequeño, cuando soñaba con ser abogado, mi madre me llevaba a rastras al hospital y me decía que si no lloraba con la vacuna, me daría un helado, pero ella nunca tuvo el dinero para hacerlo…. Era evidente que usar la mascarilla daba mucho calor y que por mucho que le explicara al niño que era un instrumento para evitar la propagación del coronavirus, él no lo comprendería. Después de semanas de confinamiento, el niño solo necesitaba reír, mojar sus pies en la playa y avistar nuevas formas en las nubes. Saqué mi espíritu infantil y me acerqué entonces a la señora que vestía con ropa simple como mi madre. Pregunté si me permitía invitar al niño a comer un helado, con la condición de que usara la mascarilla. Cuando salimos de la tienda encontré el rostro de mi madre agradecido.

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  • Imagen de perfilABOGACIA EN CONFINAMIENTO

    ESTHER IBARRA BERASTEGUI 

    Desde que comenzó el confinamiento, en nuestro despacho casi no hemos tenido ingresos. He citado a un cliente por videoconferencia. Le tengo que comunicar que hemos ganado su juicio. El pobre ha estado quince días aislado en su habitación para evitar la propagación del coronavirus entre sus familiares. Le voy a dar una alegría y espero que pague a gusto mi minuta cuanto antes.
    Hola Jaime¡¡ ¿Me ves?
    - Si
    Vaya, hemos perdido la conexión... Maldito router!
    Jaime?
    - Ahora si.
    Enseguida veo a un niño con una mascarilla pasar delante de la pantalla haciendo una cacerolada. Lo siento- dice Jaime. Es que mi hijo se aburre.
    - Que me estabas diciendo?
    -Hemos ganado el juicio. Un estruendo de aplausos apaga mi voz. Son las ocho.
    “Que hemos ganado el juicio” repito.
    Quééé?, imposible, dejálo – me dice- ya quedaremos y arreglaremos cuentas cuando salga la vacuna.

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  • Imagen de perfilNuevo tiempo

    Yván Borjes Hernández 

    A inicios de año estaba creando proyectos para mejorar la eficiencia de mi despacho, planificando reuniones, congresos…, hasta las vacaciones. De repente, me despierto una mañana, y las manecillas del reloj se han detenido. En un abrir y cerrar de ojos todo se ha vuelto incierto. Un tal coronavirus ha llegado al mundo a estropear un año pletórico de metas para cumplir. Dentro del confinamiento en casa, donde el ruido que más se oye es el de las alarmantes noticias de la propagación y de la tasa de muertes de la pandemia, comienzo a hacerme preguntas: ¿por qué?, ¿para qué?,... Y me doy cuenta que este virus nos ha puesto al mismo nivel a todos. Que la mejor vacuna para contrarrestarlo es el amor al prójimo. Y que, después de dejar de usar la mascarilla, tendré que realizar importantes ajustes en la manera de ejercer la abogacía.

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  • Imagen de perfilESTADO DE ALARMA

    PEDRO ÁLVAREZ DEL RÍO · GUADALAJARA 

    Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue encender la televisión y quitarse la mascarilla de productos cosméticos que trataban de disimular unas arrugas para las que todavía no se había inventado una vacuna eficaz. Se perdió en sus pensamientos. Había pasado toda la mañana en el juzgado discutiendo con el funcionario tramitador de un expediente, con el abogado de la parte contraria y con su propia cobardía por no reprochar al juez que, ante su alegato, continuara dibujando garabatos en su cuaderno de notas. Estaba cansada del confinamiento diario en una sala donde no se sentía valorada. Su tarde no mejoró, sumida en la penosa tarea de redactar una demanda que vencía al día siguiente. Mientras las leves marcas de su rostro se hacían evidentes pensaba lo lejos que quedaban sus sueños de la facultad. Quería tiempo para escribir. De fondo escucho una palabra: coronavirus.

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  • Imagen de perfilSER O NO SER ESENCIAL.

    David Gómez Ortas 

    Ser o no Ser esencial, esa es la cuestión. Siempre quise dejar huella en la Historia, por eso, en esta época sin grandes conquistadores de ningún tipo, quise ser abogado, participar en la propagación de mi ideal de justicia. Ahora, con el estado de alarma declarado por el infame Coronavirus, se me presentaba una oportunidad única.

    Con la mayoría de abogados atrincherados tras el teletrabajo, y la mitad de la población mundial en pleno confinamiento, opté por ser esencial, como promovía el Gobierno, y dirigirme mascarilla en ristre a la puerta de un hospital, ofreciéndome a posibles justiciables a los que arreglar sus entuertos. Negligencias médicas, despidos, responsabilidad extracontractual, me era indiferente; cualquier caso podría ser el que me convirtiera en inmortal.

    Finalmente, me bastó una mañana, y un test positivo en Covid a modo de vacuna para el orgullo, para no sentirme tan esencial e inmortal como me creía.

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  • Imagen de perfilLEGISLACIÓN CASERA

    Almudena Horcajo Sanz 

    Cuando un monstruo, invisible y silencioso, llegó a nuestras vidas y las arrasó, supimos que el mundo no tenía muros de hormigón, sino que era, en realidad, un castillo de naipes.
    La rápida propagación del maldito coronavirus nos obligó al confinamiento. Pronto, nos dimos cuenta de que esta nueva convivencia, sin normas, no funcionaba. Echando mano de mis conocimientos y experiencia en la materia, toda la familia regulamos, pormenorizadamente, horarios, tareas, ocio... y lo más importante: la forma y frecuencia del lavado de las manos, y el uso correcto de la mascarilla. Ahora, las cosas marchan mucho mejor; para resolver los conflictos acudimos a la conciliación, aunque, no descarto que, si la situación se alarga, lleguemos a celebrar algún juicio.
    Sólo el tiempo dirá si alguno de mis hijos sigue mis pasos profesionales. De momento, todos confiamos en que la ciencia encuentre pronto la vacuna que acabe con tanto dolor.

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  • Imagen de perfilLa transformación

    Elisa Martínez Salazar · Zaragoza 

    Cuando despertó aquella mañana tras un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un gigantesco coronavirus. Las últimas semanas había seguido a rajatabla las normas gubernamentales con la intención de amortiguar la imparable propagación de la enfermedad, pero, sobre todo, movido por el pánico a contraerla él mismo. Respetaba el confinamiento con un celo extremo, llevaba mascarilla incluso dentro de casa y se había propuesto no salir hasta que descubriesen una vacuna. Había reunido provisiones para una buena temporada y no vacilaba en denunciar cualquier conducta temeraria que descubría desde su balcón. Y entonces, como una broma despiadada del destino, se halló transformado en lo que tanto había temido. Ni siquiera podía levantarse a teletrabajar, impedido por aquella forma esférica y puntiaguda recién adquirida. La idea del despido nubló sus pensamientos. «¡Ya sé quién puede ayudarme! —se dijo algo aliviado—. Pero ¿cómo llamo ahora a mi abogada?».

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  • Imagen de perfilYo, la vacuna

    Urko Madrazo Aguirre 

    El confinamiento nos pilló entrenados. Llevábamos años practicándolo, éramos siete en un piso de 60m². La crisis del coronavirus nos obligó a intensificarlo. Mis abuelos vivían con un constante miedo al contagio. Mi padre tenía que salir para trabajar en la fábrica, y temían que trajera "ese bicho verde”. Pedían “pañuelos como los del televisor” para protegerse, pero lo cierto es que la única mascarilla que había en casa era la del pelo de mi madre. Mis hermanos eran pequeños. Yo ayudaba con algún trabajo ocasional, mientras imploraba cada día que todo mejorara para volver a las aulas y acabar cuanto antes mi Grado en Derecho. Quería ser abogado, necesitaba serlo. Deseaba ser la vacuna que inmunizara a mi familia de una vez por todas contra las necesidades. Ansiaba la propagación en mi hogar del estado del bienestar, del que tanto había oído hablar pero que aún no conocía.

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  • Imagen de perfilEXCESO DE PRODUCCIÓN

    Maria Maymó Puig · Los Realejos 

    La culpa de todo la tuvo el caldo de pollo y el colesterol, así se lo conté al juez cuando me preguntó por el abandono del confinamiento. A mí me encanta la sopa y asesorada por tantos whatsApp recomendando ingerir bebidas calientes en contra del coronavirus me puse manos a la obra. Degusté caldo a todas horas, si hubiera sido una vacuna estaría inmunizada. Del pollo hice croquetas, mi colesterol no me permite comerlas, pero mis hijos se desviven por ellas. No caí en la cuenta que no podían visitarme y en breve mi congelador se saturó. Me alarmé, predicadora siempre de la producción y consumo responsable, me sentía culpable. Menos mal señor juez que enseguida encontré la solución, objetivo: “hambre cero”. Y ahí me pillaron los agentes, en pleno reparto, pero que conste en acta, de propagación nada, llevaba guantes y mascarilla.

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  • Imagen de perfilGratitud

    Vicente Küster Santa-Cruz 

    Abrí el cajón de su mesita de noche y allí estaba. Era una imagen antigua, con mi padre treinta años más joven. Detrás podía leerse: “Confinamiento 2020 - Coronavirus”. Mamá hacía dos años que nos había dejado. Me senté en el borde de la cama e intenté recordar. Papá dormía. En la imagen aparecíamos los tres, con la mascarilla en la boca. Aquella que tuvimos que llevar un tiempo, cuando las clases del colegio se suspendieron y el mundo pareció cambiar de repente. Después llegó la vacuna y todo volvió a su cauce. Mi padre era un abogado laboralista reconocido y no dejó de trabajar ni un solo día, a pesar de la propagación del virus y de las noticias inquietantes que llegaban. Cada día le oía llegar tarde a casa y pensaba que era invencible. Ahora descansaba frágil a mi lado, ajeno a sus recuerdos. Todo un ejemplo.

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  • Imagen de perfilSecreto profesional

    Francisco Pellicer 

    Miré a la pantalla de mi ordenador con ojos llorosos y bajé la cabeza horrorizado ante el correo electrónico recibido de mi cliente: "Necesitaré tu defensa porque me van a acusar de un delito contra la salud pública: soy el responsable de la creación del virus conocido como coronavirus que está en propagación por todo el mundo; no recuerdo donde he escondido la vacuna, la memoria me falla cada vez más. Necesito pedirte que vayas al laboratorio a buscarla. Estoy contagiado, yo no puedo ir". Inmediatamente me puse la mascarilla y salí rápidamente en el coche dirección al laboratorio pero a mitad del trayecto me paró la policía por incumplimiento del confinamiento. Intenté darme a la fuga y me detuvieron. Me impusieron una condena de cuatro meses de cárcel. Al salir, me dijeron que mi cliente había fallecido. Nunca dije nada: secreto profesional.

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  • Imagen de perfilNECESIDADES

    Rafael Iglesias Rojas 

    Miguel, joven abogado de un despacho importante, llevaba más de cuatro semanas en confinamiento siguiendo las expresas directrices del Gobierno.

    Ya no podía más.

    Fruto del estrés, dejó el portátil y el teletrabajo a un lado, se plantó los guantes y la mascarilla que dificultosamente había conseguido y acudió al despacho.

    Necesitaba saludar a sus queridas compañeras de administración, las cuales habían visto reducida su jornada y, consecuentemente, su salario a causa de los efectos económicos que provocaba la propagación del coronavirus.

    Necesitaba sentir el olor a papel escrito. El inconfundible y reparador aroma a café recién hecho.

    Necesitaba escuchar el rugir de la fotocopiadora imprimiendo documentación a toda prisa. Así como el incesante flujo de llamadas.

    Necesitaba concentrarse mirando por los ventanales del despacho mientras departía con sus compañeros.

    La única vacuna que aliviaría su desasosiego era volver a la cotidianidad.

    Miguel dejó de soñar despierto y siguió teletrabajando.

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  • Imagen de perfilSOMBRAS DEL PASADO

    Aman L. Lordén 

    María repasaba mentalmente sus alegaciones recostada en el sofá, mientras esperaba que la mascarilla de yogur y pepino hiciese su efecto.
    Hacía unos días las había preparado con su abuela, la oyente más fiel y crítica de toda su carrera, aunque ahora ya ni siquiera pudiera reconocerla. Sin embargo, las visitas a la residencia eran su vacuna contra el desánimo, una cura para el alma. Se convertía en personajes diferentes cada vez, imaginando otras vidas, mientras le hablaba de los juicios que llevaba entre manos. Cuanta mayor complejidad tuvieran, mayor claridad le transmitían las palabras inconexas de su querida abuela.
    Pero a veces, sin querer, alteraba la paz del confinamiento de su confundida mente, avivando la propagación de extrañas fantasías y conspiraciones. Por ejemplo, ahora, repetía como una cantinela que a sus padres se los había llevado un tal coronavirus.

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  • Imagen de perfilCAUSAS OBJETIVAS

    Antonio González-Busto Múgica · Asturias 

    Me dicen que no pueden quebrantar su confinamiento, que sólo salen para cosas importantes, como ponerse en octubre la vacuna de la gripe, así que no tengo más remedio que acercarme a su casa.

    -"No hace falta que traiga mascarilla, que aquí guardamos las distancias y no creemos que se atreva a entrar el coronavirus".

    Les explico que el Colegio de Abogados nos somete a reglas muy estrictas para evitar la propagación de la pandemia.

    -"Usted verá".

    Cuando llego me cuentan que hace casi un mes que no aparece, que no ha llamado para justificarse, ni enviado un certificado médico..., que no saben nada de él.

    Frente al enrejado hago varias preguntas, tomo algunas notas, saludo y vuelvo al despacho con el encargo más extraño que nunca he recibido: Una clausura de monjas, en plena semana santa, ¡me encarga despedir al cura!.

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  • Imagen de perfilServicio esencial

    Javier Sánchez Bernal 

    Vigésimo tercer día de trabajo en confinamiento. La actividad judicial se paralizó para tratar de evitar riesgos de propagación del coronavirus, pero mi trabajo no ha cesado. Una de las ventajas de que mi despacho ocupe la estancia oriental de mi propia vivienda, es que puedo seguir atendiendo a mis defendidos. Porque sus casos, no pueden esperar.
    Suena el teléfono. Al otro lado, una antigua amiga que desempeña su trabajo en un Centro de Internamiento para Extranjeros:
    –Luis, la situación es insostenible –me relata, angustiada–. No solo no tenemos mascarillas ni equipos de protección. Pretenden que doblemos turnos, sin respetar nuestras jornadas de descanso. Los escasos internos que mantenemos no están mucho mejor. ¿Qué podemos hacer? ¿rezamos para que encuentren pronto una vacuna?
    Sentí cómo se enjugaba las lágrimas. Inspiré hondo:
    –Tranquila, María. Voy a redactar un escrito al director. Es el primer paso. No estáis solos.

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  • Imagen de perfilUn discurso rezagado

    sebastian barranco ledo 

    Señoras y señores del jurado. Escritores, periodistas, abogados. Representantes de la Abogacía. Distinguido público, queridos compañeros del gremio:

    Ante todo, mi agradecimiento, y disculpen si olvido a alguien. Ya saben, los nervios.

    Gracias por otorgarme el premio y por la tarea de hilvanar las cinco palabras del mes, permitiendo a la imaginación quebrantar el confinamiento.

    Quisiera dar voz y felicitar a “Van Gogh abogados”, (revisarán si incurro en plagio); “Florianus”, inveterado jurista, (lo que se come se cría). Al desafortunado preso y su abogado, caras de la misma moneda. A todos los participantes.

    Los originales puntos de vista reflejados, simbolizan, en mi opinión, la esperanza de que el genio y la creatividad encuentren pronto una vacuna.

    Por último, anunciar que aunque acepto halagado el galardón, donaré la cuantía para comprar mascarillas, sin importar dónde se destinen. En todo caso, serán útiles para detener la propagación del coronavirus.

    Muchas gracias. (aplausos)

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  • Imagen de perfilCon el permiso de Gila

    Guillermo Portillo Guzmán 

    -Ring, ring...
    -¿Es el enemigo?... ¡Qué se ponga!... ¿Ustedes podrían parar la propagación un momento?... Le quería preguntar una cosa: ¿Ustedes van a saltarse el confinamiento mañana?... ¿A qué hora?... Entonces, ¿cuándo?, ¿el domingo?... ¿Y no podrían mañana por la tarde? Y después del fútbol continúan... ¿Van a venir muchos?... Yo no sé si habrá mascarillas para tantos. Bueno, nosotros las disparamos y ustedes se las reparten... Ayer estuvo aquí el espía de ustedes, ese que se llama coronavirus, bajito, regordete y vestido de lagarterana... Que se llevó la vacuna del polvorín y solo tenemos esa... Pues que le haga una fotocopia y nos la devuelva. Que si no, le vamos a mandar a nuestro abogado y no saben ustedes como se las gasta. Eso sí, invita a café a todas sus señorías... Pues eso, que mañana por la tarde paren la propagación, que juega el Madrid... Pííí, pííí, pííí...

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  • Imagen de perfilNANOMISTERIOS

    JOSE LUIS CAÑETE SOTO 

    Anoche al acostarme resbalé y, golpeándome con la mesilla, caí al suelo junto a uno de mis gruesos libros. Dolorido, con espantosa tos en aquel desconocido silencio, me venció el cansancio. Por la mañana desperté sudando, tenía dolor de cabeza, los nervios inundaron mi estómago. ¿Qué me pasaba?

    Rondaban mi mente recuerdos desordenados: la admirable influencia de mi padre para que eligiera una honorable profesión; la bella y cautivadora imagen de la Justicia ciega; mi héroe literario preferido: tan flaco, tan fuerte, convertía en gigantes a su imaginación, impartía justicia cambiando el mundo descubriéndonos que «el tiempo suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades».

    ¿Sería yo el febril Quijote luchando con molinos? ¿Sería un nobel, destemplado abogado luchando contra sus nervios minutos antes de entrar a sus primeros juicios? O, ¿tendría fiebre por el coronavirus necesitando ponerme mascarilla y vacuna para evitar la propagación y terminar con el confinamiento?

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  • Imagen de perfilLECCIONES

    ELENA BETHENCOURT 

    Cuando llegó la vacuna, buena parte de la población mundial había desaparecido.
    Al terminarse la propagación, todos los pueblos de la tierra salieron de su confinamiento para dirigirse al juicio de la humanidad contra el coronavirus. Mientras andaban hacia el lugar, no podían resistir la tentación de besarse, abrazarse y ayudar a los más débiles a avanzar. También notaron que el aire era más puro, el agua más transparente y las flores brotaban de cualquier rincón.
    Ninguno de estos hechos fue usado como atenuante por la defensa. Al contrario, el acusado se declaró culpable, pero señalando a los presentes, preguntó: “¿Y cuál es vuestra responsabilidad en lo ocurrido?". Como ya no llevaban mascarillas para cubrirse el rostro, ninguno pudo ocultar su rubor. Todos bajaron la cabeza al tiempo que sintieron un deseo irrefrenable de lavarse otra vez las manos con agua y jabón.

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  • Imagen de perfilLa importancia de la ley

    Irene Brezmes Diez · Asturias 

    No recuerdo cuándo se decretó la última prórroga del confinamiento, ni cuánto debía durar. Pasé los primeros años estudiando medicina y microbiología, en busca de una vacuna contra los distintos coronavirus que nos acechan. Soñaba con detener la propagación de las pandemias, dar el feliz anuncio al mundo desde mi hogar, pero en algún momento, desistí. Estudié antropología, después derecho: puro entretenimiento. Ahora soy una especie de hombre del renacimiento desaprovechado, pobre de mí, y recluido entre estas cuatro paredes cavernarias donde a veces tengo que aplicar mis conocimientos sobre la ley. Resulta que Viejo Botijo de Vino, una vez más, se ha precipitado, vaciándose, con claro dolo, sobre Alfombra Blanca y provocándole una serie de lesiones irreversibles. Aparto mi mascarilla, lamiendo las últimas gotas del preciado líquido mientras miro a Botijo con rencor. Ocho años de prisión, es lo mínimo que pienso pedir para él. Que comience la sesión.

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  • Imagen de perfilReciclaje

    Carolina Navarro Diestre 

    Confecciono mascarillas desde mi hogar. En este confinamiento forzoso por el maldito coronavirus, elaboro precarias medidas de protección con mi máquina de coser. Para ello disuelvo en agua cientos de expedientes, sumarios y textos jurídicos hasta volverlos celulosa, que luego dejo enfriar hasta que torna manejable. ¡Demandas de divorcios y requerimientos notariales, veredictos y apelaciones, vuelven a mi mano medidas de protección! Todo sea por evitar la propagación de las gotas de Flügge, que así se llaman y fíjate tú qué cosas hemos ido a aprender con esta crisis. Los expertos dicen que la vacuna puede tardar año y medio, pero yo no me preocupo. Como documentalista y responsable del archivo de estos juzgados, calculo que tengo dossieres para cubrir los rostros de todo el país. ¡Pues no son poco engorrosas las gestiones administrativas! ¡Ay!

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  • Imagen de perfilLO QUE ME GASTO EN COMER

    Esteban Torres Sagra 

    El confinamiento me pilló en la Biblioteca Nacional -concretamente en la sala para investigadores acreditados -recabando documentación para mi tesis sobre procesos inquisitoriales.
    Nadie se dio cuenta y me quedé encerrado entre incunables y códices. Mandé mensajes de socorro pero, al parecer, los de las llaves no pueden venir por miedo a la propagación de la enfermedad al no ser su trabajo esencial para el Gobierno. Con las gomas de mi carpeta y la primera página de un manuscrito de Florianus de Sancto Petro, de 1301, me he fabricado una mascarilla.
    Me alimento de pergaminos del siglo XVI: son los mejores -porque saben a cuero- y me bebo mis orines. Como vacuna contra el aburrimiento hago papiroflexia con las láminas que menos me gustan y preparo mi defensa para cuando termine la alarma por el coronavirus y evalúen lo que le ha costado a Patrimonio mi ingesta de estas semanas.

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  • Imagen de perfilLas diferencias de los seres iguales.

    Jorge Luis González Castro 

    Quiso el destino que cinco abogados acordaran el confinamiento en su despacho. No saldrían hasta que se inventara la vacuna contra el coronavirus. Para evitar la propagación de la enfermedad y los conflictos en la convivencia trazaron líneas que denominaron fronteras. Como la mascarilla ocultaba parte del rostro se distinguirían unos de otros hablando cinco idiomas diferentes. Una noche se desató un incendio. Nada pudieron hacer mientras intentaban atravesar las fronteras sin poderse comunicar entre ellos. Ante las cenizas de lo que fue su despacho convinieron mudar la sede. Tras un esfuerzo mancomunado lo reinauguraron en un edificio cercano. Para no cometer los errores del pasado volvieron a delimitar las fronteras, pero esta vez dejaron pequeños espacios que llamaron pasos fronterizos. Luego distribuyeron extintores contra incendios en sitios estratégicos. Junto a los extintores colgaron pancartas con las instrucciones para su uso. Por supuesto, redactadas en cinco idiomas diferentes.

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  • Imagen de perfilTurno de oficio

    María Gil Sierra 

    Papá me ayudó a hacer el cartel. Yo pinté un arco iris enorme con mis lápices de colores y él escribió “Quédate en casa” con su letra tan bonita de topógrafo. Luego Pablo me chinchó. Que me había salido torcido. ¡Buah! Ya me ha dicho papá que ni caso, que está muy tonto últimamente. Como tampoco quiere jugar conmigo, me he hecho científica. Hoy he inventado una vacuna que es como una bomba fétida. Estalla y destruye el coronavirus. A papá le pareció genial. Él cree que el olor a pedo terminará con su propagación. Seguro que a mamá también le gusta. Ahora está en la comisaria. Ha ido a defender a unos detenidos por no respetar el confinamiento. Ya sé. Todos tenemos derecho a un abogado. Pero me ha dado mucha pena verla salir con guantes y mascarilla. Esta tarde aplaudiré muy fuerte en el balcón. Dedicado a ella.

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  • Imagen de perfilVan Gogh, Abogados

    María Sergia Martín González- towanda 

    Precisamente hoy, durante mi confinamiento por coronavirus, ha aparecido en el despacho. Ebrio. Sin mascarilla. Ignorando la propagación del bicho.

    —¿Por qué?— pregunta a bocajarro.
    —Éramos niños...
    —Esto me ha marcado… —dice señalándose la cara.
    —Debí detenerlo —intento disculparme—… Era el mayor.
    —Delito de lesiones. Código Penal: art. 148. Pena de prisión de tres meses a tres años...

    Me enerva cuando aflora el penalista que lleva dentro, pero tiene razón. Desde aquello, odia estar encerrado y para eso tampoco hay vacuna. Le explico que éramos críos jugando a secuestros. Que fue él quien insistió en presionar a nuestros padres para conseguir el rescate y que su amputación pretendía demostrar que íbamos en serio. Le digo que lamento su dolor, pero que estoy muy orgulloso de él, como prueba el rótulo de nuestro bufete. Llora. Sonríe. Nos abrazamos.

    Han sido años mudos, pero creo que esta crisis conseguirá salvarnos con palabras.

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  • Imagen de perfilLOS BENEFICIOS DEL VIRUS

    RAFAEL OLIVARES SEGUÍ 

    Aún no había terminado el confinamiento ni se había encontrado la vacuna contra el coronavirus, pero su propagación había disminuido y ya se pudo celebrar el juicio. Tras el atraco al banco, con el resultado de tres heridos y un sustancioso botín, la policía logró detener a dos sospechosos. Sin embargo, ni empleados ni clientes pudieron identificarlos en las ruedas de reconocimiento porque habían actuado con el rostro cubierto. En tales circunstancias, y a falta de otras evidencias, su defensor confiaba en una rápida y fácil absolución. Pero, al entrar los acusados en la sala con la mascarilla profiláctica obligatoria, todos los testigos los señalaron: «fueron esos, fueron esos». De inmediato desapareció la sonrisa del abogado, pero la tela impidió que se notara.

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  • Imagen de perfilSubestimados

    Antinea Ravarotto 

    No puedes ir. El coronavirus ha llegado allí, dicen. Al menos, llévate una mascarilla. No tengo tiempo de pensar en esas psicosis de barrio. Lo que cambiará para siempre mi currículum de abogado mediocre me espera en ese juzgado. Ganar esa causa será la vacuna a mis frustraciones. El jefe se fijará en el eterno becario, que dejó de serlo hace años. Mi sueldo me permitirá de poner freno a la propagación del moho en las paredes de mi piso. Y a mi padre se le caerá esa mirada de pena al pensar en su hijo "sin futuro persiguiendo una quimera". Mi corazón, como el tren en que viajo, corre desbocado hacia mi felicidad.
    Madrid, Juzgados de Instrucción, 13 de marzo de 2020, 9.38. "Caballero, no puede acceder. Estamos en estado de alarma pandémica. Vuelva a su domicilio y respete el confinamiento. Todos los juicios quedan aplazados hasta nueva orden".

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  • Imagen de perfilPARALELEPÍPEDO

    Nicolás Montiel Puerta 

    No lo vio venir. Salía del juzgado distraído, mirando el móvil, después de asistir al enésimo detenido de su carrera. Y se topó con la manifestación de frente, y en la frente le cayó el adoquín.
    En el hospital le indujeron el coma del que acaba de despertar. Siempre ha sido un tipo con suerte; se ha ahorrado el confinamiento, la incertidumbre, el miedo; no se ha puesto una mascarilla ni se ha lavado las manos hasta casi borrarse las huellas dactilares; no ha sufrido por su familia, por sus amigos, por los desconocidos que iban alimentando diariamente las dramáticas cifras del Ministerio; no ha visto ningún informativo ni ha tenido que hacer yoga, meditación, o flexiones. No ha tenido que rezar.
    Hoy, neutralizada la propagación del maldito coronavirus, le han puesto la vacuna, y le han dado el alta.
    Mañana vuelve al despacho y amenaza con abrazarnos.

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  • Imagen de perfilEL ESTADO CONTRA LA TIERRA

    MARÍA DEL CARMEN JIMÉNEZ ARAGÓN 

    -¿Qué argumentos presenta su cliente en su defensa, letrado?
    -Señoría, mi cliente defiende que todo lo hizo en defensa propia. Llevaba muchísimos años sufriendo vejaciones y maltrato. No se sentía valorada como debiera, teniendo en cuenta su vital importancia. Trató de advertir, por activa y por pasiva, de las consecuencias. Los pocos que se dieron por aludidos trataron de reparar el daño con una simple mascarilla. Pero viendo que la mayoría de sus inquilinos no entraban en razones se vio obligada a crear un coronavirus del que no existiese vacuna, obligándolos al confinamiento en pos de la supervivencia. Y a las pruebas me remito, Señoría. La propagación de este virus ha conseguido frenar, o incluso invertir, el proceso de destrucción y muerte al que mi cliente se veía sometida. No ha sido un acto de egoísmo. Al salvarse ella, los salva también a ellos, con excepciones muy a su pesar.

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  • Imagen de perfilTODA PREVENCIÓN ES POCA

    Juan Rodríguez-Ovejero Sánchez-Arévalo 

    Abandono el confinamiento para asistir a un detenido. Una vez en el aparcamiento de la comisaría, me dispongo a sacar de la guantera un producto de tipo gurmé, si tenemos en cuenta su precio de venta en farmacias. Siempre repaso y medito cada detalle antes de una asistencia, pero en esta ocasión olvidé buscar tutoriales sobre cómo colocarme este maldito bozal. Al verme en apuros, un policía se acerca metiendo medio cuerpo por la ventanilla para intentar ayudarme con sus propias manos. Tan súbita irrupción me lleva a protegerme con tal avidez, que hago estallar la goma elástica. Me dice el agente que no me preocupe, que lo de la mascarilla es solo para los detenidos. Le contesto que el coronavirus no entiende de buenos y malos en su propagación. Se sonríe maliciosamente. Me temo que después de esta jornada, ya no necesitaré la vacuna.

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  • Imagen de perfilTORO PASADO

    Miguel Angel Zarzuela Ramírez 

    Y muchos se convirtieron en epidemiólogos, en expertos estadísticos en curvas normales o en macroeconomistas especializados en recesiones.

    El confinamiento decretado desató la propagación de personajes con mascarilla que, entremezclados con gente fiable, aparecían en los medios lanzando sus mensajes, quejas, análisis, promesas de vacuna, consignas, predicciones y, en especial, críticas.

    Miguel, mi compañero del despacho, analizó la situación.

    Verificó que vivíamos dos pandemias: el coronavirus y el ventajismo. Decidió actuar contra la segunda ya que el no es epidemiólogo, ni estadístico, ni economista, sino abogado.

    Hoy 2020 es ya un año convertido en recuerdo borroso. Pero él sigue empeñado en tipificar como delito las manifestaciones no constructivas que opinen de los cuernos del toro cuando el rabo ya ha pasado. Es una ventaja indecente.

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  • Imagen de perfilNO ME GUSTAN LOS FRIXUELOS FRÍOS

    Nía Fueyo 

    Nacho me había pedido frixuelos para merendar, con esa mirada de “sabes que no vas a poder negarte”, así que aquí estoy, haciendo una docena, bien azucarados para él, con mermelada para Mario y con un toque de canela para mí, porque ya que me meto en la cocina, y más en estos días, qué menos que darle una alegría al paladar.
    Suena teléfono. Es un mensaje. Era de esperar estando de guardia, pero justo ahora… Leo el atestado: detenido un chico de 19 años por saltarse el confinamiento para ir “a comprar marihuana para curarse del coronavirus”. Se le acusa de desobediencia y atentado a agentes de la autoridad, al intentar arrancarles las mascarillas durante el forcejeo.
    Y yo, que tengo que acudir en su defensa, pienso: ¿para cuándo la vacuna contra la propagación de la estupidez? No me gustan los frixuelos fríos.

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  • Imagen de perfilGAMA DE COLORES

    ANA MARIA VIÑALS LORENTE 

    El confinamiento para evitar la propagación del coronovirus a la espera de dar con una vacuna ya dura semanas y la gente trata, desesperadamente, de hacerse con una mascarilla. Mi trabajo ha caído en picado. Me limito a atender llamadas telefónicas de padres, en su gran mayoría divorciados, que no pueden ver a sus hijos y a otros asuntos peliaguados que no admiten demora. Mis clientes, furiosos, exigen saber de boca de su abogada cuándo serán celebrados los juicios suspendidos por la pandemia. "Todo va a ir bien" les tranquilizo. Pero luego dan las ocho y mi marido me agarra del brazo, todavía magullado por la paliza propinada horas atrás, y me empuja hacia donde nadie pueda verme. Después sale al balcón para aplaudir. Y es entonces cuando los brillantes colores de los arcoíris que cuelgan de las ventanas se borran de mi mente y solo veo oscuridad.

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  • Imagen de perfilConfinado

    laura pilato rodríguez 

    Aunque mi cliente parece hacer caso omiso a mis palabras, trato de explicarle que la actividad judicial estará paralizada durante el estado de alarma.
    - Para evitar la propagación del coronavirus, en las próximas semanas sólo mantendremos contacto telefónico.
    Debemos tomarnos esto en serio, ya que de momento no hay vacuna ni tratamiento.
    - Vamos abogado, sáquese esa ridícula mascarilla y póngase a trabajar. ¿O se va dejar amedrentar por un "resfriado"?
    - Le repito que hasta nuevo aviso no retomaremos los asuntos legales. Este virus es muy contagioso y, aunque el confinamiento es una medida dura, hay que respetarla.
    -¡Que sabrá usted de confinamiento! Grita golpeando con fuerza el cristal que nos separa.
    Me quedo paralizado, y observo perplejo la imagen del agente que le reduce y le devuelve a su celda.

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  • Imagen de perfilEl derecho me salvó

    juan pablo monje caro 

    Me dirijo al pequeño despacho que he alquilado en Chamberí. Pagué señal, fianza y mensualidad hace cinco días. Me gustaría terminar de instalarme pero las órdenes son claras: confinamiento obligatorio para evitar la propagación del coronavirus. Prefiero llamarlo así. Los que le dicen COVID-19 parecen estar cogiendo confianza con él, como si fuera a quedarse entre nosotros más de lo necesario.

    Accedo al portal del edificio y saludo al conserje. Me devuelve el saludo con los ojos -lo único que deja al descubierto su raída mascarilla-. Recojo mis tres expedientes y me marcho. De camino a casa reflexiono sobre mis últimas decisiones: dejé un trabajo estable para iniciar una andadura en solitario. No tengo el don de la oportunidad, concluyo. Una llamada interrumpe mi autodestrucción. Lo cojo y una voz dice:

    -¿Qué sabes de ERTES?

    En algunas ocasiones la vacuna llega antes de que la enfermedad presente sus peores síntomas.

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  • Imagen de perfilMi cumpleaños

    MARÍA ÁNGELES TIMOTEO CASTIEL 

    Hoy es mi cumpleaños. El primero en confinamiento. Martes Santo. Como un abogado nunca descansa, comienzo el día con una llamada al banco, con la puerta cerrada para que el niño no interrumpa, e intentar enmendar la operación de mutuo acuerdo que la propagación del coronavirus ha impedido que cumplamos. Luego emails, más llamadas. Ahora no puedo, Daniel, estoy trabajando. Luego vendrán las videollamadas con la familia, apagar las velas en una tarta casera, recibir el cumpleaños feliz telemáticamente y quedarme sin regalos por primera vez. Bueno, sin regalos no, porque parece ser que hoy la luna brillará más grande que nunca. Y estar vivos, lo que ya es un regalo en sí mismo. Soñar con la vacuna que nos permita regresar a la normalidad más pronto que tarde. Esa normalidad que antes nos parecía tan deficiente y ahora añoramos. Y entretanto, taparme la sonrisa con la mascarilla y esperar...

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  • Imagen de perfilAPOCALIPSIS SOCIAL

    Rosalía Guerrero Jordán 

    Cuando todo empezó nos obligaron al confinamiento y a llevar mascarilla para evitar la propagación del coronavirus.
    La legislación se endureció y pronto me tocó recurrir las multas que mis clientes consideraban abusivas. Pero era una batalla perdida: no había ningún resquicio en la ley y, ante la duda y con las ciudades y los pueblos militarizados, se aplicaba la temida Ley Mordaza.
    Después de varios años de curvas de contagios y ataúdes, viviendo en el temor ineludible al otro, finalmente se sintetizó la vacuna definitiva. Entonces pensé, torpe e inocentemente, que todas las normas estrictas que nos habían impuesto se irían relajando para volver a nuestra vida anterior, a las fiestas y a las reuniones familiares cuajadas de besos y abrazos.
    Sin embargo, no fue así. El miedo, más contagioso que cualquier virus, se había instalado, tozudo y pegajoso, en la sociedad.

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  • Imagen de perfilDe balcón a balcón

    Miguel Ángel Moreno Cañizares 

    Desde que se decretó el confinamiento en casa por el dichoso coronavirus, he empezado a conversar con vecinos antes anónimos. Con el de al lado, abogado por más señas, charlo de balcón a balcón, ambos con la mascarilla puesta para evitar la propagación. Solemos tratar temas recurrentes. El otro día, sin ir más lejos, debatimos sobre el plazo para el descubrimiento de una vacuna. Las posturas eran tan enfrentadas que hacían imposible el acuerdo. Parecíamos el fiscal y el defensor en la sala de tribunales. La cuestión es que el hombre dedica las tardes a tocar el piano y ensaya temas de bandas sonoras como Titanic o Leyendas de Pasión. Le pone empeño, pero me da la impresión de que lleva poco tiempo dedicado a la música. Yo evito comentarlo, pero hoy, a bote pronto, desde el balcón me ha pedido un juicio rápido.

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  • Imagen de perfilAPLAZAMIENTO

    LOLA SANABRIA GARCÍA 

    Si yo iba a la cocina, tú te quedabas en el salón. Si entraba en el cuarto de baño, tú te afeitabas en el aseo. Mientras yo dormía, tú descolgabas del tendedero la mascarilla, cogías la lista común y hacías la compra. Si yo veía las noticias en la televisión, tú oías en la radio que aún no había vacuna para el coronavirus. Propagación era la palabra maldita mil veces escuchada. Necesitaba calor humano. Y allí estabas tú. Comenzamos a buscarnos. A dejar una mano sobre el aparador para que el otro la rozara al pasar. A sentarnos juntos en el sofá. A volver a compartir la cama. A querernos. Cuando juntos vencimos la pandemia y se acabó el confinamiento, fuimos de la mano al despacho del abogado, rompimos los papeles del divorcio y los lanzamos al aire. Fueron cayendo como copos de nieve hasta desaparecer de nuestras vidas.

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