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ELENA BETHENCOURT 

Cuando llegó la vacuna, buena parte de la población mundial había desaparecido.
Al terminarse la propagación, todos los pueblos de la tierra salieron de su confinamiento para dirigirse al juicio de la humanidad contra el coronavirus. Mientras andaban hacia el lugar, no podían resistir la tentación de besarse, abrazarse y ayudar a los más débiles a avanzar. También notaron que el aire era más puro, el agua más transparente y las flores brotaban de cualquier rincón.
Ninguno de estos hechos fue usado como atenuante por la defensa. Al contrario, el acusado se declaró culpable, pero señalando a los presentes, preguntó: “¿Y cuál es vuestra responsabilidad en lo ocurrido?». Como ya no llevaban mascarillas para cubrirse el rostro, ninguno pudo ocultar su rubor. Todos bajaron la cabeza al tiempo que sintieron un deseo irrefrenable de lavarse otra vez las manos con agua y jabón.

 

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