Guillermo Portillo Guzmán

Microrrelatos publicados

  • La ética de mis hijos

    Mi cliente dijo: -¡No!, no estoy dispuesto a gastar mis cortos beneficios en reestructurar el proceso industrial para eliminar el vertido al agua de los residuos, con el fin de conservar la pesca de las angulas. Ese sector no tiene nada que ver con el mío.
    Yo le repliqué: -Pero si no moderniza sus instalaciones pensando en la protección del medio ambiente, la sociedad lo eliminará sin contemplaciones.
    -Ningún juez me va a decir como hacer mis fabricados -me respondió.
    -Pues siento mucho comunicarle, que mi código ético personal inculcado en mi conciencia por mis hijos, me insta a rechazar su defensa.

    Aquella renuncia a mi responsabilidad como abogado defensor en la nómina de la fábrica, me produjo más satisfacción que ninguno de los juicios que hasta ese momento había ganado. A pesar que desde entonces, las angulas se comercializaron en cartuchos de papel, en vez de estuches de plástico.

    | Junio 2020
     Participante
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  • Con el permiso de Gila

    -Ring, ring...
    -¿Es el enemigo?... ¡Qué se ponga!... ¿Ustedes podrían parar la propagación un momento?... Le quería preguntar una cosa: ¿Ustedes van a saltarse el confinamiento mañana?... ¿A qué hora?... Entonces, ¿cuándo?, ¿el domingo?... ¿Y no podrían mañana por la tarde? Y después del fútbol continúan... ¿Van a venir muchos?... Yo no sé si habrá mascarillas para tantos. Bueno, nosotros las disparamos y ustedes se las reparten... Ayer estuvo aquí el espía de ustedes, ese que se llama coronavirus, bajito, regordete y vestido de lagarterana... Que se llevó la vacuna del polvorín y solo tenemos esa... Pues que le haga una fotocopia y nos la devuelva. Que si no, le vamos a mandar a nuestro abogado y no saben ustedes como se las gasta. Eso sí, invita a café a todas sus señorías... Pues eso, que mañana por la tarde paren la propagación, que juega el Madrid... Pííí, pííí, pííí...

    | Abril 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 16

  • 2101, ODISEA DEL HOMO SAPIENS

    Mi falta de preparación en normativas laborales me obligó a recurrir a un laboralista, al que le encargué la defensa de mis derechos constitucionales ante aquella macromultinacional.
    Ésta, había querido promover el crecimiento productivo de sus beneficios a base de incrementar el empleo inclusivo de todo tipo de máquinas y ordenadores inteligentes, a costa de reducir a cero la cuota de humanos en sus equipos operativos.
    Incluso el departamento de recursos humanos estaba integrado por máquinas autosuficientes y, según pudo averiguar mi abogado, el Consejo de Administración de la empresa lo formaban cinco supercomputadores HAL9000, que colaborativamente tomaban todas las decisiones.
    La sentencia desestimatoria la dictó el Mac que presidía el Tribunal, cerrándole definitivamente a mi abogado la posibilidad de presentar recurso suplicatorio, pues los Tribunales estaban exentos de cualquier sentimiento humano.
    Reconecté a mi abogado robotizado para su recarga eléctrica diaria y me bebí mi vaso de cicuta.

    | Febrero 2020
     Participante
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  • Mi última pesadilla

    Año 2090. Tras mi infructuoso alegato frente a la Corte Suprema Planetaria como letrado defensor del Gobierno de las islas Maldivas, en un último y desesperado intento por evitar su definitiva desaparición, engullidas por un océano Indico descontrolado e inestable, no pareció importarle a nadie la degradación de su ecosistema.
    Los intereses económicos, en connivencia matrimonial con los políticos, hacían del todo imposible proteger la diversidad medioambiental del planeta, para conseguir una vida más o menos sostenible.
    Cuatro meses después de la desestimación, Maldivas quedó sumergida. Seis meses más tarde, Canarias, Azores, Bahamas, Tahití, Samoa y Filipinas redujeron su espacio habitable a la mitad.
    La migración a tierra continental había comenzado. Millones de personas y animales buscaron su espacio tierra adentro.
    Los objetivos de desarrollo sostenible siempre fueron papel mojado. Mojados por los envalentonados océanos, fuera ya de todo control humano.
    ...
    Desperté sin encontrarle explicación alguna a aquella pesadilla.

    | Enero 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 5

  • El calcetín

    El caso me pareció cuanto menos, espinoso como un cactus. Debía representar a un migrante desfavorecido por la vida que le había tocado vivir y que, tras un largo viaje de varios miles de kilómetros, se encontraba detenido en la aduana con todas sus pertenencias desparramadas sobre una mesa.
    Aquel calcetín, que el perro policía había señalado de forma insistente, era inspeccionado concienzudamente por el personal aduanero, sin que, aparentemente, encontrasen lo que supuestamente iban buscando.
    El derecho consuetudinario establece la presunción de inocencia ante la de culpabilidad, pero tras la desaforada actuación del entrenado can, el policía ponía en duda tal presunción, e insistía en que su perro jamás erraba el tiro.
    Tardé cerca de dos horas en conseguir la libertad de mi defendido, alegando que el olor a pies, cercano a la putrefacción opiácea, no podía ser motivo de consideración delictiva y por tanto, de privación de libertad.

    | Julio 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 29

  • Desterrado

    Aquella mañana el viento de levante soplaba con tal fuerza, que la camisa del detenido flameaba como la llama de una vela justo antes de apagarse.
    El paseíllo desde el coche policial hasta las puertas del edificio de los juzgados fue, lento, pesaroso y vergonzante, pues muchos viandantes le arreciaron con insultos, trompicones y hasta inmundos escupitajos, que la policía no consiguió evitar.
    Yo, su abogado defensor, le esperaba en el seguro interior de hall del palacio de justicia, sin poder hacer nada por eludir aquel depravado comportamiento de la comunidad. No me atreví a salir a intentar conciliar aquel contubernio vituperable, previo al juicio, pues la turba, ya incontrolada, campaba a sus anchas.
    Minutos después el juez sentenció, dando por archivado el pleito. Y aquel infortunado entrenador del equipo de fútbol local, que perdió aquel partido que propició el descenso de categoría, fue sentenciado al destierro de por vida.

    | Febrero 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 1