David Gómez Ortas

Microrrelatos publicados

  • El abogado verde.

    Hace tiempo que necesitaba un cambio en mi vida. De niño había imaginado mi futuro de forma muy diferente: trabajando como abogado de una gran firma, con clientes de renombre y lujosos deportivos. Pero, el turno de oficio me devolvió a la realidad más cruel: honorarios exiguos, clientes indigentes y muchos viajes en Metro. Decidido a promover la conservación de los bosques, cerré el despacho de la noche a la mañana, y empecé a soñar con mi nueva vida de activista del medio ambiente y radical del partido ecologista. Sería protagonista de portadas y cumbres del clima a lo Greta Thunberg, me ataría a los árboles, y vestiría solo ropa de procedencia sostenible.
    Pocos meses después, un nuevo baño de realidad me despertaba de aquel sueño. En la planta de reciclaje donde trabajo me llaman el abogado verde, y valoran muchísimo mi asesoramiento sobre gestión de residuos en el hogar.

    | Septiembre 2021
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 4

  • SER O NO SER ESENCIAL.

    Ser o no Ser esencial, esa es la cuestión. Siempre quise dejar huella en la Historia, por eso, en esta época sin grandes conquistadores de ningún tipo, quise ser abogado, participar en la propagación de mi ideal de justicia. Ahora, con el estado de alarma declarado por el infame Coronavirus, se me presentaba una oportunidad única.

    Con la mayoría de abogados atrincherados tras el teletrabajo, y la mitad de la población mundial en pleno confinamiento, opté por ser esencial, como promovía el Gobierno, y dirigirme mascarilla en ristre a la puerta de un hospital, ofreciéndome a posibles justiciables a los que arreglar sus entuertos. Negligencias médicas, despidos, responsabilidad extracontractual, me era indiferente; cualquier caso podría ser el que me convirtiera en inmortal.

    Finalmente, me bastó una mañana, y un test positivo en Covid a modo de vacuna para el orgullo, para no sentirme tan esencial e inmortal como me creía.

    | Abril 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 5

  • LA BRECHA

    Mientras terminaba de maquillarme frente al espejo, me dije a mi misma que hoy sería el gran día. El despacho iba a nombrar un nuevo socio, y por fin tendría mi oportunidad. Los resultados me avalaban como la aspirante con más victorias en los tribunales, y mi facturación se había incrementado de forma evidente. La firma había realizado campañas contra la desigualdad de género, y anunciado que no se iba a discriminar a nadie.
    Convencida de que mi talento rompería el techo de cristal, y elevaría esa minoría de mujeres socias en bufetes, me dirigí al despacho del socio principal impregnada de espíritu positivo. Tras la entrevista, quedó claro que, la brecha, lo que es la brecha, había que cerrarla; pero no solo la de la desigualdad, también la de la frente de mi jefe, tras clavarle uno de mis tacones por condicionar mi ascenso al largo de mi falda.

    | Marzo 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 19

  • EL GRAN DESAHUCIO

    Decidí actuar, cansado de ver en las noticias la degradación de los ecosistemas en el mundo, y el fracaso, uno más, de la cumbre del clima en Madrid. Los políticos ya lo habían intentado, pero era evidente que, los intereses económicos no les permitían proteger la diversidad de nuestro planeta como merece. Ahora era el momento de los abogados. En mangas de camisa en pleno enero, busqué, en mi agenda de colegas de profesión, a todos aquellos que estuvieran dispuestos a sumarse a la demanda colectiva más ambiciosa que jamás hubiera presentado nadie, y pronto se sumaron unos pocos. El enfoque estaba claro: sería un desahucio. La parte demandada: la humanidad. La vivienda por desahuciar: la Tierra. Por último, debatimos si cabría la posibilidad de enervación. Todos estuvimos de acuerdo, daríamos una última oportunidad siempre y cuando todos los codemandados, incluidos nosotros mismos, nos comprometiéramos con un futuro sostenible.

    | Enero 2020
     Finalista
     Votos recibidos por la Comunidad: 4

  • Pleitos de verano

    El verano arrancaba tórrido, como hacía tiempo no se daba. En el despacho, mi jefe, un viejo letrado, de trato siempre seco y arisco como un cactus, había prescindido del resto del personal del bufete en los últimos meses, alegando estar próxima su jubilación.
    La cuestión era, que siendo yo el único superviviente, no tenía quién pudiera representar al desfavorecido en que me había convertido, así que, sin más remedio, decidí hacerlo yo mismo en el difícil pleito que supondría conseguir mis vacaciones. Me presenté ante don Cosme con mi mejor traje, mis calcetines de la suerte, y mis zapatos relucientes. En mi alegato, la norma consuetudinaria del bufete de no trabajar en agosto, el calor, la carga de trabajo asumida sin reproche, y cuanto pude hilar antes de escuchar aquellas palabras que interrumpieron mi ingenua exposición:
    - Joven, este año, para ti será hábil el mes de agosto.

    | Julio 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 12

  • UNA CONSULTA MUY PARTICULAR

    La última visita de la tarde se presentó sin cita. Un hombre negro que, por su ropaje, parecía haber llegado ese mismo día desde algún lugar lejano de Oriente, y cuyo olor procedía de algún tipo de loción animal. Dijo llamarse Bal, y comenzó a explicarme su preocupación, mientras comía caramelos que extraía de una bolsa repleta de ellos. Se sentía inseguro por tener un contrato laboral temporal. Al parecer, trabajaba un solo día al año desde hacía bastante tiempo, aunque su sueldo le permitía disfrutar a cuerpo de rey el resto del año. Le aseguré que, en realidad, era fijo discontinuo, y se tranquilizó. Antes de marcharse, me preguntó si había pedido algo a los reyes magos. Contesté con sorna:
    -los abogados tenemos fama de ser chicos malos.
    Sonrió.
    Al día siguiente, encontré sobre mi escritorio un saquito de carbón, y una nota escalofriante que decía:
    Gracias. R. Baltasar.

    | Enero 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 3

  • Justicia, al fín

    Ese día se jubilaba. No esperaba ninguna fiesta en su honor en el despacho. Recogió en una cesta sus objetos personales, y dobló cuidadosamente su toga de puñetas bordadas, tan ostentosas como ahora raídas, reflejo de su época gloriosa como magistrado. Aquel tiempo terminó cuando, persiguiendo su sueño de hacer justicia, llegó a manipular pruebas contra un asesino difícil de atrapar. Tras ser descubierto por un oficial extraordinariamente motivado, el asesino acabó en libertad, y su carrera judicial tuvo, desde ese día, fecha de caducidad. Podría decirse que en ese momento sufrió una inmensa decepción, pero consiguió rearmarse en su condición de abogado gracias a un favor de un amigo que le hizo un hueco en el despacho.
    Ayer fue su último juicio, y se hizo un tatuaje para conmemorarlo. No necesitaba esperar la sentencia, sabía sobradamente que había perdido. Representó a aquel asesino. Leyó el tatuaje con orgullo: Justicia.

    | Enero 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 5

  • Abogado con súper poderes

    Franklin Roosvelt dijo: "un gran poder conlleva una gran responsabilidad". Aquella frase, que más tarde le repetiría Tío Ben al Hombre Araña, marcó mi trayectoria profesional, y ha sido el contrapeso para mi conciencia todos estos años.
    No ha sido fácil para este abogado de pueblo rehuir la especia de la codicia y no probar la corrupción. Como Spiderman, me he movido entre las telarañas de lo deshonesto que rodean esta otrora respetada profesión, evitando convertirme yo en la presa.
    Mi tarifa no es liviana, lo reconozco; solo así puedo luchar contra mi alter ego, ese que se parece tanto a mí mismo, pero mucho más oscuro, y que solo quiere ser como esos arrogantes abogados de las películas.
    La conciencia es un súper poder, muchos ya no la tienen. A veces me vibra, como si fuera un dispositivo electrónico, entonces se que es hora de escapar entre los edificios.

    | Septiembre 2016
     Participante

  • Lecciones útiles en agosto.

    Me resultaba imposible seguir la retahíla de excusas y argumentos con las que aquel cliente pretendía convencerme para que aceptara su defensa. La nuez de su garganta no paraba de subir y bajar de forma hipnótica, y ese vaivén, me sumergía en un trance en el que podía verme allí donde debería estar en ese caluroso mes de agosto: echando la llave al despacho y corriendo, toalla en mano, a la playa más cercana. Tan apetecible visión terminó de forma abrupta cuando, entre cabezadas, mandé la pesada carpeta sobre la que me apoyaba con el codo directamente al suelo con gran estruendo.
    De nada sirvieron las disculpas que pude improvisar después, el cliente salió iracundo y por supuesto, sin abonar la consulta. ¡Uno más!
    Aquel incidente desagradable, me enseñó, sin embargo, una lección más valiosa: En agosto, el lugar de un abogado es la playa y no el despacho.

    | Agosto 2016
     Participante