Imagen de perfilLecciones útiles en agosto.

David Gómez Ortas 

Me resultaba imposible seguir la retahíla de excusas y argumentos con las que aquel cliente pretendía convencerme para que aceptara su defensa. La nuez de su garganta no paraba de subir y bajar de forma hipnótica, y ese vaivén, me sumergía en un trance en el que podía verme allí donde debería estar en ese caluroso mes de agosto: echando la llave al despacho y corriendo, toalla en mano, a la playa más cercana. Tan apetecible visión terminó de forma abrupta cuando, entre cabezadas, mandé la pesada carpeta sobre la que me apoyaba con el codo directamente al suelo con gran estruendo.
De nada sirvieron las disculpas que pude improvisar después, el cliente salió iracundo y por supuesto, sin abonar la consulta. ¡Uno más!
Aquel incidente desagradable, me enseñó, sin embargo, una lección más valiosa: En agosto, el lugar de un abogado es la playa y no el despacho.

 

 

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