David Villar Cembellín

Microrrelatos publicados

  • Lemniscata

    Tenía un tatuaje con el símbolo de infinito en la cadera. Los días buenos, cuando la salud lo permitía, recordaba su nombre. Los días malos era un ocho tumbado. Los días malos eran cofres sumergidos. En los días malos no estaba Él. Él se llamaba Aitor, los días buenos estaban llenos de Aitor. Aitor la amaba y ella a Él, los días malos no recordaba esto. Los días malos no tenía acceso a Aitor y se arrastraban indolentes. Aunque Aitor cada vez apareciese menos, estaban ganando terreno los días malos. Pero los días buenos aún lograba escuchar su voz sin edad: «te voy a proteger y vigilar como un ángel custodio, te amaré infinito», había prometido. Por eso ella imprimió ese símbolo sobre su cadera. Ella había sido abogada, trabajaba con letras, poseía un enorme vocabulario, pero no conseguía recordar su nombre. Los días malos sólo era un ocho tumbado.

    | Octubre 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 19

  • El niño que quiso ser Atticus Finch

    La lectura tuvo la culpa. Durante la infancia no tuve otro patio de recreo que la biblioteca: los libros eran mis columpios, sus páginas mi tobogán. Todos mis amigos eran piratas, detectives o mosqueteros. Con Sandokan encontraba el valor que me faltaba, con Sherlock Holmes la flemática educación inglesa que más tarde intentaría ensayar. Leer no era un pasatiempo para mí, suponía un acto inaplazable. Y entonces llegué a ese libro: “Matar a un ruiseñor”, de Harper Lee. ¡Atticus Finch se convirtió en mi héroe favorito! No tenía pistola ni sabía manejar la espada, ¡pero madre mía qué valentía la suya! Qué manera de defender al débil y cuánta nobleza. La equidad era su bandera, todas sus armas las palabras bien elegidas. ¡Palabras! ¡Yo que era un niño enamorado de las palabras! Supongo que fue algo innovador, incluso una sorpresa, que no eligiera Filología Hispánica. «Mamá, quiero estudiar Derecho», anuncié.

    | Septiembre 2020
     Finalista
     Votos recibidos por la Comunidad: 16

  • Cuando marcharon las cigüeñas

    Las cigüeñas migraron en otoño, pero esta vez no regresaron. Nos decían que todavía se las podía ver en el África subsahariana, o más al sur incluso. Poco a poco nos fuimos habituando a su desaparición. Comenzamos a cooperar y a ocupar los campanarios. Cada uno traía lo que podía —ramas, musgo, pequeños arbustos—, y con solidaridad fuimos edificando nidos. Por último, enviamos a las hembras ponederas. No faltaron las voces discordantes, claro: que los humanos no debíamos ocupar el espacio de las aves, que esa ocupación de las espadañas suponía un ultraje contra los planes de urbanismo municipal, etecé. Fue necesario fortalecer nuestra causa con el apoyo de un bufete de abogados. Nosotros nos personamos en nombre de las cigüeñas, in absentia, y ganamos. ¡Larga vida a la alianza Homo Sapiens-Ciconiidae! Para verano nacerán los primeros cigoñinos. Veréis qué hermosura de bebés, níveos, su nariz puntiaguda, revoloteando.

    | Agosto 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 13

  • Soylent Green

    ¿Recuerdas aquella película? ¿El grito desesperado de Charlton Heston? ¡Son personas!
    Resulta irónico pensar que está ambientada en 2022, exactamente el año en que terminé la carrera. Me especialicé en derecho laboral, un error visto lo que aconteció. Los procesos productivos daban muestras de agotamiento, pero el capitalismo seguía creyendo en el crecimiento infinito. A la vez, los articulados inclusivos de los convenios chocaban con un adelgazamiento de las plantillas, el sistema de pensiones con el envejecimiento general. Cada vez había menos empleo, menos consumo, más miseria. Mi labor consistía en defender unos derechos básicos que, en un incesante goteo, comenzaban a desaparecer.
    La privatización de las pensiones —o mochila austriaca— pospuso el problema una década, pero al final hubo que afrontarlo: ¿qué hacer con la ancianidad improductiva? ¿Con la pirámide invertida? ¿Con los malditos yayos?
    Incapaces de promover medidas sociales que soportasen nuestra carga, los gobiernos (nos) hacen galletas.

    | Febrero 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 41

  • Sambenito

    El presbítero miró al reo: contrecho, medroso, mirada gacha, sus ademanes amables apestaban a inocencia. Pero el Tribunal del Santo Oficio sabía cómo gestionar estos casos, no se iba a dejar engañar.
    —Se le acusa aquí —el inquisidor levantó un papel— de herejía.
    —Tenía hambre —repuso el reo.
    —Pero ¿comerse las obleas sagradas?
    —Previo al milagro de la transubstanciación, son solo pan.
    El presbítero levantó una ceja. ¡Caramba con el pusilánime! ¡Sabía expresarse!
    —Jamás robaría del sagrario —continuó el reo—. Pero una oblea en una cocina es apenas harina y agua.
    El inquisidor sopesó la respuesta. Cierto era que, sin consagrar, el pan todavía no es cuerpo de Cristo. ¿Pero si la función de ese pan fuese ser consagrado, no habría igualmente herejía? ¿No la había?
    Horas después, el reo salía libre con un capirote y una cruz como capa. El sambenito le abochornaba, pero las hogueras quedaban atrás.

    | Septiembre 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 4

  • Taquígrafo de tribunal

    Ocurre que los taquígrafos somos los grandes olvidados del mundillo judicial: los jueces se llevan la gloria, los fiscales los cargos políticos, los abogados las series de televisión, ¿pero quién se acuerda de nosotros? ¿Quién repara en ese pequeño ser retrepado sobre una silla de skay sin parar de golpear su teclado? ¿Alguien le da valor a ese incesante clic clic clic recogiendo declaraciones, conclusiones, veredictos? Somos insignificantes, nuestra estenotipia apenas música de fondo. Los grandes focos apuntan a otro lado, nuestra presencia es baladí. La vida prosigue con su cadencia semanal, mensual, anual, y nosotros ahí, dándole a la tecla. Criaturas invisibles. Síntomas desapercibidos. Una gran nada, sombras chinescas a la hora de aportar, condenar o debatir. Escribanos. Multicopistas. Cuán penoso…
    —Oiga, ¿ha apuntado usted lo de la última donación? —interrumpe el juez mis pensamientos.
    —Sí, claro —replico.
    Pero yo, sobre el papel, continúo divagando sobre mi triste vida.

    | Agosto 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 10

  • Las mil y una noches

    Los cuarenta ladrones celebraron una fiesta tras su absolución, la fiscalía no había visto delito de prevaricación o cohecho. De la lámpara maravillosa nació una reforma de la Constitución, artículo 155, que anteponía el pago de deuda externa al resto de derechos. En Samarcanda, la ciudadanía salió a la calle en señal de protesta —y por la subida de las pensiones—, pero nadie les hizo mucho caso. Hacía demasiado tiempo que en el lejano oriente el poder legislativo, ejecutivo y judicial vivían en concomitancia. El sultán emérito dejó su sitio a un nuevo sultán: su hijo. A los visires, expertos magos capaces de hacer brotar másteres de universidad de su sombrero, les pareció bien. Todo debía cambiar para que todo siguiera igual. Las esperanzas de que en ese cuento algo mejorara se fueron volando como en una alfombra voladora. La satrapía estaba de aniversario. Sherezade lo narraba llorando.

    | Octubre 2018
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 10

  • Cucú (una historia sobre la injusticia)

    Cuando su madre se levantó, corrió a esconderse. El pequeño juez contaba cuatro años y su anhelo era dar un susto de verdad, se había acabado la convalecencia de aquellos tiempos condescendientes donde él hacía “¡uh!” y todos fingían miedo con aspavientos. Aquel día el susto sería real. Se oyeron pasos:
    —¡Cucú! —apareció victorioso.
    Como una flecha de luz, como un verbo fugaz, fue el acto reflejo de su madre: una sonora bofetada, ¡plas!, su mano izquierda abofeteándole con la velocidad de un parpadeo.
    En los ojos del pequeño juez comenzaron a condensarse lágrimas de incomprensión. No quería llorar, no sabía qué contestar, pero se palpaba el moflete amoratado y hacía pucheros. Aquel día descubrió La Injusticia...
    (...)
    Nuestro pasado nos pertenece como el hambre al destierro, imposible repudiar los recuerdos. Por eso eligió la judicatura, se autoconvence, para luchar contra la sinrazón.
    “Cucú”, todavía susurra cuando descarga el mazo.

    | Septiembre 2018
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 7

  • Jurados populares (año 33 d.c.)

    El juicio había sido sumarísimo. No hubo abogados, ni bufete, ni prácticamente alegato de defensa. Qué caray defensa, ¡si ni siquiera sabía de qué se le acusaba! ¿Cuál había sido su delito? ¿Cuál? ¿Qué había hecho él para tener a toda la concurrencia en su contra? Ahora las lágrimas se confundían con la sangre que manaba de su frente, incapaz de actualizar los últimos acontecimientos. Ah, se lamentaba, ojalá poseyera una ventanilla en el pecho por la que pudieran ver la transparencia de su alma, para que se aterraran al admirar la magnitud de su error. Pero ya era tarde para dar marcha atrás. Succionó como una piruleta aquella esponja bañada en vinagre que quisieron acercarle, y supo a ciencia cierta cuán inminente era su final. ¡Vaya con los jurados populares!, se conjuraba desde la cruz. ¿Cómo se podía ser tan fariseo?, sobre su cabeza un grotesco cartón anunciaba: “INRI”.

    | Marzo 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 25

  • Glíglico

    «El pueblo contra el Sr. Cortázar. Denuncia por ininteligibilidad —¡caray!, palabra paradójicamente casi ininteligible— en el capítulo 68 de Rayuela. En carpeta adjunta dispongo de dicho capítulo íntegro, a modo probatorio. ¿Algo que declarar?» «Mire, Sr. Nuez, el incidente que aquí nos ha estreclosiado con premuncia es un erpemujo sin galancia ni morazondia. Le ruego lo oropendolice en el más profundo zofio y que arrepestolice la llave al mar.» «Pero, ¿usted se está quedando conmigo? Mire que le puedo acusar de desacato, Sr. Cortázar. Responda en castellano.» «Nada más lejos de mi anzopastia, su bienemerácita. Y lo margento, pero creo estar ya currespándole de forma humefescante.» « ¡Orden en la sala! ¡Desacato! ¡Desacato!» «Umependolice sus gurcias, su buenesencia. No es marrasquisencia, sólo es glíglico.» «Tiro la toalla con usted. Desconozco si estoy ante un genio o ante un loco, me rindo. Elija usted su propia condena.» «¡Absolescencia! ¡Absolescencia! ¡E hinmortalidad!»

    | Agosto 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 5