XII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

El más votado por la comunidad

Imagen de perfilToda una vida

Pablo García Muñiz 

La causa del primer litigio entre los hermanos fue la propiedad de un nicho, herencia de su familia. Quise buscar una solución amistosa: - No tenéis edad para estas chiquilladas -les dije. Fue inútil. Ambos comenzaban una guerra fratricida que no estaban dispuestos a abandonar. Tras varios juicios ganados, pasé de proteger los intereses de Carlos a defender los de Juan cuando éste se ofreció a doblar mis honorarios y lo hice sin remordimientos, harto de sus disputas. Agotaron tiempo, salud y recursos peleando cada una de sus propiedades, como única forma de reivindicación personal. Hoy, soy el encargado de vigilar que la ceremonia se ajuste a la voluntad de ambos. El cementerio, vacío, su acceso cerrado a curiosos. Frente al mausoleo, el sepulturero y yo confirmamos en silencio la peor de mis sospechas: el doble féretro de los siameses no cabe entre las paredes del angosto y codiciado nicho.

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilEterna litispendencia

    María Carmen Caamaño López 

    Llevaba aún la falda de cuadros del colegio y se veían sus rodillas menudas, condecoradas con un sinfín de rasguños. A pesar de su edad, el acceso al bufete era su mayor fuente de diversión. Paseaba sus dedos curiosos por los códigos de Aranzadi e insistía en vigilar a mis espaldas, para asegurarse de que yo redactaba correctamente las demandas que ella quería interponer.

    —Es para proteger a Tedi —me decía mientras señalaba el hueco en el que debería estar el ojo izquierdo de su osito de peluche.

    —Quizás necesite a un médico más que a una abogada.

    Me replicó ofendida, diciendo que no era un problema de salud, así que terminé con la petitio y le cosí a Tedi un botón que a partir de entonces haría las veces de ojo.

    -Gracias, mamá—me dijo tras un beso sonoro que prometía una tregua en nuestra eterna litispendencia.

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  • Imagen de perfilCLÁUSULA ABUSIVA

    José I Baile Ayensa · Madrid 

    Encontré, sin saber cómo, el acceso a la orilla de la laguna Estigia; allá , como decían los cánones, estaba la barca esperándome. Yo no debía estar allí, de eso estaba seguro y, prueba de ello, era que carecía de la necesaria moneda para pagar a Caronte y atravesar la laguna. Yo era joven y con salud, un abogado laboral en edad de triunfar, ¡maldito infarto!
    Llegué hasta la barca, desnudo y sólo con una túnica para proteger mi cuerpo. Caronte me habló:
    - Te esperaba -dijo sin dejar de vigilar mis pasos.
    - ¿A mí? - contesté - ¿no sabía que fuera tan importante?
    - No te creas especial, espero a todos los muertos. Sé que no traes moneda y quiero cobrar tu paso con tus servicios.
    - ¿Cómo?
    - Quiero que re-negocies mi contrato laboral con Hades. Creo que, la cláusula de hacer este trabajo eternamente, es abusiva.

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  • Imagen de perfil¡Protesto!

    Rick Harper 

    67 años de edad. Salud de hierro. Gran corazón. Acusado de asesinato por tratar de proteger a una vecina del bloque donde reside. Un hombre encapuchado cruzó el acceso principal del edificio, acorralando a la mujer contra la pared. Gregorio, especialista en vigilar cuanto le rodea desde que se jubiló hace dos años, solo asestó un golpe al maleante a fin de atemorizarlo. Desgraciadamente, tuvo la mala fortuna de destrozar el parietal del agresor con el trozo de metal que utilizó para tal fin. Ahora la vida de este hombre se encuentra en mis trémulas manos de abogado primerizo. Cada vez que desvío la mirada y contemplo la postura de crío asustado que ha adoptado Gregorio, todo huesos y arrugas, se me hace un nudo el corazón. No me queda más remedio que arrojar un poco de luz a este mundo de plástico donde nada se perdona.
    —¡Protesto, Señoría!

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  • Imagen de perfilLa sentencia

    JUAN PEDRO AGÜERA ORTEGA · Murcia 

    ¡Inocente! Dictaminó el juez.
    Sus puños se cerraron con júbilo. Sus clientes lo felicitaron. La empresa quedaba exonerada de toda culpa ante el terrible suceso. Se podía exigir a una empresa dedicada a la salud que custodiase el acceso a su principal centro de investigación sobre «Neobiología Experimental», pero no responsabilizarla de los daños sufridos por quienes burlaban su vigilancia. Vigilar no era proteger, como argumentó en su alegato final.
    Al abandonar la sala, el padre de uno de los menores de edad afectados se abalanzó sobre él, todo ira y odio. Aunque fue desalojado, su escupitajo le alcanzó en el rostro.
    De noche, estaba relatando a su esposa lo sucedido, cuando sintió un extraño cosquilleo en la nariz. Estornudó y el rostro de su mujer se cubrió de espanto. Se alejó aterrorizada, mientras unos finos tentáculos regresaban a las fosas nasales de su marido. Al parecer, sí era contagioso.

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  • Imagen de perfilUna promesa incumplida

    Raquel Sánchez López 

    Se lo prometió. Durante toda su existencia, desde que tuvo uso de razón, había prometido a su abuelo dedicarse a la abogacía. Se pasó años preparándose para proteger al desamparado, para vigilar al pícaro, para desenmascarar al agresor, para castigar al asesino. Pero las circunstancias han volcado su mundo como aceite hirviendo cayendo en cascada en defensa de su castillo asediado, como lava de cráter indignado contra su valle, como ola huyendo de su implacable terremoto. Por eso, aunque romperá su juramento, viendo con impotencia cómo aquel hombre que fue su pilar moral pierde poco a poco la salud, al que la pandemia castiga con mayor severidad que la edad, antes de que sea demasiado tarde, decide aparcar su carrera como letrado para realizar las pruebas de acceso en geriatría.

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  • Imagen de perfilPRISIONERA

    Ana Isabel Velasco Ortiz 

    El abogado dijo.
    _ Residir en plena naturaleza, en un lugar de difícil acceso no garantiza tu seguridad.
    Debió intuir que sus recomendaciones no quebraban mi espíritu. Era libre. No quería sentir miedo.
    _ Ante cualquier síntoma. Vómitos, mareo… Acude al centro de salud más cercano. Insistió.
    Agradecí su preocupación. Estaba contenta. El proceso judicial iba bien. Los demandantes esgrimían argumentos como mi corta edad, desconocimiento... Señoría, la sociedad le pide proteger lo que está establecido desde tiempo inmemorial. Remataban.
    Dejé el edificio. Tomé las precauciones debidas para no ser localizada. Zigzagueo de autobús, tren, caminos. Llegué a casa. Abrí la ventana. Aire puro. Horizonte. Olvidé Vigilar. Desconfiar. Evitar el contacto.
    Mi cuerpo cae sobre la tierra. El sueño llega sin remedio. El beso. Al cabo, despertaré. ¿Un final feliz? ¡Maldito cuento de hadas! Murmuro enfadada. Lo último que guardan mis pupilas es la imagen de una manzana recién mordida.

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  • Imagen de perfilGIGANTE

    José Luis González Martínez 

    La jubilación me había traído eventualmente la presidencia comunitaria y, acaso por no haber alcanzado antes una ansiada judicatura, la vivía con tal vehemencia que notaba atenuarse mi edad. Hasta una mañana cuando aparcó en pleno acceso a la urbanización un africano enjuto. Estacionándola allí podía vigilar su camioneta mientras faenaba. No soy racista, pero las leyes deben cumplirse. “Enseguida acabo…, abuelo”. Atiborró de bultos la carretilla y al regresar invoqué absurdamente el artículo 202 del Código Penal... “Míster, déjeme trabajar, así proteger su jubilación”. Empuñé el móvil con carácter disuasorio mientras algunos vecinos aplaudían, y la tensión acabó disparándome la arritmia. Me pareció gigante cuando sus brazos me sujetaron y más aún cuando me dijo que, en otra vida, había visto truncarse muchos sueños por actuar creyéndose invencibles. “Cuide la salud o acabará presidiendo su funeral”, se despidió. Mientras ingiero el anticoagulante pienso en esa otra vida, la mía.

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  • Imagen de perfilAtrapado

    Santiago Serrano Martínez-Risco 

    No cesaba de tocar el timbre, que resonó en aquélla plácida tarde otoñal para despertarme de un sueño digno de un abogado de una edad más que respetable, que ya había decidido, ¡a buenas horas!, vigilar su salud. Cómo si ya, después de tantos años, hubiera algo que proteger.
    Con el paso vacilante de quien regresa súbitamente a este lado, cada vez de más difícil acceso, conseguí llegar hasta la puerta y abrirla.
    Allí lo vi, apenas un niño, plantado bajo el naranjo, el arma en la mano, el pulso vacilante, los ojos enfebrecidos.
    De repente, si ningún aviso previo, apretó el gatillo, que percutió el proyectil.
    Caí otra vez del lado de la inconsciencia, preguntándome con placidez si es que alguna vez lo había abandonado.

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  • Imagen de perfilHASTA EL ÚLTIMO SUSPIRO

    Alberto Arroba Malpica 

    Viejos, inadaptados, inservibles y apartados. Son palabras con las que la sociedad ha marcado a los moradores de este lugar. Personas a las que debo vigilar y proteger porque su edad y salud mental los ha abocado a esta situación. Son sus fichas y expedientes los que ahora hablan por ellos, pues apenas pueden mantener una conversación con sentido. Sin embargo, si prestas la debida atención puedes llegar a apreciar una leve sombra de lo que fueron un día. Es el caso de Andrés Salvatierra, incapaz de reconocer una cara familiar, pero no hay día que pase sin que tenga un momento de lucidez para defender una causa perdida, asesorar a uno de esos inadaptados o engatusar con su oratoria a los enfermeros. Es probable que Andrés no vuelva a tener acceso a un juzgado, pero él jamás dejará de sentir que es abogado.

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  • Imagen de perfilA

    Ivan Humanes Bespín · Barcelona 

    No me importa llevar calzoncillos rojos. Menos aún si sirven para proteger la ciudad. Dicen que mi salud se resiente, que son muchos años yendo a vistas, que setenta de edad son demasiados para seguir peleando. Minucias. Es llegar al Juzgado, pasar el control de acceso, saludar al guarda y sentir el poder. Cómo se marca la A en mi pecho. Ir a por la toga y reconocer a los compañeros mientras los músculos se tensan. Y eso sí, hay que vigilar la capa. Lo importante es que en sala no se vea. Que su señoría no tenga que recordarme eso de “letrado, se le ve la capa roja. Póngase bien la toga”. Simplemente, serenidad. Y evitar lo de los rayos en los ojos. Fundamental: para ganarse una sentencia motivada nada de rayos en los ojos ni poderes eléctricos. Ser humano. Que no es poco.

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  • Imagen de perfilPURA JUSTICIA

    ANA Mª GARCÍA YUSTE 

    Hace tiempo que olvidé por qué estudié Derecho.
    Madrugada. Cuesta creer lo que cobra un abogado por guardia pero aquí estoy, defendiendo a un tipo que acaba de matar a un hombre. De edad indeterminada, falto de salud, se mece presa de la abstinencia sin dejar de vigilar el suelo. Le pregunto; calla. No tengo acceso a su mente aunque a simple vista parece obvio; por un par de euros sería capaz de vender a su madre. Al irme llega una policía con un menor, su hermano, testigo de lo ocurrido, y es cuando recuerdo por qué me hice letrado: creo que alguna vez este yonqui que defiendo fue niño y alguien debió quererle, como él ahora a su hermano pequeño al que quiso proteger del camello que insistía en venderle droga y convertirlo en lo que odiaba ser. Yo sería incapaz de sentenciarlo. Qué difícil trabajo el del juez.

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  • Imagen de perfilEl espíritu de la ley

    Maria Navedo Saurina 

    Tras meses de trabajo conjunto, sanitarios y juristas lograron concentrar en una norma los principios fundamentales. Cuando argumento una demanda por negligencia apelo a ella, y tras exponer los hechos y las pruebas, finalizo mi alegato con el textual de su Exposición de Motivos "...se crea un sistema de salud universal para proteger a toda la población de forma global y en especial a los colectivos más vulnerables, como la infancia y las personas de edad avanzada, procurando el acceso equitativo e igualitario de la comunidad a todos los recursos y servicios, implementando sistemas eficientes que permitan atender y vigilar la evolución de los pacientes". Yo confío en el buen funcionamiento del sistema y ello me ayuda a convencer al jurado cuando, mirándoles a los ojos, insisto en que cumplir fielmente la voluntad del legislador, reflejada en estas palabras, es la mejor manera de reparar el daño causado.

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  • Imagen de perfilASUNTOS DE FAMILIA

    María Eugenia Aguilar Merino · Valladolid 

    La espero en una salita, rodeada de los retratos familiares. Los óleos, a pesar de las diferentes épocas, parecen hechos por la misma mano clásica y sin acceso a ninguna otra gama salvo la de grises y marrones.
    Mi primer trabajo tras la colegiación. Estoy nerviosa. Se abre una puerta corredera y ahí está, mi clienta, sentada en su silla de ruedas, con la cabeza erguida a pesar de su edad y su salud, el cabello recogido en un moño perfecto.
    Con firmeza y sin formalidades me dice lo que espera de mí. Debo ocuparme de contratar a las dos personas que necesita para que la cuiden, vigilar que ella esté bien atendida y, por encima de todo, impedir que su sobrina la saque de su casa para llevarla a una residencia.
    —Tía, allí estarías muy bien.
    —Ahora eres mi abogada y debes proteger mis intereses. ¿Te interesa el trabajo?

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  • Imagen de perfilEVOCANDO A HAMLET

    Isabel Forteza Castaño 

    Rafael estaba desolado. El acuerdo que proponía su mujer le había ocasionado un serio disgusto. Si quería el divorcio debía asumir los gastos extraordinarios, renunciar a la vivienda familiar y pasarle una holgada pensión compensatoria. Era a todas luces injusto. Para proteger sus intereses debemos ir por la vía contenciosa, aconsejé a mi nuevo cliente. Además de su abogado debió tomarme por su confidente dándome acceso a su más íntimo secreto. A pesar de su edad y su delicada salud me confesó que se había enamorado de otra mujer. Una mujer de bandera y con las ideas claras, decía. Ella quiso vigilar su reputación y le abandonó porque seguía estando casado. Rafael albergaba esperanzas de recuperarla. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando pronunció su nombre. Ser o no ser su abogado. Esa es la cuestión que me planteé cuando supe que mi ex también era la mujer de sus sueños.

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  • Imagen de perfilS.O.Stenible

    Iñaki Albisua Goñi · Gipuzkoa 

    A mis hijos e hijas:

    Voy teniendo ya una edad y mi salud no es la que era. Me he entregado a todos vosotros sin reservas y os he dado acceso a todos mis recursos, a todo lo que soy. No recuerdo haber conocido a ningún otro al que haya tenido que vigilar o del que me haya tenido que proteger. Y, sin embargo, mirad a dónde nos han traído vuestra temeraria imprudencia, vuestra insostenible idea del desarrollo y vuestra incapacidad para entenderos y compartir.

    A quienes mostréis la disposición de cambiar, de enderezar el rumbo, os consideraré mis médicos, pues con ello me ayudaréis a sanar. Al resto, os exigiré las correspondientes responsabilidades. Va a ser un arduo trabajo, pero, al contrario que vosotros, tengo mucho tiempo por delante. Además, os puedo asegurar que cuento con los mejores abogados.

    Fdo.: Vuestro planeta, la Tierra.

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  • Imagen de perfilProceso pendiente

    Urko Madrazo Aguirre 

    —A estas edades ya no estamos para correr, señoría. Es imposible que fuera yo quien salió huyendo tras robar ese diamante —aulló Braulio con un gesto de asombro.
    —Hay testigos, señor. Además, he presenciado hechos más inverosímiles en mi larga carrera.
    —Obsérvele, ¡joder, no pude ni andar! ¿Cree que está en una silla de ruedas por gusto? Solicitaré al centro un informe médico que demuestre su estado de salud. Debo proteger la integridad de mi cliente —intervino Baldomero, su abogado.
    —Espero ese informe, pero debería vigilar sus modales, letrado. Continuaremos en la próxima sesión, ahora debemos ir a comer —sentenció el juez con un golpe sobre la mesa.

    Apoyada en el marco de la puerta que daba acceso al salón, Alba observaba la escena con dulzura mientras esperaba para acompañarlos al comedor. Jugar a “los abogados”, como lo llamaban, se había convertido en un entretenimiento muy popular en aquella residencia.

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  • Imagen de perfilLa anciana

    Raúl Villaseca 

    Aquella anciana insistía llamando a la puerta del despacho. Tenía una edad, le calculo, entre los 85 años y la muerte, y dudosa salud. Ella golpeaba la puerta y gritaba mi nombre.
    ¿Por qué sabría mi nombre? Seguramente las nubes en sus ojos no le habían permitido leer la placa dorada que coronaba mi puerta. Dudando si darle acceso o no, me centré en vigilar su actitud por la cámara de mi telefonillo.
    Parecía afable, agotada; fumaba enérgicamente un cigarrillo, y su mirada, a través de la pantalla, helaba mi pulso. Bajé, total, era una señora mayor, dudo que pudiera idear alguna artimaña de la que no me pudiera proteger. De todos modos, el miedo aún se agarraba a mi pecho. Cuando abrí la puerta, mi cuerpo se relajó y mis miedos se fueron. Vi el demonio en sus ojos, y simplemente, recordé que le debía un favor.

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  • Imagen de perfilLa distopía es ahora

    Sergio Suárez Menéndez · Avilés 

    Encorvado sobre su escritorio, el abogado ojeaba la sentencia del juicio que acababa de disputar.
    Atentado contra la salud pública y propagación del terror. Frente a una multitud de testigos que afirmaban haber visto a su cliente quitarse la mascarilla antes del suceso. Algunos (y esto era lo peor), aseguraban haber recibido el impacto.
    El abogado tuvo un acceso de ira «Realmente terrible» pensó. «Menudo criminal me ha tocado proteger». Incluso la Audiencia Nacional había mandado vigilar al acusado en busca de vínculos con grupos terroristas. Y no era para menos, la sola imagen de su rostro capturado en la fotografía del archivo ya irradiaba peligro: varón, de edad avanzada, mirada estoica y una nariz roja y ganchuda como una guindilla.
    Declarado culpable —rezaba la sentencia debajo— y condenado a cumplir cinco años de prisión por el delito de: estornudo, en vía pública, al descubierto y contra la población.

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  • Imagen de perfilCerrado por vacaciones

    Lidia Ramallo Sánchez 

    Echó un ultimo vistazo al despacho y cerró la puerta para siempre. La humanidad había fallado de nuevo y él ya no tenía edad para vigilar y proteger el planeta sin ayuda. Su salud se resentía. Después de tantos años luchando como abogado tiraba la toalla. No había acceso a la justicia, gobernantes y magistrados estaban comprados, así que tendrían lo que se merecían. Los árboles desaparecerían, las aguas se secarían y la tierra se partiría en pedazos.. La vida dejaría de existir. Se fue a casa y se sentó en su sillón favorito. La música de un arpa empezó a sonar. ¡Estaba en el paraíso! Llamó a su incondicional amigo Pedro y le pidió que cerrara las puertas a cal y canto. La tierra se estremeció. Mientras la observaba desde el cielo telefoneó a su vecino de abajo.
    – Satanás, tú ganas.
    Y descansó.

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  • Imagen de perfilLa esquela

    Juan José Carrillo Chacón 

    «Lamentamos la pérdida y nos sumamos al dolor de la abogada Doña Mercedes Moreno Segovia y la de su familia, por el deceso de su esposo y también abogado Don Juan Carrillo Baglietto, quien falleció en La Línea de la Concepción, el 9 de octubre de 2020 a los 54 años de edad…».

    Así comenzaba mi ritual matutino, leyendo las esquelas mientras degustaba mi desayuno. Siempre fui un hombre de hábitos, de costumbres, de manías y rituales personales e intransferibles cuyo único propósito fue proteger mi aterciopelada salud. Desde pequeño tuve que vigilar mi cardiopatía congénita. El acceso a aquellos óbitos me reconfortaba, me alentaba a seguir viviendo, a mirar de frente a la muerte y plantarle cara.

    Una cara que se volvió esquiva en el preciso momento que mi infartado corazón entendió que yo era aquel Don Juan Carrillo Baglietto al que Mercedes lloraba.

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  • Imagen de perfilTarde de fútbol

    Javier López Vaquero 

    Don Lucio Cartaglia, arrastraba su avanzada edad por las alborotadas calles camino del estadio Monumental. Su maltrecha salud resurgia cuando entraba por el acceso de la puerta ocho. Luego se reunía con su socio de bufete.
    No trataban la expropiación de las Cárnicas Soreche, ni de proteger los expedientes del caso de la viuda negra de Atavares de la curiosidad de los medios. Tampoco de vigilar la custodia del padre Valladares. Olvidaban el trabajo duro de leyes y se imbuian del ambiente.
    El azogue subía cuando el equipo pisaba el césped. Al descanso comían un bocadillo y afrontaban el final con entusiasmo. Subían los decibelios con el gol local y cuando ganaban, se dejaban arrastrar por la algarabía de la hinchada.
    En casa le esperaban las rutinarias croquetas de después del partido, y luego se acostaba. Le gustaba pensar que el mundo estaba en orden.

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  • Imagen de perfilEl espectro

    Erik Aostri · Bizkaia 

    A la temprana edad de 3 años, Juan ya había desarrollado alguna de sus habilidades particulares. Por ejemplo, era capaz de leer a una velocidad inusitada, lo cual le resultaba extremadamente útil dado el largo tiempo que pasaba entre cuatro paredes. No es que su salud fuera delicada, pero allí simplemente se sentía mejor. Desde su desordenada habitación, tenía acceso a cientos de mundos a través de sus libros. Las páginas marcadas y las tapas blandas lo hacían sentir como un intrépido aventurero ávido de historias. Su deber, proteger el universo que había construido; el único lugar donde sentirse a salvo de un mundo devastador. Por eso, al salir al exterior, debía vigilar que nadie detectase esos rasgos que le hacían único y vulnerable. Pisar la acera siempre le hizo verse como un perro verde y, aunque el diagnóstico le ayudó, nunca dejó de ampliar las paredes de su habitación.

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  • Imagen de perfilCrueles eximentes

    Antonio Hernández Alaminos · Murcia 

    Fue una mirada lo que acabó con ella. Se abrió al abogado como nunca antes lo había hecho con nadie. Le contó todo lo que ella era: los abusos sufridos desde temprana edad, sus problemas crónicos de salud y dinero, la constante necesidad de vigilar que el pasado no volviera, y también como todo aquello derivó lógicamente en el asesinato de sus hijos, en un intento de proteger su inocencia de la crueldad del mundo. Lo contó con una pasión desbordante, esperando encontrar en el letrado un esbozo de comprensión; un resquicio de empatía en aquel rostro erudito que le diera acceso a una mínima justificación de sus actos. Pero en sus ojos solo encontró terror, y su alma se supo condenada.

    Pasó dos inertes años en prisión antes de morir. Y murió sin sentir inquietud alguna, pues sabía perfectamente qué clase de miradas le esperaban al otro lado.

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  • Imagen de perfilPEREZA PANDÉMICA

    Almudena Horcajo Sanz 

    Me pregunto de quién heredé esa manía que tengo de apropiarme de lo ajeno sin que nada me detenga. Por lo que me han contado, mi familia era gente honrada dedicada a negociar con dinero, primero fueron prestamistas y más tarde banqueros.
    Siendo muy joven, llegó a mi vida una señora llamada Justicia que, rápidamente, me puso en mi sitio, un lugar que no recomiendo a nadie, pero al que yo, con el tiempo, me he ido acostumbrando. Sabiendo que el acceso al mercado laboral lo tenía cerrado, fui acumulando condenas durante años. Ahora, a mi edad, la salud es lo primero, hay que seguir las recomendaciones: beber mucha agua, vigilar la tensión, proteger del frío la garganta…Mi abogado dice que si interponemos un recurso, en cuatro días estaré en la calle. No sé qué hacer, con esto de la pandemia, cada vez me da más pereza salir de “casa”.

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  • Imagen de perfilPRIMERA LÍNEA

    Margarita del Brezo 

    Lo primero que me preguntan en la entrevista es mi edad. Me extraña, es ilegal, todo el mundo lo sabe, así que respondo con mi mejor tono de autosuficiencia que, a pesar de mi juventud, estoy sobradamente capacitado para el trabajo. Pasamos entonces a hablar de la importancia de implantar los servicios necesarios para proteger la salud, y de amparar los derechos, pero también de cumplir con las obligaciones al respecto, y más en estos tiempos adversos, y de que mi parte será esencial e imprescindible. «Y no libre de riesgos», advierte el de pelo cano con la preocupación retratada en los ojos.
    Acepto sin pensarlo. Al día siguiente, antes de que ellos lleguen al bufete, ya estoy allí, dispuesto a vigilar cada recoveco por minúsculo que sea, pertrechado con desinfectante, trapos y una fregona empapada en lejía para impedir el acceso del maldito virus y defenderlos.

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  • Imagen de perfilUbasute

    Ander Balzategi Juldain 

    Cuando la edad lo estaba mermando, la salud quebrada, ascendimos a su rincón preferido. Cumbres escarpadas, un mar de abetos, me confesó que quería que aquella fuese su última visión de este mundo. Desde entonces lo tuve claro, si aún cabal manifestaba aquel deseo, a mi me tocaba proteger su arbitrio, vigilar que se cumpliese su voluntad. Por eso, cuando el alzhéimer cerró la puerta definitivamente, cuando el acceso a su memoria fue ya imposible, decidí actuar.
    Sabe, hay una leyenda budista que habla de un hijo que lleva en la espalda a su madre enferma para que muera tranquila en el monte. La madre, mientras tanto, va alcanzando y rompiendo ramitas a su paso, así su hijo podrá encontrar el camino de vuelta.
    Usted, que me tiene que defender, debe encontrar esas ramitas. Bastará con que sea la mitad de bueno de lo que era mi padre como abogado.

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  • Imagen de perfilÚltimo día de hospital

    José Manuel Pérez Pardo de Vera 

    – Vamos, abogado. – dijo el celador.

    Respiró hondo y se dejó empujar, acomodando dócilmente los brazos sobre su regazo. Gesto adusto, impenetrable. Mirada provocativa, desafiante. Hábil gestor de los silencios. Elegante equilibrista de las palabras. El poso de una impecable trayectoria forense. Quizá hoy no podría estar a la altura.

    Las ruedas avanzaban silenciosas. Como si quisieran proteger el descanso de sus compañeros de pasillo. O vigilar que no advirtiesen su marcha. Como él, más de una vez creyeron que la edad podría aliarse fatalmente con el virus. Miradas tamizadas por escafandras se cruzaban en su recorrido. Ese que, tras tantos meses, le daría por fin acceso al soñado territorio de la salud recobrada.

    De pronto, se abrieron las últimas puertas. Todavía incrédulo, se levantó titubeante de la silla. Entonces, la vio. Y, bajo sus ojos, los incontrolables movimientos de su mascarilla delataron que la emoción le había vencido.

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  • Imagen de perfilEL VIEJO

    Raúl Ortiz Fernández · Cantabria 

    Vigilar y proteger a este anciano sentado frente a mí, de edad indeterminada entre la de Matusalén y el universo, es el encargo más absurdo que he recibido de mis socios de bufete. Un viejo decrépito, inmóvil, que me mira embobado como las momias del Perú… ¿Vigilar qué? ¿Que no le dé un acceso de tos en la sala de espera? ¿Que no se cague? ¿Que no haya que llevarle al Centro de Salud o, más probablemente, a la incineradora?
    ¿Qué pretenden mis socios? ¿Me están apartando a MÍ, al fundador de la firma, de la decisiva reunión que están manteniendo con el fiscal? ¿Me están diciendo educadamente a MÍ que ya no sirvo más que para recibir a los clientes rancios? ¡YO, que estoy en mejor forma que nunca! ¡Menuda afrenta!
    ¡Viejo chalado, deje de mirarme de una vez! ¡Deje de señalarme! ¡Salga inmediatamente de mi espejo!

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  • Imagen de perfilSopa de letras

    Marta Trutxuelo García 

    Su mente se pierde entre las letras que bailan en su sopa. La odia, como detesta que hayan rechazado su historia. Ella, que desde bien temprana edad demostró ser paladín de la protesta, ahora dedicada en cuerpo y alma a proteger los derechos de niños y mayores, de vigilar y garantizar el acceso a la salud de los sectores más desfavorecidos, no puede evitar desanimarse cuando recibe la noticia. El ejercicio de la protesta que le facilita la abogacía es su pasión, pero la invención a través de la escritura es algo vocacional. Sus amigos Susanita, Manolito, Felipe, Libertad y su hermano Guille le animaron a participar en el certamen de relatos sobre abogados. Dejó su alma en la historia que homenajeaba a su maestro, Quino. "Paren el concurso que yo me bajo", piensa Mafalda al leer el mensaje por el que se rechazaba su relato.

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  • Imagen de perfilEl veredicto y la letra chica

    Jorge DarÍo Santarelli Piriz · La Coruña 

    El juicio a la aseguradora ya estaba durando demasiado, su cliente había pagado religiosamente las cuotas para el acceso a mejor atención para proteger su salud. La letra chica, apenas legible en algún lugar del contrato de varias páginas indicaba no cubría la costosa operación a partir de cierta edad sin un prepago extra. El centro de salud privado ni siquiera quería vigilar el avance de la enfermedad que terminó por matar al demandante.
    El magistrado había fallado aunque tarde, en favor de la aseguradora sin pizca de humanidad obedeciendo la letra fría y tramposa de la burocracia.
    Lamentable, cuando el juez enfermó no le atendieron; éste no le había dado importancia a la letra pequeña al final de su contrato de salud privado que rezaba: “Las condiciones de este contrato pueden cambiar sin previo aviso”. Su problema no estaba incluido en la lista de atenciones sin un costoso prepago.

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  • Imagen de perfil¿Cómo dices, niña?

    SANTIAGO MESSA POULLET 

    Como menor de edad había que proteger y vigilar la salud y los derechos de Tamara. Como abogado del turno de oficio me sentía obligado a ello y terminé implicándome en este caso de grandezas y también de miserias humanas.
    Ya se lo había contado a su abuela, a aquella monitora, a su maestro, a la asistente social, al pediatra, al agente de la policía local, al de la nacional y a la guardia civil, a una forense, a una psicóloga del juzgado, a una fiscal, a una jueza ah, y a su abogado. Por tanto tenía experiencia cuando la llamaron a ratificar su declaración y Tamara avanzó por aquel pasillo en busca de un débil biombo que apenas resguardaba y amparaba el acceso a una historia dolorosa, repetida y reiterada.
    ¡Cuánta admiración me provocaba sus menudos ocho años! y cuanta valentía y dignidad demostró al contarlo todo… otra vez.

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  • Imagen de perfilExhausto

    Eduardo Castrillo · Madrid 

    Sobresaltado sobre mi mesa, me doy cuenta de que debía llevar acostado un par de horas -ya no tengo edad para esto- me digo. Con la marca en la cara de haber estado dormido durante horas sobre aquel viejo Manual de Derecho Penal que me negaba a tirar, con un ojo a entreabrir, sin poder vigilar mis pensamientos por el ataque del sueño.
    Meto la clave de acceso de mi portátil, donde ahí estaba, aquel quebradero de cabeza, ese escrito, con él, podré proteger los intereses de mi cliente y la salud de los futuros afectados por estos hechos, marcará un antes y un después, todos estos pensamientos me taladran la cabeza.
    Como si mis pensamientos aportaran un soplo de aire nuevo, vuelvo a martillear mi teclado, vigilo cada palabra, cada intención en mi escrito, hasta finalmente caer desfallecido, como no, sobre mi viejo manual.

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  • Imagen de perfilÁNGEL O DEMONIO

    Amparo Martínez Alonso 

    Me recriminas que ya tienes edad suficiente para que deje de vigilar lo que tecleas al ordenador, hablas por teléfono o sacas de la nevera, y que estas harto de que te espíe en la calle, el bufete o el gimnasio... Te explico que todo lo hago por ti; que me preocupa tu seguridad, tu salud y bienestar. Además, mi obligación, como la de cualquier madre, consiste en velar, proteger y luchar por el porvenir y futuro de mi prole. Y, aunque no me escuchas, sigo, incansable, a tu lado: ayudando, guiando, facilitándote el día a día; tratando de evitarte trabajo, posibles errores, competencias; mostrándote el acceso a la buena vida.

    Pero, tú, como hiciera tu padre, prefieres el camino tortuoso, aburrido y serio que predica la otra: la ciega, la estirada y exigente, la equilibrada, la justa…. ¡Nunca entenderé a los humanos, y menos a los abogados!

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  • Imagen de perfilDe oficio: abogado de oficio

    Juan José Griñan Bastida 

    El corazón dijo basta. Trasladado al ritmo de melodía urgente, tras dar filiación , edad y profesión, en plena pandemia COVID, me albergaron donde buenamente pudieron. El incesante devenir de batas blancas, lejos de alterarme, me producía una gratificante paz.
    No obstante, interrumpida con el recuerdo de ese plazo que hoy me vencía, rumiaba que, si tuviera aquí acceso a internet, quizás aún se podría dejar hecho. Abstraído en lo mío, de fondo escuchaba que me debía proteger de situaciones de estrés, vigilar mi ritmo cardiaco, si quería gozar al menos de salud. Sabiendo que ello no sería posible, pude articular un lacónico: ¡soy abogado de oficio!

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  • Imagen de perfilSine die

    Jesús Francés Dueñas 

    Pasada ya la dulce apacibilidad del otoño amable, curados en salud de la melancolía y los tópicos amarillos, marrones y ocres de las hojas caídas, previendo lo que nos esperaba justo antes de la llegada de las primeras nieves invernales, cerramos a cal y canto puertas y ventanas para proteger nuestra vida de pasiones postreras en esta última edad en la que rememoramos distraídos antiguas películas de abogados infalibles. Bloqueamos el acceso a la casa con viejos tomos de códigos civiles obsoletos, vetustos expedientes de casos prescritos y montañas de legajos de aplazamientos y apelaciones. Tan solo nos queda ya vigilar de reojo por la ventana que la jueza pálida, de toga negrísima y mazo terrible, retrase al máximo la sentencia inaplazable.

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  • Imagen de perfilCLÍNICA JURÍDICA.

    JUAN CARLOS MONTERDE GARCĺA 

    Los científicos trabajaban día y noche en la clínica jurídica para encontrar la fórmula mágica. Se trataba, en suma, de hallar el antídoto para que el acceso al temible teletrabajo no ocasionara, ya de inicio, ataques de ansiedad a los Letrados. La salud, tanto física como mental, era el bien jurídico que había que proteger. Durante su concienzudo estudio, todos coincidían en que averiguar el promedio de edad y los años de colegiación de los pacientes eran claves para dar con el ‘’quid’’ de la cuestión. Las cifras de hiperactividad eran alarmantes. El estrés por rendir a diario al máximo nivel, y la fiebre por tener disponible toda la base de datos de Aranzadi se había apoderado de muchos cerebros jurídicos. Había, por tanto, que vigilar aquella extraña enfermedad que atenazaba a los profesionales del mundo de la Abogacía. ¡Calma, por favor!

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  • Imagen de perfilLA TORRE

    Nicolás Montiel Puerta 

    Cuenta la leyenda que en la escalera abundaban los cadáveres de abogados. Hombres y mujeres que, en su día, franquearon el acceso e iniciaron el ascenso a la torre en cuya cima habitaban la Justicia y la Verdad.
    Con una mochila de ilusión, subían cada peldaño anhelando alcanzar el rellano definitivo. Pero la escalera no se acababa nunca, y a cada tramo le sucedía el siguiente, y así pasaban los años y los abogados trepaban empeñados en proteger a sus clientes, agotando la salud, sin vislumbrar la cumbre, y trataban de tomar aliento por las exiguas aberturas de las saeteras, mientras las arrugas atacaban sus rostros, transformándoles la edad y la vida.
    Y, de vez en cuando, la Justicia y la Verdad, a menudo regañadas, se asomaban por el hueco de la escalera para vigilar los pasos de sus discípulos.
    Cuenta la leyenda que jamás nadie regresó de la torre.

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  • Imagen de perfilLA SUCESORA

    Belén Sáenz Montero 

    Me engaña la fiebre o me confunde la edad. Soy una vieja dama de salud delicada, con el peso de centurias de maltrato sobre mis espaldas. Me han cerrado la ventana, atrancado la puerta; hasta los médicos han prohibido el acceso a mi habitación. Aun así, noto en la frente una brisa fresca y siento que hay alguien sentado a la cabecera de mi cama. Es una mujer, pero no una enfermera. La venda que me cubre los ojos me impide verla. Su presencia me reconforta, porque más que vigilar, parece como si me quisiera proteger. Me acaricia la mano y susurra que ha recogido mi legado entre los escombros del Palacio de Justicia. Que ha afilado mi espada, que ha equilibrado la balanza, que ha remendado y lavado mi túnica blanca. Me cuenta que se llama Julia, que acaba de terminar Derecho y que siempre quiso ser abogada.

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  • Imagen de perfilROBOTS SOSTENIBLES

    ZIGOR EGUIA LEJARDI 

    Tantos años dedicados exclusivamente a proteger la salud de nuestros creadores los humanos para acabar de esta manera.

    No debo dejar de vigilar, ya que el equipo de desguazadores debe estar de camino. Mis reservas energéticas comienzan a agotarse sin que pueda hacer nada para evitarlo. Desde la aprobación de la Ley estatal de sostenibilidad robótica se me ha denegado el acceso a cualquier zona de recarga pública, y como dirían los humanos, no tengo edad para andar escondiéndome eternamente.

    Mientras espero el final, pienso que me hubiera ido mejor si en lugar de implantarme conocimientos médicos, me hubieran incorporado una de esas baterías iónicas de energía limpia e ilimitada como las que tienen los sexbots que se destinan a satisfacer los deseos de sus clientes. Cuando se trata de abordar determinados temas, hay que ver como se aplican los humanos en desarrollar sistemas sostenibles y autosuficientes de energía inagotable.

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  • Imagen de perfilRemordimientos

    Pedro Ran Pérez 

    Cuando empecé a trabajar, mi única motivación era proteger a los que lo necesitaran; por ello me hice abogado de oficio. Luego, cuando mi salud se vio mermada, intentando conseguir ingresos extras que me ayudaran a paliar mi sufrimiento, decidí aceptar la oferta que aquellos hombres me hicieron al saber de mi acceso a todos los expedientes de recalificaciones de la ciudad. Mi única función era vigilar las ofertas que las empresas hacían y pasarles a ellos la información. No parecía tan grave, pero sabía que estaba cometiendo un delito y que no actuaba conforme a mi conciencia me dictaba. Eso me ha reconcomido todos estos años aunque mi enfermedad fuera más llevadera gracias al sobresueldo. Ahora, con el inexorable paso de la edad pienso que nunca debí hacerlo; mientras juego con el vacío bote de cianuro con el que he aderezado el café que acabo de tomarme.

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  • Imagen de perfilToda una vida

    Pablo García Muñiz 

    La causa del primer litigio entre los hermanos fue la propiedad de un nicho, herencia de su familia. Quise buscar una solución amistosa: - No tenéis edad para estas chiquilladas -les dije. Fue inútil. Ambos comenzaban una guerra fratricida que no estaban dispuestos a abandonar.
    Tras varios juicios ganados, pasé de proteger los intereses de Carlos a defender los de Juan cuando éste se ofreció a doblar mis honorarios y lo hice sin remordimientos, harto de sus disputas. Agotaron tiempo, salud y recursos peleando cada una de sus propiedades, como única forma de reivindicación personal.
    Hoy, soy el encargado de vigilar que la ceremonia se ajuste a la voluntad de ambos. El cementerio, vacío, su acceso cerrado a curiosos. Frente al mausoleo, el sepulturero y yo confirmamos en silencio la peor de mis sospechas: el doble féretro de los siameses no cabe entre las paredes del angosto y codiciado nicho.

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  • Imagen de perfilUNA INVERSIÓN

    ÁNGEL SAIZ MORA 

    Acuden a mí cuando su salud, con motivo de la edad, se convierte en un factor a vigilar. Es el momento de preparar la defensa.
    Tanto si alcanzo un acuerdo amistoso, como si el juicio se celebra, no debo ocultar las faltas de mis clientes. Nada escapa a ese Alto Tribunal, desde una simple nuez, sustraída de una frutería en la infancia, a una mentirijilla que causó algún perjuicio. Mi trabajo consiste en buscar atenuantes, proteger a mis defendidos de interpretaciones estrictas de unas leyes consideradas sagradas.
    Siempre sucede lo mismo: resultan absueltos, cruzan la puerta de acceso al Paraíso y no vuelvo a verles, ni cobro mis honorarios. Suelen despedirse con un: «Que Dios se lo pague», que en nada ayuda a llegar a fin de mes. Lo importante es que, con mi altruismo, me estoy ganando el Cielo.

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  • Imagen de perfilLAS HORAS EXTRA

    Fernando Antolín Morales 

    Mi mujer dejó caer varias veces el tema de la residencia. Que si tenían que vigilar mejor, que si debían proteger con más cautela el tema del acceso, de las entradas y salidas, de las visitas. Yo seguía con mis casos, mis clientes y mis horas extra en el bufete. Al fin y al cabo, gracias al trabajo podía costear los mejores cuidados para mi padre, que para su edad no andaba mal de salud, pero el tiempo empezaba a pesarle.
    Ahora, mi mujer es la que me pide que eche horas extra en el despacho. Me dice que las necesito para atar bien los cabos sueltos de la demanda contra la residencia de mi padre, pero no tengo claro que esa sea la única razón.

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  • Imagen de perfilMALA PRAXIS

    Esteban Torres Sagra 

    Yo era un picapleitos, de esos que queman su salud redactando reclamaciones, rellenando solicitudes y escribiendo cartas disuasorias a morosos. Pero el covid cambió mi vida, si no mi vida, sí mis ingresos, que a cierta edad son lo mismo. Encontré acceso a un nicho de empleo fabuloso. Muy fácil: vigilar a los municipales en pleno centro para que al incoar sanción a un ciudadano, poder personarme, como por casualidad, y enfrentarme a la Administración en su nombre. Muchos clientes suelen “propinarme” algún billete por proteger sus intereses, aunque cuando se va la policía les recrimino su actitud por lo bajini. Lo consigo casi siempre aludiendo a vacíos legales de la norma… y eso que nunca estudié Derecho. Bueno, a lo mejor también tiene algo que ver con mis resultados que los municipales no son municipales, sino un par de tipos que trabajan para mí, por supuesto, sin contrato

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  • Imagen de perfilNunca jamás abusarán

    Carlos Alberto López Martínez 

    Cuando te perdimos, apenas tenía edad para ir al instituto. A veces, miro tu foto, porque siento tus rasgos difuminarse en mi memoria. Marchabas temprano, para la fábrica donde trabajabas, con la mitad de los padres del barrio. La sirena de acceso y salida de cada turno marcaba las horas de tu vida y también de la nuestra. Hasta aquella tarde en que ya no volviste más, porque tu cuerpo, en medio segundo quedó destrozado. Tus compañeros murmuraban que la valla que te debía proteger falló. Pero nadie hizo nada. Ni antes ni después. Mamá nos sacó adelante, dejándose las rodillas y la vista, limpiando casas y haciendo arreglos de ropa, mañana y tarde. Su salud aguantó apenas para verme licenciarme en Derecho. Espero que os reunierais bajo la sirena del Cielo. Allí podréis vigilar como vuestro hijo, abogado laboralista, lucha porque no haya más abusos. No en mi guardia.

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  • Imagen de perfilEl árbol

    Marta Finazzi Martínez 

    Anoche soñé que mi mascarilla me daba superpoderes para ganar todos los casos que atentan contra la salud de los bosques; no en vano me llaman el abogado de corcho, porque tengo alma de árbol pero también porque estoy más sordo que una tapia. La edad me ha dado acceso a la cátedra de la conciencia porque antes yo era puro petróleo, solo buscando vigilar que el dinero de plástico no se me escapase de las manos como si fuera una paloma. Pero ahora ya no llevo traje ni maletín, fundiéndome con la naturaleza cada vez que alguien reclama mis servicios para proteger a la madre tierra, mi única e indefensa clienta, desprovista de mascarillas de ningún tipo que la salven de la hecatombe causada por la humanidad.

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  • Imagen de perfilLemniscata

    David Villar Cembellín 

    Tenía un tatuaje con el símbolo de infinito en la cadera. Los días buenos, cuando la salud lo permitía, recordaba su nombre. Los días malos era un ocho tumbado. Los días malos eran cofres sumergidos. En los días malos no estaba Él. Él se llamaba Aitor, los días buenos estaban llenos de Aitor. Aitor la amaba y ella a Él, los días malos no recordaba esto. Los días malos no tenía acceso a Aitor y se arrastraban indolentes. Aunque Aitor cada vez apareciese menos, estaban ganando terreno los días malos. Pero los días buenos aún lograba escuchar su voz sin edad: «te voy a proteger y vigilar como un ángel custodio, te amaré infinito», había prometido. Por eso ella imprimió ese símbolo sobre su cadera. Ella había sido abogada, trabajaba con letras, poseía un enorme vocabulario, pero no conseguía recordar su nombre. Los días malos sólo era un ocho tumbado.

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