Imagen de perfilLA SUCESORA

Belén Sáenz Montero 

Me engaña la fiebre o me confunde la edad. Soy una vieja dama de salud delicada, con el peso de centurias de maltrato sobre mis espaldas. Me han cerrado la ventana, atrancado la puerta; hasta los médicos han prohibido el acceso a mi habitación. Aun así, noto en la frente una brisa fresca y siento que hay alguien sentado a la cabecera de mi cama. Es una mujer, pero no una enfermera. La venda que me cubre los ojos me impide verla. Su presencia me reconforta, porque más que vigilar, parece como si me quisiera proteger. Me acaricia la mano y susurra que ha recogido mi legado entre los escombros del Palacio de Justicia. Que ha afilado mi espada, que ha equilibrado la balanza, que ha remendado y lavado mi túnica blanca. Me cuenta que se llama Julia, que acaba de terminar Derecho y que siempre quiso ser abogada.

 

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