Imagen de perfilUn abogado acusado

Enrique Pérez Romero 

Nada más terminar, corrí hacia Christie’s. Pablo habría terminado hacía dos horas. A los abogados, en ocasiones, nos gusta emborracharnos tras los juicios. Pero Pablo, esta vez, no era abogado. Estaba juzgado por un delito contra la seguridad vial. Esa tarde le quería vigilar o, mejor, proteger de sí mismo. Solo hay algo peor que un médico enfermo: un abogado acusado. Nada más entrar supe que no había ido bien. Los juicios no son como en las películas y las borracheras de abogados, tampoco.

— Está perdido. —dijo.

— ¿Qué es lo peor que puede pasar? Venga, ¡salud! —brindé.

Era una pregunta retórica: sabía que, a su edad, podía ser el final de su carrera. Bebimos poco. Hablamos mucho. Le prometí ayuda en la defensa del recurso, si perdía. Entonces sentí su acceso de rabia y vi, por primera vez, sus amargas lágrimas de abogado herido en el orgullo.

 

 

Queremos saber tu opinión