XIV Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

El más votado por la comunidad

Imagen de perfilEl amor en tiempos de pandemia

María Sergia Martín González- towanda 

Entró en el bufete decidida. Quería divorciarse. Dijo que su relación estaba desgastada irrecuperablemente. Cubría su rostro con una mascarilla de flores. Yo, mi FPP2 negra. Como experto matrimonialista aconsejé presentar la demanda de mutuo acuerdo y, en tres meses, Cecilia era libre. Tras inscribir la sentencia, comenzamos a salir... Bidireccionalmente y sin preaviso, surgió el amor. Nos dimos el ‘sí, quiero’ una tarde lluviosa, nueve semanas después. Antes del año nacieron las gemelas, que sumaron felicidad en estos tiempos convulsos de distancias sociales, hidroalcohólicos y autotest... Para festejar el fin de las mascarillas, organizamos una velada romántica. Cecilia, impaciente, se la arrancó primero. Yo, nanosegundos después. Nos miramos mudos. Sin pronunciamientos. Me produjeron dentera los pírsines que taladraban sus labios y nariz, y creo que a ella le horrorizó mi barba. Éramos dos extraños con dos bebés que no paraban de llorar buscando el asilo de unos padres desaparecidos.

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilResiliencia

    Carlos Belmar Juaranz 

    No cabe duda de que ejercemos una profesión en la que más te vale no hacer notar que estás arrasada por dentro. Tengo compañeros que identificarían la expresión de un sentimiento como una debilidad, una oportunidad para medrar. Se mueren por inscribir mi nombre en la lista de los fracasados.

    Les imagino expresar su "preocupación" por mí a los socios:
    -Clara no puede asumir tanto trabajo, es brillante, pero con dos niños y ahora lo del divorcio, puede cometer errores.
    -Nació con flor, pero la suerte se acaba.
    -Solo es una cara bonita.

    Después, en el ascensor, te sonreirán y dirán algo insustancial.
    -Uf, otro febrero lluvioso, ah es mi planta. Cuídate Clara.

    Todos conocen la noticia del día: "El presidente de Guinea pide asilo político en España tras el pronunciamiento militar".
    Ninguno sabe que yo asumiré este caso. Me gustaría ver sus caras cuando se enteren.

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  • Imagen de perfilVidas truncadas

    JUAN PEDRO AGÜERA ORTEGA 

    El día era lluvioso. Caminé entre charcos, el barro era mi menor preocupación. Me dirigí a mi improvisada oficina: un pequeño toldo sobre paredes de chapa que apenas me aislaban de las inclemencias del campamento.
    Mis representados me esperaban a la entrada. Una larga cola de refugiados a los que ayudaba a inscribir y cursar su solicitud de asilo en España. Sus miradas, lejanas, acunaban recuerdos de vidas truncadas: la mina que amputó la pierna de Kikey; la violación de Alika por paramilitares nigerianos; Zareb, el niño soldado que huyó del Congo; Inaya...
    Inaya llevaba a Jasira, su última hija, de la mano. La niña dejó una flor violeta sobre mi destartalada mesa, ese ápice color en aquel mundo gris me despertó una sonrisa, aunque se me hizo un nudo en el estómago cuando les entregué el pronunciamiento del juez y vi desvanecerse la esperanza en sus ojos.

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  • Imagen de perfilSola

    Isaías Santana Pérez 

    ¿Quieres conocer por qué me hice abogado? Le dije a mi hijo de 12 años, justo antes de entrar en el asilo.
    Para asegurarme de defender a personas que no pueden hacerlo, con tu abuela llegué demasiado tarde. Eran las 4 de la tarde de un lluvioso martes de noviembre. La lluvia caía suave, serena, con la delicadeza suficiente para regar a una flor sin dañar sus pétalos. Hoy hace un año que mi adorada madre me entregó la documentación para que la pudiera inscribir en ese lugar que cada viernes visito. Por supuesto nos negamos. Quería que siguiera con nosotros. Más aún, después de lo que sufrió con papá. Me torturo por no haber podido ser abogado en esa época y hacer el pronunciamiento adecuado. El día en el que casi la mata llovía como hoy. Entramos y ahí estaba sentada en silencio donde siempre, frente a la ventana,sola.

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  • Imagen de perfilEnvidia

    Gabriel Pérez Martínez 

    Soñaba con inscribir mi nombre en una calle de la ciudad. Ambos competíamos por ser el mejor abogado y contábamos juicios por victorias, aunque yo estaba convencido, hablando mal, de que él tenía una flor en el culo.
    Un soleado día de primavera para mí, y lluvioso para él, lo detuvieron por abusar de una niña. Llorando, me telefoneó para que lo defendiera. Orgulloso, acepté. Podía condenarlo al asilo o hacerlo desaparecer del mapa para siempre, sin embargo, con una derrota me arriesgaba a convertirme en un cualquiera. Tras varios días de vista, el pronunciamiento del juez no admitió discusión, declarándolo inocente. Él intentó ejercer de nuevo, pero aquella difamación había calado entre la ciudadanía. En secreto, lo contraté y empezó a trabajar para mí. ¡Dios…! ¡Qué bueno era! ¡Qué íntegro y humilde…! Sentía una gran pena por él y tampoco podía quitarme de la cabeza mi falsa acusación.

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  • Imagen de perfilINTERNAMIENTO PERMANENTE

    Juan José Duart Albiol · Tarragona 

    Mi cliente estuvo satisfecho con el pronunciamiento del tribunal: internamiento permanente en el psiquiátrico criminal García-Andrade, situado frente al Colegio de las Hermanas Franciscanas. Quería inscribir su nombre en los anales de la historia del crimen y, ciertamente, lo había conseguido y, además, con la pena deseada. No podía ser de otro modo dada la magnitud de su delito. Doce inocentes niñas asesinadas. Cada una en un mes distinto. Cada una con la flor correspondiente a ese mes tatuada en su virginal pubis. En enero, un clavel; en febrero, una violeta…, así hasta llegar a ese lluvioso día de diciembre en el que no pudo terminar de tatuar las brillantes hojas rojas de la poinsetia en el níveo cuerpo de su última víctima. Desde entonces, tras los barrotes del asilo frenopático en que se encuentra internado, contempla con lujuria a las alumnas del colegio franciscano.

     

     
  • Imagen de perfilENGAÑO PIADOSO

    Epifanio Quirós Tejado 

    Entré en el asilo un día lluvioso y frío, quizá el más lluvioso de aquella primavera. Mis hijas me dijeron que haría falta mucha discreción y paciencia para descubrir al responsable de tantas muertes. Me iban a inscribir en el registro con mi apodo.
    Nuestro despacho era un próspero bufete de abogados, familiar pero muy competitivo. Trabajamos en casos complicados y colaboramos con los mejores detectives del país. Me aficioné a la investigación y abandoné la práctica del derecho, este fue mi último pronunciamiento.
    Para comunicarme con mi organización llevaría una flor amarilla cuando tuviera información que compartir.
    No he conseguido todavía desenmascarar al criminal. Sigo en la residencia y cada vez muere menos gente.
    Mis hijas me dicen que mi trabajo ha conseguido desenmascarar al "virus" asesino y ha huido para no ser apresado.
    Estoy esperando a ver dónde me lleva mi próxima misión.

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  • Imagen de perfilMALDITA GUERRA

    Esther Ibarra Berastegui · Bizkaia 

    Maldita guerra. Llevo en este país diez años ejerciendo como abogado y ya no se puede vivir. Los embargos y sanciones internacionales están teniendo gran impacto en la población y mis clientes empobrecidos, ya no pueden permitirse contratar mis servicios. Algunos de ellos, han huido al país vecino en solicitud de asilo.

    Hoy es mi ultimo juicio. Mañana regreso a España. Quisiera en mi último caso, llegar a un acuerdo entre las partes, evitando el pronunciamiento judicial sobre el asunto. Como una flor de esperanza. Si es posible llegar a un acuerdo entre las partes ¿Por qué no es posible llegar a un acuerdo entre las naciones? Quizá se necesiten más abogados para ello. Recibo un SMS con un enlace para inscribir mi nombre como pasajero en el único vuelo de mañana hacia España. Partiré en un día lluvioso, preludio del diluvio universal que está por llegar.

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  • Imagen de perfilUNA FLOR EN EL ASILO

    Alberto Uriarte Amasifuen 

    El señor Jacinto había burlado el cuidado de las enfermeras y paseaba descalzo por el patio del asilo. En su recorrido, a pesar del lluvioso día y su ropa mojada, se detuvo a observar una hermosa flor de azucena. Se sentó junto a ella para reflexionar sobre el día en que el pronunciamiento de su hija frente a sus familiares y conocidos lo condenaron a ese lugar. Una lágrima recorrió sus mejillas y sentado frente a la azucena, expiró sin remedio.
    En el entierro la hija no lloró, ni mostró tristeza. Sus pensamientos en ese momento solo recaían en el testamento e inscribir su nombre, de una vez por todas, como la mujer más rica de la capital. Ingrata fue su sorpresa cuando los abogados le hicieron saber que la mayor parte de su fortuna iría a parar a la caridad.

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  • Imagen de perfilEL ÚLTIMO BAILE

    FELIPE APARICIO HERNÁN 

    Aunque le sonaba familiar, Ricardo juraba que no había estado en ese juzgado antes. Quizá era el jardín cercano a la entrada, decorado con flor a cada cual más brillante. Quizá era el ambiente en su interior, algo gélido y lúgubre, unido al personal con rostro serio, digno de un lunes lluvioso. O quizá simplemente era el recuerdo de que hacía muchos años que no veía necesario inscribir su nombre y apellidos en una lista para coger y devolver la toga.

    Ricardo volvió a ser el letrado de las grandes ocasiones, exponiendo sus conclusiones de forma cabal e inteligente, a pesar del pronunciamiento de parte del público. ¿Acaso están jugando al bingo o viendo la televisión?

    Antes de que el magistrado dejara el juicio visto para sentencia, la enfermera apagó las luces del salón de actos del asilo. Y entonces la memoria de Ricardo volvió a nublarse una vez más.

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  • Imagen de perfilMala Praxis

    Anna Jorba Ricart 

    Al poco tiempo de tener el accidente en el que me fracturé la espalda se cayó mi madre. Para que pudieran atenderla la fui a inscribir en una residencia frente a mi despacho. Cuando tuvo plaza, ingresó. Era un día lluvioso de mayo, estaba precioso el naranjo en flor del jardín y mi tristeza era tan grande como la que sentía en mi juventud cuando colaboraba de voluntaria en el asilo del Cotolengo.
    Residencia de grandes salas, piscina, gimnasio, habitación individual… pero su estancia duró menos que mi tiempo en denunciar la negligencia que sufrió.
    Buenas palabras de cara a la galería porque en la trastienda fue presa de malos tratos y una grave falta de atención. Estoy a la espera del pronunciamiento del juez. Qué difícil se me hace llevar este caso desde mi bufete estando implicada mi madre.
    Ahora estamos las dos en casa, tratando de recuperarnos.

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  • Imagen de perfilUN LUGAR DONDE VIVIR

    LOLA SANABRIA GARCÍA 

    Me tocó a mí inscribir a Elvira. Amaneció con luz ceniza y manto lluvioso. Parado a la entrada, sin paraguas ni ganas de dar el paso para cruzar la puerta, la miré. Temblaba. Tenía las zapatillas empapadas. El pelo chorreando. El vestido pegado a su cuerpo desamparado. Me quité la chaqueta y se la puse por los hombros. Me miró y esbozó una tibia sonrisa. Gracias, dijo. ¿Gracias? Mamá había muerto. Las dos se cuidaban. Y el pronunciamiento desde el principio de Azucena, que de flor solo tenía el nombre, favorable a la incapacitación judicial por enfermedad mental y el ingreso en un centro, como la mejor opción, acabó por convencerme. Aquello era un asilo. No era sitio para ella. Me agaché a recoger la maleta, agarré del brazo a Elvira y volvimos al coche. ¿A dónde vamos, Ángel?, preguntó mi hermana. A casa, respondí mientras le acariciaba la cara.

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  • Imagen de perfilEMPEZAR A VIVIR

    Margarita del Brezo 

    El pronunciamiento del juez fue claro: debía abandonar mi casa. Se la había donado a mis hijos para evitarles trámites burocráticos y decidieron venderla conmigo dentro. ¡A quién se le ocurre, doña Paca!, me dijo al terminar el juicio. Nos conocíamos del barrio. Yo regentaba un quiosco y le había fiado muchos chicles de fresa ácida cuando no era más que un crío escuchimizado de rodillas puntiagudas. Él me ayudó a inscribir telemáticamente mi solicitud para entrar en este asilo. Me atrajo que estuviera junto a un desguace, siempre me han gustado las metáforas. Y acerté. Al principio mi estado de ánimo era lluvioso, no voy a mentir, tenía el corazón empapado de tanto llorar para dentro. Pero luego llegó Encarna. Cada tarde me regala una flor que, cuando nadie mira, arranca del jardín. Hemos decidido empezar a vivir juntas. En una habitación doble donde no se pone el sol.

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  • Imagen de perfilRECUERDOS COMPARTIDOS

    Fernando Pascual Bravo 

    Era un día lluvioso y, suprimido el obligado paseo vespertino, se conformaba con lánguidas y perdidas miradas a través de los cristales de la habitación que le servía de hogar, descanso y obligado asueto, aunque su pensamiento volaba libre, sin fin, al recordar los parques y jardines donde la más sencilla de las flores le había hecho sentirse feliz.
    La monótona felicidad de sus recuerdos, todavía no sepultados totalmente por la pesada carga del alzhéimer, se interrumpía cada vez que sus labios pronunciaban reiterada y pesadamente la insólita e inesperada palabra "inscribir", "inscribir"...
    Solo unos pocos de los habitantes del viejo asilo sabían de la angustia de aquel anciano que solo vivía para esperar el pronunciamiento del Juez que anulara la engañosa, torticera y hecha a sus espaldas, petición de eutanasia.

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  • Imagen de perfilEl amor en tiempos de pandemia

    María Sergia Martín González- towanda 

    Entró en el bufete decidida. Quería divorciarse. Dijo que su relación estaba desgastada irrecuperablemente. Cubría su rostro con una mascarilla de flores. Yo, mi FPP2 negra. Como experto matrimonialista aconsejé presentar la demanda de mutuo acuerdo y, en tres meses, Cecilia era libre. Tras inscribir la sentencia, comenzamos a salir... Bidireccionalmente y sin preaviso, surgió el amor. Nos dimos el ‘sí, quiero’ una tarde lluviosa, nueve semanas después. Antes del año nacieron las gemelas, que sumaron felicidad en estos tiempos convulsos de distancias sociales, hidroalcohólicos y autotest...
    Para festejar el fin de las mascarillas, organizamos una velada romántica. Cecilia, impaciente, se la arrancó primero. Yo, nanosegundos después. Nos miramos mudos. Sin pronunciamientos. Me produjeron dentera los pírsines que taladraban sus labios y nariz, y creo que a ella le horrorizó mi barba. Éramos dos extraños con dos bebés que no paraban de llorar buscando el asilo de unos padres desaparecidos.

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  • Imagen de perfilEL BESO DE ANA

    ÁNGEL SAIZ MORA 

    Superó con excelente nota el acceso a la universidad. Ana le había prometido un beso a cambio. Antonio, paraguas y flor en mano, la esperó durante ese día lluvioso, llamado a ser el del pronunciamiento definitivo de sus afectos, junto a un árbol en el que se entretuvo en inscribir las iniciales «A & A». Para su decepción, ella había conocido a otra persona mientras preparaba los exámenes.
    Supo que no volvería a sentir nada igual por nadie. Estudio y trabajo se convirtieron en refugio, su asilo personal. La ausencia de compromisos familiares le permitía una dedicación completa. Muchos disfrutaron de su entrega generosa como abogado, la mayoría, personas humildes.
    Han vuelto a encontrarse en una residencia de ancianos. Ana, viuda, litiga con unos hijos impresentables, que intentan sustraerle sus escasos bienes. Antonio se ocupa del caso, que alterna con su convivencia diaria, sellada, por fin, con un beso.

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  • Imagen de perfilHistoria de amor

    David Villar Cembellín 

    Eustaquio Trompeta era el terror de la residencia. Había sido abogado y amenazaba con demandas a cada minuto: demanda si la sopa estaba demasiado caliente, demanda si la almohada demasiado dura, demanda si un día lluvioso le privaba de su paseo matinal. En un mundo, el del asilo, lleno de gruñones, Eustaquio destacaba por gruñón. Cada noche elevaba un pronunciamiento a la insurrección, en sus propias palabras, «a rebelarnos contra la tiranía del paso del tiempo». Cansados de sus querellas imposibles, nadie le hacía mucho caso, salvo, quizá, Margarita Boccini, argentina que había ejercido de jueza en su juventud. Todas las mañanas, así lloviese, Eustaquio dejaba una flor recién cortada sobre su mesilla y había logrado inscribir sus iniciales en el sauce del jardín. Delante de ella, su arrogancia malhumorada tornaba fragilidad. Si había de dirigirle la palabra, vacilante y tímido, Eustaquio bajaba los ojos y pronunciaba: «con la venia».

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  • Imagen de perfilNO CUENTES LA VERDAD

    Ana Isabel Rodríguez Vázquez 

    En el momento del accidente mis padres debatían animadamente sobre si me debían inscribir en un campamento de verano.
    Era una tarde lluviosa. Una niebla plomiza nos envolvió y, cuando escuchamos el fuerte golpe, ya era demasiado tarde.
    Lamentar lo ocurrido y enviar flores no salda las cuentas con la justicia. Tras el atropello, a mi padre lo acusaron de homicidio involuntario, y un pronunciamiento desfavorable podría llevarlo a la cárcel.
    El abogado insiste en que mi declaración sería de gran ayuda en el juicio, pero mamá dice que no lo va a permitir y me ofrece asilo entre sus brazos y la prominente curva de su vientre. Papá se muestra tranquilo y me recuerda que, ni bajo juramento, debo confesar que la que conducía el coche aquella tarde era ella.

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  • Imagen de perfilTraspié

    laura pilato rodríguez 

    El pronunciamiento del juez fue decepcionante: - La demanda se desestima por falta de pruebas- . Pero una abogada tenaz, como mi madre, no se rinde tan fácilmente.
    Algo estaba pasando en el asilo, y además del abuelo, podría haber otros ancianos afectados. Moretones injustificados, continuas fracturas con la excusa de resbalones en un día lluvioso, mirada timorata en presencia de los cuidadores... Él guardaba silencio, así que ella iba a averiguar lo que estaba ocurriendo.
    Se tuvo que inscribir como voluntaria de acompañamiento, pidió vacaciones en el despacho, y se camufló bajo una peluca, unas enormes gafas y un llamativo vestido de flores. Estaba irreconocible, pero aquella ridícula indumentaria no mermaba su coraje.
    Se encaminó hacia el asilo diciendo - Si el juez quiere pruebas, las tendrá.
    Y allí descubrió las nefastas consecuencias de las clases de Zumba para la osamenta de un octogenario.

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  • Imagen de perfilLETRADO EN EL FRENTE

    JOSE MANUEL BREA FEIJOO 

    En guerra civil, tras un pronunciamiento, mi país se desangraba. Contra mi voluntad, fui movilizado al frente en el bando rebelde, que ocupaba mi provincia y cuya ideología no compartía. No me tuve que inscribir, ni pensaba hacerlo; la autoridad militar decidió por mí. Dejaba mi bufete y una prometedora carrera en la abogacía. Y un día lluvioso me vi por primera vez en una trinchera. La lluvia arrastraba mis lágrimas, pero no mis ideas. Al tercer día caí herido, me trasladaron al hospital de campaña y, por la gravedad, acabé en la retaguardia. Una suerte, a fin de cuentas; ya no tenía que disparar contra mis hermanos. Clasificado como soldado mutilado, tuve arrestos para atravesar la frontera y hallé asilo en el país vecino. Aquí ejerzo como abogado desde hace años, los mismos que en mi patria gobiernan los sublevados. Pero algún día volveré; portando una flor, no un fusil.

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