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Fernando Pascual Bravo 

Era un día lluvioso y, suprimido el obligado paseo vespertino, se conformaba con lánguidas y perdidas miradas a través de los cristales de la habitación que le servía de hogar, descanso y obligado asueto, aunque su pensamiento volaba libre, sin fin, al recordar los parques y jardines donde la más sencilla de las flores le había hecho sentirse feliz.
La monótona felicidad de sus recuerdos, todavía no sepultados totalmente por la pesada carga del alzhéimer, se interrumpía cada vez que sus labios pronunciaban reiterada y pesadamente la insólita e inesperada palabra «inscribir», «inscribir»…
Solo unos pocos de los habitantes del viejo asilo sabían de la angustia de aquel anciano que solo vivía para esperar el pronunciamiento del Juez que anulara la engañosa, torticera y hecha a sus espaldas, petición de eutanasia.

 

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