Gabriel Pérez Martínez

Microrrelatos publicados

  • Un único deseo

    Los mares están repletos de plástico. Riachuelos y arroyos, de vertidos químicos. Ya sólo encontramos peces en pantanos, piscifactorías y acuarios, así como en piscinas públicas y particulares.

    La nueva ley, de la que una asociación de abogados entre los que me incluyo fue impulsora, permite el baño entre doradas, lubinas y boquerones. Los niños montan caballitos de mar, las mujeres siguen huyendo de los pulpos y los hombres, buscando sirenas.

    Yo continúo con la pesca. Me ayuda a estructurar la información relativa a un caso, pero desde que no puedo hacerlo en aguas abiertas, no he vuelto a ganar ningún juicio y me aterra perder el otro.

    Ojalá nos hubiéramos tomado en serio conservar la Tierra como la heredamos.

    Ojalá algún día podamos recuperarla, ese es mi deseo para la Navidad que se acerca. Entretanto, lloro amargamente mientras escucho: “Pero mira cómo beben los peces en el río”.

    | Junio 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 25

  • Influencias

    El fiscal pretendía que el caso se dilucidase con un careo rápido, pero mi defendido –el “influencer” más afamado del país– insistió en que resultaba imprescindible ir a juicio, solicitando que se transmitiera online, vía YouTube. Alegaba que era la única forma de reparar el daño infringido a su imagen y como ya había un precedente (el caso de Kim Schmitz, dueño de Megaupload), el juez aceptó.
    Para que sus seguidores se familiarizaran con la terminología jurídica, mi cliente me pidió que elaborase una guía que comenzó a utilizar en los diferentes vídeos donde él era el único protagonista. Respecto a mí, intenté pasar desapercibido. Mi único interés era conseguir la absolución. Ganamos.
    Ahora, hay adolescentes que me señalan por la calle y me sonríen. Muchos quieren ser abogados. Y defenderse a sí mismos.

    | Septiembre 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 1

  • Cada uno en su sitio

    Recuerdo nítidamente esa tarde de calor que se diluyó en un temporal de rayos. Sonó el teléfono. “Soy yo. Estoy detenido. Me acusan de haber asesinado a López Hierro. Tienes que ayudarme”. Hacía más de cinco años que no veía a mi hermano. Sabía que vivía en un edificio derruido con otros indigentes desde que López Hierro lo dejó sin trabajo, escribiendo los primeros renglones de su infortunio. En ese tiempo, mi hermano había repudiado a su familia, por eso me extrañó que me llamara a mí y no a otro abogado. Fui a comisaría. Le llevé un neceser con espuma de afeitar y maquinillas más ropa limpia. Hablamos y acepté su defensa.
    En el juicio, varios testigos lo identificaron. “Declaro al encausado, culpable”, sentenció el juez. Un día antes de ingresar en prisión, le hice una visita. No podía permitir que un inocente entrara en mi lugar. Somos gemelos.

    | Agosto 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 8