Un desgraciado

Susana Obrero Tejero · Madrid 

Llegué pronto a firmar los papeles del divorcio y entré en la cafetería más cercana. Era una de esas franquicias nuevas donde nunca sé qué pedir. Cogí la carta y en la selección de cafés leí: DESGRACIADO… (descafeinado, leche desnatada y sacarina) – Buenos días ¿qué le pongo?- preguntó, serio como un magistrado, el camarero. – Un desgraciado. Miré a las mesas y descubrí en una esquina a Sofía besando a su abogado. Era un tipo de constitución gruesa y nieve en la cabeza, no sé qué le veía. La tarde anterior negocié con él, sin prevención alguna, que ella se quedaría con nuestra casa en la sierra. Le imaginé bañándose en mi piscina y recibiendo el calor de mi chimenea mientras disfruta de la pintura de Casas que hay en el salón. – ¿El desgraciado?- preguntó el camarero. – Yo- grité- el desgraciado soy yo.

 

 

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