La sentencia

Leandro Molina Villaseñor · Ciudad Real 

No había nadie en el despacho. Sobre la robusta mesa, se advertía una Constitución con caracteres cirílicos dorados. Esperamos largo rato sin saber qué hacer. Sonó un teléfono; por prevención, no lo cogimos, aunque sospechábamos que alguien conocía nuestra presencia allí. Me asomé a un lóbrego pasillo, iluminado por una pobre bombilla que dibujaba eventuales sombras temblorosas en la escamosa pintura ocre de la pared. – Buenos días, ¿buscan ustedes al Magistrado? –dijo una anciana voz indolente desde una pequeña ventana abierta en el pasillo. – Sí…, veníamos a recoger… la sentencia. Hoy se cumplía el plazo. – La nieve caída en este último mes ha impedido desplazarse al Sr. Magistrado hasta aquí. Lo lamento, pero deberán volver ustedes pasados unos días. En ese instante, el desconsuelo los sumió en el mayor desaliento para unos padres adoptivos, a miles de kilómetros de su hogar, con la sola compañía de su esperanza. Donetsk, 19 de diciembre de 2006.

 

 

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