Mi hija Lara

Carmen Reija López · A Coruña 

Lara, aquella niña de hermosos ojos verdes y rubios tirabuzones, inconformista desde la cuna y dotada de un acendrado sentido de la justicia, siempre había querido ser abogada, como su padre. Por eso a nadie le extrañó que en el patio de su colegio, presidido en aquella fría mañana de enero por un simpático muñeco de nieve, con maneras de magistrado, se erigiera en defensora de Paulita, víctima de una inoportuna bola teñida de pintura roja que impactó en su menuda cara. El agresor, un mozalbete de fuerte constitución que se asomaba a la pubertad, se sabía perdido ante la arrolladora elocuencia de la pizpireta acusadora particular. Sin embargo, tuvo la prevención de evitar el juicio ante la profe de patio y aceptar el arreglo extraprocesal que Lara, como buena abogada, le había ofrecido: cinco chuches diarias para Paulita durante una semana (y una para Lara).

 

 

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