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Eva Vidal ¡µlvarez · Bilbao 

El magistrado Pemán, calcetines blancos, sin toalla en la cintura, tiró del ultimo cajón cerrado que quedaba en su casa y no supo qué pensar. Debía salir disparado para tomar posesión de su cargo como presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, y no tenía calzoncillos que ponerse. Su mujer de viaje y la chica de servicio de baja daban un resultado desolador en cuanto al menaje-hogar: y no tenía reservas, por prevención, él, tan maniático, que cruzaba impoluto cada día la puerta de la Audiencia. Y allí estaba aquel calzón, con sonrientes muñecos de nieve mirándole, que no podía ver ni en pintura. Se lo regaló su mujer junto a una edición de lujo en piel de cabra de la Constitución. Apurado, se los puso. Lo hizo. Ruborizado, juró su cargo con aquellos muñequitos rezongando debajo del traje. Jamás se lo contó a nadie.

 

 

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