El aparatito

José María Adorna Castro · Sevilla 

El abogado bizco, en el estrado, miraba la ventana. La nieve caía como cuatro años antes, cuando encontró el aparatito que le había permitido viajar en el tiempo, analizar sus juicios antes de que ocurriesen y triunfar. De hecho, ahora mismo estaba también allí, entre el público, atentísimo al juicio, disfrazado por prevención. Se miraba con envidia, pues ese otro yo aun ignoraba que su cliente, después de la absolución, cometería delitos infames. El dilema era que este sería el pleito que lo encumbraría definitivamente. -¿Podré vivir con remordimientos? -Sí, -decidió-. Pero ojalá poseyese el retrato de Dorian Gray, para ver mi alma. En ese momento se fijó por primera vez en el viejo magistrado bizco, que dejó en la mesa, sobre una Constitución, otro aparatito, algo más ajado. “No puedo permitírtelo”, decía su sonrisa bondadosa. El juez, su tercer yo, era la pintura, el retrato de su alma arrepentida.

 

 

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