Julio 2010 | Concursos de Microrrelatos | Microrrelatos Abogados

II Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Sorpresa

Borja Ruiz de la Torre Guereñu · Barcelona 

Anteayer tenía médico: ¡sorpresa!, dice que estoy estupendo para tener cincuenta años, esto ya lo sabía, y un cáncer de pulmón irreversible. Me ofreció cuatro meses tranquilos o nueve de dolores agudos, vómitos y mareos. Elegí la condena más corta; eso le hubiera recomendado yo a un cliente. Ayer me visitó el fiscalhan detenido a los mafiosos griegos con los que trabaja mi bufete; me ofrece un trato: impunidady una nueva identidad a cambio de mis archivos confidenciales. Hoy, mirando la maqueta del rascacielos de la sala de reuniones del bufete (cuadragésima planta), he soñado con las playas de arena coloridas de Santorino: allí seguro que me encontrarán, lo harán rápido, sin dolor. He rechazado la nueva identidad pero hemos cerrado el acuerdo. El ayudante del fiscal ha sonreído extrañamente: sabía que mi informe médico había sido falsificado; pero yo nunca lo averiguaré. Quizá me lo haya merecido.

 

Relatos seleccionados

  • Juegos de construcción

    Ivo Martí Menzel · Barcelona 

    Adoro los juegos de construcción. De pequeño me atrincheraba en la sala de estar y levantaba fuertes y murallas. Quise ser arquitecto, pero mi padre, circunspecto procurador, fiscalizó mi futuro, el niño sería abogado o no sería nada. Terminada la detestada carrera no paré hasta conseguir ser alguien en la concejalía de urbanismo, una de cal y otra de arena. Una vez apoltronado en el cargo, un viejo amigo me mostró la maqueta de una fabulosa urbanización, mis fantasías infantiles hechas realidad. Me volqué totalmente en la quimera y pasé por alto algunos aspectos como la dudosa financiación del proyecto, un par de incendios supuestamente provocados y algunos sobres bajo mano. El detallado informe de un insobornable funcionario llegó a la Fiscalía. El juez dictó sentencia y mi condena. A veces sueño que las paredes de mi celda son de juguete.

     
  • Juicio final

    Marta Currás Martínez · Vigo (Pontevedra) 

    Me remuevo en el banquillo de un tribunal desconocido sin saber cómo he llegado allí, aunque las dimensiones épicas de la sala y el grupo de críos regordetes que cantan divinamente en una esquina me sugieren que ayer debí de exceder por mucho mi cupo de gin-tonic. En el estrado, un juez de barba blanca y túnica resplandeciente golpea el mazo frente a un soldado cubierto de arena y sangre, a quien la condena parece afligir sobremanera. De pronto, un alguacil alado de rubios tirabuzones me tiende un grueso informe con mi nombre. Lo abro por la primera página y me encuentro con una fotografía antigua en la que aparezco rompiendo la maqueta del Ibertrén de mi hermano. Todo empieza a encajar. Cuando el juez pronuncia mi nombre, doy un paso al frente con aire resuelto, aunque sospecho que ejercer la autodefensa en este juicio no servirá de mucho.

     
  • La huella

    María Díaz Fernández-Alonso · Valencia 

    Estoy sentado frente a la mesa del despacho. Apenas queda tiempo. Me estremezco al ver la rapidez con la que se vierte la arena en el viejo reloj. Es el momento de enfrentarme al juicio más difícil de mi carrera. Ojeo el informe y me detengo en los detalles: alcoholemia 0.80, cien por ciudad, salto de stop, dos víctimas mortales, un herido con graves secuelas?Inspiro profundamente. El fiscal pide veinte años y no sé si seré capaz de reducir la condena. Me fijo en las similitudes: el paso de cebra, el niño de la mano de su madre, el chirriar de las ruedas, aquel golpe seco; y me veo dentro de una maqueta, como un muñeco, tirado en el suelo, rodeado de ambulancias y coches de policía. Llegó la hora. Me sudan las manos cuando empujo las ruedas de mi silla metálica para dirigirme hacia la sala.

     
  • La diva

    María Luisa Ventura Sánchez 

    Estaba perdidamente enamorado de ella y guardaba todas las revistas en las que salía. Un día apareció en una foto, en traje de baño y recostada sobre su lado izquierdo. Sus ojos me miraban enamorados. Me fui a la playa, donde la vi por primera y única vez, y en la arena, reconstruí su imagen a tamaño real. Tan perfectamente la copié, que quienes pasaban por allí la reconocían sin dificultad. Me recliné a su lado, y mirándola me quedé dormido, hasta que llegó la policía y me esposó. Tras varios días entre rejas, me juzgaron en la sala blindada, reservada a fanáticos, violentos y extremistas. Sobre la mesa del secretario: una maqueta de la figura arenosa, la foto de ella, y al parecer, un informe completo sobre mi vida. Se me acusaba de construcción indebida y utilización ilegítima de imagen. La condena: orden de alejamiento y desenamoramiento inmediato.

     
  • La recta final

    Juan Manuel Sánchez Díaz · Rubí (Barcelona) 

    Mirando mi reloj de arena, contemplaba el paso implacable del tiempo e imaginaba como sería el día en el que entrase en la sala de aquel frío juzgado. El informe psicológico era impecable y mi más fiel defensor mi abogado, convencido en que evitaríamos la condena, me consolaba una y otra vez transmitiéndome tranquilidad. Todo se debía probar todavía, puesto que la maqueta destrozada que se halló junto al cuerpo, no presentaba ninguna prueba evidente que me vinculase con tan horroroso y cruel asesinato, pero quedaba demostrar todavía la inocencia puesto que la coartada no me desvinculaba del todo. ¡¨Quién pudo hacerlo¡€™cometer semejante atrocidad de esa manera tan despiadada, seguro que no fui yo pero y si no es así y no lo recuerdo debido a mi problema de trastorno bipolar. Fiel abogado demuestrame a mi mismo mi inocencia y permite que viva en paz

     
  • La causa

    Francisco Fenoy González · Sevilla 

    Debo ser reo por delito de sangre y arena, aunque no he matado a nadie. También por inmoral, si bien guardo los preceptos cristianos. Y merezco castigo por estafa, a pesar de que nunca me he apropiado de bien o caudal ajeno. Lo expuesto es cierto. Ha llegado la hora de presentar informe de mis actos ante la Justicia, por lo que me someto a los procedimientos convenientes para aclarar estos hechos y presentarme ante la Sala que se encargue de dictar condena sobre mis actos. Quedo a su disposición en el domicilio arriba mencionado, en horario de dos a cuatro de la tarde de lunes a viernes. Ruego se abstengan de visitarme los fines de semana, pues se los dedico a la familia, y dado que estoy terminando con mis hijos la maqueta de la Vía Láctea, quisiera, en la medida de lo posible, no involucrarlos.

     
  • La metamorfosis

    Eva María Cardona Guasch · Ibiza 

    Ni él mismo sabe en qué momento empezó a aburrirle escribir demandas y recursos. Para sobrellevar el hastío de la condena decidió redactarlos al estilo de novelas de intriga. Convertía una vulgar solicitud de desahucio en un relato de serie B. Para un informe final en Sala, se transformaba en cuentacuentos de historias sórdidas con final incierto que debería resolver el atónito magistrado. Descuidó su aspecto; crecieron sus greñas y su barba cana. Ni rastro de corbata ni gomina. Sus códigos y leyes quedaron sepultados bajo diccionarios, novelas policíacas, de misterio. Escribía sin parar reeditando la realidad que le ofrecían sus clientes, ya escasos. Alguien intentó persuadirle vanamente de que abandonara su extravagante comportamiento y no malversara su reputación. Perdida ya su clientela, hoy sale en busca de editor con una maqueta en su maletín: un manuscrito con el que alcanzar nueva fortuna. Quizás no ha estado sembrando en arena.

     
  • La maqueta

    Cecilia Sahelia Barranzuela Decoll · Tarragona 

    La encontramos inerte en el frío suelo de la sala, rodeada de música por todas partes. Era tan impactante la escena que ni siquiera pude describir un informe decente. Sus largos brazos rodeaban una guitarra en cuya madera grabada dificilmente se podía leer " La vida es una condena y la muerte su liberación" Una media sonrisa se dibujaba en su rostro, parecía tan relajada, entregada al sonido de aquella canción: "Sentir el deseo como un sueño es dejarse llevar por los momentos, asi como cometa en el viento, seguir el rumbo de las olas del mar es entregar tu cuerpo en la arena y formar parte de ella...." Nunca olvidaré su voz en aquella copla, aún guardo la maqueta conmigo y de vez en cuando la escucho, a veces para sentirme cometa y otras solo arena.

     
  • La comunidad

    María José González Ramos · Valencia 

    En mi maqueta apareció una comunidad de pequeños y extraños seres. Según me cuenta Lon, el rey, aparecieron en la playa, sin más. La verdad es que la noche anterior se me derramaron unas gotas de café en la arena mientras contemplaba mi trabajo. Ellos creen que están tan morenos por la luz que les llega desde el exterior, pero yo creo que es por el café. En la sala de palacio comparecen hoy dos familias que se disputan unas tierras, en realidad son dos centímetros que hay entre un jardín y otro, y Lon me ha dado el informe para que yo le eche un vistazo ayudándome de mi lupa. Tras varias alegaciones Lon ha dictado sentencia, y la condena ha sido igual para ambos vecinos. Deberán plantar rosales en dicho terreno y cuidarlos como si de su familia se tratara.

     
  • Larvas de tortuga

    Fernando Gayo Sánchez 

    Le dije que la quería cuando entré en la sala; le pedí perdón por la mala suerte de mi condena, benévola según su criterio, y el ridículo que tuvo que pasar al leer el informe del atestado. Si la maldita arena de la tortuga no se hubiera desparramado justo en el momento en que su jefe le metía mano en el despacho, yo no habría visto esas pequeñas larvas en el culo de su falda y en la pernera de su pantalón; seguiría siendo su abogado y él conservaría aquella maqueta china que saltó en mil pedazos cuando traté de recuperar a mi esposa saltando por encima de la mesa; tampoco estaría en su oficina contándole esta historia para que apruebe la concesión de un préstamo que permita pagar la demanda que han interpuesto mi mujer y su amante. ¡Confíe en mí, recurriré!

     
  • Obra de arte

    Edith Galarza · Neuquén (Argentina) 

    "El robo del siglo", titularon los diarios. Fue un golpe maestro. Una verdadera obra de arte. Lo había preparado durante meses, con sigilo, cada detalle: el boquete para ingresar a la bóveda, la cancelación de las alarmas y luego la salida por los desag¡es hacia el río. Después una vida de placeres. Ya me imaginaba yo, caminando por la arena en las playas del Caribe. Si bien me detuvieron, no encontraron nada incriminante. Puras sospechas, no podrían probarme nada. Iba tranquilo, había telefoneado a mi abogado para que me informe y me había dicho que las cosas marchaban bien, no había posibilidad de condena. Hasta que ingresé a la Sala de Audiencias. No lo podía creer. En el medio, frente al jurado, una maqueta en cartulina de colores hecha por mi hijo de 4 años, que desde el público me miraba sonriente y orgulloso. Una maqueta del banco.

     
  • Oca

    Lourdes Aso · Huesca 

    De oca a oca y tiro porque me toca. El informe con las últimas alegaciones lo tengo listo desde ayer. Seis. Practico en voz alta las pausas, los puntos álgidos. Acabo de caer en la cárcel y tengo que cumplir condena una tirada. En la sala estará víctima y violador. Tres y me libro del pozo. Ella apretará los puños como si quisiera retener arena. ¡l estará tan frío como si fuera una maqueta imposible de cuartear. Salto de puente a puente y me quedan unas pocas casillas para ganar. Siempre han dicho que soy un abogado sin escrúpulos. Caigo en la calavera. Los principios morales no me permiten dejar suelto a mi defendido y, sin embargo, por falta de pruebas debe quedar libre. Las trece ocas sagradas me precipitan sobre el laberinto.

     
  • Las apariencias engañan

    Luis Fernando Váscones Velásquez · Quito (Ecuador) 

    El Juez Don Juan Manuel Heredia, tenía el informe listo para sus colegas, pero intencionalmente, lo retrasaba. Los conjueces de la sala no sabían que la condena a un inocente, por precio, ya había sido arreglada. Y aunque Don Juan guardaba muy bien las apariencias, su conciencia, le pesaba a este hombre, como un quintal de arena mojada. En la sala de su despacho, una vieja maqueta de Themis, la diosa de la justicia, lo atormentaba. "La justicia es ciega", dijo en voz baja y añadió con tono despreocupado, "el dinerillo debajo de la mesa, sí me hace falta".

     
  • Lazos de sangre

    José María Mediero García · Arévalo (¡µvila) 

    Romualdo Carnicero era un repugnante violador, pederasta y asesino. Yo había conseguido su condena a través del ADN contenido en muestras de pelo, semen y restos de tejido encontrados en el cuerpecito de la pobre Isabel; menor hallada sobre la arena de la playa terriblemente mutilada. No pudo escapar, la Sala no dudó, su huella genética coincidía en el noventa y nueve coma novecientos noventa y nueve por ciento con las muestras. Por fin podría dedicarme a mis problemas personales. Este menda estaba a punto de demostrar que era hijo, y, en consecuencia, único heredero del Conde de Villacascabel. Así que fui a por el informe de paternidad. ¡€™Es curioso, -dijo el Forense, examinando una extraña maqueta de colores- el ADN de tu prueba coincide con otro que me has encargado hace poco. Me mostró los dos. Romualdo Carnicero era mi hermano.

     
  • Mamotreto

    Erardo Ferrer Quintana 

    Sala de espera, suena el depertador, sigo durmiendo. Hoy no espero ninguna condena. La arena ciega mis ojos, y no consigo ver más allá de mi sombra. Escucho la maqueta de un nuevo talendo de ¡€¢pera húngara, tampoco me dice nada. Me cuesta respirar, oigo mis latidos latentes. No logro inspirarme para preparar el informe final, tal vez improvisar. No encuentro el captador de atención adecuado, no termino de cogerle el pulso a su señoría y me siento fuera de juego. !Pero si estoy totalmente seguro de que tengo la razón!. A veces pienso mejor que hablo, y siempre escribo mejor que digo. Por favor señor Letrado, no se lo vuelvo a repetir, no piense más en voz alta, deje de ser sandio, y exponga sus conclusiones finales de una vez, que todos queremos irnos a casa.

     
  • Naturaleza vengativa

    Antonio Alonso 

    El concejal cerró la puerta del despacho y le pidió promotor que le enseñase la maqueta del proyecto, un hotel de hormigón, de sesenta plantas, en pleno centro del parque natural orgullo de la zona. Junto a tal aberración había un tres maletines, uno para el arquitecto, otro para el Secretario y otro para el Concejal. Las risas se oían desde la sala contigua. Tres años más tarde se celebraba la vista contra el arquitecto y el Secretario, sus abogados estaban desesperados, la policía había grabado aquella reunión, poco o nada que hacer por ellos. En el cementerio del pueblo había algunas flores marchitas en la tumba del concejal. En una visita a la obra, un camión de arena le vació su carga encima. El informe del forense dijo que no murió en el acto. El ya había recibido su condena, los otros tendrían que esperar...

     
  • Nadie sabe nada

    Ana Rosalia Petric · Zagreb (Croacia) 

    Nunca sabré la verdad. El culpable está salvado por una cortina de neblina bien espesa. ¡¨O será mi vista que sin gafas está enceguecida como por una tormenta de arena en el desierto¡€™Esto es para la peor condena. Hablé con todos los individuos que se encontraban presentes en la sala, y como sucede siempre, nadie vio nada. Nunca nadie sabe nada. Tampoco ve nada. Incluso quise hacer una maqueta improvisada del lugar del crimen con informes que llevaba en el maletín, pero no tenía con qué pegarlos. Esto nos pasa a los abogados que luchamos por la justicia. Perdón, ya no sé si es la justicia, pero algo es. Contra el que roba, estafa, miente, maltrata, asesina, viola. Uno lucha y siempre se topa con algo. Y siempre me preguntaré: ¡¨Quién se adueñó de los expedientes que tenía sobre mi escritorio?

     
  • Lo que soy

    Gabriel Graves e Isod · Buenos Aires (Argentina) 

    Siempre me ha gustado hacer modelos a escala. Hice mi primera maqueta a los 4 años. Mis padres no lograron ver en esa mezcla de plastilina, arena y mocos la exacta representación de la sala en la que se leyó el informe que, a la postre, redundaría en la condena a Mario Conde. No había forma de explicárselos, no bastaron los llantos ni indicarles reiteradas veces con el índice. Despechado, terminé dedicándome a la abogacía. He buscado -¡Dios, cómo he buscado!- clientes corruptos y despreciables para reproducir en la vida un juicio similar que represente lo que me fue negado en el arte. Mis defensas, que algunos consideran poco éticas, gozan de cierto renombre y no puedo decir que he tenido una mala vida hasta aquí. Y si mi vida se ha centrado en defender ladrones inescrupulosos, sólo puedo alegar que no es culpa mía. Los padres no entienden nada.

     
  • La última palabra

    Enrique García López-Corchado · Sevilla 

    Pues sí -me confesó taciturno, mientras ensamblaba otro mondadientes en su maqueta del Titanic-, el jurado se mostró inclemente. Y eso que el juicio parecía bien encarrilado... -Apuró su café y continuó lamentándose con amargura-. ¡Quince años de condena! Aún no puedo creerlo. Las pruebas eran tan endebles que ni siquiera el fiscal encontró argumentos para su informe. Nadie podía situarlo en la escena del crimen, y contaba con una coartada perfecta. -Suspiró pausadamente, exhalando al aire volutas de humo grisáceo-. Al final, mi cliente se derrumbó. Ya se lo había advertido: "Aunque tienes derecho a la última palabra, tú mejor calladito". Como quien oye llover. Fue preguntarle el magistrado y sufrir un ataque de verborrea. Que la amaba hasta los tuétanos... Que atravesó un instante de locura... Que abandonó su cuerpo sobre la arena... El público de la sala se quedó perplejo. Y yo, figúrate, no sabía dónde esconderme.

     
  • Mi primera vez

    Samuel Amutio · Nájera (La Rioja) 

    Todavía recuerdo mi primera vez. Un juicio muy irregular. Sin sala donde realizarlo, se llevó a cabo al aire libre, vista por cualquiera. Tampoco había informes, ni siquiera abogados. Tras sendas declaraciones de los dos implicados llamé al único testigo. ¡ste confesó que vio al acusado robar de la bata del agraviado su bien más preciado. Mi condena fue clara. El pícaro, avergonzadísimo, entregó lo robado. Fue entonces cuando la profesora tocó el silbato. Acabó el recreo, tocaba la hora de plástica en la que estábamos pintando una maqueta de "La Niña" de Colón. Por el camino, entregué al afectado su bien: una pequeña bolsa de tela, manchada de arena, llena de brillantes canicas. Al ver su cara de felicidad me sentí satisfecho, llegué al clímax. Hoy, cincuenta años después, dejo mi profesión como Juez sin guardar buen recuerdo de cualquier otro pleito. La magia de la primera vez.

     
  • Maquetas y condenas

    Nieves Azcárate Aguilar-Amat 

    Mi secretaria me avisó: "Su hijo le espera en la sala de espera". "Dígale que repaso un informe urgente y ahora lo veo". Quería que yo escuchara la maqueta que acababa de grabar con su grupo de rock. Esperaba que lo dejara seguir adelante con su fantasía de la música, ahora que tenía que decidirse entre el derecho y la guitarra. Puso el disco en el reproductor. ¡l me miraba buscando una respuesta y yo pensaba en una escena similar de hacía treinta años, cuando mi padre me exigió concentrarme en el bufete de la familia y truncó mi sueño de ser actor. Desde entonces, sufro cada día esta rutina como una condena. La canción logró emocionarme, era rabiosamente buena. Cuando acabó, dije: "Ya te lo he dicho mil veces: tienes que dedicarte a algo de provecho. No llores, no hagas una montaña de un grano de arena".

     
  • Los sin nombre

    Marta Franco Alejos · Villamiel de Toledo (Toledo) 

    No pareció importarle su condena. El informe psiquiátrico era claro. Mi cliente no era responsable de sus actos. Pasaría el resto de sus vida ingresado en un manicomio. Durante años nos unió una relación especial. En su último cumpleaños y cumpliendo su deseo, le regalé una caja con arena de playa. Estaba eufórico, "pronto vendrán a buscarme", me dijo en un susurro. Ante mi asombro continuó : "son los sin nombre, salen de los espejos, también vendrán a por ti". Fue la última vez que le vi. Un año después de su desaparición, comprendí sus palabras. Aquella noche desperté sobresaltado. El ruido procedía de la sala de estar. El espejo estaba roto, mi maqueta preferida destrozada, al igual que el resto de la habitación. Me he deshecho de todos los espejos, pero ya es demasiado tarde. He empezado a oír sus voces y a cumplir sus malditas órdenes.

     
  • Tribunal Supremo

    Jesus Esnaola Moraza · Hospitalet de Llobregat (Barcelona) 

    Lo tienen bien ensayado. El asesino sabe que sólo su propio testimonio puede librarlo de la condena a muerte. Con la sala en completo silencio habla de enajenación, de verse desde fuera, sin control sobre lo que hace, como si fuera un muñeco actuando en una maqueta, copia exacta de la realidad. Mira su brazo extraño, con el que sueña cada noche bajando una y otra vez sobre la joven, hundiéndole un cuchillo en el pecho. Llora. El letrado aprovecha el momento, siembra dudas sobre el chapucero informe policial y consigue que el jurado popular empatice con el monstruo, enfermo sin duda. Satanás, orgulloso del abogado, se vuelve hacia Dios con los ojos brillantes de júbilo, siente cerca la victoria y le dice, tu turno, al tiempo que voltea el reloj de arena y comienza a caer una fina lluvia de tic-tacs de oro.

     
  • Rebelión

    Fernando Méndez · Orense 

    Iban a condenarlo, cuando de pronto la sala se llenó murmullos. Nunca antes los habitantes del territorio judicial habíamos oído semejante lenguaje. Nosotras, las palabras jurídicas, incapaces de salirnos de nuestro corsé de significados, estábamos asistiendo a algo insólito: Aspavientos lideraba la protesta, y a su lado, Sencillez y Brevedad organizaban el tumulto. Se instalaron en la lámpara, en el banquillo y hasta en la maqueta que la acusación exhibió para acentuar la prueba de cargo durante su informe. Irreverencia tomó la palabra para reivindicar un lenguaje judicial más comunicativo y con menos meandros, mientras Retórica aguardaba en la puerta con cara de aburrimiento. El momento estelar se produjo cuando la Asociación de Adjetivos Cotidianos saltó a la arena y emulando al fiscal pidió la condena de todo aquel tipo de comunicación que entorpece el entendimiento. Iban a condenarlo pero, al final, el Sentido Común fue absuelto.

     
  • Tic tac

    Josep Maria Baraut Bach · Vilafant (Gerona) 

    Un pasadizo interminable entre penumbras. Escaleras que bajan me conducen a una sala con tres puertas. Abro la del medio. Escaleras arriba, derecha, izquierda, estoy perdido como un ratón en la maqueta de un laberinto. Cada pasillo conduce a estancias vacías, grises, sin color, sin vida. El tiempo se escurre como un reloj de arena. Debo encontrar la salida como si mi vida dependiera de ello, es importante o mi condena será vagar por este viejo edificio hasta el final de mis días. Un paso más, nadie, una esquina, otro pasillo, estoy agotado. La angustia me invade¡€™Oigo un cuchicheo lejano. Adivino un hilo de luz y me apresuro a llegar, sudoroso, corro, mis piernas parecen no moverme del mismo sitio. Respiro al llegar y entrego el informe.
    - Justito, justito, señor abogado. Estábamos cerrando ya, un día se le pasará el plazo y va a tener un buen disgusto.

     
  • Párate y piensa

    Elena Córdoba 

    Hoy he decidido no presentarme en la sala de vistas. No acudir a la cita con mi cliente. No encender mi teléfono móvil. No abrir el correo electrónico. No leer prensa ni aburridos informes periciales. No salir de casa. No coger el correo del buzón. No continuar montando la maqueta del tren de mi hijo. No hacer la compra, quizá, ni comer. No cambiar la arena del gato. No sacar a pasear al perro. No arrancar el coche. No poner la lavadora. No regar las plantas. No ocuparme de nada. Hoy he decidido pararme a pensar. Hoy quiero ser yo, vivir para mí. Olvidarme de las condenas diarias que me alejan de mi propia realidad. Hoy no puedo más. Que se olviden de mí. Me he cansado de existir.

     
  • Sol y playa

    Juan Pablo Sánchez Miranda · Montijo (Badajoz) 

    La arena ardía bajo el sol abrasador de agosto. Las olas al chocar contra la orilla exhalaban un vaho pegajoso que se adhería a la piel. No soplaba ni una gota de aire ese día. Para el magistrado Miranda era una tortura estar leyendo ese informe en plenas vacaciones, y más a esas horas en las que la mente se encontraba aletargada como un oso hibernando. Aburrido y adormilado, pensó en la maqueta (era aficionado a construir maquetas) que casi había terminado: ésta imitaba con todo detalle la sala en la que trabajaba. Había empleado horas en moldear cada uno de sus rincones y personajes. Tan sólo faltaba él. Pero eso no era problema. Al acabar la tarde su hija vendría a recogerlo a la playa, achicharrado por el sol, encogido completamente y convertido en una bonita pieza de marquetería perfectamente conseguida.

     
  • Venganza

    Francisco S Ramírez Bullón · Valencia 

    Las gotas de sudor perlaban mi frente y el sol inmisericorde la hacía brillar con fuerza. Jamás pensé que me vería en esta situación pero, a decir verdad, ni siquiera ellos la habrían imaginado. Seguía confiando en que alguien pudiera verme pero la soledad del paraje me convenció tristemente de mi realidad: nadie me auxiliaría en aquel lugar. Así que extrapolé la condena que proclamé aquel aciago día en una sala abarrotada de gente a mi propia persona y me situé en el lugar de ellos, los que condené a muerte. El último informe sobre mí certificaría mi defunción y el deseo de retirarme en paz acabaría enterrado también en la maqueta de la que ya no sería mi casita de campo. Mientras tanto, el cuerpo de un magistrado se entumecía hasta la parálisis bajo toneladas de arena fina compactada con agua en una playa salvaje del sur peninsular.

     
  • Rap y condena

    Angel Silvelo Gabriel · Madrid 

    Mi madre decía que no existía peor condena, que tener hambre y no tener cena. Que errada que estaba, ya entonces no se enteraba. Ella no sabe lo fácil que es, tener cena dentro de la trena. Rap, rap, rap y condena. Abogados, jueces, magistrados, todos ellos trajeados, bronceados y endiosados. Sólo buscan una cosa a la que llaman justiciosa. Amurallados entre informes y audiencias, sólo cavilan oscuras sentencias. En unas salas refrigeradas y mal informatizadas. Rap, rap, rap y condena. Mi maqueta, es mi sardineta hacia todo lo que me aprieta. No hay toga más oscura, que soportar esta tortura. Ya en vano llega el verano sin la libertad en la mano. Mi madre desconocía que no existía peor condena, que no poder tomar el sol en la trena. Porque aquí, no hay arena, ni una sombrilla ni un bote de crema. Rap, rap, rap y condena.

     
  • Tres deseos

    Susana San Miguel Larreina · Vitoria 

    Cada mañana, antes de acudir al despacho, iba a la playa acompañado de mi tabla de surf. Ese día no fue distinto, salvo por aquella botella que la marea había depositado en la arena. Contenía la maqueta de un barco, con el velamen desplegado, incluyendo un diminuto texto. Narraba la historia de un genio. Aunque excéptico, la froté y apareció al mas puro estilo factoria Disney. Este, adormedido y entumecido por los años de espera, me concedió tres deseos. Ante mi sorpresa, me ví enumerándolos. A partir de ese momento, en Sala, no paré de conseguir todas las condenas que me propuse. En el bufete, se presentó el informe favorable para mi incorporación como socio. Y lo mejor, hoy compito en la final del campeonato del mundo de surf, tras superar todas las pruebas clasificatorias.

     
  • Vidas

    Dori Siverio Fumero · Tenerife 

    Marcos se entretenía jugando a juicios y en el patio del cole, en todos los recreos, dibujaba una balanza en la arena del suelo, mientras, su amigo Ramiro, corría tras el balón. Fabricó una maqueta; una sala de juicio, con sus magistrados, reo, jurado¡€™Jugaba con las figurillas vestidas con toga, había condenas y absoluciones en aquella sala arquetipo de una real. La maestra, orgullosa, envió un aviso a sus padres: en el informe ponía que su hijo iba a estudiar Derecho o si no ella se haría monja. Tan segura estaba. Hoy, veinte años después, Marcos ha frecuentado varios juicios; está en la cárcel por su vida desalmada. La señorita Irene, la profesora, no se hizo religiosa pero hace visitas a Marcos y entre lloros y regaños, le recuerda su prodigiosa niñez. Ramiro le ha defendido en varios litigios, pero es un caso perdido.

     
  • Andrea

    Ana Poveda Ribes · Mutxamel (Alicante) 

    Andrea reposaba sobre la arena húmeda. El sol matizaba su espalda contorneada. Era una mujer atractiva. Pasaba de formalizar el informe para la Sala, sabía que la condena era segura. El agua se deslizaba entre sus piernas. Ya no quería trabajabar como antaño, deseaba vivir, disfrutar de cada instante sin palabras, sin pensamientos, gozando de las sensaciones que la naturaleza le proporcionaba: el aire limpio, el aroma de la playa, el calor en el cuerpo... Alvaro permanecía en prisión. Había vendido una urbanización inexistente exhibiendo una simple maqueta. Se levantó una brisa ligera, le mecía la melena. Se quitó las gafas de sol y se adentró en el mar, el agua refrescó sus hombros. Sobre la toalla la fotografía de una mujer hecha pedazos comenzó a deslizarse hasta perderse en el aire.

     
  • Aficiones

    Juan Manuel Ruiz de Erenchun Astorga · Barcelona 

    Hoy he leído en la prensa que han expedientado al Juez Camprelo. Me alegro mucho. Aún no comprendo por qué tardaron tanto, pese a la multitud de informes negativos que decoraban su hoja de servicios. No tenía ningún respeto por la justicia. En sus vistas, mientras los letrados informábamos, él se dedicaba sin disimulo a su gran pasión: montar maquetas a escala de conocidos monumentos. Presidiendo la sala a su lado, un reloj de arena. Cuando la tierra rojiza llegaba a su fin aposentándose en la base, retiraba la palabra al abogado dando el juicio por acabado. Luego dictaba resoluciones esperpénticas. Una vez perdí la compostura. No pude reprimirme. Me levanté y aplasté con mi puño la torre Eiffel en miniatura recién ensamblada que tenía sobre su mesa. La hice añicos. Me miró exasperado. Dos sesiones de juicios infructuosas. Al día siguiente dictó sentencia de condena contra mi cliente.

     
  • Algo normal

    José Ignacio Señán Cano · Madrid 

    Sucedió en un instante. Cuando le comunicaron la condena, la sala comenzó a girar sobre su cabeza como un tiovivo enloquecido. Nunca pensó que un episodio fortuito como aquel, se convirtiera en una pesadilla tan horrible. Al fin y al cabo no se sentía responsable de aquellas muertes. De nada habían servido las explicaciones de los peritos sobre la maqueta del edificio, ni tan siquiera el último informe de la defensa alegando desconocimiento de los hechos. Diecinueve años eran demasiados por algo que para él era de lo más normal. Mezclar arena con cemento nunca había supuesto que el edificio se viniese abajo. - Como empiecen a caer los demás, no salgo de la trena en la vida, -pensó mientras se lo llevaban esposado.

     
  • Culpable

    M¡¦Angeles Rodríguez Ganges · Valladolid 

    La casa era bastante más siniestra de lo que aparentaba la maqueta que había visto en la sala del tribunal. A cada paso, el suelo emitía pequeños gruñidos de protesta bajo el peso de sus pies. Recorrió el pasillo alumbrado tan sólo por la tenue luz de la linterna hasta llegar al sótano. Las paredes estaban salpicadas de lo que suponía era sangre seca y en su imaginación cobraron vida las horribles escenas detalladas en el informe presentado por la acusación. Hacía casi un año que había defendido a aquel hombre consiguiendo evitar su condena y desde entonces no había podido conciliar el sueño. Arrancó las tablas del suelo bajo la escalera y con las manos desnudas removió la arena hasta encontrar los huesos que confirmaban la culpabilidad de su cliente. Sollozando escondió la cara entre sus manos sin percatarse del brillo del arma que apuntaba directamente a su corazón.

     
  • Crónica de sucesos

    José Luis Valle Gómez · Tres Cantos (Madrid) 

    Sus parientes más próximos ocupaban todos los asientos de la sala cuando, de pie, escuchó la condena. De nada le sirvió asumir su propia defensa. De nada le valió delatar a sus inductores, cómplices y encubridores. Nada consiguieron sus lágrimas finales implorando clemencia a un juez que, en sus muchos años, ya había visto repetidas veces llorar a otros igual de culpables. El informe de la acusación había sido concluyente. Cuando la familia estaba distraída admirando la maqueta del nuevo parterre, se introdujo en la vieja mansión y, como buen conocedor del lugar, rápidamente encontró el botín que la dueña de la casa escondía entre los muebles de la cocina. No hubo testigos, pero sus pisadas marcadas en la arena del jardín y los pequeños y blanquecinos restos hallados sobre su ropa, le habían delatado. Las gominolas se las comieron entre todos, pero la abuela solo le castigó a él.

     
  • Culpable o inocente

    Fabrizzio Cunietti Lavallén · Ciudad de San Carlos (Uruguay) 

    La Sala de audiencia estaba repleta, los presentes, aguardaban expectantes los resultados de aquél tan esperado informe de ADN.- El proceso había estado plagado de inconvenientes y chicanas de toda clase y color, pero por para bien o mal, el final estaba cada vez más cerca.- En una mesa cercana al escritorio del Juez, yacía una maqueta elaborada por una desconcertada Policía Técnica, que pretendía aclarar a cualquier precio aquél brutal asesinato.- En mi cabeza un reloj de arena tronaba a cada segundo, mientras anegaba impaciente una posible condena, o la eterna liberación de mi cuerpo y alma.- Con el pasar del tiempo, una tibia y seductora culpa se apoderó de mi mente, haciéndome dudar de mi propia inocencia.- Por suerte, mi abogado defensor, que carecía de tales sentimientos, me dejó las llaves de mi libertad sobre la mesa y estrechándome la mano, me cobró gustoso sus honorarios.-

     
  • Cambiazo

    David Vivancos Allepuz · Barcelona 

    Un rumor incómodo se fue extendiendo por la sala. Tras escuchar el veredicto de culpabilidad, los presentes aguardaban a que el juez anunciara la pena. El magistrado, sin embargo, parecía aturdido hojeando atolondradamente el informe pericial y uno de los tomos que había sacado del maletín antes de iniciarse la vista. La condena se hacía esperar. Suspiró con resignación y cerró el diccionario mitológico, arrepentido de haber permitido a su nieto pasar la mañana jugando en el despacho con sus cosas en lugar de dejarle ir a la playa con el vecinito, con quien solía compartir su maqueta del Ferrari de Alonso y hacer magníficos castillos de arena hasta que llegaba la hora del baño. Se aclaró la garganta y, tras hacer levantar al acusado, le comunicó que sería encadenado a una roca para que un águila le devorara el hígado todas las tardes durante el resto de su vida.

     
  • Desencanto

    Pilar Espido González · Fene (A Coruña) 

    El siempre quiso ser abogado, defender en la arena del anfiteatro a los cristianos ante los leones o a los gladiadores mas débiles, antes de que el Cesar diese vuelta a su pulgar sentenciando condena.
    El siempre vivió la justicia con la convicción de que la balanza se inclinase a favor de los oprimidos y esclavos, que una sociedad carente de valores morales se empecinaba en aniquilar.
    Eso era lo que había aprendido en la facultad, de donde salio numero uno de su promoción. Un abogado joven y brillante que iba a cambiar el mundo y dignificar su profesión en las sala con sus alegatos y fundamentos (que utopía).
    Hoy esta sentado en un vetusto y desangelado despacho haciendo una maqueta que hace treinta años empezó, mientras encima de su caótica mesa, informes descoloridos y una vacía botella de whisky le recuerda que ningún tiempo pasado fue mejor.

     
  • Apoteósico final

    Miguel Angel Gayo Sánchez · Sevilla 

    En la repetición de los actos encontrarán la maestría, le gustaba decir a nuestro emérito catedrático de Derecho. En su honor improvisé una maqueta de la sala de vistas en el garaje de mi casa a tamaño natural. El banco de bricolage me servía de improvisado estrado. Detrás, simulando ser su señoría, sentaba a mi muñeca hinchable vestida con la toga de magistrada. En aquel escenario me lancé a la arena de la interpretación, practiqué la correcta lectura de informes, ajusté el tono de la voz, la pose chulesca, el andar sobrado... Pero en los seres humanos la repetición nos acerca al vicio. Esa es la triste condena de los que buscan la perfección ¡¨Qué pensaría el emérito catedrático si se enterase del apoteósico final que me suelo marcar con mi voluptuosa señoría?

     
  • El velero

    Juan Andrés Herrera Perdomo · Santa Cruz de Tenerife 

    Un abogado entra en la T4 y busca esas inorgánicas salas para fumadores. Tiene que viajar a Barcelona para un juicio perdido: un borracho que se dio a la fuga, dos muertos. En esos casos en los que hay que defender al malo, bajar la vista cuando los familiares te toman por otro cabrón o la fiscalía te mira como si fueses una cabra atada a un palo, uno sólo desea perder, que la condena sea tan larga como se permita. Sin embargo, aunque se sepa que no habrá brindis de victoria y que si hay comida será un puñado de arena a los ojos, el abogado sabe que su oficio es igual al de un médico: si muere un paciente lo mejor es regresar a casa, tomar un baño y, si no se puede dormir, revisar algún informe o terminar la maqueta del dichoso velero.

     
  • En la sombra

    Rubén Gozalo · Salamanca 

    Después de veinte años de condena todavía puedo recordar la sangre goteando en el suelo, los sesos de la víctima esparcidos por la pared, el rostro de los familiares en la sala mirándome de forma acusadora. El informe no dejaba lugar a dudas. Nueve puñaladas certeras cosieron el cuerpo del muerto. En la cárcel se cuenta con mucho tiempo libre. Paso los días en la biblioteca estudiando una carrera, leyendo libros o construyendo alguna maqueta a escala para matar el tedio. Hay días en que desearía salir. Ir a la playa, pisar la arena, zambullirme en el mar o disfrutar del sol. Pero estoy detrás de unas rejas. Varias veces me han llevado a un comité para concederme la libertad condicional y reducirme la pena. Pero yo sigo en mis trece. Lo volvería a hacer, les digo, me volvería a inculpar para salvar a mi hijo.

     
  • El porvenir

    Jara Rupérez Martínez 

    A Toni Marcciano le atraía intensamente el cuerpo de reloj de arena de la abogada. Había esperado casi dos horas en la sala de interrogatorios sin abrir la boca, y su sorpresa fue mayúscula cuando la vio aparecer. El letrado de costumbre había sufrido un misterioso accidente y se encontraba en el hospital; pero le había pasado a ella, mucho más joven y hermosa, un informe detallado de los asuntos de la familia. Cuando la vio entrar en la sala, Toni Marcciano, pensó que una mujer así podía aliviar la más cruel de las condenas. Sonrió melosamente al escuchar su voz y se imaginó envejeciendo a su lado; como un viejecito, envuelto en un chándal de terciopelo, introduciendo la maqueta a escala de un barco de madera dentro de una botella, mientras ella se encargaba de preparar, cuidadosamente, cada una de las defensas de sus futuros juicios.

     
  • Emperador

    Alejandro Vazquez Valdovinos · Lleida 

    Con el birrete por montera, vestido de toga azabache, en triunfal paseíllo por la Corte Suprema, hace su entrada estelar en la Sala de Vistas "ese abogao", Manuel Queiroz Talavante, "Maqueta" le llaman. Viene avalado por un cartel de campanillas, hábil con el engaño a testigos y monosabios, infalible en la suerte suprema del informe o alegato final. El público abarrota los tendidos, se escuchan los primeros "oléees", augurio de otra gran faena, los flashes se disparan desde el estrado destinado a la prensa. En la arena del banquillo aguarda la embestida su cliente, "Emperador", monarca del polvo blanco, 175 kg. de bragada y aceitunada carne, pende sobre él una condena de 15 años por narcotráfico. En el primer tercio de varas, el interrogatorio del acusado, se alza la voz del maestro, su mirada fija en la Presidencia, quietos los subalternos: con la venia del Tribunal... ¡¡¡dejadme solo!!!

     
  • Juegos de niños

    José Antonio González Pérez · Pontevedra 

    Todo estaba dispuesto en sala,realmente parecía una maqueta minuciosamente elaborada. Los intervinientes se habían batido esgrimiendo sus mejores armas, como los gladiadores lo hacían en la arena del coso. El informe del abogado había sido exquisito, contundente, nadie albergaba dudas, mientras esperaban el veredicto, de que no podría haber condena. De repente, la voz de la cuidadora de la guardería llamando a comer provocó la desbandada de los niños, la improvisada sala de vistas se quedó vacía. Estaba claro que instalar una guardería en el edificio del Juzgado había sido buena idea pero no resultaba extraño que los niños jugasen a los juegos de los que tanto oían hablar en sus casas, mandilones sustituían a togas y muñecos a códigos. Nunca hubo magistrados tan imberbes.

     
  • Granos de arena

    Ismael Hevia Galicia · Valladolid 

    Mi padre fue Robert H. Jackson, fiscal en el juicio de Nuremberg, celebrado por genocidio contra líderes nazis. Una noche nos confesó un incidente eliminado, por vergonzoso, de las actas del juicio. Durante el proceso se mostraron numerosas pruebas: maquetas de hornos crematorios y cámaras de gas, informes nazis planificando la solución final, fotografías y películas de los campos de concentración. Mientras el horror se percibía en los rostros de los presentes, los acusados exhibían una fría indiferencia. Para suscitar una mínima imagen de la magnitud del exterminio, mi padre presentó al tribunal un grano de arena por cada persona muerta. Vaciaron en el suelo decenas de sacos formando un montón de seis millones de granos. Los ventiladores esparcieron arena por toda la sala. Los acusados protestaron indignados porque se ensuciaban sus trajes. Mi padre era un hombre bueno. Fueron las únicas condenas a muerte que celebró en su vida.

     
  • Herencia evolutiva

    Maite García de Vicuña · Vitoria 

    Pasaba las horas espiándole por el ojo de la cerradura. Me encantaba oírle ensayar en voz alta sus alegatos, verle hacer anotaciones en su libreta, y observarle mientras construía pacientemente la maqueta del barco que llevaba años intentando terminar. Si salía a algún juicio en la sala de lo penal, yo ocupaba su silla fingiendo ser él. Un abogado de prestigio al que adoraba y al que quería parecerme cuando fuera mayor. Sabía que si me pillaba allí sentado ojeando los informes periciales y los del forense con mis manos manchadas de chocolate, me castigaría. Como cuando rompí el reloj de arena del abuelo, y muy serio aportó las pruebas del hecho delictivo solicitando una condena de dos semanas y un día sin ver mi serie favorita. Con estos recuerdos, miré su fotografía, me puse la toga, pegué el mástil de popa, y salí al estrado.

     
  • Gladiadores

    Antonio Jesús Molina Fernández · Granada 

    En este mundo hay dos tipos de abogados: los que huelen la sangre en cada caso, en cada informe, en cada recurso y deciden atacar como los gladiadores en la arena, pidiendo la cabeza de su adversario, sin acritud, por pura profesionalidad hacia sus clientes, sin juzgarlos de antemano, porque todos merecemos una defensa digna, la mejor posible; y están los que evitan la pelea, trabajando por una condena menor, haciendo que, ante la mínima duda, su defendido se declare culpable para rebajarle la pena y así encontrar una excusa moral con la que enfrentarse a la prueba del espejo. Terminé de leer el expediente del tipejo que tenía delante y me asusté. Le miré a los ojos, le enseñé la maqueta del Coliseo de Roma que tengo en la mesa del despacho y le sonreí: - Le juro por Dios que estoy oliendo a sangre en este mismo momento.

     
  • ¡Ay mi madre!

    Alberto Crespo Iniesta · Madrid 

    La sala de pleitos: una piedra caliza de dimensiones descomunales. Sobre ella, los demandantes enfrascados en una reyerta, que por su carácter estático más bien parecía la maqueta de una lucha entre gladiadores en la arena del circo romano. Todo aquello había empezado por un supuesto robo de trigo momentos atrás. El informe que tendría que redactar incluiría todos los pormenores del caso para que este tipo de incidentes, tan habituales estos días, se solucionaran rápidamente. – ¡Vamos, a trabajar! Había recreado cómo sería un juicio entre hormigas mientras las observaba luchando por un grano de trigo. Aquel era mi modo de abstraerme del trabajo en los campos castellano-manchegos, pues desde que me echaron del bufete, no me había quedado más remedio que buscar empleo como jornalero. Aquella era mi condena. Si es que ya lo decía mi madre: ¡lo mejor era prepararse una oposición!

     
  • ¿Crimen perfecto?

    Pablo Dominguez Cardeñosa · Mataelpino (Madrid) 

    '- Necesito el dinero Inés. Esta vez van en serio. - Te dije que no volvería a pagar tus deudas de juego. - Pero Inés, te lo suplico. Son capaces de todo. - No. Me da igual lo que te ocurra, Armando. - ¡Por favor!.¡Estoy desesperado!. ****************

     
  • Vocación

    Isabel Cuenca Rueda · Roquetas de Mar (Almería) 

    Con mirada segura mostré a todos los presentes en la sala la maqueta en la que había trabajado a contrarreloj durante la noche anterior. Era la prueba irrefutable que demostraba la inocencia del acusado. Pobre Luis, si de algo era culpable era de comer arena. Ningún otro quiso defenderle por miedo a las represalias. Pero la condena de un inocente haría más fuerte al verdadero culpable. Ojeé el informe que con tanto escrúpulo había redactado y comencé mi alegato: “Mi cliente no pudo ser el ladrón, el hurto tuvo lugar a las once justo aquí- aseguré señalando un extremo de la maqueta- y en ese mismo momento le estaban propinando una paliza en el lado opuesto del edificio, la enfermera lo corroborará...” Sonó el timbre del recreo, todos salieron corriendo. El profesor me miró, “Bien hecho” me dijo. Tenía 9 años y ya sabía qué quería ser de mayor.

     
  • Sin recurso

    Silvia Vicedo Ramón · Alcoy (Alicante) 

    Recibió su sentencia de muerte una noche preciosa. El cielo surcado de estrellas de cinco puntas presagiaba ya una mañana esclarecedora. Tal y como le habían gustado siempre; con la condena añadida de no poder disfrutarlas jamás. Nunca. Su informe así lo rezaba; incontinencia a la exposición de los rayos solares. De manera que los días luminosos el juez no acudía a la sala de audiencias, sino que ejercía desde su despacho. Ordenó sus expedientes dejándolos alineados para el próximo magistrado que ocupara su cargo. Y tras guiñarle un ojo a la maqueta de Temis, su muda confidente, se dirigió a la playa. Se sentó en la arena esperando la partida final. El primer rayo de sol le alcanzó el corazón, invadiéndolo de calidez, rozando lo humano y evocando al niño que fue alguna vez antes de comenzar todo. “Aquí es donde tengo que estar” suspiró finalmente el vampiro.

     
  • Tribunal electrónico

    Mario Bolo · Buenos Aires (Argentina) 

    Informe Confidencial Señoría, nuestro pueblo, con sus casitas encaladas y sus calles de arena, fue escenario de un evento trascendente: la implantación del Tribunal Electrónico. Como sabeis se trata de una computadora programada para aplicar jurisprudencia. Pero quería llamar vuestra atención sobre la verdadera innovación: el “casco”. Este dispositivo captura directamente del cerebro recuerdos, motivaciones, circunstancias. El acusado se lo coloca y al instante la máquina emite el veredicto y la condena. Tal como lo ordenasteis, la prueba inaugural la hizo nuestro alcalde. Pobre, hubo que deponerlo. Pero después no hubo inconvenientes. Al contrario: procesos que antes tomaban años, ahora llevan segundos. La empresa proveedora ha dejado instalada en la Sala de Audiencias una maqueta de verdugo mecánico, equipado con un digestor que convierte los cuerpos en abono. Hicieron incluso una demostración utilizando a un ladronzuelo del lugar. Estoy seguro de que Vuestra Merced estará encantado con los resultados obtenidos.

     
  • Presbicia de abogado

    María Purificación Palazón Guzmán · Jerez de la Frontera 

    Empecé a concienciarme de mi declive: no lograba perfilar el informe que debía exponer ante la sala. La nostalgia de mis buenos tiempos de letrado obstaculizaba la maqueta de un texto detenido. Así, abandoné el teclado frustrante por un librito cuyo título optimista, desde el estante, atraía poderosamente mi atención. Primera página: unos niños juegan a enterrar y desenterrar en la arena el cadáver de un náufrago crecido entre laberintos de corales. Última página: hombre magnífico, con un descomunal tamaño como única condena. Y con cara de llamarse Esteban, como yo. ¿Qué culpa tiene el pobre (me solidarizo con él) de ser tan grande, de ser el ahogado más hermoso del mundo? ¡Oh! ¡Este es el verdadero título del relato! La presbicia me ha jugado una mala pasada. O quizá no tan mala. Mis ojos, tras las lentes de la literatura, culminan rotundos el informe.

     
  • Tempestad

    Pablo Marquevichi · Buenos Aires (Argentina) 

    El huracán se había ido. Destrozó todo el calor de hogar en minutos. Algún vecino habría llamado a la policía. Otra vez. Sufrir la tempestuosa ira no sería el fin. Lo sabía. Pronto llegarían los oficiales a redactar el informe. Igual que una vergonzosa resaca después de una horrenda noche. Miró a su alrededor los despojos de la tormenta: Un bocata en el piso, la sala desarreglada, el sofá manchado, la maqueta que Juaquinito tenia que llevar a la escuela arruinada. Mejor acomodar todo antes de que lleguen. Con las piernas aun temblorosas quiso incorporarse. Sentía que eran de plomo. Sentía que el aire se le trasformaba en arena en su nariz. Raspando su garganta. Arañandole los pulmones. Desgarrando el corazón. Tenia que arreglar todo antes de que lleguen, porque ellos no entendían. No entendían que la condena había caído sobre ella con un simple “Si, quiero”.

     
  • Second Life

    Manuel de la Peña Garrido · Madrid 

    Arena de Verona. La multitud ovaciona a la soprano, tendida en el escenario. “No se incorporará más”, murmura el prestigioso abogado, aplaudiendo en primera fila. Noches antes dictó su condena. Juez virtual. Su sala de justicia: la pantalla del ordenador. De niño ya construía maquetas donde un muñeco –él mismo- vivía otra realidad. Desde hace años alterna su profesión, la defensa de informes y alegatos, con su papel de magistrado en la Red. Ha hecho coincidir las muertes auténtica y ficticia de su amante. Confundidos el juego telemático, la vida y el libreto. Algo ha fallado: Renata está saludando ceremoniosamente al público. Entonces siente un dolor desgarrador en la espalda. Él sí se está desangrando. “Olvidaste que en Second Life también hay jueces supremos. Revocaron tu sentencia y ordenaron tu propia ejecución”, dice su asesino aprovechando el bullicio para escapar del coliseo.

     
  • Secretos de familia

    Norma Giner Ramón · Serris (Francia) 

    ¿Dice Vd. que su cliente apela a mi generosidad? Mire letrado, mi juventud transcurrió entre las bambalinas de la jurisprudencia. Pasé mis años de esplendor cubriendo los errores de un marido, quien por aquel entonces, aún era un mero proyecto de abogado. Proyecto… era una maqueta abyecta y despreciable, que hizo del derecho su medio de vida masacrando sin piedad. Me pedía tiempo para todo. Ejercerás cuando yo despunte, serás mi colaboradora cuando los niños sean mayores. Yo, relegada en la mesa de la cocina, redactaba informes que él firmaba como suyos. Al final, me pedía que no hiciera una montaña de un grano de arena al insultar mi inteligencia, argumentando que tenía una vista crucial en la sala del juzgado. Cuando la realidad era su asistencia crucial a un hotel con “estupendas vistas”. Dígale que ponga precio a mi generosidad. Ahora es mi turno de imponer condenas.

     
  • Ovillo de Ariadna

    Jesús Gonzalo López de Ahumada Beato · Lucena (Córdoba) 

    Tocaban a muerto las campanas de camino al Juzgado. Le daba igual. No era supersticiosa y estaba agotada a esas alturas de año. Julio. El sol le abrasaba de la misma manera que le quemaba en las manos el informe preparado durante semanas. Pasó de largo la biblioteca municipal. Sabía que esa semana tocaba concurso de maquetas en la sala de exposiciones. La Sala. Lo había olvidado. No le gustaba la sección de Sala que le turnaron. Trató de borrar de su mente ese pensamiento. No le importaría si había condena. No tenía fuerzas para más. Se descubrió arrastrando los pies y se recordó andando por la playa, como cuando se le hundían en la arena recién bañada por el mar. Intentaba sobreponerse: Ariadna, usa el ovillo y sal del laberinto sin ayuda, no pienses más en la condena – se decía. Pero no podía, era abogada a fin de cuentas.

     
  • Un mes libre

    Juan Francisco Mármol Aroca · Vélez-Málaga 

    Se aproxima agosto. Parece mentira. Mis amos me dejarán tranquilo durante un mes. Irán a rebozarse en la sucia arena de la playa mientras yo quedo solo, libre de mi condena cotidiana, sin tener que verlos día a día, con sus ridículas corbatas, sin que me profanen abriendo mis balcones, sin que me pisoteen con sus zapatos caros, libre desde la sala de espera hasta el último de mis rincones, sin oír esa lacerante e inacabable maqueta de cuando uno de ellos tocaba en un estridente grupo de Rocanrol… tanta guitarrita y tanto berrido, sin oír mentiras ni llantos del personal que en ocasiones se me antojan cómicos. Libre al fin para poder deglutir en silencio los informes, las sentencias, los recursos... Libre para aprender y descansar en mi pacífica oscuridad, entre aroma de papel y cañerías. Libre hasta septiembre, cuando todo volverá a tornarse cotidiano, aburrido, gris.

     
  • Recuerdos

    José Luis González Martínez · San Sebastián 

    Fue su última gloria. El abogado, cumplidos los setenta, pisoteó con audacia la pequeña maqueta de Alcatraz. Apasionado, habló a la sala de la inútil niñez, la hogaza, solo un escaso garabato sobre la madera, la calle…Luego miró al acusado y todos le imitaron. Joven, flaco, la cara rayada por la desesperanza. El juez, sudoroso, releía el informe. La condena quedó reducida a un año. Después se retiró enfermo, decían que asolado por el alzheimer. Una tarde lo tropecé en la playa. Noté las arrugas incontables, la oquedad de sus ojos, las manos temblorosas…. “He olvidado el nombre de mi mujer” me dijo mientras jugaba con el cubo y la arena. Callé, sin poder ayudarle, siquiera con lo de su mujer, y aquello me trajo la desazón de mis sesenta y ocho. “Te curarás…abogado” mentí mientras huía aterrado, sin lograr recordar tampoco su maldito nombre.

     
  • Lección de vida

    Yesica García Viera · Las Palmas 

    Llegué diez minutos antes, y allí esperaba. Me miró y torció el gesto. Ese intento frustrado de sonrisa inventada, como esas que se dibujan en señal de cordialidad, pero ausentes de todo sentimiento. Como me había dicho días antes, “soy un cuerpo sin alma, sin vida, sin ilusión, sin ganas. Soy una maqueta de mí misma, inanimada”. Era mi primer caso de agresión sexual, y no podía apartar de mí la sensación de que, por muy bien que hiciera mi trabajo, ya existía una sentencia de condena, sin juicio, sin informes ni pruebas, en la que ella, y no su agresor, era sentenciada a cadena perpetua, desde el mismo momento en que desafortunadamente sus vidas se cruzaron en aquella noche de San Juan, donde únicamente el mar y la arena fueron testigos de tan horrible acto. En la Sala, su valentía y dignidad, me recordaron por qué soy Abogada.

     
  • Nunca se sabrá

    Francisco Doria Palomino · Lima (Perú) 

    El informe fiscal llegó con la maqueta de reconstrucción policial (que señalaba la sangre en la sala, los rastros de arena, la ubicación de los cadáveres desnudos – un sodomizado jovencito con un tiro en la frente y un militar con otro en la sien –) y la pericia balística que sustentaba (los proyectiles eran del arma en la mano del occiso) un caso de homicidio pasional, seguido de suicidio, en esa casa de playa. Tras revisarlos, el ministro de Justicia sonrío satisfecho. Solo lamentaba la muerte de su chófer – el infeliz sargento había preparado la escenografía sin saber que volarle los sesos y el “suicidio” de su desconsolada viuda constituirían los último cuadros –, pero no podía dejar cabos sueltos. Luego, en una oficina del Ejecutivo, le dijo a su interlocutor: “Cumplí como abogado: lo libré de la condena; nadie sabrá nunca que fue usted, señor Presidente”.

     
  • Lo contaré

    Rodrigo Torres Quezada · Santiago de Chile 

    '-En la sala confesaré todo Las palabras del viejo de barba hirsuta y mirada penetrante, hicieron que el abogado Urzúa se desesperara. -No, por ningún motivo debe hacer eso. Sólo hay que argumentar una coartada perfecta El viejo tomó el informe que es

     
  • Nunca más

    Ariel Flühr Arnau 

    Sobre el suelo echado, mi hijo Javier jugaba con figurillas de papel, que se le antojaban fornidos gladiadores romanos. Luchaban éstos a vida o muerte, en la arena de un imaginario anfiteatro, en realidad, maqueta hecha de papel.
    “-¡El César te condena a morir!-exclamó gravemente mi hijo, dirigiéndose al monigote más desfavorecido.”
    Al acercarme para contemplar desde más cerca la fantástica escena, pude advertir que todos los objetos papirofléxicos utilizados en la representación estaban mecanografiados. Empecé a tener la mosca detrás de la oreja. Después de reconocer por todo el decorado de papel, algunos de los términos más utilizados en mi profesión: demanda, recurso, informe, ..., fui realmente consciente de la gravedad del asunto. Mi hijo había estado dando tijeretazos, a todo documento que había encontrado en mi despacho...¡Perteneciente a la sala de lo penal! ¡Nunca más, volveré a traer a mi hijo al trabajo, nunca más!

     
  • Lacra nacional

    David Castejón Ferrer · Barcelona 

    …Alfonso rechazó el café, y miró fijamente a su cliente, antes de hablar. Era un truhán; lo había intuido desde siempre, pero ahora aquellos informes lo confirmaban. Sobornos, compra de cargos electos, violación de todas las leyes urbanísticas y medioambientales… No había estudiado Derecho para dar la cara por sujetos de esa calaña, y no sería él quien le sacara del atolladero. Cualquier condena, pensó, le estaría bien empleada. -Lo siento. Me retiro del caso. Desprevenido, el hombre ni reaccionó ante la desbandada de su abogado, que desapareció tras la puerta. Sus ojos se desviaron entonces hacia la formidable maqueta del complejo vacacional. Por un momento tuvo la horrible visión de su imperio inmobiliario desmoronándose como un castillo de arena barrido por las olas, pero enseguida se repuso. Se recostó en la silla, y dejó que su mirada vagara por la sala, pensando en los hilos que tendría que mover.

     
  • Otro día más

    María Jiménez Toro · Algeciras (Cádiz) 

    Otro día más, a la arena con los leones. El juez conversando con el letrado amigo (de turno). La Sala, un bullicio. Aquello era una maqueta barata de un mercadillo de “todo a un euro”. Mi condena, 400 euros, y mi informe desfiguraría una denuncia donde un policía, cumpliendo sus funciones, en vez de sacar la defensa, desenfundó su arma reglamentaria apuntando a una dependienta, quien, a su vez, golpeaba un anciano que atracaba el supermercado empuñando su vara. Resultado: la dependienta pasó de agredida a agresora, siendo detenida y encañonada por un agente que, nervioso, evitó que el índice de mortalidad aumentara esa jornada. Defiendo al atracador, pregonaré eximentes a granel, hoy no me dolerán prendas, necesito los 400 euros de minuta para pagar la sanción que me puso un agente de la autoridad, sereno, por usar el móvil mientras conducía hacia el mercado de voces, otro día más.

     
  • La revancha

    Ana María Viñals Lorente · Barcelona 

    Cuando llevamos nuestra primera maqueta a la discográfica, imaginamos que triunfaríamos enseguida. Playas paradisíacas de arena fina, modelos esculturales, sala de prensa… El informe del productor musical, sin embargo, fue demoledor: nuestro grupo era horrendo. Ante tales palabras de aliento, decidí terminar Derecho y enrolarme en el apasionante mundo de la abogacía. Entré en el bufete de mi padre y logré evitar la condena de más de uno de sus clientes. El fin de semana, enfundados en estilismos imposibles, cantábamos en el chiringuito de turno bajo un rótulo que rezaba: Bodas, Bautizos y Comuniones. Hace un par de semanas llegó al despacho un nuevo caso. Acusaban al productor de una importante compañía musical de estafa. Su rostro me resultó desagradablemente familiar. Boicoteé su defensa y saboreé mi tardía venganza.

     
  • La faena

    Mayte Martín Tejeda · Madrid 

    “Negro, zaino, barrigón” pensó el abogado al ver llegar a la Sala la imponente figura del fiscal embutida en un traje negro y lanzando miradas torvas en derredor. El abogado se persignó discretamente y respirando hondo ajustó su pantalón como si fuese la taleguilla del traje de luces. Presentía una difícil corrida en la arena de la Sala. Comenzó el juicio, turno para el fiscal. Lanzó una buena embestida cuando presentó la primera prueba; la maqueta con la voz del acusado. Murmullos en la Sala. Cambió el tercio y fue el turno del abogado defensor. Esquivó con maestría las cornadas del fiscal y lanzó la estocada final con su informe. En las caras del tribunal se adivinó que había evitado la condena del acusado. Abatido el morlaco, el abogado salió por la puerta grande de la Sala. El fiscal se fue, gachas las dos orejas y el …ánimo.

     
  • La maqueta

    Ricardo Kahre · Buenos Aires (Argentina) 

    El fiscal Suárez no pudo reprimir su admiración por Do Carmo, su principal sospechoso. Había ido al museo de cera sólo para ver su ya célebre maqueta del crimen. Y tuvo que reconocer que la fama era merecida. La obra, que ocupaba una sala entera del museo, era perfecta. Todo estaba allí: la arena, la caseta, la sombrilla, el mar y el cielo que parecían reales. Hasta el detalle del pañuelo rojo a centímetros del cadáver de sobrecogedor realismo. El pañuelo… Suárez pegó un respingo; hasta donde recordaba jamás se había dicho nada del pañuelo en los informes; ¿cómo lo había sabido Do Carmo? Supo de pronto que tenía la prueba decisiva en sus manos. Allí mismo, frente a la réplica fantasmal del crimen irresuelto, empezó a diseñar la estrategia de la acusación. La condena del artista era ahora inevitable.

     
  • La pasante

    María de las Mercedes Serrato Calero · Sevilla 

    Demasiados días en esa sala. Jornadas de condena, redactando un informe tras otro, muy lejos de la arena playera. Incontables horas de radio para evadirse. Decenas de mojitos para refrescar su pasantía. Los cuadros de Sanlúcar de Barrameda y el Cabo Trafalgar se burlaban de ella, las estúpidas maquetas de barcos le recordaban su frustración.
    Entró en un ataque de cólera la tarde del 26 de Julio, cuando desafortunadamente la radio vomitó la terrible melodía de Mecano “Hawaii, Bombay…”. Descontrolada tiró del teclado, que cayó, arrastrando carpetas y rotuladores. Abrió la ventana, tiró el vaso de mojito con su cañita correspondiente. Llegó el turno de la primera maqueta. Una, dos y tres fue tirándolas todas. Se deshizo de los cuadros con el mismo modus operandi. Riendo alocadamente desapareció pegando un portazo. En cinco años de carrera nadie le dijo que el límite de la abogacía llevaba a la locura.

     
  • Justo a tiempo

    Jonatan Rodríguez Díaz · Santa Cruz de Tenerife 

    Era una carrera hasta la estación, apenas doscientos metros desde el bufete. Una vez allí, sólo debía tomar el primer cercanías que saliese hacia cualquier parte. Bajar, cambiar, bajar, quedar a salvo. Pero corría llevando un maletín que era a la vez mi premio y mi condena, y avanzaba entre la gente como a través de obstáculos que alguien hubiera puesto en mi camino, como si los segundos se me agarraran a los zapatos, en una querella contra el destino que esta vez no podía perder. Seguí corriendo hasta tropezar con un policía y mi maletín se abrió al caer. Las nóminas de los empleados, según el arbitraje, debían ser pagadas antes de fin de mes. Desde el suelo, pude ver que así sería y tuve la extraña sensación de que al final se había hecho justicia.

     
  • La destreza manual

    Susana Castro Rodríguez · Oza dos Ríos (A Coruña) 

    Mi hija Laura es poseedora de una destreza manual sin igual. Tiene sólo 12 años, pero ya ha realizado una maqueta del Taj Mahal que será expuesta en Londres en otoño; de hecho, ha realizado un informe para el gobierno indio en el que revela “inquietantes” deficiencias en la construcción del palacio. Según ella, no está bien nivelado, ya que no tiene en cuenta las tormentas de arena que se producirán con cada vez más frecuencia a partir de 2023 y que acabarán hundiendo 7,32 mm la base. Explico esto, Señoría, para que entienda por qué está hoy en esta sala y por qué va a ser ella quien explique las razones que llevan a mi bufete a solicitar tan dura condena para el constructor Gabriel Torres. Y a la pregunta que veo en sus ojos respondo: no, no tengo orgullo y sí, me hace los deberes mi niña.

     
  • La cápsula

    Agustín Martínez Valderrama · Gavá (Barcelona) 

    Ayer, mientras enterraba en el jardín el cadáver de mi última víctima, encontré una cápsula del tiempo. Estaba recubierta de arena y polvo, sellada herméticamente y tenía una inscripción anunciando su apertura el 19 de Abril de 2025. Apenas faltaban unas horas, así que cubrí el hoyo y esperé hasta las doce. Entonces, puntual, la cápsula se abrió. En su interior descubrí numerosos artilugios que, aún resultándome familiares, desconocía. Y a pesar que cada uno llevaba una etiqueta con su nombre, no conseguí descifrar el significado de un “Birrete”, una “Toga”, un “Martillo” o una “Estola”. Inquieto, busqué algún manual de instrucciones, una nota, cualquier indicio. Pero sólo hallé varios “Autos de condena”, un “Informe pericial”, una “Maqueta de la Ciudad de la Justicia” y una tarjeta donde figuraban mi nombre y apellidos. Excelentísimo Sr. D. Mario Artigas y Santacilia, Magistrado de la Sala Penal del Tribunal Supremo.

     
  • Justicia o venganza

    Elisa García García · Burgos 

    ¡Las vueltas que da la vida! Tú una ilustre juez y yo un anónimo ladrón de guante blanco. La misma universidad, los mismos bares, los mismos paseos por la arena. Después descubrí mi habilidad para apropiarme de lo ajeno. No es que me hiciera falta, pero me divertía ese juego burbujeante de adrenalina. Hasta que nos encontramos en la sala de audiencias. Cuando entré, tú tenias la vista fija en los informes, supongo que sorprendida por la coincidencia de mi nombre. Me miraste y estuve a punto de correr para abrazarte y tú de soltarme la maza sentenciera, pero inmóviles, permanecimos como maquetas de nosotros mismos. Apenas presté atención a las preguntas de los abogados, solo me revolví al oír la palabra “condena” que salió de tus labios. No pudiste ocultar una mueca de sonrisa y entonces supé con certeza, que jamás me habías perdonado.

     
  • Implacable venganza

    Alberto Corujo Corteguera · Gijón 

    Todas las noches, cuando las agujas señalan las doce en punto activando la lúgubre llamada del reloj de cuco, las figuritas de plomo cobran vida sobre la polvorienta maqueta –una reproducción a escala de la sala de justicia que formara parte en su día del informe pericial- para recrear en secreto aquel aún hoy inexplicable rosario de horripilantes crímenes: Así, los miembros del jurado popular se abalanzan sobre el Honorable Magistrado instantes después de ser dictada la sentencia de condena, los integrantes de la acusación particular se despedazan entre ellos, los alguaciles arrojan al fiscal por la ventana y el abogado defensor se cercena la yugular con su estilográfica. En el banquillo de los acusados, ocupando el centro neurálgico del recinto y aparentemente ajena al frenesí destructor que la rodea, la hipnotizadora esgrime una sonrisa enigmática mientras voltea entre sus dedos un pequeño reloj de arena.

     
  • Grana y oro

    Felipe Martín Vegas · Badajoz 

    Saltaba al ruedo, pisaba el albero. Se enfrentaba aquella tarde a su primer Mihura. Había decidido recibirlo a puerta gayola, con sus rodillas hincadas en la arena. Su toreo de salón no caería en balde. La taleguilla bien ajustada, las manoletinas recién lustradas, de grana y oro, y un rezo a la Virgen de la Macarena. Así sería su puesta de largo. Nunca pudo cumplir su sueño, cambió la Plaza de las Ventas por la Sala Tercera de lo Penal. En unos segundos tomaba la alternativa, con el informe del Fiscal en la mano y la toga a enfundarse en la otra, se disponía a evitar la condena a su primer defendido. El reo había robado una maqueta bañada en oro, réplica de la sevillana Puerta del Príncipe. ¿Qué castigo se merecía otro amante de las verónicas, los pases de pecho y el temple con la mano izquierda?

     
  • Inmortalidad

    Lola Sanabria García · Madrid 

    El viejo magistrado sacaba el reloj del bolsillo de su chaleco y le daba cuerda. El viejo magistrado tenía una habitación llena de devoradores de tiempo. El viejo magistrado quería ser inmortal. Pero el tic tac del reloj de pared y el siseo de la arena deslizándose por el hocico pequeño hacia la panza de cristal, eran su condena a muerte. “Polvo eres...” recitaba entre dientes, con los ojos húmedos, antes de golpear con el mazo sobre la mesa. Luego, en la sala reverberaba la última sílaba de su justa sentencia. El viejo magistrado, mi mentor, según el informe médico, murió de viejo. Pero ahora sonríe, sentado en el pequeño sillón forrado de terciopelo rojo, frente a la pequeña mesa de madera, en la diminuta sala de justicia. Aún me falta un fiscal, un miembro del jurado, un asesino en serie, un corrupto... pequeños detalles para completar mi maqueta.

     
  • Julio sin guarderías

    Juan Naranjo García · Madrid 

    El bebé, sentado junto a la tribuna con el cubo y la pala con los que solía jugar en la arena, miraba fijamente a su madre. “Vigílemelo, no se vaya a hacer daño” instó la jueza al guarda jurado. Bien, tras leer el informe final todo estaba listo para la condena, “al asesino de la maqueta, que sean veinte años”. Y el bebé, asido a la pernera de su cuidador, protestó “¡Gá!”. “Pues que sean treinta años”, prosiguió la jueza mirando tiernamente a su hijo. “¡Gá!” insistió para terrible asombro del acusado. “Mejor que sean cuarenta” y aporreó el mazo para poner orden en la sala y dar por terminada la sesión. El bebé comenzó a dar chillidos de felicidad dejando entrever sus dos primeros dientes mientras que el reo, dirigiéndose a prisión, miraba perplejo a la jueza y la pedía una explicación. “Es que en Julio no hay guarderías”.

     
  • Justicia ciega

    Hector Kalamicoy · Neuquén (Argentina) 

    El agudo sonido estremece al público en la sala, no creen lo que ven. Esto es, lisa y llanamente, una fría maqueta, una puesta en escena de la infamia universal. El defensor valientemente se levanta y brinda con pasión su alegato: que él no es un salvaje carnicero, que no lo golpeó despiadadamente. Las pruebas de la inocencia están a la vista ¿acaso no respira todavía? Un toro embravecido sobre la arena enfrentado al estoque de la justicia ¿imparcial? A través de unos silbidos tímidos comienza a hacerse presente la concurrencia y un momento después los abucheos resisten ante la condena inminente. Reunidos en un estrado improvisado, el gesto cómplice del juez afirmando le despeja las dudas, mira el reloj y saca la libreta donde anota para el informe. Luego, con un placer disimulado y el silencio de la concurrencia acechando, el árbitro le muestra la tarjeta roja.

     
  • Huellas de piececitos

    Javier Reyero del Prado · Amsterdam (Holanda) 

    Lea correteaba en la arena, ajena al mar, ajena a la brisa que llevaba consigo el sofoco, el cansancio. Sus piececitos quedaban marcados hasta la próxima ola. Era un instante infinito que deseé retener, pero que como todos, fluía hacia el río de momentos que se pierden. En sus primeros seis años de vida ¿cuantos de esos instantes había ya perdido?.
    Lucía estaba radiante, corría tras Lea riendo como si fuesen dos niñas, dos amigas. No la había visto así desde hace tiempo... no la había visto desde hace tanto...
    Se acercó despacio mirándome tiernamente. Sonriendo dijo -Por fin tiempo para nosotros, por fin dejas la sala y la toga por tu hija y por mí. Aún podemos reinventarnos.
    Volví al libro donde camuflado había hecho imprimir el informe. Una pequeña maqueta escondida del lugar donde sucedieron los hechos... y en un sabor a bilis y mentira mi condena comenzó.

     
  • Indefensos defendidos

    Javier Serra Vallespir 

    La penumbra devoraba la sala donde el Padre Karras afrontaría su enésimo exorcismo. El poseído había construido minuciosamente una maqueta del infierno de Dante sobre una superficie de arena, rematándola en su noveno círculo un tribunal con figurita togada de Virgilio postrándose ante Lucifer incluida. Su informe para las autoridades vaticanas recogería semejante insulto a la Justicia. Tras persignarse, el sacerdote encaró al endemoniado, que se convulsionaba en su cama blasfemando en latín, lengua que desconocía: —¡Excusatio non manifesta, accusatio petita! —Silencio, ente infernal —exhortó Karras—. ¡Acepta mi condena! ¡Yo te expulso de este cuerpo! —sentenció, rociándole con agua bendita. El poseído retorció su cuello 360 grados, regurgitó sobre Virgilio y bramó: —¡Nulla culpa sine poena! —¡Abandona este cuerpo, picapleitos de pacotilla! —¡Tómame! —¡Vade retro! —¡No rrrenunciarrré a essste cliennnnte sin una orrrrden judisssial! Por Santo Tomás Moro, ¡cuánto costaba exorcizar espectros de abogados negligentes de sus indefensos defendidos!

     
  • Intercambio

    José Miguel Perlado Villafruela · Madrid 

    Sí, la condena fue de treinta años, y empezó a cumplirla en prisión, pero pronto le trajeron aquí, al psiquiátrico. Según el informe previo era un recluso extraño pero no peligroso, así que, cuando nos solicitó material para construir una maqueta, no se lo negamos. Arena, madera, pequeñas piedras,… Las tijeras, la sierra y el martillo tardamos más en dárselos, pero como nunca se mostró hostil, ni hacia sí mismo ni hacia los celadores, no encontramos razones para negarnos. Construyó una sala en miniatura. Me recordaba al sanctasanctórum de un templo asirio que visité hace años, en las ruinas de Nínive. Ayer, a la hora del paseo matutino, encontramos la celda así: el recluso había desaparecido; el suelo, las paredes y el techo completamente cubiertos de escritura cuneiforme, incomprensible, y, en el centro de la maqueta, una miniatura del juez que le condenó. Al que, por cierto, no conseguimos localizar.

     
  • El pequeño abogado

    Vicente Tomás Berenguer Domenech · Alcoy (Alicante) 

    Cuando mis compañeros de preescolar dibujaban un sol en medio de un campo de flores, yo hacía esbozos de lo que parecía ser una sala de juzgado. Un hombre esposado y un señor con un mazo rigiendo el destino. Mi padre era abogado y mi madre magistrada, acostumbrándome a la jerga leguleya y educándome en la vorágine jurista. Mientras mis amigos disfrutaban del baño en la playa, yo fabricaba maquetas de castillos de arena, pensando en el pacto de conformidad que papá presentaría hoy para reducir condena a su cliente. Hasta que Lorena, la chica más guapa de la clase, lloriqueaba una tarde porque papá “se iba con otra”. Mientras los demás babeaban a su alrededor, yo le susurré: “El abandono de hogar constituye un informe desfavorable para el ministerio fiscal”. Suspirando, me cogió la mano parpadeando lánguidamente. Tenía unos ojazos preciosos. "Tráeme su declaración de renta..."

     
  • El reencuentro

    Jaime Sastre Santamaría · ávila 

    Cuando era pequeño mi padre me hizo una maqueta de su propio juzgado. La sala tenía todos los detalles y se adaptaba sin problemas a mis muñecos. Casi siempre dictaba sentencia Superman, la mayoría de las veces contra Batman, que era defendido invariablemente por el Capitán América. El fiscal más convincente, sin duda, fue Hulk. Las condenas, de miles de años, nunca eran bien acatadas por el acusado, de modo que, al final, el juez tenía que bajar a la arena para hacer cumplir la ley. Todo esto viene a mi cabeza mientras repaso el informe de la policía sobre la próxima vista, un hombre disfrazado de Batman asaltó ayer una sucursal bancaria. Dejo la carpetilla sobre el escritorio y termino de vestirme, es casi la hora y no puedo evitar sonreír mientras me meto la capa roja por dentro del pantalón.

     
  • El primer juicio

    Juan Antonio Cotaina Arlandis · Oliva (Valencia) 

    Bruscamente todo empezó a girar. La sala que entendía el pleito se transformó en algo irreal,  perdiendo su longitud y profundidad. Como una maqueta  que se retorciese dentro de un enorme reloj de arena; personas, legajos, mobiliario y togas convergíamos hacia un mismo punto. El  disimulado carraspeo del Sr Procurador  acelero el tránsito por el cuello  de  toda aquella masa deforme, de la cual  yo formaba parte;  precipitándonos irremediablemente , y a mi pesar,  a la ampolleta  inferior donde  reinaba el caos más absoluto. La diosa Themis colérica y desprovista de la venda buscaba afanosamente su balanza para reponer el equilibrio, mientras yo nervioso recogía aquellos escritos periciales  y anotaciones manuscritas que una y otra vez volvían a caer. Aquella voz  no me ayudo en nada: “Señor Letrado, estamos esperando su informe- Sentenció la Juez que añadió por lo bajini al Secretario judicial - ¡Que condena con los primerizos!”

     
  • El trabajo

    Óscar Julen del Río Gómiz · Huarte (Navarra) 

    Cogí mi taza de café, me senté en mi silla y encendí el ordenador, como siempre. Sorbí un trago y seleccione una carpeta. La carpeta. Se trataba del expediente de un violador; me tocaba defenderle. A mí pesar. Sabía que el caso era difícil, para que mentirme, imposible. Sabía que tenían suficientes pruebas comprometedoras contra él ¡hasta habían realizado una maqueta de los hechos por ordenador! Yo amo la abogacía pero, cada vez que leía el informe me sentía tragado por la arena; me hundía poco a poco. Sabía que la condena a ese desgraciado sería inminente. Terminé de tomarme el café y miré el reloj. A las doce tenía que estar en la sala del juzgado para defenderle. Así pues, me levanté y cogí la toga, me tenía que marchar. Porque aunque no me gustase este asunto. He aprendido que el trabajo es el trabajo y hay que hacerlo.

     
  • El secreto

    Cecilia Rodríguez Bové · L Eliana (Valencia) 

    El Fiscal Saavedra escondía algo, se notaba en su peculiar manera de hablar y comportarse. Además, el hecho de ser manco alimentaba el halo de misterio que orbitaba siempre a su alrededor. En el Juzgado, estábamos convencidos de que era un fantasma, pero solo el día que desapareció, conocimos su secreto. Sucedió una mañana en la Sala de lo Penal, cuando el Juez amablemente le insistió que, en lugar de otro informe manuscrito, se atreviese finalmente con el ordenador. Fue entonces que Saavedra, visiblemente molesto, reaccionó violentamente: “¡Cáspita!, ¡No cumpliré la condena que su señoría me ordena!” y dando un puñetazo sobre la mesa, se desintegró… En el suelo, mezclada con un puñado de arena, quedó su toga y un gastado maletín que contenía monedas de 1550, una maqueta del Golfo de Lepanto y un manuscrito de su puño y letra que decía: “En un lugar de la Mancha…”

     
  • Dibujante de barcos

    Patricia Araceli Barranzuela Decoll 

    Aquel era un juicio importante. Había elaborado un informe con tanta meticulosidad que mi defensa convencería a más de uno de aquella sala. El veredicto estaría muy lejos de ser una condena. Esa noche no pude dormir. Me senté en mi despacho con vistas a la playa, puse el informe sobre la mesa y en vez de estudiar; contemplé el mar, la arena y un barco lejano. Me gustan los barcos, tengo maquetas de todos los modelos. Me animé a dibujarlo y estuve buena parte de la noche haciendo bocetos. Amaneció, me duché y salí con aire triunfador. Todo iba perfecto, hasta la presentación de mi informe Jurado y juez me observaban con sorna. Este último dijo textualmente: “NO ME JODA PELAYO QUE ESTO NO ES EL PRADO….” Mi trabajada defensa no era más que bocetos de barcos mal dibujados.

     
  • Cabeza de turco

    Gloria Prádanos Díaz · Rodalquilar (Almería) 

    No tuvo abogado, no hubo defensa, no pudo acudir a ninguna sala con testigos, no hubo informe alguno para este juicio. Como si de una maqueta hecha de arena se tratara, vio como uno tras otro sus proyectos de futuro se desplomaban. Un rumor, una acusación, una ligera sospecha, la sombra de una duda… tan sólo eso había bastado. La gente ya tenía explicación a lo que no entendía y fueron todos, el pueblo entero el que dictó una sentencia firme con su condena. Imposible apelar a la razón humana, aquí ha sido la crueldad lo que ha unido al hombre, bien lo sabe, y con esa certeza sólo puede esperar a que sea el tiempo y no el hombre quien se ocupe de hacer justicia.

     
  • Arenas movedizas

    Marina Sánchez Pascual · Granollers (Barcelona) 

    Tengo en mi despacho arenas movedizas que me ayudan en mi trabajo. Realmente ellas sólo se dedican a engullir. Pero, ¡cómo engullen! ¡Qué manera de comerse los inacabables informes, las empalagosas sentencias y demás! Ni becarios, ni recién licenciados, ni fichajes estrella me habían quitado nunca tanta faena como ellas. Las tengo resguardadas en una pecera, pero ocasionalmente noto que se sienten estrechas, sobre todo después de trabajar, y entonces las libro de esa condena sacándolas de ahí, esparciéndolas por toda la sala. Luego me acomodo y observo el panorama: es como tener la maqueta de un árido desierto, donde dossiers y carpetas llenas, cual esqueletos de animales muertos de sed, perecen en la soledad del paisaje. “¿Se puede saber qué narices haces con todo por el suelo lleno de arena?”, hay quien pregunta. “Si te lo dijera, no te lo creerías.” Suelo responder, cuando respondo.

     
  • Cubo de Rubik

    Nuntxi López Unanua · San Sebastián 

    No me regalaron un viaje para tumbarme en la arena del Caribe ni una pluma cara para firmar el primer informe y ni siquiera una maqueta de la diosa Iustitia. Mi regalo de licenciatura fue el juego de moda en mi infancia. “La justicia es como El Cubo –mi madre lo puso entre mis manos mientras pronunció estas palabras con tono teológico-. Es complicado encajar las piezas, y en numerosas ocasiones, debes deshacer lo hecho para continuar avanzando porque desde cada cara la perspectiva es diferente. Queremos que entres en la sala con la cabeza bien alta y trabajes duro para que cada condena sea justa. Y no se te ocurra hacer apaños despegando los cuadraditos de colores…”-. Después de trece años como abogado, esta es la última ocasión en que he tenido motivos para sonrojarme avergonzado: de pequeño sólo lo acababa con trampas.

     
  • Arquitectura

    Andrea Valeiras · Orense 

    “¡Manu es un copión! ¡Su castillo de arena es igual que el de la Sirenita!”. Lorenzo corría por playa gritando. “No es verdad, Loren, el de Manu es diferente, ¿no ves que las torres son distintas y tiene dos puentes a los lados?” decía yo, mientras Manu buscaba el cuento en la mochila de su hermana para demostrar la originalidad de su construcción. La voz del abogado de la defensa, que representaba al periodista Lorenzo Garrido, para el que yo pedía una condena por difamación, me sacó de mi viaje por los recuerdos. “Señoría, cualquiera en esta sala puede ver las similitudes entre la maqueta del futuro auditorio que pretende construir Manuel Palacios con la obra de Gaudí, detalladas en este informe...” Casi sin querer se me escapa una sonrisa que mi cliente, mi amigo Manuel entiende perfectamente. Hay que ver qué poco hemos cambiado.

     
  • Códigos invisibles

    Diego Isaza Díaz · Medellín (Colombia) 

    Como abogado no esperaba nunca verme ante el riesgo inminente de la cárcel. Es cierto que el arma la encontraron en la arena del patio. Además no era poca la sangre que había en las hojas: la del cuchillo y la del informe. ¡Y cómo negar la discusión que tuve en la sala con mi compañera y socia, cómo negar que hasta le alcé la mano! Demasiados testigos bien podrían decir lo contrario, desde la calle se veía mi ira, cierto es también que la maqueta en la que estudiábamos el crimen la destruí de un golpe, pero ¿quién la vio a ella agarrar el cuchillo y perseguirme?, salvo yo, ¡nadie! Y si le sumo a eso mi fama de loco ¡Y ella con sus créditos de santa! ¿Qué esperar? Ella por herirme terminó hiriéndose y sin querer cayó del balcón al pavimento. Viudo ahora, acorralado, espero la condena.

     
  • Castigo por castigo

    Gabriel Bevilaqua · Buenos Aires (Argentina) 

    Cuando papá halló el reloj de arena roto, me mandó a la cama sin cenar y me prohibió la computadora por una semana. De nada me valió apelar a su condición de abogado. «Su historial, mi estimado, es más que suficiente: ¿cuántas veces le advertí que no jugara con el objeto en cuestión? Innumerables, y aún así usted reincidió otras tantas. He aquí las consecuencias», dijo, y sardónicamente, agregó: «Sea hombre, y acepté su condena». Una semana después, durante la madrugada, oí ruidos en la sala. Bajo el sillón lo encontré al Bobby mordisqueando la maqueta del HMS Beagle a la que papá le había dedicado sumo fervor. Cuando iba a avisarle, observé junto al perro un trozo informe del armazón del reloj. Entonces, sigilosamente, me retiré a mi cuarto.

     
  • Debut

    Jesús Martínez Fariña · La Coruña 

    El miedo escénico era notorio y los testigos se agolpaban en la sala murmurando que no entendían como aquel juicio tan importante lo podía llevar un letrado tan joven e inexperto
    Pero yo estaba preparado con mi letal informe para convencer a su señoría que impusiese la condena más rigurosa a aquellos individuos implicados en diversos delitos de hurto.
    La defensa de los acusados estaba a la altura de las circunstancias y ese era para mí el problema más importante en aquel juicio,
    Tras una larga y dura sesión, el juez levantó el mazo que supuestamente me cubriría de fama y gloria y por supuesto de dinero.
    Fue justo en ese momento cuando el viento derribó la maqueta por el suelo haciendo que mis “Legos” (testigos) y soldaditos de plomo (acusados) quedasen semienterrados en la arena dejando a un abogado de nueve años desolado sin reputación y sin clientes.

     
  • El gallo

    William Ramírez González · Barcelona 

    El señor James, abogado de la defensa, entró en la sala con un informe pericial en la mano, su última oportunidad de conseguir una condena favorable a su cliente. El conflicto giraba en torno a un pequeño matiz. Las partes eran dos arquitectos, ambos alegaban ser los diseñadores de una famosa urbanización, llamada “arena”. Para probarlo, cada uno aportó una maqueta como prueba, ambas casi iguales. En ambas maquetas había una iglesia y en ellas una veleta. Pero en la maqueta de su cliente había un gallo sobre las letras. Ese gallo también se encontraba en la iglesia real. La parte contraria alegaba que era un detalle irrelevante. Pero el informe pericial del señor James, hecho por un historiador, era concluyente. El gallo sobre las veletas simbolizaba las tres veces que Pedro negó a Jesús. El fallo del juez fue claro, Solo un cristiano incluiría ese detalle en su obra.

     
  • Condena injusta

    Maribel Romero Soler · Elche (Alicante) 

    —Señor letrado, proceda. —Gracias, señoría —el abogado sacó un documento de su maletín—. Aquí tengo el informe que demuestra a todas luces que la mercancía incautada a mi cliente no era droga, sino arena de la playa. Antes de que el fiscal interviniera con su alegato, se oyó un timbre estridente que anunciaba el fin de la hora de patio. El hombre recogió ceremoniosamente la maqueta que representaba la sala del juzgado, y guardó en una bolsa de plástico las marionetas del acusado y de la defensa, fabricadas en sus ratos de soledad con papel higiénico y una camiseta vieja. Más tarde, con el teatro desmontado bajo el brazo, se dirigió a su celda, dispuesto a cumplir, un día más, el castigo de una condena injusta.

     
  • Arrebato

    Isabel Fraile Sánchez · Arucas (Las Palmas de Gran Canaria) 

    “Debe entender mi actuación igual que yo respeto su condena… Es su trabajo. Verá señor Juez, siempre he sido una persona tranquila, nunca me he metido en problemas, yo he ido a lo mío, a mis cosas. Desde niño me han tratado psicólogos y psiquiatras, todos coinciden en su informe que mi empeño en aislarme no es normal. ¡Tonterías!, soy feliz estando solo, construyendo maquetas de cosas y lugares que veo o que imagino. Pequeños mundos realizados con detalles diminutos llenan mis días, mi vida entera. Pero mis padres pensaron que con la venta de mis creaciones, tan perfectas, se harían ricos. Me negué, claro, nadie puede tocar mis obras, ¡son mías! Insistieron… Fue un arrebato que no pude controlar. Los enterré en la arena, la subida de la marea hizo el resto. Por cierto Señoría, ¿me permite realizar una maqueta de esta sala? Prometo enviarle fotos”.

     
  • Dictamen forense

    José Agustín Navarro Martínez · Alicante 

    “La Sala de lo Contencioso-administrativo del Supremo elevó la condena a un millón de euros”, leyó el forense en la primera muestra del lóbulo frontal de mi cerebro mientras su ayudante encontraba en mi desvencijada gabardina una novela rosa con dedicatoria. Después realizó una sección epitelial más copiosa para continuar extrayendo frases en los gajos de mi calva: “Extirpación de bazo”. “Negligencia médica”. “Arena en el riñón”. “El cirujano no informó al paciente y robó la maqueta del hospital”. “Con amor, Corín Tellado”. Entonces el ayudante pelota le detuvo: “Jefe, ya lo tengo, el abogado murió por acumulación de proteínas en las marañas literarias de las placas seniles”. El forense afiló el gesto y respondió:”No sea lerdo, Martínez. Este pobre hombre no es abogado. Anote en el informe: 48 años. Varón. Caucásico. Mendigo. Causa de la muerte: hipotermia nocturna tras taparse con un recurso de casación.”

     
  • Concurso

    María Antonia Lucas Amate · Madrid 

    El jurado le dio la vuelta al reloj y los granitos de arena empezaron a caer lentamente. Tenía una hora por delante para construir esa dichosa maqueta.Todavía no entendía como me había dejado convencer por mi hijo para apuntarme a ese estúpido concurso del colegio de abogados. La sala estaba abarrotada de padres con niños que cortaban y pegaban pequeñas piezas de madera intentando construir un aeroplano. Los trabajos manuales no eran mi fuerte y no podía dejar de pensar en el tiempo que estaba perdiendo en lugar de dedicarlo a terminar el informe pendiente del despacho. Entonces recordé las palabras de mi mujer: “Cuidar de tu hijo te parece una condena” y de repente lo olvidé todo, el despacho, el informe, los clientes y entendí lo que realmente importaba.¡Quitarle la razón a la bruja de mi ex!. Miré el reloj y comprobé aliviado que me daría tiempo.

     
  • El gladiador

    María del Puy García Arregui · Pamplona 

    Soy como un gladiador en la arena del circo romano; mi arma es el informe que llevo entre mis manos, espada afilada que demuestra que mi jefe es el peor de los emperadores, pues conociendo esa trama de corrupción, prefirió callar mientras le procuraban todas las comodidades y lujos que quería. Después de tomarme un café que tenía un extraño sabor en la cafetería de abajo, cruzo el vestíbulo del edificio con paso decidido; paso de largo la maqueta del complejo en el que trabajo, la miro y la veo borrosa, pero sigo dirigiéndome a la sala de reuniones del juez para poder conseguir una condena que haga justicia en este caso. Me encuentro mareada, me fallan las piernas. Pierdo la visión. - ¿Dígame? - Objetivo liquidado. - ¿Limpiamente? - Limpiamente. Parecerá un derrame cerebral. - ¿Y el informe? - Destruido, como acordamos.

     
  • Acusado

    Miguel Angel Conesa Delgado 

    Un joven idealista, el acusado Beagle, se puso en pie (cuatro patas) y escuchó impasivo la condena de labios del viejo juez Bulldog que, pensando más en su jubilación (días de mar y arena) que en la justicia, leyó con frialdad. El informe presentado por un ambicioso fiscal Schnauzer (perro con pocos escrúpulos) fue determinante, tanto como las diversas pruebas (incluida una maqueta del lugar de los hechos) que presentó ante la sala. Tras la sentencia, algún ávido fotógrafo de sociedad inmortalizó las lágrimas de la bella heredera Yorkshire Terrier (amante del condenado) en las primeras filas. Los titulares fueron rotundos; “Condena ejemplar por ayudar a un dos patas”, y sirvió de dura advertencia a los demás activistas. En aquellos días de justicia obsoleta, los hombres eran capturados en las calles, enjaulados e inyectados con veneno letal. Los más afortunados, paseaban infelizmente orgullosos del collar de sus amos.

     
  • Abogada y diablillo

    Laura Balcells Eichenberger · Santa Cruz de Tenerife 

    Siempre lo había sospechado. Algo ocultaba aquella mujer que se pasaba la vida limpiando una casa que, de tanto quejarse de lo pequeña que era, había convertido mentalmente en maqueta. Pero no era una madre cualquiera, y cuando yo llegaba a casa diciendo que venía de la biblioteca de preparar un informe para algún profesor odioso, recogía mis zapatos llenos de arena y sabía que había estado en la playa. Donde cualquier otro padre veía un hijo responsable, ella encontraba siempre la prueba de algún delito. Cada vez que salía de fiesta me esperaba despierta en la sala de estar, y su inolvidable frase sonaba más a condena anticipada que a amenaza: “¡Pongo el alcoholímetro en la puerta, y si da positivo duermes en el felpudo!” Por eso no me sorprendió cuando supe que en alguna de sus vidas desconocidas y anteriores a mi existencia, mi madre había estudiado derecho.

     
  • Alea jacta est

    Marta Trutxuelo García · Andoain (Guipuzcoa) 

    Creí que era una señal de Dios, cuando el retrato resbaló de la repisa de la chimenea y se hizo añicos. Ahora mi padre me observaba con su indumentaria de juez, su eterno ceño fruncido y su rictus amargo, desdibujado entre cristales rotos. Había elaborado un diseño meticuloso de mi vida, con metas y plazos perfectamente estructurados para mi futuro como brillante abogado y sin tener en cuenta mi opinión. Me había obligado a acatar su voluntad, utilizando el factor herencia como arma arrojadiza. Juré vengarme. Mi personación en aquella vista, por chantaje y extorsión, tendría lugar al día siguiente, y mi labor en la asistencia jurídica de mi defendido era escasa e inconsistente, pero tenía un as en la manga. Abrí mi maletín y observé las fotografías: el juez y la menor. Se las pasé a través del ujier. ¡Bienvenido al mundo real papá!-, pensé mientras le miraba desafiante.

     
  • Altas esferas

    Pedro Hernando Menchaca 

    '-Adelante, puede pasar.
    Entré en la gigantesca sala. El Gran Jefe observaba una maqueta del globo terráqueo con gesto de hastío. Sobre su mesa, un reloj de arena indicaba el tiempo restante para el comienzo del Juicio Final.
    -A ver. Sorpréndame.
    -V

     
  • Abogacía democrática

    Gonzalo Sanz García · Santa Faz (Alicante) 

    El caso del centeno, como lo habían titulado los medios de masas. Llevaba casi una semana y media en el candelero. Hasta podías encontrar en cualquier tienda de chinos, maquetas a escala 1:25 de la escena del crimen. Un silencio clamoroso reinaba en la sala de lo penal de la Audiencia Nacional, a pesar de estar abarrotada de público; mientras el torpe alguacil recogía una a una, las hojas del informe que se le habían caído al suelo. Al final, consiguió reunir todos los papeles, instantes antes de volver de publicidad. Los murmullos del público se hicieron notorios al ponerse las gafas el juez; que leyó en voz alta. “Con un 92% de votos vía SMS y E-mail, la audiencia declara al acusado. Culpable”. Y a golpe de martillo, dio por dictaminada la condena. Después, los vítores de los asistentes y un fondo de arena y mar, introdujeron más publicidad.