Lección de vida

Yesica García Viera · Las Palmas 

Llegué diez minutos antes, y allí esperaba. Me miró y torció el gesto. Ese intento frustrado de sonrisa inventada, como esas que se dibujan en señal de cordialidad, pero ausentes de todo sentimiento. Como me había dicho días antes, “soy un cuerpo sin alma, sin vida, sin ilusión, sin ganas. Soy una maqueta de mí misma, inanimada”. Era mi primer caso de agresión sexual, y no podía apartar de mí la sensación de que, por muy bien que hiciera mi trabajo, ya existía una sentencia de condena, sin juicio, sin informes ni pruebas, en la que ella, y no su agresor, era sentenciada a cadena perpetua, desde el mismo momento en que desafortunadamente sus vidas se cruzaron en aquella noche de San Juan, donde únicamente el mar y la arena fueron testigos de tan horrible acto. En la Sala, su valentía y dignidad, me recordaron por qué soy Abogada.

 

 

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