La última palabra

Enrique García López-Corchado · Sevilla 

Pues sí -me confesó taciturno, mientras ensamblaba otro mondadientes en su maqueta del Titanic-, el jurado se mostró inclemente. Y eso que el juicio parecía bien encarrilado… -Apuró su café y continuó lamentándose con amargura-. ¡Quince años de condena! Aún no puedo creerlo. Las pruebas eran tan endebles que ni siquiera el fiscal encontró argumentos para su informe. Nadie podía situarlo en la escena del crimen, y contaba con una coartada perfecta. -Suspiró pausadamente, exhalando al aire volutas de humo grisáceo-. Al final, mi cliente se derrumbó. Ya se lo había advertido: «Aunque tienes derecho a la última palabra, tú mejor calladito». Como quien oye llover. Fue preguntarle el magistrado y sufrir un ataque de verborrea. Que la amaba hasta los tuétanos… Que atravesó un instante de locura… Que abandonó su cuerpo sobre la arena… El público de la sala se quedó perplejo. Y yo, figúrate, no sabía dónde esconderme.

 

 

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