Justo a tiempo

Jonatan Rodríguez Díaz · Santa Cruz de Tenerife 

Era una carrera hasta la estación, apenas doscientos metros desde el bufete. Una vez allí, sólo debía tomar el primer cercanías que saliese hacia cualquier parte. Bajar, cambiar, bajar, quedar a salvo. Pero corría llevando un maletín que era a la vez mi premio y mi condena, y avanzaba entre la gente como a través de obstáculos que alguien hubiera puesto en mi camino, como si los segundos se me agarraran a los zapatos, en una querella contra el destino que esta vez no podía perder. Seguí corriendo hasta tropezar con un policía y mi maletín se abrió al caer. Las nóminas de los empleados, según el arbitraje, debían ser pagadas antes de fin de mes. Desde el suelo, pude ver que así sería y tuve la extraña sensación de que al final se había hecho justicia.

 

 

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