III Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

ANUNCIO

Amaia Maialen Serrano Uria · Leioa (Vizcaya) 

¿Cansado de someterse a un interrogatorio maternal, cada madrugada del domingo, sin posibilidad de autodefensa? ¿Disgustado porque las raciones de comida de los restaurantes son cada vez más pequeñas? ¿Hastiado del ruido que hacen los hijos de los vecinos en el portal? ¿Harto de que el escabeche de las sardinas no sea lo suficientemente avinagrado? ¿Molesto cada vez que su paraguas se dobla por la fuerza del viento? ¿Cohibido cuando el monaguillo, en misa, se acerca a usted con la cesta para exigirle la contribución, de manera amenazante? No lo piense más. No continúe siendo una víctima. Defienda su posición y sus derechos. Consulte a un abogado y acuda a los tribunales. Llámenos o mándenos un email a “demandas@absurdas.es”. Si puede demandar, ¿por qué no hacerlo?

 

Relatos seleccionados

  • Culpable de todos los cargos

    David Moreno Sanz · Zaragoza 

    El abogado de la acusación particular se levantó y comenzó el interrogatorio al acusado. -Con la venia del tribunal... es verdad que es usted el padre Cirilo -Lo soy -Es verdad que Samuel García Sánchez era monaguillo a su servicio desde hacía un par de años -Sí, lo era -Es verdad que el día de los hechos lo envío a comprar sardinas y una botella de vino -Sí, así es -No es también verdad que se enfadó por la negativa a su requerimiento -Sí y reconozco que mi enojo fue enorme. Tanto, que castigué al muchacho a su habitación. ¡Este pequeño insolente! ¡Mas que me parta un rayo si fui yo quién le arrojó desde lo alto del campanario! Y sacando sus paraguas, los presentes cubrieron sus cabezas ante la fuerte tormenta que había empezado a descargar en la sala.

     
  • Injusticia

    Carmen Valencia García · Las Rozas de Madrid (Madrid) 

    No cabe ni un niño más en la sala, pequeña como una lata de sardinas. Se han reunido todos los del pueblo e incluso algunos adultos escuchan el interrogatorio desde el exterior. El juicio contra el gato Trasto despierta mucha curiosidad. De un lado, el acusado y su dueño, antes mi mejor amigo. De otro yo, el propietario de la carpa asesinada. Frente a nosotros el juez, que aunque ha venido vestido de monaguillo y permanece bajo el palio de un paraguas de caballero para mayor solemnidad, está más atento a las carantoñas del gato que a las declaraciones de los testigos. De repente, el presunto asesino se escabulle entre las piernas de los asistentes. El tribunal se dispersa para buscarlo sin haber dictado sentencia. Hoy no habrá justicia para la carpa.

     
  • VALLADOLID

    CARLOS DIAZ QUIROGA · FUENLABRADA. MADRID 

    La sardina, monaguillo del majestuoso pan tostado, base de pimiento rojo, picadura de aceitunas y perejil que el fiscal introducía en su boca haciendo crujientes movimientos de bigote, continuaba el interrogatorio.No era un tribunal al uso, aquellos jueces, miraban las actitudes y expresiones de los degustadores oficiales observando gestos a cada pregunta. Estaba en juego el premio a la mejor tapa. El paraguas permanecía en una esquina, cerrado, de pie,llorando las lágrimas que la tarde gris le había prendido en sus telas.Observaba con quietud de admirador secreto a la chica que hacía instantes le había dejado por otro con el que parecía disfrutar mas que con él, provocándole su risa, echaba de menos su mano caliente y suave, perfumada de crema. Las tapas que la pareja disfrutaba esa tarde lluviosa y fría en Valladolid,serían juzgadas como ellos: desde un rincón de aquel bar lleno de gente.

     
  • ¿Por qué mienten los testigos?

    Beatriz García Alba · Madrid 

    '- ¡Señor - Juan - Palomo! El abogado golpeó ligeramente a su defendido que por fin se dio por aludido. - Perdón, creí que se refería a mi padre y como es duro de oído - Alegó a modo de disculpa. - Por favor quiere dejar el paraguas en el asiento -

     
  • PADRE

    MONICA CRISTOBAL ALVAREZ · MADRID 

    Hoy recuerda todos aquellos años en que sirvió de monaguillo a aquel sacerdote tan severo y reservado que, sin embargo, siempre tenía para él una especial dedicación y ternura fuera de los actos públicos parroquiales. En la sacristía, mientras le decía que cuidara de su madre, le daba galletas y chocolate; si le veía en las ferias le pasaba escondida una moneda para que montara en el tiovivo. En un entierro de la sardina comenzó a llover violentamente y viéndolo asustado se acercó corriendo a él y le resguardó bajo su paraguas, protegiéndole, mientras le susurraba “nunca temas a nada, y menos a la verdad”. Hoy, viéndole sometido al brutal interrogatorio del Fiscal en el Tribunal para discernir su paternidad, mira a ese anciano ya cansado, y se dice a sí mismo, mientras afuera llueve y llueve, que sea cual sea la sentencia lo seguirá llamando “Padre” toda su vida.

     
  • La crisis

    Sebastián Trías Salom · Palma de Mallorca 

    Según manifestó el acusado durante el interrogatorio, al llegar a casa su hijo le contó la parábola de la multiplicación de los panes y los peces, que había estado estudiando en catequesis. Poco después, mi defendido, padre de 5 hijos, sin estudios y desempleado desde hace 3 años, se presentó en la iglesia con una lata de sardinas y una barra de pan con la intención de que, con ayuda de la Gracia Divina, el cura las multiplicase y así poder alimentar a toda su familia. ¿Acaso alguien puede echarle en cara que, al oír las carcajadas ante su idea, en su desesperación, cogiese un paraguas y golpease repetidamente al cura y los monaguillos? Yo creo que no. Por eso solicitamos ante este tribunal un veredicto de no culpable para mi defendido, otra víctima inocente de la maldita crisis, cuya única intención era poder dar de comer a su familia.

     
  • C

    María Luz Aguilera Bermúdez · Torremolinos (Málaga) 

    Entró “el sardina” calado hasta los huesos. Aliento fétido a pescado putrefacto, expresión lóbrega y aspecto siniestro. No hablaba ni se relacionaba con nadie. Aparecía por el juzgado de forma repentina con su desvaído traje azul. Era un abogado solitario, sus interrogatorios se caracterizaban por lo ininteligibles y sus informes por lo farragosos. Por alguna razón no resultaba extraño verle en el banquillo de los acusados. En el tribunal se palpaba el aire enrarecido y viciado. Homicidio eran palabras mayores. Sólo era un chaval de doce años. Murió con el hábito de monaguillo puesto, frente al altar mayor. El arma del crimen, un paraguas color negro con la punta de hierro le atravesaba el cuerpo por completo. Durante veinte años vi a “El Sardina” caminando agarrado a ese paraguas negro los días de sol. Ese día llovía a cántaros. Tragué saliva y pensé, mañana me quito del turno de oficio.

     
  • Semper fueres semper eres

    Miguel Jiménez Salvador · Hospitalet de Llobregat 

    El tribunal había sido tomado por mercaderes, que campaban a sus anchas por salas, pasillos, columnas y escaleras; comerciando, regateando sobre Justicia e injusticias. -¿A cómo el kilo de sardinas tendero?- demandó una larga barba sobre una túnica raída. -¿Cuánto está dispuesto a pagar? Son sardinas exoneradas de toda pena, garantizado. Pero si no le convencen tengo otros argumentos que pueden ser de su interés. Manojitos tiernos de testigos de toda confianza que dirán lo que convenga. Flexibles dictámenes, en conserva, de las firmas más reconocidas. Aromas de informes policiales de toda solvencia y color. Y por encargo, en unos días, puedo cultivar las pruebas más preciosas y concluyentes que haya conocido. En el interrogatorio posterior el refutado legalista, relataba como el indigente la había emprendido a golpes de paraguas, sacándolo a empujones del Templo. Como toda defensa el acusado aducía haber sido, según él, Mesías antes que monaguillo.

     
  • Mi condena

    JAVIER DE PEDRO PEINADO · LA ALBERCA, MURCIA 

    Allí estaba yo, inocente como un cachorro, componiendo un gesto de monaguillo indefenso ante el tribunal que me juzgaba por el homicidio de Salvatierra. Durante el interrogatorio, mi abogada sonreía de manera tranquilizadora. “Todo irá bien”, me decían esos ojos por los que hubiera entregado los míos. Y así fue, porque ella era endiabladamente buena. Al salir, los periodistas vinieron hacia nosotros en masa, moviéndose bajo la lluvia como un banco de sardinas hambrientas de morbo. Me los quité de encima con un par de frases ingeniosas, abrí el paraguas y le ofrecí mi brazo. Ella se apoyó en mi hombro y te juro, muchacho, que el calor de su cuerpo me levantó un par de palmos del suelo. Más tarde, cuando me arrojó sus labios, supe que estaba perdido y que cargaría con todos sus crímenes a cambio de la caricia caliente que escondía la curva de su cuello.

     
  • El abogado de Dios

    Patricia España · Aranda de Duero Burgo 

    Los monaguillos son siempre niños trasto que los padres encomiendan a la iglesia para ver si allí les enderezan. Prefieren que se enfrenten ahora a Dios que a un tribunal en la adolescencia. “Mano dura es lo que necesitan” les aconseja el cura “y aquí la tendrán. Van a ir más rectos que un paraguas”. Pero los niños que niños son y si son trasto más trasto son si les juntan, esconden el taburete que utiliza el cura para llegar al atril y poder leer la Santa Biblia. El cura, les pone a todos en fila y a modo de interrogatorio va clavando su mirada en cada uno. Para intimidarlos, comienza con su mejor alegato “Niños, Dios lo ve todo y el día del juicio final...”, “nos castigará, como castigó a Jesús por robar sardinas. Claro que vaya excusa se inventó cuando le pillaron, ‘las he multiplicado de la nada’”

     
  • El aroma de antaño

    Carolina Martos Otero · Las Rozas (Madrid) 

    Se sorprendió al verle formando parte del tribunal. Hacía años que le había perdido la pista, pese a que habían sido muy amigos en sus tiempos de monaguillo en la aldea. Durante el interrogatorio de las partes le observó de soslayo, pero no apreció ningún signo de reconocimiento en su rostro. Era evidente que no le recordaba. Ambos habían cambiado mucho. Al salir del edificio, le acometió un aroma a sardina fresca y extendió la mano para sentir la llovizna fina que empapaba los paraguas. Se sintió transportado de nuevo a la lonja de su infancia junto al mar, después de tantos años entre el papel añejo de expedientes y legajos y el polvo de los anaqueles. Y se preguntó si habría tomado el rumbo adecuado.

     
  • EL PRIMERIZO

    ANTONIO ENRIQUE ORTEGA MONTORO · JA¡N 

    Un retrato envejecido de un joven rey Juan Carlos presidía la sala del Tribunal, con el mismo aire del de la enfermera que conminaba maternalmente a guardar silencio en un recuerdo médico de su infancia. De tan gastados que estaban el mobiliario y la pintura de las paredes, sus colores se desvaían como en una película antigua y un pestazo a sardina espesaba el aire, procedente de la cocina del bar adyacente al local. Nervioso por su inexperiencia, intentaba distraerse escrutando el rostro aburrido del fiscal del que temía un interrogatorio de telefilm de sobremesa, o imaginando un juez bajito y gordo, mirada de pocos amigos y paso torpe y pendular bajo la toga negra, como un paraguas con las varillas quebradas por un vendaval, seguido por algún funcionario en actitud servil cual monaguillo aplicado. Quién le mandaría entrometerse en aquel estúpido altercado en un control de alcoholemia.

     
  • El párroco

    Isabel Torres García-Alfonso · Majadahonda (Madrid) 

    Desde muy pequeña siempre quiso ser monaguillo, le encantaba esa túnica roja y la camisola de encaje blanco que se ponía por encima. Fue imposible. Todos los días iba a la parroquia y preguntaba el porqué de esa injusticia. Su hermano y sus amigos se habían engalanado alguna vez con la ansiada vestimenta que a ella se le negaba. No había forma. Ante sus preguntas el párroco se escurría como una sardina, no respondía, simplemente decía: las niñas no pueden ser monaguillos. Fue entonces, una tarde lluviosa cobijada bajo un paraguas de colores, más grande que ella, cuando decidió que cambiaría los faldones rojos por una toga negra, no era tan vistosa pero serviría para sus propósitos. Sería abogada. Y su mente infantil imaginó a ese párroco escurridizo teniendo que responder en un tribunal a su interrogatorio y por fin sabría por que ella no podía ser monaguillo.

     
  • Una carpeta muy profunda

    Elena Núñez Ramos · La Laguna (Tenerife) 

    Se sentó y apoyó el paraguas en la silla. Comenzó a sacar papeles. -Ande joven, hágame el favor, busque ahí. -¿El qué, señora? -La carta que me mandaron del juzgado, no sé que de un pleito, me dice mi nieto. Mi nieto es monaguillo ¿sabe? Los papeles se amontaban en una profundidad ilusoria que hacía infinito el fondo de la carpeta. Extraje uno y me rebotó el olor a sardinas que desprendía. Ese no. Era evidente, aquel tenía fecha de hacía seis años. Tras miles de hojas me dijo, ¡Esa!, esa es. Pero señora, esta carta es de hace diez años. Ya decía yo que funcionaba mal correos. La citaron del tribunal. Menos mal, a mi esas cosas de los interrogatorios nunca me han gustado. Tenía que presentarse, que le concedían la pensión. A mí me parecía que estaban tardando, pero como dicen que la justicia va lenta.

     
  • La estatua

    Blanca Gómez Sánchez · Cádiz 

    Mi profesor de Derecho Penal era también abogado en ejercicio, un abogado de esos que en el tribunal y tras un interrogatorio agotador conseguía la libertad de su cliente. El día en que me juzgaban la sala de vistas estaba repleta, el agente judicial dijo "Audiencia pública", el gentío se arremolinó y se sentó en los bancos "como sardinas en lata".El abogado de la acusación propuso a su testigo; entró un señor con bombín y paraguas, elegante y bien parecido, yo jamás lo había visto. ¿A que se dedica usted?, soy empleado de banca pero los domingos hago de monaguillo. ¿Vió usted como el acusado sustraía el cáliz de oro?si, ¿donde estaba usted?, simulando ser una estatua señor.Empecé a temblar y recordé aquella escultura que a la derecha del altar, vestido con una casulla blanca, se encontraba impasible, mirándome fijamente y sin pestañear ¡quien lo iba a imaginar!.

     
  • Inocente

    Agustín de las Heras Martínez · Madrid 

    Como el pueblo era tan pequeño que ni siquiera teníamos juez de paz dejaron que las preguntas las hiciera el secretario. Al menos él conocía lo que era un tribunal. Por aquella época yo era el monaguillo. No sabía cómo se habían enterado pero allí estaba yo, delante del cura, del boticario, del alcalde y del secretario. Empezaron con el interrogatorio. Me preguntó que quién me acompañaba la noche del sábado cuando entré en la sacristía. Me quedé como una piedra. Luego me enseñó un paraguas negro y me preguntó que si era mío. Me di cuenta que era el paraguas de ella. Mientras, el señor cura me amenazó con un soplamocos. No pude aguantar la tensión y les conté todo llorando. “Invité a Martita a merendar una sardina arenque, pero ni la di un beso ni na”. Entonces comprendieron que el del robo del cepillo no había sido yo.

     
  • El interrogatorio

    José Cuberta Cantarellas · Barcelona 

    Estaba en mi Parroquia comentando: Ayer estuve declarando en la Audiencia por un caso relacionado con el secreto de confesión. El interrogatorio no resultó fácil. No estoy acostumbrado a la solemnidad del ambiente. Me cayó un chaparrón de preguntas del Ponente del Tribunal, tan agresivas que parecía era yo el imputado. Me sentí incomodísimo, con un fuerte sudor frío que al final me dejó todo el cuerpo mas mojado que una sardina recién pescada. Hoy tenemos otra sesión. Me pongo el alzacuellos, que siempre impone algo, y a toda prisa salgo de la sacristía. Tras de mí corre el monaguillo: ¡Mosén! ¡Mosén! ¿Qué ocurre? ¡Se deja el paraguas¡ Grita. ¿Para que quiero yo un paraguas, con el sol que cae hoy? Sorprendido me espeta: Ayer también hacía sol y ha dicho que le cayó tal chaparrón que le dejó totalmente calado. Mas vale prevenir……. Santa inocencia: ¡Un chaparrón de preguntas!

     
  • Patrocinio

    Carmen Prieto Gangoso · Salamanca 

    Bienvenidos al primer juicio patrocinado por Fianzas Lucas. Ahí tenemos al tribunal en pleno interrogatorio. Al abogado defensor con cara de sardina mirando la prueba A presentada por la acusación. El letrado sopesa el instrumento, un paraguas gris, y se dirige con parsimonia al estrado. En él se puede distinguir una lona con el logotipo de Fianzas Lucas y su slogan, por un mundo más libre. Intercambia unas palabras con el juez y regresa a su asiento. Después toma la palabra el fiscal. —Aquí tenemos la prueba B, evidencia patrocinada por Fianzas Lucas, expertos en financiación y avales para empresas y particulares, organismos públicos y otras entidades. Crédito sin límite, llamar las veinticuatro horas. Ejem ¿Mató usted a la señorita Estela? El chico, un joven monaguillo, acusado de asesinato en primer grado desvía la mirada. —Pero no, no responda todavía, hágalo después de la publicidad –comenta el juez.

     
  • Justicia menor

    JUAN LUIS GONZALEZ GALILEA · CORDOBA 

    El niñato apodado el Monaguillo, ya tiene colmada la paciencia del Tribunal. Tras un interrogatorio cordial, casi familiar, el Presidente tiene que superarse. Le pregunta dónde puede estar enterrado el cadáver de la adolescente; y contesta que al único entierro que asistió fue al de la sardina, en carnavales, por febrero. También porqué su adn se encontró en el paraguas, manchado de sangre de Marisa (la otra menor), y el pitufo cabrón suelta que eso lo utiliza si llueve. Ya al final, a micrófono cerrado, el Fiscal le comenta al Abogado, que hace como que lee, la pavada del día: en Derecho Constitucional se estudiará este caso dentro de cien… o doscientos años. Un fulano entre el público comenta por lo bajo, no sé qué sobre harryelsucio, mientras una madre llora lágrimas que no saben a sal. Se dicen las últimas palabras: Visto para la pena, digo, para sentencia.

     
  • BLOC DE ANILLAS

    Paula Oliván Sancho · BARCELONA 

    Mi jefe tenía un problemilla: Sufría de narcolepsia. De forma inesperada, caía profundamente dormido. Sólo permanecía ausente unos pocos segundos, pero podía sucederle delante de un Tribunal. Lo peor de todo era que cuando despertaba, no recordaba lo que estaba haciendo justo un minuto antes. Así que siempre llevaba un pequeño bloc de anillas en el que, cuando podía, apuntaba alguna palabra clave que le ayudara a recordar. Yo siempre lo acompañaba a las vistas por si tenía que soplarle algo. Un día, en medio de un interrogatorio, cayó dormido. Cuando despertó, cogió el bloc para comprobar la última palabra que había escrito: Monaguillo. Volvió la página: ¿Sardina? Desesperado, leyó justamente la anterior: ¡Paraguas! Me miró pidiendo auxilio. Me levanté y terminé la vista por él. Era un día lluvioso. Justo antes de salir para el Juzgado, yo había visto en la impresora mi carta de despido.

     
  • Regresión

    Felipe Martín Vegas · Badajoz 

    Preparo el interrogatorio de mañana al son de Mozart en Spotify, en el teclado del ordenador marco las letras y me creo Jill Crossland al piano. Mi mente vuela sin querer al pasado, a las migas con sardinas que me esperarán al final del Viacrucis, bajo un aguacero en el que no sirven ni paraguas ni chubasquero porto la cruz vestido de monaguillo y veo como las mujeres van en procesión pausadamente. Un anuncio de música caribeña me despierta y me devuelve a la realidad de hoy, hay que seguir. Tras unas horas de sueño estoy ya ante el juez. De mi garganta con regusto a ajo, pimentón y sardina y ante la perplejidad de mi abogado y de todo el tribunal, salen las palabras que me declaran culpable de dejar morir a trece chotos por inanición. Problemas de un ganadero metido a pianista.

     
  • ALMA TRISTE

    Carolina Cendrós Cámara · BARCELONA 

    Sólo quiero que acompañe mi alma la alegría de las campanas que toca el monaguillo. Sólo quiero que mi vida se llene de la luz plata y azul que hace brillar una sardina. Pero tu ausencia es la nube plomiza, fría, que pende a 10 centímetros de mi cabeza y me acompaña donde voy, me cubre de escarcha y me obliga a llevar un paraguas para que todo resbale, para que nada cale. Y me deslizo como un cisne, elegante, con lentitud y prestancia, mientras mis pobres patas palmípedas chapotean debajo de la superfície del lago, alocadamente, entre el barro y las aguas turbias de tu indiferencia, tu abandono, intentando mantenerme a flote esbelta y muy digna. No existe interrogatorio, tu silencio te hace confeso. No quiero un tribunal que decida, el temible fallo me atrapa en el miedo a perder los colores con que pintaste efímeramente mi vida.

     
  • LA DUDA

    Santiago Fernández Lorenzo · Madrid 

    Sabía de la presencia de aquel joven con aspecto de monaguillo en el lugar del crimen, de los restos de ADN de éste en el paraguas encontrado junto al cadáver y del aceite de freír sardinas en la suela de sus zapatos cuando fue arrestado. No había ninguna duda: su cliente era culpable. El pensamiento le ruborizó. La contienda entre su deber como defensor del acusado y sus sentimientos como padre, vecino y ser humano se había iniciado. Durante el interrogatorio fluyeron las cosas ajenas a él, cual antitético ¡tranger. Actuaba por instinto, casi por repetición, ajeno a los ojos del Tribunal y a cuanto acontecía en aquella Sala. Tiempo después el indómito muchacho es declarado inocente y absuelto de todos los cargos. En un primer momento respira aliviado. Sin embargo, pronto vuelve el rubor. La batalla de la duda aún no había terminado.

     
  • El ejercicio racional de la Justicia

    Manuel Moreno Bellosillo · Madrid 

    Sometido al hábil interrogatorio del verdugo, el monaguillo confesó el robo del cepillo dominical; de nada sirvió el alegato de su abogado de que el dinero lo había sustraído para comprar un paraguas a su madre enferma y una lata de sardinas a sus hermanitos famélicos, el crimen resultaba abominable y el tribunal no dudó en condenar al niño. Primero fue azotado hasta que su espalda acabó desollada. Después le quemaron las palmas de las manos con ácido y le amputaron los dedos. Le abrasaron la lengua con un hierro al rojo y le arrancaron los dientes con unas tenazas. Le clavaron agujas incandescentes en los ojos y le cortaron las orejas. Finalmente fue descuartizado por cuatro caballos enfurecidos tirando de sus extremidades y sus restos colgados en la plaza mayor para que sirviera de escarmiento para otros criminales. Sin embargo, cada domingo se siguió sisando dinero del cepillo.

     
  • Venturita

    Ricardo Hiraldo Iglesias · Caguas (Puerto Rico) 

    Ventura González, abogado de pobres, con su pañuelo amarillento y oloroso a sardina limpió de su viejo paraguas los residuos de las naranjas que le lanzaron unos chicos. Se le prohibió ejercer, por negarse a jurar lealtad a las leyes del gobierno militar invasor. Por eso se había convertido en hazmerreír del pueblo, especialmente después de la llegada de aquel nuevo abogado, Míster Smith, quien no perdía la oportunidad de ridiculizarlo al pasar frente al tribunal diciéndole con un marcado acento: -Adiós, Venturita, abogado sin título. Cuando trataron de desahuciarnos de la casa de mi abuela, el juez municipal permitió al viejo colega representarnos. Tras un extenso interrogatorio al demandante, Ventura obtuvo una victoria legal aplastante sobre el arrogante abogado del norte. Con mis nueve años de orfandad, puse mi mejor cara de monaguillo y sin poderme contener pregunté: ¿Míster Smith, es usted un título sin abogado?

     
  • La Toga

    Matilde Hurtado Limiñana · MADRID 

    Llueve a mares, estoy calada como una sardina. Tengo una vista. Llego a Capitán Haya, subo a la tercera, dejo abrigo y paraguas, cojo la toga, me la pongo.
    Me voy al Juzgado, entro, su Señoría me mira con sorpresa, me pregunta: “¿Quién es usted?, ¿Qué hace aquí?, ¿Es letrada?”. Veo primero el desconcierto, luego risas contenidas. No entiendo nada, este interrogatorio a qué viene, por qué me miran así.
    La secretaria judicial, me indica que he de guardar las formas ante el Tribunal, pero ¿qué formas?. Me increpa: -¡Qué falta de respeto!- ¡Mañana vengo yo de monaguillo!-. Si es que… márchese o llamo a seguridad.
    Me voy al ascensor, el procurador me acompaña, y me indica: “Sé que siempre has defendido la justicia, pero esto es llevarlo demasiado lejos”. Me miro en el espejo del ascensor. Aunque negra, no es una toga, es la capa de Batman.

     
  • Kafkiana venganza o el cepillo de San Antón

    Juan Carlos Cantera · Vitoria 

    Era desconcertante asistir al interrogatorio de un monaguillo … de metro ochenta. El día de autos se había vestido de tal guisa “para pasar desapercibido en la iglesia y poder llevarse el dinero que había en el cepillo de San Antón”. Viéndole, ni yo, que tenía que defenderle, me creía que pudiera “pasar desapercibido”; pero es que, además, cuando le detuvieron, llevaba un paraguas negro colgado a la espalda. “Con ese detalle llamó la atención del grupo de beatas que limpian la iglesia, en el sentido higiénico de la palabra, cada viernes por la tarde”. Lo dijeron, ratificando el contenido del atestado, los policías que le detuvieron; y lo confirmaron las beatas limpiadoras. Kafkiano … y condenado. Fuera del Tribunal, me atreví a preguntarle por qué el de San Antón. “Por su culpa, aquella sardina me atravesó una espina mientras la comía y he estado en coma dos años”. ¿Venganza?

     
  • Ceguera invisible

    Antonio Díez Núñez · Valladolid 

    Jonás trabajó en el bufete durante “las vacas gordas”. Era un dechado de virtudes y celoso de su privacidad; sólo supe que estaba casado y tenía una hija. Pero el trabajo disminuyó con la crisis y fue despedido. Al principio quedábamos e intenté saber cómo le iba sin que pareciese un interrogatorio. Él, contaba chistes de monaguillos. Una vez vino comiéndose un bocadillo de sardinas vestido con un poncho. Dijo que trabajaba, que se había divorciado y que vivía en Tribunal. No supe más. Un día que había quedado con un cliente a las afueras, vi una hoguera con un poncho tendido idéntico al suyo. Tuve un presentimiento. Bajé del coche y acercándome entre escombros junto a un paraguas, estaba Jonás, enfermo. Me agarró una mano y con una tímida sonrisa me dijo: “Dime que tienes un pleito para mi”. Yo, con lágrimas de rabia, asentí mientras se iba.

     
  • GUAU

    Aurora Genoves García · Córdoba 

    Mi perro es especial, no sabe que es un animal, yo le sigo la corriente ¡total¡, y le dejo creer que es abogado. Gruñe y saca los dientes- la clave es parecer más fuerte que el contrario- , huele todo por la calle – todas las pruebas son importantes- lo que más le gusta es el despacho, los teléfonos sonando, los ordenadores encendidos, la agenda y los plazos son su pasión, enviaría a la hoguera a más de uno ( es un enamorado de la acusación), un buen pleito es su aliciente; a medio día, un menú ligero y vuelta al trabajo, diez horas mínimo –siempre hay asuntos que resolver. Ayer mis compañeros de despacho vinieron a verme en comisión, vale que “Justi” tenga tarjetas, pero es que las ha repartido y tiene un cliente esperando , es un pastor alemán y quiere poner una querella…

     
  • EL ULTIMO JUICIO

    Marcos Mélich Salazar · Madrid 

    Le invadía cierta melancolía. Era, posiblemente la última vez que actuaba ante un tribunal. Muchas cosas echaría de menos en el ejercicio. ¿Lo que más? Los juicios y la curiosa fauna que pululaba por los pasillos de los juzgados. Los que veía ahora. Un compañero vestido con negra hopalanda aleccionando a su cliente para el interrogatorio venidero, el delincuente habitual. Se las sabe todas y está como en su casa. Un neófito en aquellas lides parece un monaguillo cogido en falta. La señora del paraguas habla acaloradamente con su abogada. Casi se diría que la está amenazando. El policía de paisano sentado a su lado arrima el ascua a su sardina y se da pisto con su compañero uniformado… La puerta se abre. Sale la agente judicial… - Juicio mil doscientos quince, dos mil nueve… Era el suyo. Se levantó y avanzó hacia la funcionaria… ¡Su último juicio

     
  • Miércoles de ceniza

    Sonsoles González Romera · Plasencia (Cáceres) 

    Me dirigía a la iglesia aquel lluvioso miércoles de ceniza cuando se cruzaron en mi camino las comparsas del entierro de la sardina. Odiaba ser monaguillo, pero hasta el momento había sido incapaz de enfrentarme a D. Leandro. Escondido bajo el paraguas, tomé una rápida decisión y me uní a la comitiva. Aliviado y libre, volví a casa horas después, donde me esperaban mis padres, decepcionados y el párroco, rabiosamente enfadado. Sin tiempo de defenderme me impusieron el castigo: durante un largo mes, a la salida del colegio, me iría directamente a limpiar la iglesia. "Vas a chupar escoba hasta que te salgan ampollas en las manos", me susurró el sacerdote. Hoy lo tengo aquí, frente a mí, en mi tribunal, por un pequeño incidente. Tras el interrogatorio de rigor, impondré la pena. Servicios a la comunidad. Curita, vas a chupar escoba hasta que te salgan ampollas en las manos.

     
  • ALEGATO FINAL

    MANUEL VELAZQUEZ LOPEZ · CORNELLA DE LLOBREGAT (BARCELONA) 

    "Quedó huérfano a poco de nacer y Expósito Expósito le apellidaron. Entre curas y monjas creció, ejerciendo de monaguillo en oficios y misas, comiendo sardinas cada Viernes Santo y rezando el rosario un día sí y otro también. Por ello, no les extrañe a los componentes del Tribunal que durante el interrogatorio mi defendido únicamente haya contestado a todo Amén y discúlpenle si durante el receso habido a alguno de Ustedes le ha levantado la toga con su paraguas, pues, aunque muchos capones se llevó en su infancia por dicho motivo, el levantamiento de sotanas fue su único entretenimiento".

     
  • Veredicto favorable

    Miguel ¡µngel Moreno Cañizares · ALCORCON (MADRID) 

    Cuando llegó al pueblo, esperaba encontrar una vida más fácil. Albergaba la esperanza de empezar de nuevo. Ahora tendría un destino tranquilo, procurado por la influencia de su padre, donde podría rehacerse. Se propuso olvidar las imágenes del suceso. El interrogatorio en la comisaría, la confesión obligada del crimen, la defensa de su abogado y el veredicto favorable del tribunal. Cerró el paraguas y entró en la iglesia, justo cuando el monaguillo salía de la sacristía. Cruzó la mirada con el muchacho, pero no le dijo nada. Esperó un rato y regresó a la calle. Oyó un murmullo que iba aumentando poco a poco. Al cabo de unos segundos vio pasar la comitiva con el féretro. Reparó entonces que se trataba del entierro de la sardina. El recuerdo del carnaval le produjo un sudor frío.

     
  • El incensario

    Fernando Rodríguez Areces · Alcalá de Henares (Madrid) 

    Ayer nos estábamos comiendo las uvas y ya estamos en febrero; dentro de nada enterraremos la sardina y enseguida llegará Semana Santa, que siempre me recuerda mi época de monaguillo y de cómo me abría paso entre la multitud, moviendo y agitando el incensario, para colocarme justo delante de las rejas de la vieja cárcel, entre los presos que aguardaban dentro y el paso del Cristo, al que saetaban a unos escasos dos metros de los barrotes. Tenía sólo siete años, pero la intranquilidad que me inspiraban aquéllos hombres se veía recompensada con la importancia que me daba por la posición privilegiada alcanzada. Un Parador Nacional ha sustituido ahora la vieja prisión, igual que los barrotes han sido cambiados por cristal blindado que, como si de un paraguas se tratara, me tienen a resguardo de los internos, a quienes preparo e informo, con vistas a su interrogatorio ante el tribunal.

     
  • Pechos supremos

    Miguel Ángel Gayo Sánchez · Sevilla 

    Era mi primera actuación como letrada ante el Tribunal Supremo. Mi jefe me avisó: “Vanessa, nada de excesos. Se trata de un mero interrogatorio de parte”. Pero mi currículum se merecía una actuación inolvidable. Decidí impresionar a esos viejos magistrados: me ajusté los pechos como si fuesen dos paraguas abiertos; me ceñí la toga hasta las costillas; me calcé mis Manolos de quince centímetros, y me dije a mí misma, “Vanessa, pareces una sardina enlatada, pero la ocasión lo merece”. Y aunque mi intervención en el Supremo resultó inolvidable, el despido fue fulminante. ¿Cómo prever que uno de los Manolos se quebrase en mitad de la Sala? Tuve que retorcerme para no caer al suelo, lo que provocó que las costuras estallasen y los pechos se empitonasen al aire. Solo el Presidente tuvo palabras tranquilizadoras: “Déjelos sueltos, señora letrada. A nuestra edad somos menos peligrosos que unos monaguillos”

     
  • Jaula mortal

    Esperanza Temprano Posada · Madrid 

    Mañana de paraguas y nervios, no todos los días sentaba en el banquillo al mayor “capo di capi” de la historia. El Tribunal al completo, la sala llena de cámaras, micrófonos y expectación, Salvatore Merlano, alias “El Sardina” esperando con media sonrisa en los labios mi interrogatorio y yo, atrapada en el ascensor. Las familias de la camorra iban tomando asiento, tras una aparatosa reverencia al Tribunal, que más que un saludo parecía la genuflexión de un monaguillo ante el sagrario. No faltaba nadie, excepto el “sotto capo” del Sardina y yo. -¡Tenía que ser precisamente hoy!- me lamenté en la oscuridad, pulsando un botón de alarma que no parecía funcionar – No se preocupe signorina, aquí esta Don Giovanni para ayudarla– susurró en mi nuca mi único compañero de cautiverio.

     
  • In the rain

    Sol García de Herreros · Segovia 

    Aunque mi abuela, una beata de manual, soñaba con que fuera obispo, no pasé de monaguillo. Mi padre, que trabajaba en un banco, aspiraba a que fuera un tiburón de las finanzas, pero mi cuenta corriente me deja más bien en sardina. Cuando empecé derecho mi madre me hizo jurar que sería notario, pero el tribunal de la oposición se negó en redondo a que cumpliera el juramento. De los planes de mi ex para conmigo, ni hablemos; no se me ocurre nadie a quien no haya decepcionado suficientemente. Por eso hoy, cuando salía del juzgado tras someter a mi defendido a un interrogatorio que le augura años de cárcel, y comprobar que llovía a mares, he abierto mi paraguas y a grito pelado me he puesto a interpretar “I´m singing in the rain”. Es lo que tiene ser un fracasado, que te puedes permitir algunos lujos.

     
  • Calderón

    Javier Serra Vallespir 

    Cuando el monaguillo llamó a comulgar abriendo un paraguas color billete de 500 en vez de haciendo tintinear la inevitable campanilla supe que soñaba. Obediente, me acerqué al altar. El oficiante no sostenía hostia consagrada alguna, sino una espantosa sardina descompuesta. Quise huir, pero fui incapaz. El sacerdote omitió “El cuerpo de Cristo” para tronar “¡Aquí jamás obtendrás perdón!”. Afortunadamente, justo antes de tragarme aquella monstruosidad, desperté: en la sala, el interrogatorio había concluido. Nuestros abogados habían logrado, gracias a su retórica, convencer al tribunal de la inocencia de la multinacional conservera que presido. Los afectados por la intoxicación protestaron inútilmente. Entonces comprendí el sueño de la sardina. Más tarde, ya a bordo de mi jet privado, pensé “¡qué freudiano! Quizás esto sea lo más cerca que estaré del Cielo, pero la verdad en la tierra la definen los abogados que pago con mi fortuna, y los sueños, sueños son.

     
  • Juicio Final

    CESAR CAMPO RODRIGUEZ · GIJON - ASTURIAS 

    ¿Por qué me habéis desobedecido?, ¿por qué aceptaste la manzana?, ¿por qué compartiste la fruta prohibida?. Eva no respondió, solo bajó la cabeza deseando que el interrogatorio finalizase, en la certeza de que el Juzgador no tendría clemencia fueran cuales fueran sus respuestas, y sin siquiera la esperanza de contar con un abogado que arrimara el ascua a su sardina o les defendiera en tan ingrata situación. Con una lágrima en sus ojos fue al encuentro de Adán y le comunicó la condena, contra la que ni siquiera cabía la posibilidad de recurso ante Tribunal superior. Juntos hicieron la maleta, cogieron los abrigos, los libros y el paraguas, y un monaguillo les acompañó hasta las puertas del Edén. Ninguno de los dos miró atrás al atravesarlas, porque en el fondo de sus corazones angelados sabían que habían perdido el paraíso, pero habían ganado su libertad

     
  • Nina

    Maria Eugenia Parra Jimenez · MADRID 

    Me llamo Nina, tengo setenta años, un abrigo rosa, y un paraguas de brillantes colores. Voy saltando por la calle, pisando charcos, riendo y cantando, mientras la gente a mi alrededor me mira, ¿con pena?. Pobrecitos, tendrán un mal día. Hace un momento he visto a mi primo Andrés, vestido de monaguillo, corriendo camino de la iglesia. Seguro que llega tarde, como siempre. Y ahí está mi gato Merlín, comiéndose un pastel de sardinas, su plato preferido. ¡Qué contento parece!. Lo que no me gusta es este señor de corbata negra que no se separa de mi lado, y que se empeña en llevarme a aquel edificio gris, lleno de hombres y mujeres vestidos de negro. Parece que hemos llegado. Responde a las preguntas del tribunal, me dice, será un interrogatorio breve. Incapacitada, dijeron ellos. Feliz, digo yo.

     
  • Un nuevo caso

    Raquel Esteban Prosper · Madrid 

    Al infierno. Poco me importaba la mirada inquisidora de la familia de la viuda por interrumpir el responso. Dos días sin dormir, interminables horas en el tribunal, desde que aquella mujer desolada entrase en mi despacho acusando a su nuera de emponzoñar las entrañas de su hijo, al que ahora esperaba la fosa. No permita que lo entierren. Los agentes esposaron a la sumisa viuda ante los atónitos ojos del monaguillo. Una joven empapada y escurrida como una sardina, la agarraba desconsolada, el inspector la separó llevándose a su presa para el interrogatorio. Qué verg¡enza, ni que fuera su hija, cuchichearon los paraguas abandonando el cementerio. Me sentí pletórica camino del coche, buen trabajo. La otrora frágil muchacha me esperaba, evaporado el lloriqueo infantil, solo quedaba odio denso, casi líquido. Lo maté, se interponía y ella es mía, ahora vas a devolvérmela. Un nuevo caso.

     
  • A LAS PUERTAS

    Marta Mondéjar Otero · SALAMANCA 

    A las puertas del Tribunal se agolpaban decenas de curiosos, pertrechados con sus paraguas negros, ahítos de acontecimientos que pusieran un paréntesis a la brutal rutina del invierno rural, un poco cohibidos por tener el suceso ciertos tintes de escándalo. Nadie sabe cómo el secreto de sumario perdió el atributo inherente a su nombre, y noticia de la declaración del joven monaguillo había corrido de boca en boca, filtrándose en el aire helado como una exhalación. Lo cierto es que, mientras la honorabilidad de su párroco pendía de un hilo, todos los feligreses se arremolinaban juntos, salvo Panchiño, el tonto del pueblo, que permanecía ajeno a los acontecimientos peleándose con los restos de una sardina. El abogado venido de la capital entró con paso firme y mirada distraída y, esbozando una apresurada sonrisa, se preguntó vagamente si la soledad y la dureza de aquellos parajes podría ser considerada como atenuante.

     
  • VISITA NOCTURNA

    JOSE VICENTE PEREZ BRIS · BILBAO 

    La primera vez que apareció, recordé mis tiempos de monaguillo, cuando disfrutaba torturándolos en el patio trasero de la iglesia. Ha llovido mucho desde entonces y ningún paraguas ha evitado la fina lluvia de corrupción que me cala, poco a poco. Ahora se presenta cada noche, manchando la cristalera con su aliento fétido, aguardando en la oscuridad. Mientras, sigo preparando el interrogatorio a que seré sometido mañana por el juez. Me esmeraré como nunca, pese a que todos saben que soy culpable y que envié a la muerte a mi defendida. Si el tribunal la declara inocente, habré expiado mi pecado. Si ella no muere, yo tampoco. Le oigo acercarse. Lentamente, como siempre. Puntual a su cita. Hoy le atrae el olor nauseabundo de la sardina depositada en la baranda. Solo que esta vez le esperaré preparado, con la navaja abierta para acallar la maldita conciencia de ojos ambarinos.

     
  • El delator

    Beatriz Lorenzo López · Madrid 

    Había sido un hombre fornido pero tras la guerra regresó convertido en un espantapájaros de piel translúcida y huesos tan frágiles como las raspas de una sardina. Auschwitz se lo había quitado todo excepto una placa raída que se apresuró a colgar en su puerta: "David Stein, abogado". Yo era un muchacho desgarbado y mi asombro fue mayúsculo cuando me ofreció trabajo como chico de los recados. Junto a Stein presencié maravillas: que un buen interrogatorio puede desbaratar cualquier coartada o que incluso el más beato de los monaguillos tiene siempre algo que ocultar. Nunca hablábamos de la guerra, pero una mañana me juró que no descansaría hasta llevar ante un tribunal al hombre que había delatado a su familia. Lo consiguió; y ese día mi infancia llegó a su fin cuando vi a mi padre marchar aterrorizado y tieso como un paraguas, escoltado por los guardias.

     
  • Turno de oficio

    Belén Sáenz Montero · Madrid 

    Llegué resoplando de calor a la comisaría donde se iba a producir el interrogatorio de mi “clientito” y me lo encontré vestido aún de monaguillo. Nada más verme me preguntó, sorbiéndose los mocos, si le iban a “enchironar”, y yo le contesté con sorna que iría directo al Tribunal de la Rota. No me entendió, claro. -¿Qué crimen ha cometido aquí el angelito?- pregunté al policía que me había acompañado a la sala. –Casi se carga al señor párroco del disgusto. Bueno, y a medio pueblo. Colgó un paraguas abierto, boca abajo, del gancho del incensario que hay en el techo de la iglesia y echó algunas sardinas medio pochas y unos mendrugos. En plena misa de doce lo lanzó desde el coro y puso perdidas a todas las beatas. Me parece que éste no ha entendido bien lo del milagro de los panes y los peces, letrado-.

     
  • Interrogatorio interruptus

    María Dolores Rubio de Medina · Sevilla 

    “¿Una broma aflojar la soga del campanario y que el monaguillo cayera a plomo desde la torreta?”, rugió su Señoría. “No fue así, su Excelencia –susurró el acusado con sus escasas luces-, salió al vuelo, suavito, el redondel del faldón se le infló como un paraguas y como no pesaba apenas...”. La Sala, perpleja, se distrajo con el rugido que surgía tras la mesa donde el abogado defensor se parapetaba con su portátil y su Código Penal. Se reanudó el silencio y el interrogatorio. Varias hilachas de flatulencias después, el defensor suplicó un receso, sin esperar el asentimiento del Juez, abandonó a escape el Tribunal, tirando hacía arriba de las puntas de la toga y gimiendo que en turno de oficio, jamás... ¡jamás! ... volvería a desayunar una lata de sardinas.

     
  • El refranero

    Esteban Torres Sagra · Úbeda (Jaén) 

    '- Para una sardina nunca llueve, sabio proverbio calabrés - le espetó el abogado de aquel narco con bigotillo al fiscal del caso, quien, por instinto, agarró con más fuerza su paraguas a modo de tizona y rechinó los dientes; un extraño escalofrío r

     
  • Esto es Cái

    Jesús Fabregat Carrascosa · Conil (Cádiz) 

    La sala del tribunal está repleta de indios, payasos y hombres vestidos de novia, pero nadie, desde el juez al último testigo, parece extrañado por la situación. En el banquillo, una sardina de casi dos metros se somete nerviosa al interrogatorio del fiscal. —¿Reconoce el acusado haber agredido con un paraguas al señor Juan “el de la Parrita”, presente aquí en la sala? En la mesa de la acusación, un individuo se pone en pie; lleva el traje de monaguillo manchado de sangre y un aparatoso vendaje le cubre la cabeza. —Fue él quien empezó —responde el pescado gigante—, querían salir al escenario antes que nosotros, ¡y eso no, eh! Media docena más de sardinas aplauden desde el fondo y el juez se ve obligado a interrumpir. —Silencio en la sala —dice golpeando un martillo de colores—, se aplaza el juicio hasta después del carnaval.

     
  • Justicia divina

    Ernesto Ortega Garrido · MADRID 

    De pequeño se pasaba las tardes jugando a consagrar las galletas y a bendecir las latas de sardinas que le ponían para merendar. Empezó de monaguillo, llevando la bandeja de las limosnas en la parroquia de San Andrés, y tras pasar por los jesuitas fue investido sacerdote. En el confesionario se mostraba duro en los interrogatorios: ¿cuántos actos impuros ha cometido usted esta semana?, ¿siente envidia del coche de su vecino? Y aplicaba penitencias sin piedad. Cansado de escuchar una y otra vez los mismos pecados a sus feligreses y esperar el juicio final, decidió cambiar la sotana por la toga. Ahora, en lugar de avemarías y padrenuestros, impone cuantiosas fianzas y años de prisión. Ayer, cuando llegó al tribunal protegido por un paraguas, llovía con tal fuerza que le pareció que había llegado el diluvio universal. Cada día se siente más cerca de Dios.

     
  • El entierro de la Sardina

    Francisco Rafael Ojeda Leiva · Aguilar de la Frontera (Córdoba) 

    En el cortejo fúnebre abundaban las falsas viudas y los viejos achacosos. Caía una fina lluvia, disipando los efluvios de la noche anterior. Un monaguillo abrió su paraguas. ¡Visto para Sentencia! Me sobresalté al escuchar aquellas palabras, regresando bruscamente a la realidad desde mis recuerdos oníricos. El Presidente del Tribunal me miró con una expresión curiosa, guiñándome un ojo. Fue cuando le reconocí, detrás de aquella toga se ocultaba aquel personaje que, luciendo traje de pingüino y chistera, había recitado las últimas letanías en el “entierro de la Sardina”, que puso fin al Carnaval. Nunca lo hubiera imaginado. Un día me lo crucé por los pasillos, le dí los buenos días de forma descuidada, cuando parecía que pasaba de largo, me dijo “El otro día estuvo flojo en el interrogatorio... Pero, no se preocupe, la vida no es más que un Carnaval en el que cada uno representa su papel”.

     
  • Un impulso incontrolable

    Lourdes Burguete Miguel · Valencia 

    Un paraguas olvidado fue el origen de todo.Lo había encontrado el monaguillo al fondo de la Iglesia,casi a los pies de San Miguel.Tras someter a los fieles a un breve interrogatorio,decidió, no siendo de nadie, quedarselo. Salió a la calle. A lo lejos se oía un gran griterío.Se celebraba el entierro de la sardina.Pero él no tenía ganas de juerga. Entró en casa tiritando de frío. Su hermano ya estaba allí, preparando sin duda su último caso. A veces le ayudaba. Fingía ser el tribunal, o el acusado, y le hacía ver sus fallos. Le miró. Su hermano se había llevado la mejor parte, mientras que a él le habia tocado ser el bueno. No fué premeditado. Vió su nuca y deseó hacerlo. Y alli estaba ese paraguas. Los papeles salieron volando. Echó un breve vistazo al asunto, y pensó: !cuanto loco anda suelto!

     
  • Consecuencias del olvido

    Antonio Anasagasti Valderrrama · Cádiz 

    Llevaba meses sin dormir tras olvidar el plazo de un recurso.Pensé que desaparecería mi mala conciencia esa mañana. Un hombre greñudo, con barba descuidada y con las comisuras de los labios babeantes de aceite, como si acabara de ingerir una lata de sardinas, estaba apoyado en la puerta y pedía limosna. Me paré a su lado y sacudí el paraguas. Su cara me resultaba familiar. El me miró frunciendo el ceño como si me conociera. Ya dentro de la iglesia, el monaguillo encendía las velas y el párroco practicaba su interrogatorio, como en un auténtico tribunal, a los que se confesaban. Me puse en cola. Diez minutos más tarde declaré al sacerdote mi pecado y, tras los rezos de la penitencia, me sentí feliz porque quedaba libre de culpas. Pero al salir del templo y echar una moneda al mendigo, comprobé que no todos me habían perdonado.

     
  • Despedida de carnaval

    Fco. Javier Peco Vazquez · MADRID 

    Desde mi despacho, mientras preparo el interrogatorio del acusado, veo pasar la Cofradía del Entierro de la Sardina. Alla va la comitiva con cuatro monaguillos con paraguas flanquendo el féretro y un cura de mentira. El Tribunal del tiempo ha puesto fin al Carnaval. Se vislumbra la Cuaresma con su cadencia exacta. Detrás, como una estela lúgubre, una docena de deudos tocados de chisteras relucientes por el agua y un tanto mas de plañideras que compiten con las nubes por humedecer la escena que completa la curiosidad renovada de algunos viandantes ateridos por el frío y apagados, como los velones por el agua, por la luz mortecina de este final de febrero. Lo que ninguno sabemos todavía es que ese muerto fingido no lo es tanto y que fallecio hace algunos minutos por un silencioso infarto fulminante. Y que, precisamente por ello, mi juicio de mañana quedará suspendido sine die.

     
  • Arco del triunfo

    Enrique Javier de Lara Fernández · Alcalá de Henares (Madrid) 

    En mi empresa, por lo del tintineo de las llaves que pasan por tus manos, al segurata encargado del detector de metales le llamaban monaguillo. En el juzgado uno se siente importante. Era como el paso previo al tribunal, que pronto juzgaría a muchos de aquellos tipos a los que, permítaseme el casticismo, les hacía pasar bajo el arco de triunfo de mi posición dominante. Cuando a alguno se le encendía la luz y sonaba el chivato acusador, le sometía a un verdadero interrogatorio. Para que se fuera preparando. Y si no es por el incidente, todo hubiera seguido igual... Pero el detector no sonó y tampoco se me ocurrió mirar dentro del paraguas. En su interior, un ama de casa rencorosa llevaba el motivo de su denuncia. Que la justicia es lenta puede debatirse, pero que el tufo a sardina putrefacta se prolonga durante semanas es constatable.

     
  • Un encuentro fortuito

    Kalton Bruhl · Comayaguela (Honduras) 

    El obeso sacerdote avanzaba a grandes zancadas, sosteniendo un enorme paraguas bajo el brazo, mientras su monaguillo, se esforzaba por no quedar rezagado. El acusado era un hombre famoso, así que la sala del Tribunal estaba atestada como una lata de sardinas. Entraron cuando finalizaban los interrogatorios de los testigos. La noche anterior, y después de tres días de largas meditaciones, había logrado resolver el crimen. En el momento en que se disponía a alzar la voz, una ancianita se acercó al estrado, causando un gran revuelo. Minutos después había demostrado la inocencia del acusado. Al finalizar el juicio se encontraron a las puertas del tribunal. “¡Padre Brown!", exclamó la anciana, “¿Qué hace por acá?” “Recibí una llamada del Arzobispo”, mintió, “y antes de visitarle, decidí entrar.” Dio la vuelta de prisa. Lo último que querría, sería ver la maliciosa sonrisa en el rostro de esa condenada Miss Marple.

     
  • La apuesta

    Sagrario Loinaz Huarte · Aranjuez (Madrid) 

    Ante el tribunal, el monaguillo, presunto culpable de la muerte de una anciana, aguantó el interrogatorio que, como un chaparrón de preguntas, caía sobre él igual que la lluvia que cae sobre el paraguas en los días de tormenta. —Señor juez, soy inocente, nada tengo que ocultar. Cansado de que los gatos se metieran en la iglesia, puse una sardina —a la que previamente había introducido un cachito de esponja — en el seto que hay a la entrada de la sacristía. La señora, ahora fallecida, venía todos los días a la iglesia —era de las que querían estar en misa y repicando a la vez— y se llevó la sardina. No sé nada más. — ¡Visto para sentencia! Julián, amigo del monaguillo y con la misma vocación que él, le había dicho hacía pocos días: — ¿Cuántos llevas? —Yo 14. —Yo 16 y una feligresa.

     
  • Identificación

    Rafaela Lillo Moreno · Alicante 

    Llega a su casa después de realizar los interrogatorios en el Palacio de Justicia. Prepara un brandy y se sienta en su sillón de cuero rojo. Enciende el televisor y acciona el play. En la pantalla,"El caso del monaguillo a media noche",la película que había interrumpido días atrás para presidir el tribunal de oposiciones al cuerpo de jueces. La interpreta Kiko Sardina, un carismático actor. Busca el punto en que la había desconectado. Recuerda el misterio de la trama, la sed de venganza… El corazón se le desborda de ansiedad y se deja llevar por la emoción de sentir cómo el personaje introduce la llave en la cerradura, cómo cede la puerta, cómo se acercan los pasos. Se estremece al ver que lleva en la mano una varilla de paraguas que dirige a la nuca del hombre sentado en el sillón de cuero rojo.

     
  • Testigo ocular

    Mar González Mena · Burgos 

    '-Lo vi todo. Yo estaba en la calle. Esa mujer pasó por mi lado y casi me saca un ojo con su paraguas. No pude evitarlo y grité. Me cago en... Sí, ya sé que está muy mal en una persona religiosa como yo, así que me fui directa a la iglesia. Don Franc

     
  • ORDEN ORDEN !!

    FRANCESC BASORA MORATí  · BARCELONA 

    '-De monaguillo soñaba con ser pequeño, dije ante el tribunal. Al instante se dieron cuenta de mi dislexia; alguna risita jocosa. Ellos me entendían pero el desorden de mis palabras les provocaba grandes problemas legales. En el interrogatorio se las vi

     
  • Cuestión de fe

    Miguel Ruiz-Ocaña González · MADRID 

    Nos conocimos un día de lluvia. Perseguía un autobús lleno como si fuera una lata de sardinas, cuando resbalé cayendo delante de ella. Vino hacia mí y me cubrió con su paraguas ayudándome a llegar hasta una cafetería. La invité a un refresco y al poco hablábamos como viejos conocidos. ¿Por qué te hiciste abogado?, me preguntó. Para mí el Derecho tiene su propia liturgia, le dije. El ministro hace la oración de colecta para saber qué legislar. Se lee la primera lectura en las Cortes y la segunda lectura en el Senado. Las enmiendas parecen salmos. Y una vez publicada la ley en el BOE se incorpora al Credo ciudadano. Cuando hay problemas me llaman, y vestido con toga, como un monaguillo, les defiendo ante el Tribunal… Perdona, me interrumpió, por pararte y por seguir con el interrogatorio, pero, ¿tienes fe en la Justicia?

     
  • Vidas paralelas

    Juan Manuel Ruiz de Erenchun Astorga · Barcelona 

    Cuando vi a Eneas como presidente del Tribunal maldije mi suerte. El mundo era una lata de sardinas, sin espacios donde escapar de su infame presencia. Siempre unidos para mi desgracia. En la infancia, enemigos de juegos escolares; en la adolescencia, rival frente a chicas; en la facultad de derecho, el preferido de profesores. Ahora, él juez y yo abogado. Mi mejor caso debía ser resuelto por aquel antiguo monaguillo con ínfulas de sacristán. Comenzó el interrogatorio a los testigos. Apenas pude concentrarme en el guión marcado. Sólo veía el destello de sus ojos ladinos que observaban desde el estrado. Tras cincuenta minutos eternos, acabó el juicio. Abandone la sala letrado Ulises, dijo con una cínica sonrisa. Le hubiera lanzado el paraguas en aquel mismo instante. Pero me contuve. En el fondo la culpa fue de mi madre por poner a sus hijos gemelos el nombre de dos enemigos irreconciliables.

     
  • Sacristía

    Pilar Gil Guijarro · MADRID 

    Me turnaron la defensa de un monaguillo resalado y despierto que había golpeado al cura de su parroquia con un paraguas negro como la sotana. Viendo al mozo y al sacerdote, enseguida intuí la dificultad de la defensa, el chaval era alto, fuerte y el clérigo poquita cosa, miedoso. Quien mandaba en la sacristía era el acólito, el curilla barría el altar, lustraba el cáliz y andaba ligero al bar a traerle las sardinas asadas al obispillo. Sin embargo, el juez no tuvo tanta vista y no dudó de su inocencia desde el primer interrogatorio en el tribunal de menores. Volví al despacho desconcertado. Me encontré la sala de espera llena de candidatos a pasante citados para una entrevista de selección que tenía convocada; mirándome al espejo junto al parag¡ero le dije a la secretaria que, discretamente, descartara a los fuertes y desenvueltos y pasaran primero los apocados y flacuchos.

     
  • TESTAMENTO

    DAVID RICARDO GARCIA GOMEZ · Cartagena (Murcia) 

    Carlos entra de prisa, sacude su paraguas, lo deja en un rincón, saluda a los presentes y se disculpa por la tardanza ocasionada por un encuentro imprevisto al salir del tribunal. Se sienta, pone los documentos sobre la mesa y sin mayores prólogos, lee cantidades, herederos y últimas voluntades. Isabel, la viuda desconsolada con foto y rosario en mano, Rafael, el huérfano monaguillo con una botella de vino de consagrar, y Juana, la hermana obesa con la sardina sobrante del almuerzo en su cartera, reciben en sumatoria, el veinte por ciento. Penélope, la criada confidente e indecente, y el taciturno señor Payares, fiel sirviente del difunto Martín Morales, el restante porcentaje. Las miradas van y vienen en silencio, tras el asombro, inicia el interrogatorio de los deudos, llueven las quejas, acusan los reclamos y estallan los llantos histéricos. -No me miren así, no soy su juez, fui su abogado.

     
  • Hijo

    Jorge David Ramos Cabrera · Las Palmas de Gran Canaria 

    Eran las ocho de la mañana de un lluvioso día. Lo primero y si no quería llegar enchumbado al tribunal era coger el paraguas negro del perchero. Hoy comenzaba la primera sesión del juicio que durante meses había preparado. Cuando llegé y revisé mis notas comprobé que no había pedido el interrogatorio del demandado, mal empieza el día pensé, sin embargo, y al sacar del maletín la LEC comprobé que justo en la portada mi hijo había hecho un extraño dibujo, era una especie de sardina recibiendo un trofeo y un texto que decía "BUENA SUERTE PAPI" y no pude más que esbozar una gran sonrisa. Entonces, recordé que algo similar hice yo con mi padre treinta años antes y justo antes después de que S.S. me diera la palabra, mascullé en mi mente el viejo refrán que dice que antes de fraile fui monaguillo. Del juicio... mejor no hablar

     
  • Pax Vobiscum

    Mayte Castro Alonso · Valencia 

    Salí del despacho después de haber pasado un día estresante entre tribunales, vistas, interrogatorios y visitas desagradables. Llovía torrencialmente y no tenía paraguas. Me quedé en la esquina de la calle durante más de media hora esperando inútilmente a que pasara un taxi. Un coche se aproximó velozmente y convirtió el charco que estaba a mi lado en un tsunami. Mojado, sucio y cabreado, tuve que irme a casa andando bajo aquél diluvio despiadado. Cuando llegué, llamé al timbre porque se me habían perdido las llaves por el camino. Mi mujer me abrió la puerta y sin molestarse en averiguar por qué tenía ese aspecto de sardina degollada me dijo: “Llegas tarde, como siempre”. Pensé en lo ingrato de la vida y me pregunté: ¿Por qué no me hice cura? Con lo feliz que sería yo ahora rodeado de velas y monaguillos…

     
  • Hacerse el loco

    Nereida Abreu Pérez · La Guancha (Tenerife) 

    _Tiene que devolver el dinero, créame. –De eso nada, sardina que lleva el gato, no vuelve al plato _ me dijo mientras entrábamos al tribunal _Esto es un juicio penal y va muy en serio, debe confiar en lo que le digo. _ Posee buen juicio aquel que no confía por entero del suyo. _¿Cómo? ¡Tienen pruebas, maldita sea! _La vida está llena de pruebas que hay que superar. _¿Contestará con refranes al interrogatorio? _No sé qué me van a preguntar, pero me opongo. _Esa es de Groucho Marx, ¿verdad? Al fiscal le va a encantar. Nada más entrar a sala abrió un paraguas de colores sobre su cabeza y espetó _Es por los truenos, señoría_ Tras la sentencia comencé a entender dos cosas: el verdadero significado de hacerse el loco, y que el dinero no aparecería. Había que reconocerlo, aquel tipo antes de fraile había sido monaguillo.

     
  • De película

    Maribel Romero Soler · Elche (Alicante) 

    Abandoné el tribunal sin responder al interrogatorio. Alegué que las preguntas eran capciosas, que la sala olía a sardina y que el magistrado, con su toga deslavada y las puñetas de encaje de bolillos, parecía un monaguillo en su primer día de misa. Antes de pisar la calle me detuvieron por desacato a la autoridad. Interpreté entonces mi mejor actuación. Lloré desconsolada, me arrodillé ante el estrado, y declaré que nunca había visto a aquel hombre golpear con un paraguas al cobrador del frac. El agredido, con un aparatoso vendaje en la cabeza, repetía: “señoría, es su cómplice, ella me atizó con el bolso”. Yo me mantuve firme. Me dejaron ir tras la prueba testifical; al acusado le incautaron el paraguas, al agredido el frac, y a mí me dieron el papel principal para la serie. Muy pronto en sus pantallas: “Abogados y acusados”. Todos los martes a las ocho.

     
  • FATALIDAD MORTAL

    Andrés Fornells Fayos · Estepona Málaga 

    Hasta la sala del tribunal llegaba el rumor del fuerte aguacero que caía. Tanto el juez, el fiscal como los abogados dieron por terminado el juicio. El acusado, abatido, tembloroso, fue conducido por los dos policías que lo custodiaban hasta el coche celular. Ambos se preocuparon de que sus paraguas les cubrieran a ellos más que al preso. Mientras lo regresaban a la prisión, el recién juzgado repasó mentalmente el suceso que arruinó su vida. Estaban en la playa comiendo unos espetos de sardinas. Un drogata con “el mono”, confundiéndolo con otra persona, empezó a zarandear violentamente a su hijo pequeño. “Monaguillo cabrón, devuélveme la cartera que me has robado”. Era falsa esta acusación.  Él salió en defensa de su hijo. El drogata sacó un cuchillo. “Voy a matarte”, dijo. Lucharon. El cuchillo se clavó en el corazón del yonqui. Y él acababa de ser condenado por asesinato.

     
  • La Primera Vez

    gabriel ortega morillo · Madrid 

    Cuando finalmente abandonó la sala del Tribunal, la joven abogada apenas pudo reprimir una enorme sonrisa de satisfacción. Sentía deseos de gritar. No, aún no. Mejor esperar hasta quedar lejos de las miradas de sus colegas. Naturalidad. Elegancia. Caminó con paso firme hacia la salida. Sus conclusiones finales habían sido sencillamente brillantes. Era su primer caso. Su primera victoria. Afuera llovía. Casi diluviaba. Abrió decidida su paraguas: no quería acabar calada como una sardina. Todos lo daban por perdido. Incluso ella dudó al comenzar el interrogatorio. Aquella Proposión de Prueba solicitando tomar declaración al joven monaguillo había sido realmente ingeniosa; la clave del caso. Notaba cómo todos la observaban. Incluso parecía que el fiscal le hiciera señas desde lejos: aún no debía salir de su asombro. “Disculpe, señorita”, dijo el ujier cerrándole el paso, “Olvida usted quitarse la toga. Y por favor… cierre el paraguas hasta haber salido del Juzgado”.

     
  • El entierro de la sardina

    CARLOS BRAGE TUÑÓN · Madrid 

    ¿Sabes una cosa? Estoy harta de tu pose habitual. Siempre tranquilo. Siempre correcto. Siempre aburrido. Nuestro matrimonio no es distinto de un entierro, pero sin sardina. Parapetado en tu intimidad mis preguntas parecen más bien un interrogatorio. En el tribunal de nuestra alcoba las palabras resbalan sobre ti como el agua de lluvia sobre un paraguas. ¿Te he dicho ya lo mucho que me aburres? Aferrado a la sacristía de tu particular interior como un monaguillo se aferra a sus diarias costumbres. ¡Cómo iba a imaginar un futuro así cuando comencé la carrera de derecho! Apasionada de las leyes y el Derecho Romano no dudé en casarme con mi profesión, y establecer de esta manera nuestra convivencia...¡tan aburrida!

     
  • Visto para juicio

    Agustín Martínez Valderrama · Gavá (Barcelona) 

    Antes que nada suceda, tribunal, abogados y fiscales se reúnen en la sala de vistas. En una pantalla se proyectan imágenes a tiempo real de todo lo que está ocurriendo. En el caso que hoy nos ocupa asistiremos al asesinato de Don Cosme, el cura de la parroquia. El presunto autor será A.M.V, su monaguillo. Las cámaras muestran los tratos vejatorios que Don Cosme le dispensa. Hasta que el día de autos, A.M.V. enloquece y le clava un paraguas en pleno corazón. En la sala todos observan el monitor y toman notas para el posterior interrogatorio. El monaguillo trocea el cadáver y lo esconde en latas de sardina. Entonces el fiscal pide la palabra y acusa formalmente a A.M.V de homicidio. Su abogado alega enajenación mental transitoria. Y el juez admite a tramite el proceso. Ahora sólo falta que alguien se acuerde de llamar a la policía.

     
  • La sardina

    José Arana Giralt · Madrid 

    En esta familia no nos asustamos por un interrogatorio ni ante un tribunal. Ahora nos llueven acusaciones pero nosotros llevamos un buen paraguas. Recuerda la historia que contaba el abuelo: un día, cuando era monaguillo escuchó a un pescador rogándole al cura. Decía que no podían darle tanto pescado, que a ellos no les quedaría nada. El cura se mantenía en silencio. Al ver al hombre salir con lágrimas en los ojos entendió que el cura estaba haciendo algo malo y pensó en contárselo a su padre. Sintió miedo cuando sus ojos se encontraron con los del cura y giró la cabeza esperando una torta. Sin embargo el cura le puso una sardina en la mano, le acarició el pelo y se fue. En ese momento el abuelo se comió la sardina y se olvidó de su padre. Ahora otros comen sardinas y nosotros les acariciamos el pelo.

     
  • ¡Y pongo a Dios por testigo!

    Cristina Grosson Artigas · El vedat de Torrente. Valencia. 

    Las sardinas de anoche me estaban matando. Cuando era joven mi estómago estaba hecho a prueba de bombas, y ahora, o cenaba lechuga o estaba muerto. Muerto como aquel pobre chaval. ¡¨Porqué me metía yo en esos líos¡€™Ateo por naturaleza, estaba inmerso en un juicio defendiendo a un absoluto beato que había matado al monaguillo de su pueblo por blasfemar fuera de la iglesia. Era un caso serio, una muerte no es para bromas, pero mi cliente me sacaba de quicio. ¡Ponían a Dios por testigo! ¡¨Qué tipo de interrogatorio se le puede hacer a Dios¡€™El tribunal se iba a partir de risa. Lo que me faltaba. Me asomé por la ventana antes de salir y llovía a cántaros. ¡¨Y mi paraguas¡€™Roto. Hoy no iba a ser mi día?

     
  • ¿Saldrá?

    Joan Iglesias Magrané · Hospitalet de Llobregat (Barcelona) 

    Me acuerdo… Me acuerdo perfectamente de aquel monaguillo. Pero no... No pudo haberme escuchado. Sí… Sin duda es una estratagema de la abogada de la familia. Es muy astuta. Lo sabe… Sabe que me encuentro bajo el paraguas del secreto de confesión, que el cura no puede hablar pero él… No… El niño no pudo oír nada. Mira… mira como habla la abogadita; me odia, me ha llegado a odiar, quiere enlatarme como a una sardina, pero no… No podrá y después… ¡ay, después…! Ya está ahí. Va a empezar su interrogatorio. Cree que me desmoronaré ante el tribunal… Está equivocada, mucho. Mírala… Cómo tensan la toga sus senos… Está nerviosa, sí… Sabes que si no hablo me absolverán…, no lo conseguirás y saldré, sí… Entonces volveremos a encontrarnos, frente a frente, y seré yo el que esté embozado en una toga; contigo a mi merced desnuda.

     
  • Sin freno de escrúpulos

    Yolanda Pérez Sánchez-Ferrer · Navahermosa (Toledo) 

    La sardina Carolina. Tu cuento yacía olvidado, impasible a los primeros rayos de sol. Durante tantos años ante el tribunal, mi legado fue la soledad, la obediencia bajo el paraguas de la ley, (tal como el monaguillo resiste la misa), sombras ajenas, falseadas. Sin voz. Todo pasó de repente. Tras lo sucedido intenté hablar, pero mi voz no respondió. Saboreé el desconcierto, la traición agonizante, el vacío. Hija, lo atroz de la cobardía es dormir a la orilla del desconsuelo. Fuimos felices, pero la felicidad nos olvidó; después tu risa se apagó y las arrugas que ahora tiñen mi rostro, no son más que reflejo del desamparo. Mamá desapareció para siempre. La vida continuaría, con sentido o sin él. Sentí un calor fatigante. Al doblar los puños de mi camisa observé manchas de sangre reseca… Comprendí entonces que por primera vez el interrogatorio del acusado lo protagonizaría yo.

     
  • Fantasías de una pareja

    Mayte González-Mozos · Toledo 

    Ella llamó mi atención. Bajo su vestido se transparentaba el cuerpo de sardina gorda que los años le habían adjudicado.Mi moral, adquirida en el tiempo de monaguillo, se sintió ofendida. Entonces ví que la seguía un ex cliente, lo reconocí por el paraguas y el bombín. Aquél, que ante el tribunal el fiscal acusó de violador, y yo defendí demostrando en el interrogatorio su inocencia. Él, aceleraba el paso hacia un descampado, al ritmo del bamboleo del trasero de la señora. No tenía tiempo; pero mi sentido de la Justicia me obligó a perseguirles soportando el peso de numerosos documentos en la cartera. Ante mis atónitos ojos de letrado provinciano, le arrancó el vestido derribándola. Corrí hacia ellos para evitar la consumación. Grité levantando la mano, y con su nombre en la punta de la lengua llegué para escuchar:“Roberto querido, cada vez son más insólitos nuestros encuentros sexuales”.

     
  • El profesional

    Juan Carlos Colás Ruiz de Azagra · Zaragoza 

    Me di cuenta ya en las primeras citas, con aquellos interrogatorios a la luz de la luna: "¿A qué te dedicas?¿Cuántos novios has tenido?¿Qué hiciste el 27 de noviembre a las 23 p.m.? No hay más preguntas". O aquella primera cena en casa de su familia, dispuesta a modo de tribunal: En el centro de la mesa sus padres y la tía Berta, enfrente nosotros, él a la izquierda y yo a la derecha. Y ¡qué vergüenza! en las fiestas de mi pueblo, concretamente en el entierro de la sardina, ¡cuánta suspicacia! En la traca llegó a susurrarme que sospechaba del monaguillo. O esos horribles días de lluvia y ese empeño pertinaz en salir con su paraguas negro adornado con puñetas. En fin, nadie dijo que fuera fácil casarse con un abogado y es tan mono, tan detallista y le quiero tanto.

     
  • Propiedad privada

    Mª Azucena Álvarez García · Oviedo 

    Abrió los ojos, su señoría, que hasta entonces dormitaba, abrió los ojos y la boca al mismo tiempo. Tras un interrogatorio soporífero por parte del fiscal, llegó el turno de mi defensa. Mi cliente, acusado de agresión a la autoridad durante la celebración festiva, nocturna y carnavalesca del “entierro de la Sardina”, no reconoció los cargos. Negó su presencia en el lugar de los hechos y por ende, su participación en los mismos y negó también ser el monaguillo con sayas blancas y casulla encarnada que había insultado y agredido al alcalde con un paraguas. Reconoció, no obstante, que lo odiaba y había jurado vengarse de él. Su venganza, fría, iba a ser más dolorosa que un simple paraguazo. Ante el asombro del tribunal, se reconoció autor de un delito contra la propiedad privada… Esa noche, a esa hora estaba haciéndole el amor a la mujer del alcalde…

     
  • POR SI LO LEES

    GLORIA LLANES GONZÁLEZ · MADRID 

    Eras monaguillo en la Parroquia a la que iba cada domingo.A los dieciséis tonteábamos. A los diecisiete salíamos.A los dieciocho empezamos Derecho. A los veintitrés éramos señores licenciados. Yo decidí hacer un curso de práctica jurídica y tu opositar a judicatura. Durante todos aquellos años fuiste el paraguas que me evitaba cualquier chaparrón.Conocimos todos los bares de Madrid. En San Juan hacíamos una hoguera con amigos, bebíamos cerveza y comíamos sardinas.Aprobaste, te fuiste, dejaste de llamarme.Hoy he vuelto a verte, eres magistrado, formas parte del Tribunal que conoce de la apelación de uno de mis clientes. Al verme tus ojos, y no tu boca, han hecho el interrogatorio. Por si lees estas líneas: conozco todos los bares de Madrid, celebro las noches de San Juan y nunca he vuelto a misa porque cuando veo a un monaguillo nada en el mundo puede frenar mi llanto.

     
  • Cuestión de minutos

    Fermí Vilà Benet · Girona 

    Si aquella tarde Miguel se hubiera acabado el plato de sardinas como era habitual, hubiera llegado tarde al juzgado. Miguel siempre había sido de buen comer. Hasta de monaguillo engullía las ostias que sobraban. Pero se había levantado sin hambre y sediento. Una terrible resaca le demolía el cerebro y aquel cliente esperaba ser defendido a las cinco. Si no hubiera cogido el paraguas, se habría empapado y habría tenido que demorarse comprando otro traje. Pero el día anterior había llovido también. Si se hubiera tropezado como cada mañana con Juan, el de seguridad, se habría detenido un rato a charlar sobre demandas y interrogatorios. El guardia se lo pasaba pipa preguntando. Pero Juan estaba enfermo. Si se hubiera retrasado, no habría visto a su cliente saliendo despavorido del tribunal mientras le disparaba en el pecho. Y nunca hubiera descubierto que la muerte sabe a sardinas.