Pechos supremos

Miguel Ángel Gayo Sánchez · Sevilla 

Era mi primera actuación como letrada ante el Tribunal Supremo. Mi jefe me avisó: “Vanessa, nada de excesos. Se trata de un mero interrogatorio de parte”. Pero mi currículum se merecía una actuación inolvidable. Decidí impresionar a esos viejos magistrados: me ajusté los pechos como si fuesen dos paraguas abiertos; me ceñí la toga hasta las costillas; me calcé mis Manolos de quince centímetros, y me dije a mí misma, “Vanessa, pareces una sardina enlatada, pero la ocasión lo merece”. Y aunque mi intervención en el Supremo resultó inolvidable, el despido fue fulminante. ¿Cómo prever que uno de los Manolos se quebrase en mitad de la Sala? Tuve que retorcerme para no caer al suelo, lo que provocó que las costuras estallasen y los pechos se empitonasen al aire. Solo el Presidente tuvo palabras tranquilizadoras: “Déjelos sueltos, señora letrada. A nuestra edad somos menos peligrosos que unos monaguillos”

 

 

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