El entierro de la Sardina

Francisco Rafael Ojeda Leiva · Aguilar de la Frontera (Córdoba) 

En el cortejo fúnebre abundaban las falsas viudas y los viejos achacosos. Caía una fina lluvia, disipando los efluvios de la noche anterior. Un monaguillo abrió su paraguas. ¡Visto para Sentencia! Me sobresalté al escuchar aquellas palabras, regresando bruscamente a la realidad desde mis recuerdos oníricos. El Presidente del Tribunal me miró con una expresión curiosa, guiñándome un ojo. Fue cuando le reconocí, detrás de aquella toga se ocultaba aquel personaje que, luciendo traje de pingüino y chistera, había recitado las últimas letanías en el “entierro de la Sardina”, que puso fin al Carnaval. Nunca lo hubiera imaginado. Un día me lo crucé por los pasillos, le dí los buenos días de forma descuidada, cuando parecía que pasaba de largo, me dijo “El otro día estuvo flojo en el interrogatorio… Pero, no se preocupe, la vida no es más que un Carnaval en el que cada uno representa su papel”.

 

 

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