Consecuencias del olvido

Antonio Anasagasti Valderrrama · Cádiz 

Llevaba meses sin dormir tras olvidar el plazo de un recurso.Pensé que desaparecería mi mala conciencia esa mañana. Un hombre greñudo, con barba descuidada y con las comisuras de los labios babeantes de aceite, como si acabara de ingerir una lata de sardinas, estaba apoyado en la puerta y pedía limosna. Me paré a su lado y sacudí el paraguas. Su cara me resultaba familiar. El me miró frunciendo el ceño como si me conociera. Ya dentro de la iglesia, el monaguillo encendía las velas y el párroco practicaba su interrogatorio, como en un auténtico tribunal, a los que se confesaban. Me puse en cola. Diez minutos más tarde declaré al sacerdote mi pecado y, tras los rezos de la penitencia, me sentí feliz porque quedaba libre de culpas. Pero al salir del templo y echar una moneda al mendigo, comprobé que no todos me habían perdonado.

 

 

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