Inocente

Agustín de las Heras Martínez · Madrid 

Como el pueblo era tan pequeño que ni siquiera teníamos juez de paz dejaron que las preguntas las hiciera el secretario. Al menos él conocía lo que era un tribunal. Por aquella época yo era el monaguillo. No sabía cómo se habían enterado pero allí estaba yo, delante del cura, del boticario, del alcalde y del secretario. Empezaron con el interrogatorio. Me preguntó que quién me acompañaba la noche del sábado cuando entré en la sacristía. Me quedé como una piedra. Luego me enseñó un paraguas negro y me preguntó que si era mío. Me di cuenta que era el paraguas de ella. Mientras, el señor cura me amenazó con un soplamocos. No pude aguantar la tensión y les conté todo llorando. “Invité a Martita a merendar una sardina arenque, pero ni la di un beso ni na”. Entonces comprendieron que el del robo del cepillo no había sido yo.

 

 

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