La apuesta

Sagrario Loinaz Huarte · Aranjuez (Madrid) 

Ante el tribunal, el monaguillo, presunto culpable de la muerte de una anciana, aguantó el interrogatorio que, como un chaparrón de preguntas, caía sobre él igual que la lluvia que cae sobre el paraguas en los días de tormenta. —Señor juez, soy inocente, nada tengo que ocultar. Cansado de que los gatos se metieran en la iglesia, puse una sardina —a la que previamente había introducido un cachito de esponja — en el seto que hay a la entrada de la sacristía. La señora, ahora fallecida, venía todos los días a la iglesia —era de las que querían estar en misa y repicando a la vez— y se llevó la sardina. No sé nada más. — ¡Visto para sentencia! Julián, amigo del monaguillo y con la misma vocación que él, le había dicho hacía pocos días: — ¿Cuántos llevas? —Yo 14. —Yo 16 y una feligresa.

 

 

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