VALLADOLID

CARLOS DIAZ QUIROGA · FUENLABRADA. MADRID 

La sardina, monaguillo del majestuoso pan tostado, base de pimiento rojo, picadura de aceitunas y perejil que el fiscal introducía en su boca haciendo crujientes movimientos de bigote, continuaba el interrogatorio.No era un tribunal al uso, aquellos jueces, miraban las actitudes y expresiones de los degustadores oficiales observando gestos a cada pregunta. Estaba en juego el premio a la mejor tapa. El paraguas permanecía en una esquina, cerrado, de pie,llorando las lágrimas que la tarde gris le había prendido en sus telas.Observaba con quietud de admirador secreto a la chica que hacía instantes le había dejado por otro con el que parecía disfrutar mas que con él, provocándole su risa, echaba de menos su mano caliente y suave, perfumada de crema. Las tapas que la pareja disfrutaba esa tarde lluviosa y fría en Valladolid,serían juzgadas como ellos: desde un rincón de aquel bar lleno de gente.

 

 

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