Interrogatorio interruptus

María Dolores Rubio de Medina · Sevilla 

“¿Una broma aflojar la soga del campanario y que el monaguillo cayera a plomo desde la torreta?”, rugió su Señoría. “No fue así, su Excelencia –susurró el acusado con sus escasas luces-, salió al vuelo, suavito, el redondel del faldón se le infló como un paraguas y como no pesaba apenas…”. La Sala, perpleja, se distrajo con el rugido que surgía tras la mesa donde el abogado defensor se parapetaba con su portátil y su Código Penal. Se reanudó el silencio y el interrogatorio. Varias hilachas de flatulencias después, el defensor suplicó un receso, sin esperar el asentimiento del Juez, abandonó a escape el Tribunal, tirando hacía arriba de las puntas de la toga y gimiendo que en turno de oficio, jamás… ¡jamás! … volvería a desayunar una lata de sardinas.

 

 

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