Sin freno de escrúpulos

Yolanda Pérez Sánchez-Ferrer · Navahermosa (Toledo) 

La sardina Carolina. Tu cuento yacía olvidado, impasible a los primeros rayos de sol. Durante tantos años ante el tribunal, mi legado fue la soledad, la obediencia bajo el paraguas de la ley, (tal como el monaguillo resiste la misa), sombras ajenas, falseadas. Sin voz. Todo pasó de repente. Tras lo sucedido intenté hablar, pero mi voz no respondió. Saboreé el desconcierto, la traición agonizante, el vacío. Hija, lo atroz de la cobardía es dormir a la orilla del desconsuelo. Fuimos felices, pero la felicidad nos olvidó; después tu risa se apagó y las arrugas que ahora tiñen mi rostro, no son más que reflejo del desamparo. Mamá desapareció para siempre. La vida continuaría, con sentido o sin él. Sentí un calor fatigante. Al doblar los puños de mi camisa observé manchas de sangre reseca… Comprendí entonces que por primera vez el interrogatorio del acusado lo protagonizaría yo.

 

 

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