XIV Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Imagen de perfilLey y orden

laura pilato rodríguez 

Salgo del bufete a la carrera y me la encuentro en la puerta. Con mirada de animal asustado y acento extranjero murmura algo sobre un trabajo. Supongo que es la limpiadora que me envía la Agencia, así que le muestro el desorden del despacho y le digo que puede empezar de inmediato. Al regresar, observo que el legado de mi caótico proceder ha desaparecido. Todo estaba pulcro y ordenado. Lo único extraño es que aquella joven, que ahora me sonríe con gesto dulce, revisa mi agenda mientras habla por teléfono. -Envié los documentos al procurador y acabo de citar a un cliente. En mi país era laboralista, pero me pondré al día en penal. - Me tragué la vergüenza y los prejuicios, y acordamos las condiciones del contrato. Después retiré el anuncio donde buscaba un abogado penalista y llamé, muy cabreado, a la agencia de limpieza.

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El más votado por la comunidad

Imagen de perfil¿UN ABOGADO EN HOGWARTS?

Francisco Javier García Ballesteros 

Me vi reflejado en el espejo del pasillo. Ataviado con mi toga, Hogwarts me esperaba y mi “yo” atravesó el cristal, abandonando el mundo “muggle”. Mi carrera mágica me revelaría dónde encontrar animales fantásticos, tendría el privilegio de saber dónde estaba escondido el legado maldito e incluso, a mi paso por aquel callejón siniestro, terminaría por saborear aquellas dulces ranas de chocolate saltarinas. A mi alrededor había más alumnos envueltos en sus togas. De repente, mi varita se convirtió en un bolígrafo, mi libro de conjuros mutó a maletín y algo me sacó del espejo: “Letrado, le estamos esperando. El juicio va a empezar…”.

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilEl abogado del diablo

    Sabrina Berdejo 

    Cuando Lucio de Palma estudiaba abogacía se dio cuenta de que poseía un don. El don de las leyes. Sabía con exactitud como usarlas para conseguir justo lo que quería. Las manejaba a su antojo. Los mejores bufetes del país se lo rifaban. Empezar así su carrera fue algo muy dulce. Pero con el pasar de los años y tras ejercer en diferentes firmas, Lucio se iba amargando. Se sentía tan fuera de lugar como el niño superdotado en un aula de niños normales. Apático y asqueado dejó la abogacía. Comenzó a vivir por las noches y bajó a sus infiernos. Conoció a Melquiades, el mayor embaucador del mundo. Un animal de los negocios con muy mala reputación. Le costó muy poco convencer a Lucio para que representara todo su legado. Ganar para él se convirtió en un reto. Por fin había encontrado su sitio. Ahora era abogado del diablo.

     
  • Imagen de perfilSOLO ÉRAMOS UNOS CRÍOS

    Maribel Romero Soler 

    «El que gane la carrera es el juez, el que pierda el acusado». Y siempre ganaba él. Me condenaba a limpiarle los zapatos, a entregarle el bocadillo o el bolígrafo nuevo de cuatro colores. La infancia dejó de ser dulce para mí tras el accidente. Una bicicleta, una lluvia intensa y un pobre animal que cruzó cuando no debía. Tenía once años. Fue duro empezar a andar de nuevo, pero más lo fueron sus burlas... Era mi mejor amigo. Hoy lo recuerdo con nostalgia mientras espero la lectura de su testamento en el despacho del notario. En su caso no se cruzó un perro, sino un camión. Jamás hubiese imaginado que me dejaría un legado tras tantos años sin hablarnos, pero se acordó de mí... Abandono la notaría con una caja en el bolsillo y una dedicatoria en el corazón. La caja contiene el bolígrafo. La dedicatoria su sincera disculpa.

     
  • Imagen de perfilVOCACIÓN INESPERADA

    Alberto Ferran Royo 

    Lo primero que llamó su atención fue la defensa de la pena capital por el juez.

    —¡Todo el que tenga cabeza puede ser decapitado! —exclamó antes de empezar el juicio, defendiendo que ese castigo era un legado milenario del reino.

    Lo que vino después le siguió sorprendiendo: invenciones de normas, amenazas a testigos y acusado sin abogado. Harta de tanta injusticia, la joven se levantó exclamando:

    —¡La condena no puede decidirse antes del juicio! Eso no es justicia.

    Los animales del público la miraron, atónitos, incluyendo aquel conejo blanco que iba de un lado a otro siempre a la carrera. De repente, aquel país de las maravillas empezó a desvanecerse y despertó con la cabeza apoyada en la falda de su hermana, que le dijo con su dulce voz: “¡Cuánto tiempo has dormido!”.

    Así fue como Alicia, después de aquel sueño inolvidable, decidió qué quería ser de mayor: abogada.

     
  • Imagen de perfilDulce muerte por sentencia

    Sara Gonzalez Moreiras 

    Siempre pensé que era el amor de mi vida. Con instinto animal, decidí empezar mi carrera hacia la dulce muerte por sentencia, buscándola por todas las redes sociales, para pasar a sentarme todos los días en la cafetería donde trabajaba. Conseguí que subiese a mi casa y que se quedase conmigo todo el fin de semana. Era el amor de mi vida, y yo el suyo, o eso creo, hasta que la policía llamó a la puerta. Ahora estoy sentadx en un banquillo mientras un juez me señala como culpable de un delito de acoso, detención ilegal, y un largo etcétera. Este es el legado de mis delirium tremens ... al menos es lo que cuenta mi abogado en mi defensa. Yo siempre seré su amor y ella el mío, nadie lo entenderá, ni mi propio letrado, dulce muerte por sentencia.

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  • Imagen de perfilIronías de la vida

    Eva Cruz Barros 

    Mi abuelo, fundador del bufete que cuenta entre sus clientes con los más poderosos empresarios del país, para los que ha ganado cientos de juicios, me decía siempre que la abogacía es una carrera de fondo, en la que para empezar a saborear la dulce sensación del éxito se ha tenido que trabajar duro, labrando el terreno, abonando la tierra y protegiendo las simientes de las más diversas inclemencias. Ayudarme a forjar mi propio futuro desde la base, desde los cimientos, aprendiendo desde cero: ése iba a ser su legado. Me pareció algo muy romántico y motivador hasta que caí en la cuenta de que mientras yo pasaba las horas como portero del edificio --cual animal vigilante-, el hijo de un cliente suyo, un muchacho de mi misma promoción, estrenaba despacho con su nombre en la placa de la puerta.

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  • Imagen de perfilCambio de criterio cuestionado

    Manuel Artigas Bertrán 

    -Perdóname por decirte esto, hijo, pero eres un animal. Después de haberte transmitido, con todo el amor de un padre, el legado de mi bufete de abogados familiar para que liderases en su nombre la continuación de los éxitos que logré, ¿cómo puedes hacerme esto? Nunca debí pagar tu carrera - regañó el espectro de uno de los abogados más corruptos del mundo tres días después de su muerte, cuando se le apareció inesperadamente a su hijo, al enterarse de sus intenciones de empezar de cero y asumir la defensa de casos que afectasen exclusivamente a algo tan idealista como promover el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el cuidado del medio ambiente para hacer de este planeta un mundo mejor, mientras el hijo le dedicaba una dulce sonrisa sin por ello dejar de asombrarse con su visita.

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  • Imagen de perfilMANUELA

    Carmen LLopis Fabra 

    Ser abogado de herencias a veces te trae sorpresas y descubres que la realidad supera a todo lo que has aprendido en la carrera.
    Cuando atendí en mi despacho a aquel cliente que pretendía impugnar el testamento de su tío millonario porque se lo había dejado casi todo a su compañera de vida, una tal Manuela, y a él, único pariente, un legado consistente en cinco relojes de oro, le comenté que al no tener herederos forzosos uno podía dejar su herencia a quien quisiera. No esperaba empezar a ver cómo el sobrino se levantaba de golpe de la silla mientras iba enrojeciendo de ira y estallaba al gritar: Pero... !es que Manuela es una gata!

    Aquel dulce animal, un ser vivo dotado de sensibilidad, fiel compañera hasta el final del millonario, resultó ser la heredera universal de su fortuna.

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  • Imagen de perfilLadrillos y cemento

    Francisco Sánchez Egea 

    “Sí, derecho al andamio es donde vas”, solía decir mi padre cuando le comentaba mi proyecto de vida. Era evidente su deseo de que me quedase en la empresa familiar y cerca de su dulce hogar, pero siempre pensé que bromeaba, hasta el día que me dijo que no me pagaba la carrera, que me buscase la vida si quería estudiar. “Tienes que empezar a ser un hombre”, fueron sus palabras tras negarme parte de los ahorros legados por el abuelo. No entendía por qué, si tanto se quejaba de los ladrillos y el cemento, quería el mismo futuro para mí. No puedo decir que le haya perdonado, pero hoy, el día de mi graduación, he sentido cierta pena por el pobre animal, cuando le he pillado frotándose sutilmente los ojos para que nadie, ni mi madre ni mis cinco hermanos pequeños, le viera llorar.

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  • Imagen de perfilVOCACIÓN

    Epifanio Quirós Tejado 

    Comencé la carrera de derecho con la ilusión de convertirme en el abogado más seguro, que contribuyera a hacer justicia y acabase con los entuertos de este mundo injusto y feo.
    Me convertí en un animal jurídico, capaz de despedazar al adversario más feroz antes de empezar el proceso.
    Poco a poco me iba dando cuenta que el mundo no mejoraba con mi trabajo; que yo no era más feliz que al empezar mi carrera; y que no tenía la ilusión de los inicios.
    Sentía que mi legado no podía ser tan material y vacío.
    El cambio se produjo cuando mi mujer me obligó a atender a una madre refugiada con su bebé en brazos. Su mirada, tierna y dulce, me enseñó la locura quijotesca de luchar contra gigantes imposibles.
    Hoy solo atiendo, gratuitamente, casos humanitarios extremos y desesperados. Ahora soy feliz.

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  • Imagen de perfilCAUSAHABIENTE CAUSANTE

    Isidoro Sánchez Torres 

    Me enteré de la muerte de tía Charín por la carta de su abogado, citándome para la lectura del testamento. Siempre fue muy peliculera y mi tía favorita, aunque llevábamos tiempo sin hablarnos. No me perdonaba haber dejado la carrera de medicina para empezar veterinaria.

    Las caras de codicia de mis primos lo decían todo: ¿quién recibiría Le Rocher?

    La mansión para fulano; las acciones para mengana…

    —A mi díscolo sobrino Antonio le dejo a Louise, encomendándole que la trate mejor que a su tía.

    Mis primos rieron y me miraron condescendientes. Louise era una mastina enorme, de edad indefinida; la fiel compañera de Charín.

    Pero del diamante, nada.

    Estupor. Suspicacias. Susurros. Teléfonos.

    Años después también murió la dulce Louise y volví a saber del abogado y lo que llamó «legado animal sucesivo».

    Las leyes han cambiado —explicó entregándome una caja en la que brillaba un inmenso pedrusco violáceo.

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  • Imagen de perfilLA CONVENIENCIA DE TENER CLIENTES DISTINGUIDOS

    MANUEL MORENO BELLOSILLO 

    Al terminar la carrera monté mi propio despacho. Como los clientes no abundaban y el negocio decaía, busqué un nicho de mercado novedoso para especializarme: el derecho de los animales. La concepción de los animales como seres sensibles los dotaba de derechos y obligaciones y necesitaban que alguien les defendiera. Al empezar sólo me encomendaban casos modestos como desenjaular canarios cautivos o encerrar perros malos, hasta que un día llamó un tipo que pretendía adoptar a su mascota para dejarle un valioso legado y quería que yo me encargara del asunto. Lo cité en el despacho y apareció de la mano de un chimpancé con esa mirada dulce y lánguida propia de su especie. Hacían una extraña pareja, pues él llevaba un chándal y el chimpancé iba ridículamente disfrazado con un traje gris de tres piezas y un sombrero borsalino.
    —Esta es mi mascota. —Dijo el mono, descubriéndose la cabeza.

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  • Imagen de perfilLA EFICIENCIA ANTE TODO

    Ana María Abad García 

    Cuando decidí empezar mi nuevo negocio aún no tenía claro cuál iba a ser el animal elegido, pero rapidez y agilidad eran cualidades indispensables. Así pues, el poderoso elefante -mi tótem favorito- quedaba descartado, al igual que la simpática tortuga, el adorable erizo y la dulce abeja. Finalmente opté por la lagartija, que ha demostrado con creces su valía.
    Los inicios fueron duros pero un letrado con visión de futuro presentó el proyecto a la Administración y ahora tengo el monopolio de la mensajería entre los juzgados, la prisión y los diversos despachos de abogados de la ciudad, que recurren habitualmente a mis lagartijas correo, con la garantía de que si alguien trata de interceptar su misiva, la competente recadera no tendrá empacho en dejarle como legado su cola, prosiguiendo impertérrita su carrera para llevar a destino el mensaje, intacto y sin retrasos.

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  • Imagen de perfilEl mejor estudiante

    Diana García-Longoria López · Madrid 

    Cada mañana acudía a la facultad feliz, con su andar inconfundible y su dulce mirada. Dispuesto a cumplir con su obligación, tal y como le habían enseñado. La carrera de derecho no debía ser tan difícil, pues aquellos jóvenes que se cruzaba en los pasillos tampoco parecían muy espabilados. Los futuros abogados le miraban con admiración y le cedían el paso. Alguno incluso se atrevía a darle alguna palmadita, y a dedicarle innumerables cumplidos con un tono un tanto infantil que le dejaban perplejo. Pero él continuaba con paso firme hasta el aula sin detenerse. Se ponía en primera fila y al empezar la clase se tumbaba en el suelo a observar. Se sentía afortunado, pues ningún otro animal podía entrar allí y sabía que su dueño se convertiría en el mejor abogado del mundo gracias a él. Ese sería su legado.

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  • Imagen de perfilDaños morales

    Ignacio Hormigo de la Puerta 

    No los demando por los colmillos rotos ni por el calambrazo que casi acaba conmigo, sino por destrozar mis sueños. Yo solo quería alcanzar la gloria, transmitir un legado, que las generaciones venideras pronunciasen mi nombre con veneración, trascender los límites que acotan las aspiraciones de un simple animal. Antes de empezar la carrera, ya sabía que lograría algo épico. Cuando se abrió la compuerta mi cuerpo salió disparado, puro nervio, un latigazo de electricidad flotando a un palmo sobre la pista. La multitud gritaba enloquecida, su clamor era una dulce música en mis oídos. Paulatinamente, iba ganándole centímetros, ya casi la tenía. Finalmente, la alcancé, mi mandíbula se cerró sobre ella. Antes de perder el conocimiento por el shock, noté un sabor a metal y plástico, a liebre falsa, a quimera hecha añicos. La razón está de mi parte, tengo al mejor abogado, los haré pedazos en los tribunales.

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  • Imagen de perfilMi escritor favorito

    Giovani Mendoza 

    En mi larga carrera como abogado especialista en propiedad intelectual, nunca me había tocado un caso semejante.

    "Son mis historias", me dijo. "Es mi legado", enfatizó. No sabía por dónde empezar; la incertidumbre es un animal no precisamente dulce.
    Me habló luego de Pedro y Susana. "Pero así no fue la cosa, mi sobrino lo contó como no era", concluyó apesadumbrado. Luego me rogó que lo ayudara a hacer justicia.

    Preparar la demanda se ha tardado más de lo previsto por lo difícil que ha resultado colectar las pruebas. Aún no salgo de mi asombro: todos siempre creímos que el tío Celerino solo era uno más de sus personajes de ficción.

    Tampoco es poca cosa proceder en contra de mi escritor favorito...

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  • Imagen de perfilGUAU

    FRANCISCO JAVIER SÁNCHEZ MUÑOZ 

    Vislumbraba entonces que mis quince minutos de gloria estaban a punto de empezar. Abogado en el primer juicio hereditario en el que el demandante, mi cliente, era un perro. Un vivo e incansable Beagle contrariado porque su dueño, ese cutre y miserable Mr. Scrooge a quien facilitó a la carrera y con dulce porte, zapatillas y periódico por más de dos lustros, tan solo le había dejado la vieja caseta que -por cierto- ya tenía para sí como suya.
    Sorteé casi todos los problemas: que si la falta de litisconsorcio canino necesario por no haber demandado a toda la camada humana; que si el Juzgado competente era el de Zorita de los Canes; e incluso su altiva condescendencia por mi acento, acusadamente de Golden Retriever, que decía le causaba hilaridad.
    Finalmente, pleito perdido e impagados mis honorarios por tan racional animal, solo pude embargarle su legado.

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  • Imagen de perfilA confesión de parte…

    Carlos Enrique Ayala Gómez 

    El primer lugar en la escuela de leyes. Becario en universidad de la Liga de la Hiedra. Pasante en bufetes de la élite anglosajona.

    Una carrera excepcional y aunque siempre apunté a lo más alto no me imaginé jamás ser elegido para encaramarme al Olimpo y ejercer la defensa de una dulce ninfa.

    Se trataba de Eco, a quien su voz no le servía sino para repetir la última palabra ajena que oyese. Este había sido el injusto castigo impuesto por la diosa Hera en uno de sus habituales raptos de ira animal.

    Fue nada más empezar con mi exposición oral para advertir prontamente que persuadía al olímpico jurado. Para revertir la condena, apelé con éxito a todos los recursos jurídicos tanto del legado humano como del divino.

    Finalmente, el juez con voz grave interpeló a mi defendida:
    Se declara usted inocente o culpable.
    — Culpable, culpable, culpable: sentenció Eco.

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  • Imagen de perfilRevulsivos

    Gabriel Pérez Martínez 

    Siempre me dio pánico empezar algo nuevo, tomar la iniciativa. ¿Habría salido Mónica conmigo si le hubiera dicho lo que sentía? ¿Qué habría sucedido si hubiese rechazado la taberna familiar como legado? Yo amaba a la dulce Mónica. Deseaba ser escritor, pero me refugiaba en la comodidad del inmovilismo: comencé a servir mesas siendo niño y acepté la proposición de matrimonio de Nuria porque éramos amigos desde preescolar.
    Ahora soy padre de dos hijos: el pequeño es médico de una ONG en Guinea. El mayor es nuestro camarero, pero estudió la carrera de Derecho y no se atreve a ejercer.
    En el barrio somos famosos por el conejo al ajillo. Hace días cambié de animal. Cuando los vecinos vean que no hay gatos por la zona, me denunciarán y mi hijo deberá defenderme. Eso sí, haré lo posible por ir a prisión para conocer historias inspiradoras y escribir al fin.

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  • Imagen de perfilLa carta

    Ricardo Cantalapiedra Ortega 

    Llegó la carta de un juzgado. La leí. No entendí gran cosa. Mi única experiencia jurídica había sido con un legado testamentario años atrás. Como un animal perseguido, a la carrera, me puse a buscar abogados en internet. Elegí a una señora, que vivía cerca de mí. Me imaginaba ya con todo embargado. Empezar de nuevo en un lugar lejano, para evitar la burla de mis vecinos. Llegué al despacho con mi carta; ni siquiera pedí cita. Me dijeron que no era lo habitual, pero aún así me iban a atender. Por fin entré en el despacho de mi abogada y le mostré la carta. Me presenté y leyó el documento. De una forma dulce me comentó la situación. La carta era para otra persona y la habían metido en mi buzón por error. Yo no había leído bien el nombre. Menuda escena.

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  • Imagen de perfilHUIDAS

    LOLA SANABRIA GARCÍA 

    Hace calor. Ni una brisa ligera que mueva las ramas y traiga el olor del jazmín y el cardamomo, el del sudor del animal en la carrera. Pero el legado de mi pueblo pone alas en mis pies. Rememoro. Ella se mueve como gacela bajo el baobab. El ritmo lo lleva dentro. Echamos los malos espíritus entre danzas y besos.
    Ya estoy cerca. Lo conseguiré. Sobrevivir para empezar una nueva vida. Ese es el plan. Estudiar abogacía. Halima y Ajani. Los dos juntos para defender a nuestra gente. El dulce olor a sangre derramándose en la tierra se acerca. Él lucha por alcanzarme, aun herido. Yo por ponerme a salvo en nuestra aldea.

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  • Imagen de perfil¡EN SU HONOR!, TE LLAMAS MELQUÍADES

    Amparo Martínez Alonso 

    Como animal enjaulado, camina en todas las direcciones, sabiendo que es una carrera perdida, incluso antes de empezar. ¡Un esclavo no puede ir contra su señor! Se tapa la boca para ahogar el gemido que crece en su garganta al escuchar la conversación que el duque de Montemayor (el amo) mantiene con Adela, su hija casadera. Le comunica que, tras los esponsales, recibirá como legado al fiel esclavo, pero que se niega a concederle la mujer de este, ¡separándolos!

    El esclavo, echa a correr calle arriba. ¡Cuántas veces había leído aquel cartel, practicando las letras con la dulce Adela!: “Mel-quí-a-des-a-bo-ga-do”.

    Tras la extrañeza y dudas iniciales, el jurista accede a los ruegos del siervo. Aunque sus honorarios superan los escasos maravedíes que aquel “cliente” saca de su hatillo, Melquíades acepta defenderle…

    Y, así fue que nuestro antepasado pasó a la historia como el primer abogado en representar a un esclavo.

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  • Imagen de perfil¿QUIÉN LO VA A SABER?

    Anselmo Carrasco Merlo 

    —¿Quién lo va a saber, letrado? Lo maté como a un animal agonizante, no había más remedio que acabar con su sufrimiento.
    —¿Cuándo lo descubrió?
    —Hace tanto tiempo que ni me acuerdo. Estábamos en la etapa más dulce de nuestro matrimonio. Su traición acabó con mi vida… y con la suya. Esa pérfida me lo arrebató.
    —¿Se refiere a su amante?
    —Claro, ¿quién si no?
    —¿Qué hizo cuando les sorprendió en la cama?
    —La oscuridad obnubiló mi mente. Cuando desperté, encontré un cuchillo ensangrentado en mi mano y a mi marido boqueando como un besugo sanguinolento tumbado junto a su barragana muerta. El legado maldito que me dejaron es empezar a vivirlo todos los días.
    —Pero la policía no halló cadáver alguno entonces.
    —Oculté las pruebas, nunca les encontrarán. La carrera contrarreloj acaba. La prescripción está cerca y usted no puede delatarme, su código deontológico se lo impide.
    —Así es.

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  • Imagen de perfilMI DEFENDIDO

    Ángel Montoro Valverde 

    Le debía dos muertos a la justicia. Un banco, dos empleados intrépidos, tres días de abstinencia. Un robo con arma, dos balas certeras, tres niños sin madre. Hoy toca defender a este animal, como quien limpia una fosa séptica después de comer. Toca decir que su hogar nunca fue dulce. Ni hogar. Que su padre se fue antes de empezar a serlo, dejando un legado de resentimiento. Que mi-ma-má-me-mi-ma no era más que una lección de parvulitos y un deseo evanescente, pues ella solo dio los besos que cobraba en ese mercado de noche donde hizo carrera. Toca alegar que el día de autos buscó un caballo pero encontró un mono. Hoy toca, en la balanza, cargar de atenuantes el platillo de la clemencia, mientras las víctimas piensan que no tengo entrañas. Que nadie lo dude: haré lo que toca.

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  • Imagen de perfil¿UN ABOGADO EN HOGWARTS?

    Francisco Javier García Ballesteros 

    Me vi reflejado en el espejo del pasillo. Ataviado con mi toga, Hogwarts me esperaba y mi “yo” atravesó el cristal, abandonando el mundo “muggle”. Mi carrera mágica me revelaría dónde encontrar animales fantásticos, tendría el privilegio de saber dónde estaba escondido el legado maldito e incluso, a mi paso por aquel callejón siniestro, terminaría por saborear aquellas dulces ranas de chocolate saltarinas. A mi alrededor había más alumnos envueltos en sus togas. De repente, mi varita se convirtió en un bolígrafo, mi libro de conjuros mutó a maletín y algo me sacó del espejo: “Letrado, le estamos esperando. El juicio va a empezar…”.

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  • Imagen de perfilTOBI Y PACO

    JUAN ANTONIO TRILLO LÓPEZ 

    Realmente ya no me imagino mi vida sin Tobi. Es un pedazo de pan, dulce y cariñoso aunque a veces saca a relucir su lado más animal y hay que tenerle respeto. Últimamente lo noto demasiado excitado, tal vez esté en celo porque cuando salimos de paseo al parque, siempre me lleva a la carrera cerca de una perrita muy mona cuya dueña es una chica bastante guapa, por cierto.
    Su insistencia ha dado fruto pues Tobi y su nueva amiga parece que van a empezar una relación en serio. Ella es también abogada como él, aunque trabaja en el sector público. Todavía resuena en mis orejas su risa cuando le comentó que se llamaba Tobi y yo Paco. Lo de Tobías era un legado familiar, pero ¿a quién se le ocurre ponerle Paco a un perro? Solo a un tío rarito que se llame Tobi, seguro.

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  • Imagen de perfilSENCILLA CONFESIÓN

    Ruth González Poncela 

    —¿Entonces, reconoce el acusado los hechos que se le imputan?
    —Sí, señor juez, pero yo la quería.
    —Bueno… Si relata nuevamente lo sucedido la mañana del veintiuno de noviembre, tal vez podamos hallar alguna circunstancia atenuante…—solicitó el magistrado con tono dulce, como era su costumbre—. Puede empezar.
    —Pues verá, Señoría, la Merche salía todos los miércoles a las nueve de la mañana porque colaboraba con una ONG, de esas que ayudan a los inmigrantes sin papeles… Aunque no sé qué servicios prestaría allí porque no estudió ninguna carrera —respondió con llanto contenido.
    —Prosiga, por favor.
    —Ella siempre vestía a su manera, algo rara, pero a mí no me importaba. ¡Siempre estaba guapa! Aquel día se puso un abrigo de animal salvaje, legado de una tía abuela. Le dije que era algo exagerado. La muy chula me respondió: «antes muerta que sencilla, cari». Y… ¡Zas! la maté para complacerla.

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  • Imagen de perfilEl juez asesino

    KOLDO A. Etxabarri 

    Cuando escondía el cuerpo de mi esposa en una zanja del monte, me sentí un auténtico animal. Pero nadie iba a ensuciar mi brillante carrera, y nadie tenía derecho a poner en entredicho mi legado, así como mi más que probable ascenso en el escalafón judicial: ¿Qué pensarían mis compañeros si se enterasen de que me había dejado por un delincuente al que yo mismo había condenado? Al cumplir la pena de 15 años de prisión, aquel desalmado decidió empezar a cortejar a mi esposa con su dulce verborrea. El trabajo me tenía absorbido y descuidé mi relación de pareja, hasta que ella acabó cayendo en sus redes. Lo supe porque descubrí varios mensajes libidinosos en su teléfono móvil. El dueño de aquella línea de teléfono era el mismo al que yo había condenado años atrás por ahogar y esconder el cuerpo de su esposa en el monte San Cristóbal.

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  • Imagen de perfilTEMPONAUTA

    Manuel de la Peña Garrido 

    Mi tío abuelo, Alberto Wells, me dejó como legado una máquina del tiempo. Fue terminar la carrera y empezar a ejercer en el pasado con alegatos ultramodernos. Me entrometí en procesos remotos, preteridos por la Historia. Sostuve la preterintencionalidad de Caín: solo quiso corregir a su hermano, a lo Will Smith. Impugné la primogenitura de Jacob: abusó del hambre de Esaú y la ceguera de Isaac. Conseguí que cualquier animal pudiese subir al Arca: desde el desparejado caracol hasta el transespecie ornitorrinco. Incluso defendí a Adán y Eva por falta de tipicidad: lo prohibido era comerse el dulce fruto, no catarlo. Un día cometí la torpeza de viajar a épocas recientes. Ahora intervengo en un macrojuicio de la España finisecular. Pasados quince años, seguimos atascados en cuestiones preliminares. Creo que voy a trasladarme al futuro, aunque me temo que los ciberjueces, año 2050, aún no habrán abierto la fase probatoria.

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  • Imagen de perfilSalvar un pequeño mundo

    Lidia Ramallo Sánchez 

    Fue nombrado el Guardián del Legado por unanimidad. Aunque no había estudiado la carrera de derecho todos creían que era el más indicado. Las noches que pasaba en la biblioteca estudiando el código civil le otorgaban con creces el título de abogado. Por desgracia su mandato no estaba siendo tan dulce como esperaba. Los gigantes de la construcción amenazaban con destruir sus hogares. Ahora tocaba demostrar su valía. La comunidad, guiada por su instinto animal, quería emigrar a otro lugar, empezar de nuevo. Él intentaba convencerla para luchar y preservar sus raíces, siempre guiado por la ley. Se oyeron unos fuertes pasos acercándose. Luego unos golpes en la puerta. Cuando la abrió se encontró con unos grandes ojos observándolo. "Tranquilo, quiero ayudaros. Yo también soy abogado". Había llegado la hora de negociar, así que el ratón salió de su agujero.

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  • Imagen de perfilSOPA DE GANSO

    Esteban Torres Sagra 

    Cada magistrado igual: “¡que no se puede fumar, señor letrado!”, y yo: “¡que ya lo sé, que está apagado, señoría, pero que, si no le importa, el puro forma parte de mi idiosincrasia!”. Y que las cejas pobladas y el mostacho son naturales, legado o condena de mi abuelo, y que las gafas me las compré al empezar la carrera.
    Cuando puedo introduzco la frase “la parte contratante de la primera parte…” mientras paseo de un lado al otro de la sala ligeramente encorvado y con las manos en la espalda.
    El jurado está más pendiente de mi puesta en escena que de mis argumentos: la mayoría de las veces despierto su ternura animal y se ponen inconscientemente de mi lado. La culminación de mi defensa llega cuando mi compañero, para protestar, con sus guedejas pelirrojas, su mirada dulce y poniendo cara de idiota, hace sonar una bocina.

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  • Imagen de perfilKILÓMETROS DE ILUSIÓN

    ÁNGEL SAIZ MORA 

    No se me ocurre mejor actividad ni compañía este domingo por la mañana
    Mi padre sonríe. Le gusta que estemos juntos. Sus ojos brillan, igual que cuando recorría incansable las calles para entregar el correo. Le gustaba hacer feliz a la gente como mensajero de buenas noticias, ser útil también cuando eran peores.
    Gracias a él pude formarme. Desde mi bufete ofrezco asistencia legal a desfavorecidos. El ejemplo vital paterno me impulsa, un legado generoso y entusiasta que intento transmitir a mi hijo, con independencia de cómo llegue a ganarse la vida.
    La carrera está a punto de empezar. Es un momento dulce. Los beneficios son para los refugiados de una guerra que inició alguien sin escrúpulos, con el peor instinto animal.
    Las manos del niño y las mías empujan su silla de ruedas por turnos. No importa el orden de llegada. Todos ganamos.

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  • Imagen de perfilOjo por ojo

    ANA ISABEL SARASATE SARASATE 

    Empezar, empezar, la historia no empezó con muy buen pie. Julián había recibido el legado envenenado de aquel tío lejano con el que nunca había tenido trato y el asunto iba a tener más trascendencia de la que él hubiera deseado. En la notaría, su hermano Juan se puso como un animal al enterarse que la casa no iba a ser para él, como esperaba. Él le habría podido decir que se la donaba encantado, no era más que un caserón necesitado de multitud de reformas, pero no tuvo oportunidad y Juan, desde ese momento, inició una carrera desenfrenada con un claro objetivo, obtener una dulce venganza que se inició con aquella cita con su cuñada Marisol mientras Julián la llamaba infructuosamente.

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  • Imagen de perfilA una carta

    Mikel Aboitiz 

    Marina lo es todo. Atiende el teléfono, coordina las agendas del bufete, resuelve asuntos a la carrera, aguanta el malhumor del animal del jefe al empezar los lunes y siempre me dedica una sonrisa dulce. Marina es un tanto menuda y eso, con su discreción y ligereza, la hace casi invisible para los demás. Pero no para mí. Nunca pierde la compostura ni levanta la voz. Su experiencia vale un potosí, tanto como su mirada azul y miope enquistada en sus quehaceres. Cuando la miro, no desgasto la tapicería de la silla, levito. Mi antecesor me dejó a mí —apocado solterón impenitente—, un legado de divorcios pendientes. Pero hoy, ¡qué nervios!, en lugar de coser parches jurídicos a fracasos, buscaré mi suerte: voy a dictar a Marina la mejor carta de mi vida y les aseguro que no llevará el membrete del despacho. Espero su voto de confianza.

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  • Imagen de perfilTribunal de la Haya

    Fernando Beamud 

    El timbre del teléfono rasgó la noche, despertando a la gata. Me levanté medio sonámbulo y escuché; mientras acariciaba al animal, en un gesto automático.

    —Nos ha llamado Vladimir al bufete, esta tarde a última hora. Quiere que lo defiendas en el Tribunal de la Haya por crímenes de guerra.
    —Dice que te conoció en Marbella y que se sorprendió agradablemente con tus comentarios y tu charla inteligente, en no sé que fiesta en la que coincidisteis los dos.

    Me quedé sin palabras. ¡Menudo dulce para empezar el día!
    —Di algo. Sería el caso de ti vida, lo mejor para tu carrera. Máxima notoriedad, prensa a tope. Un legado para tus próximas generaciones.
    Y no dije nada.
    Mi mujer me estaba zarandeando de forma inmisericorde pues estaba profundamente dormido y chillando, sin parar, ¡no quiero, no quiero!.

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  • Imagen de perfilEl mejor amigo

    Sergio Capitán Herraiz 

    Cuando me llamaron para participar en la redacción de la nueva ley de Bienestar Animal, no dudé ni un segundo.
    Miré todas las fotos de mi despacho: nuestra boda, el nacimiento de Claudia, la familia que crece…
    Me detuve largo tiempo contemplando aquella en la que aparecía la llegada a casa de nuestra mascota.
    No está siendo fácil. El Anteproyecto de Ley, en fase de trámite de información pública, ha levantado ampollas entre los cazadores, sobre todo los que lo hacen con perros. También el hecho de que los hurones pasen a ser considerados animales de compañía. Al menos hay consenso en que las multas por maltrato o abandono tienen que ser ejemplares.
    A punto de jubilarme y después de tantos años de carrera profesional, por fin puedo empezar a corresponder al que fuera mi mejor amigo.
    Ese y no otro es el legado que dejó Dulce, nuestro hurón.

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  • Imagen de perfilJusticia poética

    Marta Trutxuelo García 

    Esperaba tiritando bajo la marquesina. El coche estropeado, mi nariz congestionada, el caso del juzgado, complicado. Aquella semana no podía empezar peor. ¿O sí? Un trueno y un relámpago acompañaron la llegada de aquella mujer. Con una dulce sonrisa me dijo que se alegraba de verme, mientras me abrazaba efusivamente. Yo intentaba zafarme de semejantes atenciones y con la providencial llegada del autobús, ella huyó a la carrera como un animal despavorido. Me senté y al revisar la hora comprobé que mi reloj había sido víctima del abrazo desmedido. Aflojé la corbata manoseada y suspiré aliviado: ahí estaba mi cadena de oro, legado de mi padre.
    Un mensaje al móvil me anunció que debía teletrabajar; había varios casos de COVID en el bufete.
    Mientras esperaba, tosiendo, el resultado de la prueba de antígenos, no pude evitar sonreír maliciosamente deseando que aquella mujer hubiera llevado consigo algo más que mi reloj.

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  • Imagen de perfilSEÑALES

    Ana Isabel Rodríguez Vázquez 

    Mi marido es hombre de pocas palabras; así que, para entender que le ocurre, he aprendido a interpretar las señales.
    Cuando trabaja en un caso difícil, pasea por el salón como un animal enjaulado. Si antes de empezar un juicio disfruta de sus dulces favoritos, está celebrando la victoria con antelación. Y si comenta que el mejor legado para nuestros hijos es una buena carrera y un mundo más seguro, significa que algún abusador de menores ha acabado entre rejas.
    Hoy llamó desde el juzgado para decirme que habían condenado a su cliente. Todo indicaba que quedaría en libertad, hasta que encontraron el arma del crimen enterrada en el jardín.
    Al llegar a casa, me sorprendió la tranquilidad con que aceptaba la derrota, y los restos de tierra que había bajo sus uñas.

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  • Imagen de perfilGenética

    José Luis Barros Justo 

    Para empezar, no entendía por qué aquel recluso, con amplia carrera criminal, había solicitado una entrevista con él, un abogado laboralista, joven e inexperto. Lo miró a través del grueso cristal, estudiándolo, antes de levantar el teléfono y hacerle señas para que hiciese lo propio. Parecía un animal acorralado y nervioso. Aun así, le relató con calma, concienzudamente, todos sus crímenes, y las sensaciones, dulces y relajantes, que cada cuchillada produjeron en su juvenil psique. Terminó informándole que moriría pronto, y que quería ver su cara por primera y última vez. No dijo nada más, se levantó y regresó a su celda.
    Al abandonar el penal fue consciente de un ligero malestar en la boca del estómago, y sospechó que un legado no deseado corría por sus venas.

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  • Imagen de perfilPALABRAS AL VUELO

    Javier Pérez-Manglano Santa Cruz 

    El animal habló con voz ronca.

    —¿Lo ve? —me dijo la nieta con voz dulce y una brillante sonrisa—. Está clarísimo, ¿no?

    Miré el manchurrón de café con el que se había emborronado el nombre del legatario en el testamento. Mi primer ológrafo: escrito con una preciosa caligrafía, pero falto de una pieza clave, un nombre. La nieta insistió en que su abuela quería con locura a ese novio suyo que había conocido en el ambulatorio. Sus primos darían guerra, pero esa gran suma de dinero se la habría querido dejar a él y a nadie más.

    Admiré el plumaje verde de la criatura, que asentía rítmicamente como para dar la razón a la nieta.

    ¿Por dónde empezar? Esto no lo enseñan en la carrera, pensé. Acreditar un legado con las palabras de un loro que solo repite frases de la difunta. Menos mal que me gustan los retos.

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  • Imagen de perfilMEJOR BURLARSE

    Enrique Ramos Bujalance 

    "Priviat Real Estate continuó su desenfrenada carrera inmobiliaria con un nuevo pelotazo. Obtuvo una pre-licencia del Ayuntamiento y con ella decidió empezar un nuevo proyecto en la misma linde del Parque Nacional.

    En el pueblo contiguo, el abogado Bermúdez se sacudió su dulce modorra de prejubilado y acordó dejar a su hijo como legado la iniciativa quijotesca de lucha judicial contra la constructora. Tenía en su humilde casa un repertorio animal que le entretenía: el perro Rope, el gato Tac y un pájaro asombrosamente adiestrado que era su preferido.

    Como demandante se presentó el día de la vista oral con un bulto cubierto por una tela opaca. Serán libros, pensó su señoría.

    --Con la venia.

    Fueron sus primeras y únicas palabras. Retiró la tela y el loro Marcelo se encaramó a lo alto de la jaula y desde allí inició la exposición con su voz aguda y metálica."

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  • Imagen de perfilAntílope

    Carolina Navarro Diestre 

    Más épica que la batalla de las Termópilas, una gesta superior a la de Covadonga, acontece la labor diaria de los abogados laboralistas. Pocos son los que eligen esta rama al finalizar la carrera, atraídos por la gloria del derecho penal o el dulce arrullo del mercantil. ¿Quién querría empezar su día con un despido improcedente? ¿A quién le gustaría desayunarse cada mañana con un caso de acoso laboral? Él querría, Cipriano Castresana, los ojos emboscados tras unas gafas para ver de cerca. Lleva más de dos décadas negociando indemnizaciones por accidentes de trabajo, reclamando incapacidades, denunciando ERTEs. Sabe que frente a él hay un monstruo terrible, esa boca hambrienta y pantagruélica de las grandes empresas, pero no se arredra ante ellas. Con el legado de su carpeta sindical, se mueve como un animal arrogante en la selva de los juzgados.

    Cipriano sabe, a veces el antílope vence al león.

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  • Imagen de perfilQUINIENTAS CINCUENTA Y SEIS

    MANUEL MONEDERO GUTIERREZ 

    No hubo forma de doblegar las armas biológicas de Putin. El legado tras la tercera guerra mundial resulta desolador. Agazapados como animales malvivimos bajo los túneles del metro. Los hurtos y las trifulcas son parte del día a día en la triste carrera por la supervivencia.

    Promuevo un censo de supervivientes que nos lleva semanas de trabajo. Quinientas cincuenta y seis almas... desvalidas, recelosas y con la moral por los suelos. Tras el censo, creamos un grupo que denominamos “comité de la esperanza”. De entre ellos, solo yo soy abogado.

    Redactamos unas normas de convivencia obligatorias que difundimos como buenamente podemos. Me designan juez del nuevo tribunal único para dirimir controversias. Sentencias en vista oral que serán irrecurribles.

    Primer caso resuelto. La reyerta por la lata de sardinas se resuelve con un perdón y un dulce abrazo que se entremezcla con lágrimas de desesperación. Volver a empezar.

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  • Imagen de perfilEl legado

    Ivan Humanes Bespín 

    Al empezar la carrera compré todos los libros de derecho que habían editado. Se acumulaban por toda la casa y ocupaban sofás, armarios, rincones. Fue un periodo dulce; ninguna publicación se me escapaba y las notas eran la prueba de mi exigencia. Y el estudio es un legado heredado. Mi padre decía que nuestros antepasados aportaron análisis extraordinarios a la doctrina, que algunos fueron bibliotecarios en Florencia. La razón es lo que nos diferencia del animal, ¿no? Tengo tiempo para pensar en ello y sentirme orgulloso de lo logrado. Me colegié hace unos meses. Todas las vistas que hago son telemáticas, eso sí. Qué remedio, me digo. Me alimento de papel. A veces me pierdo en el laberinto construido con las pilas de volúmenes. Si algún día derribo ese muro de libros y tengo la suerte que detrás está la puerta de casa, las haré presenciales

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  • Imagen de perfilEl juego

    JUAN PEDRO AGÜERA ORTEGA 

    Disfruto compartiendo mi legado con las jóvenes pasantes de mi bufete. Recién salidas de la carrera, pululan por la oficina como un animal asustado. A primera vista parecen tímidas, pero no me engañan: ávidas de triunfo, sueñan con grandes casos y están dispuestas a todo para conseguir el éxito. ¡Bien lo sé yo!
    El juego suele comenzar con una dulce mezcla de miradas y sonrisas, una predisposición infinita y unas ganas de agradar que atraviesan la cristalera de mi despacho. Después, se hacen las encontradizas, hasta que escojo una para que me asista en un caso. Le exijo lo indecible, la exprimo hasta el ensañamiento y, cuando el juicio se acerca, la invito a cenar.
    Durante la velada, su intento de seducción me divierte, hasta que la incauta comprende que su jefa solo la estaba poniendo a prueba, que los atajos solo desaprovechan oportunidades... y el juego vuelve a empezar.

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  • Imagen de perfilA quién le importa

    Laura Sotelo 

    Desde que abandoné el bufete soy la mujer más feliz del mundo. Aunque mi legado paterno incluye la carrera de derecho y un puesto seguro en Ordóñez Abogados, el mundo de las leyes no era lo mío.
    Ahora, para vergüenza familiar, soy música callejera. Lo mismo canto una dulce balada, que me convierto en una prodigio del género dramático e interpreto una ópera.
    La gente se para a escucharme, y aunque acabo de empezar en este mundillo, ya tengo mi público. Los únicos que no me entienden son mis viejos colegas de profesión. Ellos pasan a mi lado con sus trajes impolutos y me miran como a una apestada. Alguno incluso sonríe de forma burlona o me suelta un improperio. Entonces me sale el animal rebelde que llevo dentro, y elevo el tono con aquel: "A quién le importa lo que yo haga..."

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