Mikel Aboitiz

Microrrelatos publicados

  • Quijotescos, inconfesos

    Herbert Stein, el abogado que ingresó en el bufete directo desde Berlín, sabía leer en los ojos de sus clientes, cantar en las fiestas navideñas «O Tannenbaum» a voz en cuello y formalizar difíciles acuerdos inter partes. En tanto que experto mercantilista, era innovador e imbatible. Sin embargo, en su vida privada, como él mismo me revelaba tras un par de copas de vino, le faltaba el valor para dirigirse a Laura G. con «fines extrajudiciales». «Me falla hasta la idioma», se lamentaba, recordando sus fracasados acercamientos a su exuberante Dulcinea, la mejor penalista del despacho.
    En la primavera de 2016 Herbert no aguantó el mal de amores y nos dejó por un bufete andorrano. Laura G. nunca se enteró de nada y yo seguí de pleito en pleito, trabajando de claro en claro y penando de turbio en turbio por la sinrazón de mi torpe falta de valor extrajudicial.

    | Septiembre 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 3

  • Frío

    Un año atrás, el matrimonio de abogados comenzó a gestionar los casos del bufete febrilmente, sin pausa. Al despacho del fondo le crecieron tentáculos: los dosieres se esparcían por la mesa del comedor; en la cocina fotocopias y resguardos empapelaban el frigorífico; una edición atrasada del Código Civil reinaba en el baño sobre un trono de papel higiénico. Buscaban la plancha entre archivadores y rescataban el tubo dentífrico de la caja del correo.
    Era invierno cuando, recostados cara a la chimenea, ella miró hacia el almanaque enarcando una ceja y él, cómplice, la siguió hasta la única habitación intacta, libre de trabajo, la cara amable de la casa. A la de tres empujaron la puerta. Contemplaron los pósteres de Walt Disney, el escritorio escolar polvoriento y salieron huyendo abrazados hasta la chimenea. Allí quemaron un tomo de Derecho Sucesorio casi sin estrenar y retomaron el trabajo con mayor ahínco.

    | Septiembre 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 12

  • Pinocho

    En medio de la calle comercial, un hombre perfectamente trajeado vocifera delante de una hucha con tres letras rojas (AVR): «Dios escribe en su teclado celestial con renglones torcidos. Si no es así, ¿cómo explicar tanta mentira en el mundo? Se acabó el debatir; comemos ideas precocinadas, ¡tragamos sin masticar falsedades!¡¡Realice su donación anual a Abogados de la Verdad Revelada!!». La boca de metro expulsa a cientos de pasajeros con síntomas de estrés. Pasan junto al tipo, casi patean la hucha, se dispersan por los comercios, ganan el cruce regido por los semáforos y el peón de la Verdad Revelada se apunta a lo sumo unas sonrisas piadosas. Mi hija me aprieta la mano y pregunta: «¿Papá, este señor trabaja contigo en el “pufete”?» y yo, que apenas sé mentir, me noto crecer la nariz: «No, hija, no». Y es que, si hay renglones, estos están bien retorcidos.

    | Agosto 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 6

  • El todo y las partes

    Apreciado señor Domínguez:

    Con arreglo a derecho no puede adquirir la nacionalidad alemana, por muy made in Germany que sea su recién implantado corazón artificial. Una transformación quirúrgica del calibre de la sufrida por usted, por muy eficiente que sea, no justifica ni su deseo ni un desafío al sentido común, estimado Domínguez. No se líe con averiguaciones obsesivas ni con el derecho europeo. Déjelo estar. Coincido con el insigne matemático Pascal en que «El corazón tiene razones que la razón ignora», sin embargo, en tanto que abogado y movido por circunstancias familiares ajenas al caso, he de incidir en mi consejo: olvide el asunto, se trata de una vía muerta.

    Reciba un cordial saludo de su asesor legal,

    Dr. Dagmar Frankenstein

    P.D.: En cuanto a su prótesis de cadera made in Japan, le remito a los anuncios de prensa escrita donde hallará sugerentes y variados cursillos de ikebana.

    | Abril 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 4

  • De ultratumba

    ¿Cómo conciliar ante la comunidad su profesión de abogado con la de médium y cambiar de actividad como de camisa para pasar del terrenal mundo articulado en leyes a las esferas de los desaparecidos? Fácil para Eduardo Alvires. En su consultorio, un discreto limbo entre ambos mundos sito en la Calle de los Vientos junto al Tribunal de Justicia, asesora a colegas en pleitos sobre libertades, derecho europeo o cuestiones penales en línea directa con Tocqueville, Montesquieu o Hans Kelsen. Su voz, al reproducir las inflexiones del propio Cicerón, insufla coraje a clientes desanimados.
    Una vez enterado de un caso, Alvires desaparece por la escalera del sótano para regresar de las profundidades con sabios consejos de los espíritus, ojos inflamados y un leve temblor de manos. La fe de los parroquianos en sus poderes es inmensa. Tanto como la biblioteca jurídica que esconde en los bajos del consultorio.

    | Febrero 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 11

  • Homenaje

    Desmayarse, imponerse, estar alerta. Acudir notando el escalofriante contacto de la toga. Ser valiente en el alegato, interrogar al acusado. Apoyarse en los peritos. Disfrutar del trabajo bien hecho sin confundirlo con la bolsa. Sustentar tesis arrullado por la loción balsámica de la lectura de pruebas documentales. Entrelazar los dedos y escuchar los alegatos. Reaccionar, refutar, rabiar. Ser un rey apuntalando la propia posición. Sentir hundirse el suelo bajo los pies de la contraparte. Ver entreabrirse los infiernos. Volar alto, apelar a la justicia. Albergar un mundo en el pecho. Notar el corazón ahogándose encabritado, pidiendo oír las tres palabras postreras: «Visto para sentencia».
    Esto es una primera vista oral, quien lo probó, lo sabe.

    | Enero 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 7

  • Gracias

    No le engaño: en el internado del bachillerato se respetaba la ley. La ley del más fuerte. Y yo era débil. Pero cuando me llegaba el agua al cuello, aparecía Betanzos, mi defensor frente a la tortura del colegio. Betanzos era una montaña implacable, de movimientos lentos, capaz de enfrentarse a cualquiera en las duchas y cerrar un pleito de dos puñetazos. Él olía mis problemas. Dejaba la bandeja a un lado y citaba con una seña al fulano de turno en los servicios. Volvía al comedor hambriento y se sentaba asintiendo hacia mí con su cabeza poderosa. Eso equivalía a declarar que alguien en los baños pasaría del postre. Muy extraño; no hablábamos, no éramos amigos, jamás supe por qué me ayudaba. Después de años, volví a toparme con él. No me reconoció ni por el nombre. Luego creería que olvidé pasarle la minuta tras su juicio por lesiones.

    | Julio 2018
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 18

  • Nuevos tiempos para historias eternas

    Tengo fama de abogado puntilloso. Es porque busco definir los deseos con claridad, sin dejar nada al aire. Mis propuestas son exactas, no chácharas de sobremesa. No soy un trapecista de circo. Trabajo sin red. Sé lo que está en juego. Mi propósito no es inmiscuirme en su vida privada, sino recabar informaciones sin parecer sospechoso con mis preguntas. Sepa que no lo sé todo. Tan solo soy un intermediario. Me dice que ansía poder, elevarse por encima de los demás. Liderar, arrastrar masas. Que las mujeres se rindan a sus pies. Que el tiempo tiña sus sienes del blanco de la sabiduría. Pero que la vejez no le haga mella. Y vivir, vivir mucho. Lo entiendo. Por eso le pido su firma. Aquí, sí. En la tableta. Use este bolígrafo digital. Son otros tiempos. Allá abajo también lo saben. No ha de ser con sangre. Gracias por su confianza.

    | Enero 2018
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 16

  • Blanco y en botella

    A la primera oportunidad, y sin género de dudas, el empresario López, haciendo gala de un refinado estilo olímpico, se salta la barrera de la legalidad al difamar en público a su rival, el comerciante Estrada. Alarmado, Torres, segundo socio de López, recurre como mediador a Ríos, tercera pata de la firma, quien, incapaz de conciliar ambos bandos, recomienda a Arranz, oscuro personaje, especialista a partes iguales en terapias de pareja y vudú haitiano. A su vez, la secretaria Díaz, cuenta a su novio Octavio todo este desbarre. Octavio, ortopeda y gran aficionado a los crucigramas, la escucha atento, anotando metódico en cada línea de un cuadernillo todos los nombres, el suyo incluído (López, Estrada, Torres, Ríos, Arranz, Díaz, Octavio) uno bajo el otro. Cuando acaba, se palmea las piernas triunfal, exclamando: «¡Increíble, justo lo que necesitáis tenía que aparecer aquí! Es de sentido común. Lee el acróstico vertical».

    | Octubre 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 31

  • Juicio interior

    El abogado defiende. El fiscal ha de investigar. En la arena de los juzgados se fija la sinuosa linde de la legalidad, esa frontera que cruzo sin papeles.

    Soy uno y muchos a la vez. Existo dentro de todos. Corro por sus venas y no siempre termino en los juzgados. Porque también soy lo cotidiano: una mirada envenenada, el no agarrar la mano del que cae, la mentira vestida de piedad. Si bien, en ocasiones me pongo de domingo y me tomo alguna licencia: desfalco un banco o acaricio con demasiada fuerza el cuello de una amante. Me juzgan simultáneamente en Londres, Berlín y Madrid. Todos me quieren entre rejas, cuando habito en ellos mismos, escondido en prisiones de carne y hueso.

    Los abogados defienden. Los míos no cobran honorarios. Los fiscales investigan. Los míos cuentan ovejas por las noches y, como vampiros, rehúyen los espejos.

    | Junio 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 13

  • Abogapoly

    Daba gusto ver al muchacho, veloz como un ratón de pradera, moviendo ávido su ficha por las calles del abogapoly. Resultaba terco como un burro en su afán de recurrir cuando sus contrincantes lanzaban el dado fuera del espacio legalmente estipulado. También se mostraba preciso como un estudio de ADN al solventar desajustes en sus minutas en abogadeuros. Si al robar de las cartas del centro le llovían querellas que, como una peligrosa pandemia, ponían en peligro su mundo de cuatro bandas (Códigos Civil y de Comercio, Estatuto de trabajadores y Constitución), daba un meneo al cubilete y evitaba la cárcel con hábil maniobra. Y si le preguntabas qué quería ser de mayor, no dudaba. Lo paraba todo. Te miraba fijamente a los ojos conteniendo el aliento y gritaba algo así como: «¡Compro título preliminar de la Constitución! ¡Te toca!» Y vuelta a correr los dados: Allí estaba la respuesta.

    | Mayo 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 1

  • Modestos entre gigantes

    Aquel mentecato de Iriarte achicaba los ojos enojado, contraía su boca conejil y arrugaba la nariz como asqueado por un olor repugnante exudado con premura por su cerebro al alumbrar el menor atisbo de acudir a la vía conciliadora. Acto seguido espetaba a sus enemigos que pronto tendrían noticias de sus abogados. Contaba con un ejército de juristas para litigar por lo civil o penal. Y siempre ganaban. El paso correlativo de sus víctimas tras un enfado de Iriarte era esperar aferrándose a algún argumentario legal en que cimentar sus intereses, pero lo cierto es que Iriarte —por mano de sus sicarios colegiados— aplastaba a todos en la lona de los tribunales. Hasta que se topó con la horma de su zapato: Iturriarte. Desde entonces pleitean entre ellos, mientras los demás letrados nos ganamos los garbanzos contemplando su batalla legal desde la barrera, apuntándonos honrosas faenas de igual a igual.

    | Abril 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 2

  • Mariano, Alberto y el sexo de los pollos

    En el cole del pueblo nos confundían. Alberto y Mariano. Mariano y Alberto. Hasta que él (Mariano) se mudó a la ciudad y quedamos sin poder retomar el contacto. No había correo electrónico y la tarifa telefónica era… Bueno, ¡que quisimos perdernos la pista! No nos queríamos demasiado. Pero hace cosa de un año la vida demostró estar sazonada con la especia de la sorpresa pues yo, literato de afición, hallé su foto en el periódico bajo el titular: «Abogado penalista gana VIII concurso literario de microrrelatos "diferencias mínimas"». Comparé nuestras ropas de trabajo, su elegante traje tres piezas con corbata frente a mi peto y mascarilla de sexador de pollos de un parecido asombroso a Mariano, excelso miembro del Colegio de Abogados de Madrid, ganador del certamen. No le envidio el tres piezas ni la carrera jurídica, pero nunca le perdonaré que ganara con su microrrelato «Mi doble odiado».

    | Septiembre 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 34

  • Abogado sabueso

    El becario no ha necesitado la llave del despacho. Sobre la mesa su objetivo: la carpeta roja con el caso de su tío, el empresario. No va a tirar la toalla, nadie le va a pillar robando datos del bufete. Traga saliva; la nuez un subibaja en el cuello. En la pausa del mediodía el silencio devora el sol que entra por el ventanal espejeando en la pantalla del móvil, listo para fotografiar. Su tío sabrá ser muy generoso. La carpeta, pegajosa entre las manos sudadas, le arde; el fax ruge y él pega un respingo. Una foto con los datos y todo será un incidente a olvidar. Huele a tortilla de patata, la que el abogado Lara estará comiendo abajo, mientras él acaricia indeciso las gomas de la carpeta. Por fin la abre. Dentro solo una nota: «Ni me chupo el dedo ni vuelvas mañana. Saludos a tu tío».

    | Agosto 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 8

  • Sino

    En las noches en que la luna menguante luce como una rebanada fresca de melón, pasan por casa de Adelaida el jurista, el médico, algún torerillo desconfiado y todo aquel dispuesto a dejarse adivinar el futuro. Directa, sin ningún rodeo, Adelaida consulta los astros, lee las leyes del destino en su bola de cristal y aboga por sus clientes para que la desdicha sea esquiva. Pero su verdadera especialidad es inquirir a los hados por la resolución de pleitos administrativos. Adelaida escruta en su tarot los designios de la Ley Reguladora de la Jurisdicción Contencioso Administrativa, los recursos oportunos, los plazos y, hasta la corbata o falda adecuada del abogado para enderezar el destino. Muchos la veneran, otros la temen y vilipendian, pero cuando canta el gallo de la aurora, Adelaida recoge su baraja y se tiende a dormir plácidamente, mientras un nuevo día comienza en la Administración de Justicia.

    | Julio 2015
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 8

  • Maneki Neko

    Según el testimonio de mi mandante, el señor Chin Oig, la policía aduanera acababa de romper su sueño de ganar dinero en un futuro inmediato al desbaratar su plan de importar quince mil gatos chinos de la suerte. «Levantaban blazo delecho y elan dolados“ repetía Ching Oig lloroso.“ Eso tlae suelte pala negocios y mile, ahola todo decomiso». La fiscalía entendía a su vez que esa suerte se dejaba acompañar en forma de droga oculta en los gatos a pilas. No fue fácil sacar a Ching Oig del apuro, de aquel mayúsculo malentendido. Aprendí del caso que las apariencias engañan: los gatos chinos en realidad no son de origen chino y mi cliente era más inocente que el corderito del anuncio de suavizante. Y es que esos gatos se llaman Maneki Neko y son tan japoneses como honrado era el bueno de mi cliente.

    | Febrero 2015
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 6