VII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Imagen de perfilPor amor

Cristina Jover Acosta 

Mi testimonio fue clave para condenarle. Casi más decisivo que el decomiso de 50 kilos de hachís que un año antes hizo la Policía Nacional en su propio apartamento. Mi abogado me dejó claro que no estaba obligada a declarar. Sin embargo, no me costó tomar la decisión. Hacía tiempo que los sueños de futuro se habían desvanecido, y, con ellos, los planes que tenía para él. Lejos quedaba esa época en la que me llamaba mamá. Al menos ahora sabría dónde estaba. Quizá sea egoísta, pero hacía años que no dormía tan tranquila.

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El más votado por la comunidad

Imagen de perfilAves salvajes

Cristina García · Tarragona 

Tras el juicio regresé al despacho. Deposité la documentación sobre mi mesa, recordé cómo una sonrisa de satisfacción mal disimulada se dibujó en mi rostro cuando el juez leyó la sentencia. Lograr que aquel testimonio declarase había sido mi plan más hábil. Abrí las ventanas de par en par observando una vez más el inconmensurable horizonte. Sabía que esta vez no se trataba de una recompensa económica. Fugazmente recordé a aquel joven ávido de aprender derecho para lograr su sueño. Hacer del mundo un lugar más justo en el futuro. Con los años, creía haberlo olvidado. El decomiso y liberación de más de 400 aves salvajes y el cierre de aquellas instalaciones era un éxito. El viento comenzó a soplar más fuerte, y de repente las hojas de aquel expediente volaron confusas por la ventana como si de pájaros se tratase. No intenté retenerlas. Habían ganado. Hoy eran libres.

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilLAS HORAS ROBADAS

    Julia A. García Navarro 

    Mamá llegó a casa con unos autos bajo el brazo. Me dijo que esa noche robaría horas al sueño para asegurar mi futuro y yo contesté que no quería futuro si ella no estaba para jugar conmigo.
    Suspiró y se sentó a estudiar su caso, mientras yo terminaba deberes. Percibí algo distinto esa vez; mamá tenía miedo a perder.
    Al día siguiente me dijo que tenía un plan; iríamos juntas al juicio.
    Llegamos a la sala y me abandonó en el primer banco.
    Presencié su lucha sin cuartel contra el demoledor testimonio de un testigo, su derrota contra las pruebas irrefutables de un decomiso y también su gloriosa batalla final frente al Fiscal.
    Mi madre perdió, pero yo comprendí quien era ella: mi mamá era la guerrera del traje negro y también la amazona valiente que luchaba con palabras inventadas en mis horas robadas.
    Mamá era mi héroe.

     
  • Imagen de perfilRENACIMIENTO

    SARA DIEZ GOMEZ 

    Un futuro brillante se abre ante mí. Todo ha ido ocurriendo según un plan milimétricamente elaborado hace exactamente 10 años 6 meses y cinco días. El esfuerzo ha merecido la pena. Nunca un sueño había sido tan real. He hecho cosas de las que me arrepentiré siempre, si bien he pagado por ellas con creces. Y la vida me ha dado otra oportunidad. Desde el estrado saboreo el testimonio de mi primer cliente. Sinceramente, creo en su inocencia. He conocido muchos culpables y él no lo es. Si le condenan, el decomiso de sus bienes será inevitable y dejará en la ruina a su familia. Para evitarlo estoy yo aquí. Me llamo Simón y fui presidiario. Ahora soy abogado. Al fondo de la sala, los ojos de mi madre brillan por primera vez en 10 años 6 meses y cinco días.

     
  • Imagen de perfilLa sombra de Maquiavelo

    Ana Díaz-Castellanos Piquero 

    Sin llegar a ser un jurista de reconocido prestigio, como abogado con una dilatada carrera sabía que en aquella situación se procedería al decomiso de los bienes de mi cliente.

    Mi cliente, Roberto, era un soñador, un tipo con autoconfianza que había diseñado plan, en el que la avaricia le había llevado demasiado lejos.

    Su mente le convenció que conseguiría involucrar a distintas personas en aquella trama que culminaría en la realización de su sueño. “Esa fantasía, esa alteración de la realidad me evadiría de mi mediocridad y diseñaría mi futuro”. El fin justificaba los medios.

    El juicio oral se celebró entre una gran presión mediática. En todos los años de carrera no había vivido algo parecido.

    Cuando finalizó la vista, Roberto abandonó la sala, advirtiendo que necesitaba respirar. Su testimonio había acabado con sus ideales y la sombra de Maquiavelo azotaba sobre su cabeza. Maquiavelo, Maquiavelo, Maquiavelo…

     
  • Imagen de perfilEL JUICIO DE SU CONCIENCIA

    Miguel Ángel García Rodríguez 

    El juicio de su conciencia había comenzado tras aparecer un enorme anillo a la vez que se producía el hincado de rodilla.
    El testimonio del demandante fue crucial: ¿Quieres casarte conmigo?
    Su corazón, aún en decomiso tras ser robado por un delincuente emocional, era presentado como prueba material en contra de una respuesta afirmativa.
    El fiscal de su memoria fue implacable, sacó hasta el tema de los suegros insoportables.
    Su abogado, en cambio, planteó todas las ventajas, presentando el caso como un sueño cumplido.
    Ante el alargamiento del procedimiento sin una respuesta clara, ¿cuál era el plan? ¿Un aplazamiento, tal vez?
    La rodilla hincada en el suelo empezaba a doler y la mano con el anillo en alto empezaba a entumecerse, pero nadie dijo que la justicia fuera rápida.
    De pronto, el veredicto: Sí, quiero.
    ¿El futuro? Incierto, pero a veces la justicia también se equivoca.

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  • Imagen de perfilBestiario de ejecutorias

    ÓSCAR OVIDIO CASAS RODRÍGUEZ 

    El señor Decomiso es una especie con futuro y lejos de cualquier peligro de extinción. Vive muy a gustito entre polvo de autos y campa a sus anchas por esas ejecutorias del Señor…secretario. Come de todo y su voracidad no tiene límites: es capaz de digerir coches de gama alta con cosas dentro sin mostrar signo alguno de acidosis. No ha evolucionado mucho porque su plan biológico es siempre el mismo: quitar el sueño a los pobres letrados que sólo pueden dar testimonio del más distinguido cabreo de sus defendidos ¡Menuda pieza separada que está hecho el bicho!

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  • Imagen de perfilSentido común

    Álvaro Gálvez Medina 

    Testimonio de un hombre con un sueño: Después de treinta años como interlocutor de los ciudadanos ante la Ley, jamás hubiese imaginado que, en dos mil quince, la justicia no estuviese al alcance de cualquier ciudadano. Así de simple: si no hay dinero, no hay justicia. No puedo comprender cómo el dinero puede hacer añicos cualquier atisbo de sentido común; no sé qué plan siguen los que promueven esta afrenta; pero lo peor no es eso, lo peor es que juegan a enseñarnos un caramelo para después quitárnoslo. El nuevo ministro de justicia ha procedido, sin reparos, al decomiso de la alcancía en la que la abogacía albergaba la esperanza de que volviese a reinar la cordura. Mi maestro me decía que el sentido común es el menos común de los sentidos; mi sueño hoy es que en un futuro próximo florezca la excepción a la regla.

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  • Imagen de perfilEL ALIJO

    Benjamín Espina Lastra · Oviedo 

    Hace mucho tiempo que renuncié a mis propios sueños; todos los que tengo ahora son de decomiso. Los voy requisando en el juzgado, uno de cada testimonio. Los hay paradójicos, como el de esa mujer que soñaba con libertad y acabó en presidio con una condena por envenenamiento; ingenuos, como el del hombre que tenía un plan para un futuro soleado en algún país caribeño y ahora está a la sombra por excavar un butrón; los hay absurdos, fantásticos y muchos ridículos. Los voy atrapando en la sala de lo penal, cuando se van elevando hacia el techo, a punto de desvanecerse. Y cuando llego al despacho con mi alijo, los clasifico y los archivo para luego dejarlos escapar, de uno en uno, en las horas muertas. Algunos aún flotan durante un rato, pero todos acaban desapareciendo.

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  • Imagen de perfilEL MIMO DE LA TOGA

    PATRICIA DURÓ ALEU 

    “Todo sueño frustrado requiere de un plan alternativo”. Ese era el pensamiento de Leandro cada mañana mientras se maquillaba, se ataviaba la toga y se dirigía a la Rambla para ocupar su puesto entre el cowboy del lazo y Sissi Emperatriz. A cada euro que iba a parar a su birrete de fieltro le seguía, código civil en mano, la escenificación de un alegato y una rocambolesca reverencia, sobre un cajón de fruta transmutado en estrado. “Jamás pensé que mi futuro fuera a ser éste”, se decía recordando sus estudios de derecho. Al final de la jornada, recorría de nuevo la Rambla de regreso. Lo vi arrastrando su raída toga sonriente, seguramente satisfecho por haber podido ocupar la vía pública durante unas horas sin sufrir el decomiso de las ganancias por parte de sus vecinos… O tal vez por haber dado, una vez más, cumplido testimonio de su verdadera vocación.

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  • Imagen de perfilTrue Story

    Guillermo Sancho Hernández 

    La plaza era, para los niños del pueblo, el escenario del campeonato mundial de fútbol. Mi futuro como abogado empezó allí, a los siete años de edad. Justo cuando nuestro desgastado balón de Naranjito impactó en la ilustre cabeza de Rogelio, el jefe de la policía local, que inmediatamente procedió al decomiso de la pelota y a su reclusión en el antiguo calabozo del ayuntamiento, hasta nueva orden. Frustrado el legítimo sueño mundialista, el plan para que se hiciera justicia requería una cita con el alcalde. Fue la primera comparecencia de mi vida. Como representante infantil solicité el testimonio de doña Consuelo, para esclarecer los hechos. Ella había visto al gañán de Pepón entrometerse en el partido y patear nuestra pelota. Luego el balonazo a Rogelio (en ese momento, de espaldas al incidente), no nos era imputable.
    Así logramos, en mi estreno procedimental, la libre absolución del esférico.

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  • Imagen de perfilUN MAL SUEÑO

    AGUSTINA HERRANZ GONZÁLEZ 

    Se levantó a las seis de la mañana, después de una noche en la que apenas había conciliado el sueño. Tras más de una hora de viaje en medio de un tráfico infernal llegó a su despacho y repasó una vez más el plan preconcebido para la defensa. Releyó la lista de preguntas, ordenó la documental, repasó el informe oral... Por fin, el juicio, su primer juicio. Un delito contra la salud con decomiso incluido. No pudo ir peor. Todos los testigos declararon en contra del acusado (falso testimonio, dijo él). Ya en la calle, su cliente se mostró abiertamente hostil y le recriminó su impericia. Se despertó porque le faltaba el aire y se sentó en la cama de un salto respirando entrecortadamente, hasta que en su mente se hizo la luz. ¡Estaba en su primer año de carrera! Tal vez, solo tal vez, debería replantearse su futuro.

     
  • Imagen de perfilManeki Neko

    Mikel Aboitiz 

    Según el testimonio de mi mandante, el señor Chin Oig, la policía aduanera acababa de romper su sueño de ganar dinero en un futuro inmediato al desbaratar su plan de importar quince mil gatos chinos de la suerte. «Levantaban blazo delecho y elan dolados“ repetía Ching Oig lloroso.“ Eso tlae suelte pala negocios y mile, ahola todo decomiso». La fiscalía entendía a su vez que esa suerte se dejaba acompañar en forma de droga oculta en los gatos a pilas. No fue fácil sacar a Ching Oig del apuro, de aquel mayúsculo malentendido. Aprendí del caso que las apariencias engañan: los gatos chinos en realidad no son de origen chino y mi cliente era más inocente que el corderito del anuncio de suavizante. Y es que esos gatos se llaman Maneki Neko y son tan japoneses como honrado era el bueno de mi cliente.

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  • Imagen de perfilYo amaba aquel oficio.

    EDUARDO RIVERA GOMEZ-AREVALILLO 

    Yo amaba aquel oficio, que fue absorbiendo mi futuro desde un comienzo esperanzado. Yo amaba la búsqueda incansable del fiel de la Justicia, y me dedicaba con ahínco a la humilde, a la excelsa tarea de procurarle a cada uno lo suyo. Amaba las herramientas del trabajo: los estrados, la oratoria, las leyes, los escritos… focalicé mi pasión en cosas tales como testimonios, decomisos, doctrinas o embargos, aplicando normas a realidades cuyos matices empaparon mis planes y mi existencia cotidiana. En aquel empeño llegué a comprender mejor al mundo y a los hombres.
    Pero era muy cansado, a veces frustrante, decepcionante otras, duro siempre. Comprendí que me estaba consumiendo. Llegó a afectarme tanto un pleito que perdí el sueño por completo.
    Así que lo dejé todo con gran dolor. Fue un siete de febrero del año 2005.
    Y lo retomé seis horas más tarde. Afortunadamente.

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  • Imagen de perfilALTA PELIGROSIDAD

    RAFAEL OLIVARES SEGUÍ 

    Mi cliente confesó en el juicio su plan de negocio. Dijo que este se basaba en cumplir escrupulosamente la ley, actuar siempre con honradez, no faltar nunca a la verdad, tratar con respeto y generosidad a sus empleados, destinar la mitad de los beneficios a los necesitados...; aspiraba con ello a un futuro mejor para todos.
    El testimonio indujo al Juez a dictar el decomiso de su sueño. Sin posibilidad de recurso.

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  • Imagen de perfilCitarla o no citarla

    Ander Balzategi Juldain 

    Mi cliente ve una suma de dinero bajo decomiso, su novia ve los sueños y los planes de futuro esfumados. Él teme que el testimonio de ella sea su última bala. Ella también, pero aún no sabe dónde apuntar.

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  • Imagen de perfilDefensa inoportuna

    Ilaria Foni 

    “Cuarenta días de trabajos en beneficio de la comunidad y decomiso del vehículo” dijo el juez después de escuchar el testimonio del policía que ayer por la noche detuvo a mi cliente. Conducía a 200 kilómetros por hora, borracho y con una muñeca hinchable de copiloto. La verdad es que para ser mi primera defensa del turno de oficio, no había ido tan mal. Pensé que éste iba a ser el inicio de un exitoso futuro profesional. Empecé a dudar de la satisfacción de mi cliente cuando, después de la lectura del fallo, se levantó de la silla y refunfuñó algo incomprensible. “¿Perdone?” preguntó el juez. Yo le miré sorprendido y se volvió a sentar. Si hubiera sabido que su plan era acabar en la cárcel para cancelar su boda no sé si le habría defendido con tanto fervor. Ahora estará conciliando el sueño de su primera noche de casado.

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  • Imagen de perfilLa balada de Samba

    Eduardo Gómara Castelar 

    Todo el mundo ignora que en Nigeria hay muchos nobles y valientes caballeros. Samba, que así se llama mi cliente, es uno de ellos. Desde siempre, me contaba, tuvo el plan de salir de su aldea para volver a ella solo de visita, como un hombre respetable. Y lo hizo; cruzó media África a pie o en transportes de fortuna, como Abraham buscando la tierra prometida, persiguiendo el sueño de un futuro mejor. Los hombres llevan haciendo eso desde hace mil siglos, y cualquiera puede dar testimonio o razón de muchos así. Como Samba. Que vendió películas y cedés, bolsos falsos, se cansó del permanente decomiso de sus mercaderías y trabajó en una obra. A base de increíbles economías fundó una pequeña constructora especializada en obras a deshoras y reformó locales y empresas mientras todos dormíamos; nunca lloró ni se quejó de nada. Es un honor ser su abogado.

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  • Imagen de perfilActitud delatora

    María Isabel Pérez Costas 

    Entré en casa y sólo uno de mis perros vino a saludarme, plantando a mis pies el decomiso realizado. Un hueso de jamón a medio roer. Pregunté quién había sido. Se estiró todo lo que pudo, bostezó para desembarazarse del sueño vigilante al que se había dedicado y se rascó una oreja. Acepté su testimonio de inocencia viendo el resto de pruebas. La cocina patas arriba, basura esparcida junto con el jamonero destrozado y una ausencia delatora. El culpable tenía el plan de desaparecer hasta que se me pasase el cabreo. Un futuro muy, muy lejano. Ahora mismo, tenía que encontrarlo, arrastrarlo a la cocina para que escuchase mi alegato sobre lo ingrato de su comportamiento mientras limpiaba el estropicio, hacerle un juicio rápido y decidir un castigo. Detrás del sofá estaba, con su cara de bóxer que ha roto cien mil platos.

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  • Imagen de perfilJUEGO VIRTUAL

    LOURDES ASO TORRALBA 

    Siempre fui hombre de letras, aunque papá se empeñara en que las nociones de números no iban a perjudicar seriamente mi salud. No había formado parte de mi plan pero desarrollé una habilidad nata para la fabricación electrónica virtual. Mi sueño era crear mi propia sala de audiencias, enfrentar a defendidos y acusados, practicar los discursos que papá recitaba de memoria y abrir los libros por las páginas exactas para cada ocasión. En unos meses conseguí sacar al mercado la primera entrega de la que papá dio testimonio sobre los orígenes para patentarlo cuanto antes. Yo reducía a los abogados de la acusación, noqueaba a los presuntos, pronunciaba las alegaciones ante el jurado y colgaba la toga al final de cada juicio. Aunque mamá me amenazara con el decomiso de la video consola, papá salía en defensa hablando de mi futuro prometedor.

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  • Imagen de perfilGente con clase

    Ramón Freire Beceiro · A Coruña 

    Como abogado de oficio estoy acostumbrado a ver y oír casi de todo, pero cuando ese domingo aun con sueño llegué a la comisaría, me sorprendió la cantidad y calidad de las herramientas objeto de decomiso. El detenido era un hombre serio, que una vez atrapado aceptaba con profesionalidad su futuro, relatando tranquilamente cada uno de sus trabajos. Su plan era sencillo: vigilaba el inmueble unos días, y una vez seguro de que nadie había, se instalaba y les iba haciendo la mudanza con pulcritud y calma, llevándose hasta las lámparas. Después, hasta luego. Pero cuando el agente le preguntó si había sido él quien había limpiado cierto inmueble entre los días 2 y 3 del mes en curso, el declarante interrumpió un instante su testimonio, miró al almanaque que colgaba de la pared, y con la misma parsimonia que antes, manifestó: “yo no trabajo los fines de semana.”

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  • Imagen de perfilSu señoría

    PAOLA ANDREA ROCCA TARGARONA 

    En sus ilustraciones, mi hija de cuatro años, suele retratarme ataviada con una toga que ondea al viento, en pose propia de algún héroe infantil. No tengo superpoderes, aunque a menudo sueño con desarrollarlos. Como cada mañana, salgo de casa forjando el plan del día en tanto el café hace su trabajo. Hago una parada exprés en la puerta del aula matinal mientras voy pensando en el "presunto" del decomiso de drogas que voy a ver en unas horas. En la sala de lo penal, la jornada es escuchar testimonio, sentenciar, y repetir la operación hasta que vuelvo a casa y continuo, adelantándome al futuro, elaborando lo que vendrá a ser la jornada del día siguiente entre lavadora, baño y cena. Es entonces, al encontrarme en la cúspide del agotamiento mental, cuando una voz pide a su señoría que le lea un cuento. Sin dudarlo, resuelvo atender la petición.

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  • Imagen de perfilAves salvajes

    Cristina García · Tarragona 

    Tras el juicio regresé al despacho. Deposité la documentación sobre mi mesa, recordé cómo una sonrisa de satisfacción mal disimulada se dibujó en mi rostro cuando el juez leyó la sentencia. Lograr que aquel testimonio declarase había sido mi plan más hábil. Abrí las ventanas de par en par observando una vez más el inconmensurable horizonte. Sabía que esta vez no se trataba de una recompensa económica. Fugazmente recordé a aquel joven ávido de aprender derecho para lograr su sueño. Hacer del mundo un lugar más justo en el futuro. Con los años, creía haberlo olvidado. El decomiso y liberación de más de 400 aves salvajes y el cierre de aquellas instalaciones era un éxito. El viento comenzó a soplar más fuerte, y de repente las hojas de aquel expediente volaron confusas por la ventana como si de pájaros se tratase. No intenté retenerlas. Habían ganado. Hoy eran libres.

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  • Imagen de perfilLa clave

    Teresa Álvarez 

    En la fiesta de Navidad, mi jefa, después de dos “dedales” de pacharán nos encasquetó el testimonio del éxito en su vida profesional. Sin un plan definido ascendió de ayudante en una gestoría, a propietaria de un bufete laboralista. Robando horas al sueño escaló el peldaño de graduada social. Más tarde, ante las necesidades de sus clientes, que se divorciaban, recibían herencias, o defraudaban al fisco, se licenció en Derecho. Al parecer la brillante trayectoria se fraguó el día que su padrino le regaló, de una subasta de decomisos, un manoseado Estatuto de los trabajadores y una Olivetti. Después del convite y beodo de gintonics, le he comprado a mi hijo, en una tienda de segunda mano, por sólo cinco euros, un mazo de madera y una biblia, con la esperanza de que, aunque todavía cursa parvulitos, en un futuro presida un tribunal.

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  • Imagen de perfilEL PELIGROSO RINCÓN DE LA INCERTIDUMBRE

    MAYTE CASTRO ALONSO 

    Una de las muchas noches que vagabundeaba por los callejones etílicos de su solitaria existencia quiso la mala suerte que fuera testigo presencial de una película no autorizada. Cuando se dio cuenta estaba rodeado de policías. En comisaría le enseñaron fotos y reconoció al autor de aquel desagradable episodio. El abogado le dijo que todo iría bien. Pero cuando llegó a su casa dos tipos lo esperaban en la puerta. Comprendió que su testimonio supondría el irrefutable decomiso de sus planes de futuro. Si alguna vez los tuvo. Los agónicos meses que precedieron al juicio lo sumieron en una insoportable indecisión sobre lo que debía hacer o no hacer. Nunca llegó a testificar. Lo encontraron atrapado en el sueño eterno de un bote de barbitúricos. Quizás la justicia divina le diera por fin la ansiada respuesta.

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