VIII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Imagen de perfilToño, abogado

José Manuel Pérez Pardo de Vera 

Hacía tiempo que de nuestro modesto camposanto se habían adueñado las lápidas sin nombre. Tras el anonimato de cada una de ellas, siempre el mismo protagonista trágico: un refugiado forzado a acudir prematuramente a su cita con la muerte. En el mar o hacinado en un campo con la esperanza deshilachada entre las púas de una desgarradora alambrada. Mi amigo Toño no soportaba aquello e investigaba cuanto podía para poder escribir sencillos epitafios sobre aquellas lápidas. “¿Sabes? –me decía a veces–, yo no tengo Derecho, pero, en cierto modo, soy su abogado. Les defiendo del olvido y la indiferencia. ¿A que en tus pleitos nunca has tenido oponentes tan duros?”. Hace dos meses me enteré de que, en una operación de rescate, una ola se lo había tragado. Siempre que voy a visitarle sonrío al leer la sencilla inscripción que preparé para él: “Toño, abogado”. Le habría gustado.

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El más votado por la comunidad

Imagen de perfilPerseguir un sueño

María Sergia Martín González- towanda 

La mujer, que iba a mi lado en el furgón de refugiados, llevaba el rostro cubierto por un hiyab. Tras días, por campos tortuosos, perdimos de vista el mar y los humos de las aldeas. El conductor detuvo apresurado el vehículo y nos hizo bajar. El sol apuñalaba y el calor era asfixiante. «Madre, ¿y la frontera?», pregunté. «Tras la alambrada», respondió ella. La mujer que iba a mi lado tomó una piedra y la arrojó contra el vehículo que huía sumergiéndonos en una galaxia de polvo. Pude oler su impotencia y su rabia palideciéndole los labios. Nos dejó pocos días después. Cogió mis manos y, silenciosa, me confió su piedra. Esa noche tuve un sueño: era abogado y defendía a madre. Parece que hiciera un siglo... Hoy, en mi despacho, la piedra permanece junto a mis libros de Derecho, sobre demandas, querellas y contenciosos. Cerca del retrato de madre.

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilCercado

    Mª Montserrat Arellano Martínez · Huesca 

    Llegamos al martes. Hace tan solo seis días y ya he desaparecido por completo, mimetizado entre el polvo y las tiendas, asimilado al resto de seres hacinados. Mi traje, para el que ahorré un año entero, está arrugado y sucio. Qué importa. No me va a servir de nada aquí ser abogado. El recuerdo del mar me atormenta, el pánico de la huida se ha instalado en mi pecho, ahogando mis principios, por los que tanto luché. La tierra firme del campo, con su monótona desesperanza, acaba siendo preferible al miedo. El tiempo que va goteando lentamente es vida, aunque sea a la sombra de la alambrada. Refugiado. Me siento más como un carnero dentro del vallado, rodeado de perros pastores que me miran con desconfianza. Refugiado o prisionero. Hombre o res. Huir o volver.

     
  • Imagen de perfilCualquiera

    Miriam Jiménez 

    564 kilómetros he recorrido para pasar del campo a la mar, ahora bien, no estoy de vacaciones ni tengo billete de vuelta. En innumerables ocasiones desde que salí de casa me he parado a pensar en qué momento mi vida se truncó y di el salto de abogado asentado en mi país a refugiado sin destino, apenas tres meses. La barcaza cochambrosa que nos ha puesto el mafioso del lugar dudo que aguante hasta Grecia, muchos de mis compañeros puede que perezcan, incluido yo. Instantes antes de zarpar, los 75 ilusionados prometemos reunirnos al otro lado de la alambrada. Ojalá.

     
  • Imagen de perfilMar

    Pablo García Muñiz 

    Mar cruzó la puerta trasera del patio y saltó la alambrada hacia la calle. Las clases de historia de la profesora Verián eran un infierno del que debía huir.
    Enfiló la recta hacia casa pasando junto al viejo campo de fútbol. Para cuando su padre -un abogado que trabajaba por la zona- saliera a tomar el café de las doce, ella ya se habría refugiado en casa, donde nadie podría verla.

    En la tele, todos los canales hablaban de Siria. Un reportero entrevistaba a un hombre que huía con su hijo. Sus amigos y la escuela era lo que el pequeño decía echar más de menos. Por las noches, su padre le entretenía contándole historias del antiguo Imperio Persa y del Imperio Otomano, hasta que se dormía.

    Y Mar, se sintió irremediablemente mal. 'Quizás las clases de historia no sean tan malas', pensó. 'Aunque sean las de la profesora Verián'.

     
  • Imagen de perfilLa vida ahora

    Calamanda Nevado Cerro 

    La noche del martes Taifa llegaba al final del mar cuando vio la alambrada. Sus labios, perfilados por oscuras manchas solares, se contrajeron para dejar escapar un silbido. Atrás quedaban los cuerpos de sus padres, hermanos, y los escondites de traficantes.
    Días antes, en la otra punta del mundo, un abogado de derecho internacional reunió en su despacho a colegas voluntarios. Hablaron de la violación de derechos humanos en guerras que nadie entiende y los refugiados padecen. Idearon un plan para volver inservibles los permisos y licencias de trasporte de las concertinas 22 que salían de la fábrica de su padre hacia los campos de Hungría.
    En más de una ocasión le reprochó fabricarlas, no le contestó ni sí, ni no, pero le constaba que atendía pedidos, y ampliaba instalaciones e ingresos.
    Al amanecer, Taifa fue atendido por ese abogado, le enseñó a decir gracias y a memorizar sus derechos.

     
  • Imagen de perfilEl abogado refugiado

    Elena García Carpallo · Illes Balears 

    La alambrada se elevaba a lo ancho del campo, reluciendo con la cegadora luz del mediodía. Detrás, el mar Egeo, que tantos otros refugiados se había tragado. Qué ironía -pensó-, ser abogado y no poder presentar una petición de asilo. Es lo que pasa por estar detrás de la verja.

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  • Imagen de perfilHaman

    Carlos Gasent Sanmartin 

    Cuando vi a mi padre llorar en la playa, me asusté; y también sentí mucha pena.
    Decía temblándole los labios: “¿Qué nos aguardará en esa nueva tierra, mujer?” “Al menos compasión cariñó, compasión”. Le dijo mi madre.
    Luego nos subimos a una barca; y junto con otros, amontonados nos hicimos a la mar. Al principio había silencio, pero pasado un rato comenzaron a hablar. Uno maldecía una inhumana alambrada; aunque yo no atendía; tenía miedo, porque la barca se movía mucho. Pero una vez, el mar se volvió loco y nos hundimos; mi padre me sujetaba; pero al rato me soltó para que me salvaran unos hombres. Más tarde, estuve en un campo y me llamaban refugiado. Hasta que ustedes me acogieron. Y ahora podré seré abogado; como mis padres deseaban.
    “Pues claro que lo serás, Hamán”.
    Mi madre tenía razón: gracias por su compasión; les pagaré trabajando mucho.

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  • Imagen de perfilLas sombras

    José Luis Merchante Pérez 

    La alambrada se veía desde el mar. El campo de refugiados que habían levantado cerca del acantilado presentaba un aspecto fantasmagórico. Apenas parecían sombras que iban y venían sin rumbo fijo. El rumor de las olas acercaba el eco de las sombras. Sonidos apagados, huérfanos de vida. El llanto de un niño rasgó el silencio, escapando, reclamando Justicia.
    Nuevamente empezó a llover con fuerza, casi con rabia; como si el cielo quisiera borrar las fronteras y destruir los muros de los hombres.
    Al bajar del barco, el abogado aflojó su corbata y se quitó la chaqueta, dio la mano a su mujer y tomó en brazos a su hijo. Acababan de llegar a su nuevo “hogar”, habían dejado atrás, su casa, familia, amigos, profesión,… la esperanza de una nueva vida, no los acompañó al entrar en el campamento. Ahora eran una sombra más en el olvido de los hombres.

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  • Imagen de perfilÉl

    Diego Freire Herva · A Coruña 

    El calendario marca que se fue con 48 años. Pero el tiempo no pasa igual para todos. Y él tenía a sus espaldas 43 años de vida y varios siglos de muerte, de guerra, de miedo.
    El derecho dicta que era un refugiado, acreedor de una debida protección. Pero la norma es tan sólo una convención. Y con ella en la mano no pudo cruzar la alambrada.
    Europa es el sueño de muchos. Un sueño frágil e inasible. Una idea susurrada en los barracones y pronto apagada por un mar de lamentos. Y él constató su debilidad.
    Él era abogado en su Siria natal. Defensor de los derechos humanos. Llegado su turno, a él no lo amparó nadie.
    Hoy descansa bajo la tierra del campo de Idomeni, en Grecia, lejos de su hogar. Pero sigue siendo acreedor de un derecho: el derecho a no ser olvidado.

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  • Imagen de perfilEcos del pasado

    Jose María Diaz Gete · Asturias 

    Quisieron gritar de alegría apenas divisaron la costa, pero quedó en murmullos ante el peligro de avistamiento de patrullas fronterizas. El mar se había cobrado demasiadas víctimas, el oleaje sacudía la embarcación. Se acercaron, las alambradas y la inmensidad del campo de refugiados Ançor hacían presagiar que no llegaban al paraíso. Al poner pie, guardias armados y perros furiosos les recibieron. Pero cesaron en su empeño tras las palabras de alguien importante. Llevaba una toga y pronunciaba palabras que no entendían. Era el abogado defensor del refugiado. “Argelia, ¿cómo hemos llegado aquí, papa?”. Con ojos llorosos, le contó nuestra equivocación respecto al calentamiento global, pues en 2150 comenzó una era glacial que afectó al norte, catástrofe que destruyó su ciudad. Abogado, este es mi hijo Daniel, ¿qué pasará ahora?. Y muy serio respondió, “les trataremos como ustedes nos trataron en la crisis migratoria del siglo XXI, es la ley”.

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  • Imagen de perfilMAKTUB

    Verónica Rodríguez Fulgueiras 

    Era la noche perfecta, recuerda. No había luna y la oscuridad fue su mejor aliada. Se guardó la única foto que tenía de sus padres y saltó la alambrada huyendo de una guerra que no le pertenecía. El miedo que asomaba en sus aún infantiles ojos negros no le paralizó cuando aquel hombre, el mismo que le haría enamorarse del derecho y que ahora le acompaña, le llevó por mar a la costa que sería su nuevo hogar.

    Mientras espera a que mencionen su nombre una inquietud similar le invade. Justo hoy, el día que jura como abogado, se cumplen once años del momento en que llegó al campo como un refugiado más. “¿Maktub?” -se pregunta. El mismo destino que le trajo, mañana le guía a Lesbos. Vuelve a guardarse la pequeña foto bajo la toga que con hábil experiencia le ha ceñido su padrino.

    Es su turno.

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  • Imagen de perfilNáufrago

    Ulyses Villanueva Tomás 

    Salí de una nación en guerra hacia un horizonte de paz y prosperidad, Señoría. Crucé algunas fronteras hasta que comenzaron a llamarme refugiado. Entonces ya no me dejaron continuar. Frente a mí una alambrada y un campo donde ir lentamente muriendo. Un abogado trató de explicarnos a todos nuestra situación legal pero en su voz no había esperanza alguna. ¿Se imagina usted que le obligaran a rendirse? ¿Se imagina un lugar construido para los vencidos? Escapé de noche, Señoría, y subí a un barco repleto de otros como yo. El continente parecía alejarse de nosotros a medida que avanzábamos. Entonces el barco se escoró bruscamente, caímos al agua y pocos sobrevivimos. Yo sigo abrazado a los cuerpos de los ahogados, flotando todavía en la inmensidad del mar. Ojalá algún día pudiera repetirle todo esto, Señoría, y mis palabras no fueran llenándose lentamente de espuma y sal.

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  • Imagen de perfilInocencia interrumpida

    Rafael Busto Cuiñas 

    Con cinco años la vida debería ser un continuo trasiego de juegos llenos de esperanza e ilusiones. Sin embargo, la sinrazón del hombre hizo que viera cómo sus padres recogían el cuerpo exánime de su hermana y ahora, sin casa y con su mundo hecho pedazos, surca el mar apisonado en los dos metros escasos de una lancha camino de ninguna parte.

    En la barca, donde todos han perdido a alguien, todavía resuenan las bombas en sus corazones. La humanidad ha perdido la batalla.

    Ya en tierra, olvida un momento el hambre ante una enorme alambrada que rodea lo que según escucha es un campo de refugiados.

    ¡Qué será un refugiado!

    A unos metros, su padre gesticula con un hombre que dice ser su abogado y que va a ayudarles a conseguir unos papeles.

    - Hamid, estamos a salvo.

    - Yo no quiero estar a salvo, quiero ir a casa.

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  • Imagen de perfilTodo por un sueño

    Esperanza Tirado Jiménez 

    –Papá, ¿Qué es un refugiado?

    La pregunta de mi hijo me pilló totalmente desprevenido. Repasaba informes en el despachito de la casa de campo, aunque ya estábamos de vacaciones.

    –Pues... verás. Es una persona que necesita ayuda en otro país, porque en el suyo no se la dan.

    Mi respuesta no pareció convencerlo del todo.

    –Entonces ¿Nosotros que somos de otro país, podemos ayudarles?
    –Esa es la idea, hijo. Que nos ayudemos todos.
    –Entonces... –mi hijo era incansable– ¿Por qué algunos países no ayudan y ponen alambradas?
    –No lo sé, hijo. A veces en otros lugares hacen cosas que no entendemos.
    –Cuando yo sea abogado, ganaré mucho dinero, ayudaré a todos los refugiados que lo necesiten. Y mandaré buscar a todos los que se caigan al mar.

    Abracé a mi hijo, emocionado. Yo también tuve, alguna vez, un pensamiento inocente que me llevó a soñar con ejercer esta profesión.

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  • Imagen de perfilUn burka que dió la libertad

    MARIA PILAR MARTINEZ DE LA LLANA 

    Mi madre siempre quiso ser abogada, pero ni su cultura ni su religión se lo permitía...
    Llegó la guerra y con ella la famosa palabra "refugiado" en todos los telediarios.
    Dejamos atrás nuestra vida en el campo para cambiarlo por eternas y tortuosas noches en la mar.
    Nunca entendí por qué mi madre me puso aquel burka antes de abandonar nuestro hogar.
    Cuando trepé por la alambrada y vi caer abatidos los cuerpos sin vida de todos los hombres y niños, comprendí que mi madre llegaría a ser una gran abogada.
    Ocultar mi rostro masculino bajo aquella tela para engañar a nuestro enemigo fue, sin duda, su primer juicio ganado de muchos. Pero aquel, con sentencia de vida.

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  • Imagen de perfilCORAZON DE ABOGADO

    juan perez morala 

    Como abogado se me remueven los Convenios Internacionales. Como persona se me hacen de papel las alambradas de mi alma. Una “Save ONG”, muestra a un niño tercermundista, con una mirada serena, perdida e insufrible, en el momento en que su brazo izquierdo es asaetado por la inyección de una vacuna. Mira a la aguja, y sin mover un solo músculo, sin parpadear siquiera, encaja el pinchazo expresando que no siente absolutamente nada, porque su dolor sistémico es de un grado y naturaleza infinitamente mayor. Tremenda escena. Mientras un niño del mundo privilegiado lloraría hasta la extenuación rodeado de mimos, en el desheredado se congelan abruptamente las emociones. Yo no sé si es un niño de las últimas oleadas de refugiados, pero sé que sus ojos abismales de campo abierto y mirada infinita de mar sin horizonte, sin sonrisa y sin juguetes, hoy clama en el corazón de muchos abogados.

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  • Imagen de perfilUn reencuentro inesperado

    Jose Maria Arroyo Villarrubia 

    Jamás olvidaré nuestro reencuentro.

    Nuestro país era portada mundial por una alambrada. Seres humanos, buscando una vida digna, vivían confinados en un campo de hedor, miseria y peligros.

    Necesitaba verlo con mis ojos, así que un viernes me presenté allí.

    Iba paseando junto a aquella barbarie cuando nuestras miradas se cruzaron. Estaba sentado, con un pantalón roto y sin camisa.

    Hacía unas semanas me había escrito anunciándome su intención de venir a España.

    - Una locura de adolescente - Pensé.

    En su cara, desgastada por el sufrimiento y familiares enterrados, no quedaba rastro del pequeño cuya familia me acogió de voluntario y que un día, junto al mar, me dijo:

    - De mayor, quiero ser abogado como tu.

    He vuelto cada viernes. Duermo en un saco junto a él; fumamos y hablamos de fútbol.

    Hoy será diferente. Le han concedido la condición de refugiado.

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  • Imagen de perfilDESTIERRO

    Juan Manuel Llanos Orantos 

    Los abuelos, que se tomaron nuestra partida como el más feliz acontecimiento desde que empezó la guerra, se quedaron en el infierno. El bote al que se subieron nuestros primos se lo tragó el mar. Mi hermana llora. Mamá sigue muy conmocionada por la violencia de días atrás como para reparar en la indiferencia que nos muestran ahora, en este primer mundo en el que poco quieren saber de la convulsión de nuestro tercer mundo. Todavía siento la alambrada como un insulto de acero sajando nuestros cuerpos. Hay muchos rostros transidos de rabia aquí, en este campo de hacinamiento donde la congoja y la desesperación resultan contagiosas. No somos refugiados, aunque así nos llamen. Papá acaba de decir que si siento más las heridas de los demás que las propias, debería estudiar mucho para ser un digno abogado que luche por los derechos de su prójimo.

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  • Imagen de perfilAquel olor

    Juan Carlos Sempere Alvarado 

    Aquel mar de miedos le devolvió la esperanza a Khaled.

    Con dos hijos, una mujer y un brazo menos, emprendió aquella huida casi suicida hacia Grecia y Albania. Llevaba grabada en la mente la dirección de un buen abogado italiano que les ayudaría. Tuvo suerte de conservar esos ahorros, porque al traficante no se le podía pagar con casa, ni con animales, ni con campo cultivado.

    Papá, yo no sé nadar, le sollozaba su hija Ghada, la única persona presente en aquella abarrotada barcaza. Su padre la serenaba con su eterno abrazo.

    La alambrada en Albania supuso el principio del fin. Y la infección del brazo, la continuación.
    Cuando un refugiado olvida las palabras continuar y regresar, descubre que la muerte tiene un olor penetrante y espeso.

    Papá, ¿te vas a curar pronto?

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  • Imagen de perfilJuicio imposible

    M.Carme Marí Vila 

    Recuerdo cuando era abogado, en Alepo. Eso fue hace cuatro años, aunque parece que haya pasado una eternidad. Ahora tengo suerte de estar vivo en este campo de refugiados.
    Es tan injusto, pero... ¿a quién demando por ello? ¿A quién reclamo que me devuelva mi anterior vida, mi casa, todo lo que he perdido? ¿Quien responderá por el futuro de mis hijos que queda colgando en el aire? ¿A quién llevo a juicio por el inmenso drama humano de mi pueblo?
    ¿A los que facilitan las armas a uno u otro bando? ¿A los que ponen alambradas para que no entren mis compatriotas en su huida de la guerra? ¿A los que no buscan soluciones sino que esperan que por arte de magia cese la llegada por mar de más embarcaciones?
    Y mientras tanto, seguimos sufriendo...

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  • Imagen de perfilReflejo

    Ioana Cristina Zgardau · Torrejón de Ardoz 

    En la alambrada de la vergüenza, como él la llamaba, la dinámica siempre era la misma. Lo único que variaba era que cada vez llegaban más y más refugiados que, perseguidos y condenados en su país, se atrevían a desear una vida mejor. Si te encontrabas en el lado equivocado perdías la condición de “persona” y pasabas a ser simplemente “el refugiado”. ¿Cómo hacerles justicia? ¿Cómo poner su granito de arena?
    La respuesta le vino como un soplo de aire fresco. Tomó la decisión en el momento y, sin más dilaciones, se apresuró a preparar el juicio.
    —Señor juez, el mundo civilizado pide la retirada de la alambrada y el reconocimiento de los derechos de los refugiados como personas—dijo el abogado, el que tantas veces había contemplado horrorizado lo que ocurría en aquel campo, reflejo de “la tierra prometida” después de miles de kilómetros por mar abierto.

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  • Imagen de perfilEL CAMINO DE LOS SUEÑOS

    Esperanza Temprano Posada 

    Leí su nombre en el sumario y al instante regresaron a mi memoria aquellas noches en el campo de refugiados. Cada vez que una estrella fugaz cruzaba el cielo, formulábamos un deseo: yo, convertirme en un prestigioso abogado; él, cruzar el mar en un gran velero. Lo habíamos perdido todo, los sueños eran nuestro único equipaje y también nos los querían arrebatar. Aún se me humedecen los ojos cuando recuerdo cómo se lo llevaron y cómo juntamos nuestras manos a través de la alambrada por última vez. Quiso el destino que nos volviéramos a encontrar, él, acusado por un crimen que no cometió y yo, el letrado que demostró su inocencia. Juntos retomamos, de nuevo, el camino de nuestros sueños.

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  • Imagen de perfilAbsurdo: que se aparta de la razón

    Teresa Álvarez 

    Nunca consigo evitar que se ahogue en el mar ningún refugiado. Llevo meses intentándolo pero es inútil. Pruebo a destruir las alambradas: imposible, siempre hay un soldado vigilando. El campo de acogida es inmenso y me siento incapaz de protegerlo. Probablemente el obstáculo sea la instalación del anterior conflicto, Guerra y Hambruna. Alguien se equivocó. Por eso este nuevo juego de realidad virtual, Drama y Vergüenza 2.0 , no funciona bien. Mi padre es el todopoderoso, pero si vamos a demandar al fabricante necesitaremos un buen abogado.

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  • Imagen de perfilLA TRAVESÍA

    Benedicto Torres Caballer 

    Era abogado, de los buenos, sumido en la pobreza por la travesía, por no ejercer al no haber causas. Se dirigió a las afueras de la ciudad, hacia el campo. Deseaba despedirse de su amada, la que hubiera sido su mujer, sabía que nunca más hablaría con ella. Recorrido de ruinas, hierros retorcidos, pestilencia, miseria. La lápida, una bala de francotirador, amargos recuerdos con lágrimas de desconsuelo, las últimas palabras. Regresó a la ciudad, una furgoneta le llevaría hacia la costa. El inmenso mar, cuya belleza se apagaba por el terror de la travesía, impedía ver la tierra deseada. Su complexión atlética, sus dotes de nadador, lo mantuvieron a flote mientras escuchaba ahogados gritos de desastre. De pie, en el barco, con una manta que se humedecía lentamente, sentía el frío de la brisa, de la soledad, de la indiferencia. Tierra a la vista. Refugiados, alambradas, miseria. Él, uno más.

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  • Imagen de perfilHuída

    Felipe Alcalá-Santaella Llorens 

    Llovía. Refugiado bajo una cornisa, sacó un cigarrillo. Distraído, empezó a recordar, sin apenas darse cuenta. Los largos paseos por el campo, los días de trabajo en la oficina. Todo eso se había quedado muy atrás.

    Una llamada de teléfono, todo solucionado. Un amigo de un amigo organizaba este tipo de viajes. Si era la única manera de cruzar el mar, valía la pena. Ahora ya no estaba tan seguro. Si hubiera sabido el miedo que pasaría cuando tuvo que saltar la alambrada, no lo hubiera hecho.

    A veces no sabía por qué se había ido, quería volver. Otras, las imágenes volvían sin avisar.

    Las bombas. Los gritos. Su mujer y su hija en el suelo, sin moverse.

    Su abogado le había dicho que le podía ayudar a empezar de nuevo. Esperaba que fuera verdad, lo necesitaba. De momento, llegaba tarde.

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  • Imagen de perfilEl sentido de ser abogado

    Silvia Pérez Amador de Castro 

    Mi papá me obligó a estudiar una carrera que yo no quería. Por mucho tiempo, ejercí sin mayor gusto. Un día vi en la televisión a cientos de personas frente a una alambrada y que intentaban atravesar hacia un campo de olivos. El hombre de las noticias decía que habían cruzado el mar en busca de una vida mejor, pero que aquí no serían bien recibidos porque teníamos miedo de tanta gente tan diferente a nosotros. Y de pronto, ante una gran crisis, encontré el verdadero sentido de ser abogado. Decidí luchar por ellos. Conseguirles hogar, trabajo, una vida digna. Si habían dejado su patria, yo podía ayudarlos legalmente y que su nueva situación fuera más llevadera. Un refugiado a la vez… y así, llevo ya 20 casos de migración legal y 20 familias que comienzan a recuperar sus sonrisas.

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  • Imagen de perfilA KHALED

    Anabella Olmos Mansilla 

    Querido amigo,

    He decidido escribirte esta carta, sentado en mi tranquilo despacho de abogado, con la esperanza de que llegue a tus manos, aun sabiendo que las mismas la recogerán atravesando una alambrada. No me olvido Khaled, de nuestros sueños de niños, cuando corríamos por el campo, riendo y jugando a escondernos para que nadie descubriera nuestros secretos. Hoy miré con desconsuelo la fotografía de un niño ahogado en el mar, dicen que es un refugiado más, sin advertir, que, como nosotros, tendrá algún amigo que jamás olvidará los sueños compartidos. Ten cuidado Khaled, sabes que te estoy esperando, aunque lo haga desde mi tranquilo despacho de abogado.

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  • Imagen de perfilEL TÍTULO

    LOURDES ASO TORRALBA 

    Papá llevaba el título de abogado enrollado dentro de la mochila. Antes de ser refugiado de guerra trabajaba en un despacho en el centro de Alepho pero las bombas lo hicieron enfermar de los nervios. Por eso mamá dijo que debíamos unirnos al grupo que iba a cruzar el mar, el campo o lo que hubiera con tal de escapar de una muerte segura. Cuando encontramos la alambrada que nos cortaba el paso, papá ni siquiera protestó al ver vulnerados nuestros derechos fundamentales, parecía que se le había borrado de la mente el código civil, los expone y los solicita. Simplemente echaba un pie detrás de otro y se dejaba conducir casi convencido de que había dejado de ser persona. Yo le cogí de la mano, como si él fuera el niño y le dije que no debía preocuparse de nada, que con su título yo ganaría ese caso.

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  • Imagen de perfilLA FOTO

    ANTONIO LUIS MIRANDA SANCHEZ 

    Mi primer libro “jurídico” fue la declaración universal de los derechos del niño. Tenía 9 años y me lo regaló mi padre. El libro no mostraba a niños en guerra o presos en campos de refugiados. Esos niños explicaban sus derechos y eran dibujados con la misma sonrisa. Todos aparecían felices, como yo. Al crecer, los vi en televisión encogidos de frío tras una alambrada o naufragando en el mar. Ya ejerciendo como abogado, aquellos niños tuvieron nombre, Ahmad y Mazen. Eran los hijos de mi cliente, pedía asilo y me enseñó una foto con su familia. Fue hecha antes de la guerra y salían sonriendo, como los niños de aquel libro. Con la estimación del recurso, el asilo fue finalmente concedido y, en agradecimiento, insistió en regalarme esa foto. Desde entonces la mantengo guardada en aquel viejo libro, como un ritual para que sus sonrisas no se borren jamás.

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  • Imagen de perfilINOCENTE

    Margarita del Brezo 

    Ha llegado un niño nuevo al colegio. Apenas sabe leer, pero se le dan muy bien las divisiones llevando. Dice que antes vivía al otro lado del mar, en una casa con jardín, y que sus padres trabajaban en el campo. Hace mucho que no los ve, a lo mejor por eso parece tan triste. A veces, en clase, se le escapan palabras raras, como baobab, matoke o refugiado; entonces nos reímos y la maestra nos riñe. Ayer le conté que yo de mayor quiero ser futbolista. Él dijo que será abogado. Claro, es que no puede correr bien con esa cicatriz tan fea que tiene en la pierna; se la hizo jugando con una alambrada o algo parecido. Hoy me ha ayudado a hacer una división y yo le he enseñado a escribir horizonte con h. Dice la maestra que hacemos un buen equipo.

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  • Imagen de perfilBATALLÓN DE ABOGADOS

    Pilar Blázquez 

    Mi padre disimuló una lágrima cuando comíamos un delicioso postre casero. El televisor documentaba otra guerra con imágenes de una muchedumbre peleando por comida lanzada desde camiones. Quizá recordó cómo sus padres sufrieron también el miedo y el hambre de la huida; o cómo, por salvar la vida, partieron hacia ese país vecino donde la humanidad existía segura, libre. Habían cruzado un montañoso paso fronterizo con el hijo en brazos, mucho frío y arrastrando sólo un hatillo de esperanzas para abrigarle. Y sí, escaparon del horror, pero cuando llegaron les alojaron durante meses al sereno, entre las bochornosas alambradas de un campo de internamiento delimitado junto al mar. Estudié Derecho para construir Justicia; entonces, ¿a qué esperaba? Aparté el postre, besé a mi padre y entré en la web de la Abogacía para alistarme en este Registro de abogados, un batallón de voluntarios que defenderá la dignidad de los refugiados.

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  • Imagen de perfilLa cárcel de oro

    Natalia G. Castañeda 

    Creyeron que su salvación estaba en Europa porque allí la barbarie humana no teñiría los días con el rojo y gris de la destrucción. Porque allí no tendrían que huir con lo puesto en una barca arrastrada por la corriente con la incertidumbre de no saber si aguantará hasta llegar a tierra firme o serán engullidos por el mar. Porque allí no pasarían las horas a la intemperie ni tendrían que agujerear la alambrada para atravesar la frontera. Porque después de perderlo todo y sortear a la muerte creían que serían bien recibidos. Pero se equivocaron y niños, abuelas, huérfanos o familias enteras están ahora atrapados. Algunos son médicos, abogados o amas de casa, pero en los campos son sólo refugiados encerrados en una cárcel de oro.

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  • Imagen de perfilEMPEZAR POR EL PRINCIPIO

    Eva María Cardona Guasch 

    Compartí con mi padre largas sesiones de cine, siempre películas sobre juicios. Yo admiraba la dialéctica infinita de aquellos jueces y letrados que, enfundados en sus togas, hallaban argumentos para todo. Así se gestó mi decisión, que no vocación, de ser el abogado en que me convertí. Siempre temí no poder emular a aquellos personajes sensacionales. El miedo se transformó en pesadilla el día en que recibí la primera demanda para contestar. No me venían las ideas ni las palabras. Me sentí prisionero en un mar de alambradas que no me permitían avanzar, atrapado en un campo estéril. Pasé días refugiado entre códigos y diccionarios. Busqué inspiración en películas de antaño. Nada. Hasta que recordé un comentario recurrente de mi padre: "La oratoria de los actores nace de un buen guión; el éxito en la abogacía, de la atención, la reflexión y el estudio".

    Cité al cliente. Empecé por escuchar.

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  • Imagen de perfilPALABRAS DE ESPERANZA

    Belén Basarán Conde 

    Ahmed terminó de orar con las manos extendidas bajo sus ojos, miró fugazmente a los lados y echó a correr hacia la alambrada. Atrás quedaban kilómetros de mar y desierto y en sólo unos pocos pasos también podría dejar en el olvido el hambre y la guerra.

    Los escasos supervivientes de la agónica travesía treparon desesperados con Ahmed al frente, haciendo caso omiso de las advertencias que les llegaban desde los megáfonos.

    Al caer del otro lado, exhaustos, fueron apresados y conducidos a un edificio próximo. «Campo de Refugiados» rezaba un cartel en su fachada, aunque Ahmed no comprendía el idioma en que estaba escrito. Allí fue atendido por un médico y recibió agua y comida. La esperanza brotó en su interior.

    No podría decir cuánto tiempo pasó recluido, pero nunca olvidaría el momento en que abandonó el lugar acompañado de aquel joven. Fue la primera palabra que aprendió: «abogado».

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  • Imagen de perfilSolidario, a pesar de todo

    Ander Balzategi Juldain 

    - Describa, los detalles son importantes.

    El representante de los refugiados intercalaba las penurias de la guerra y los nombres de familiares perdidos entre sus datos personales, y yo lo transcribía todo a mi portátil. Llevaba dos semanas trabajando como abogado en el campo de refugiados de la isla de Quíos, tramitando las peticiones de asilo con escasa convicción.

    Al terminar mi trabajo, una niña se me acercó para darme las gracias. Los que ocupaban la tienda celebraron su iniciativa y repitieron el gesto. Me sentí incómodo, como desubicado, y un irreflexivo espasmo cruzó mi garganta:

    - Tranquilos, ya estáis en Europa.

    Desenfundé la mejor de mis sonrisas y me despedí avanzando hacia la puerta de control. Nada más cruzarla observé la alambrada que los separaba de la playa, y por detrás se adivinaba el mar, siseando como una serpiente en la oscuridad.

     
  • Imagen de perfilYo soy un Refugiado

    Mariángeles Sánchez Manso 

    Yo no quiero que me rescates de las pateras. Yo no quiero abogados que me defiendan porque no he cometido ningún delito. Yo no quiero que me des comida y cobijo. Yo no quiero que me encierres en campos de alambradas porque no estoy apestado. Yo no quiero que mi angustia ilustre tus periódicos ni que el llanto de mis pequeños protagonice tus telediarios. Yo sólo quiero lo mismo que tienes tú, lo que tuve y que la guerra me arrebató.
    Yo quiero poder volver a mi casa a retomar mi vida. Yo quiero poder trabajar para mantener a mi familia. Yo quiero poder ver a mis hijos disfrutar mientras juegan despreocupadamente en la playa junto al mar. Yo quiero poder morir en mi casa cuando sea anciano. Yo soy un refugiado, sí, pero también una persona normal como tú ¿Puedes ayudarme a recuperar la paz?

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  • Imagen de perfilIN MEMORIAM

    Manuel de la Peña Garrido 

    "Un abogado siempre antepone el derecho de defensa a cualquier prejuicio", balbuceó su agonizante padre, treinta años antes.

     

    Cabizbajo, sudoroso, franquea el control del Campo mostrando su credencial de letrado de la ONG. Hacinados junto a la alambrada, otros refugiados lo ven pasar. Desesperados. Han arribado a las mismas costas, han sobrevivido al mismo mar mortífero, han huido del terror guiados por su mismo afán.

     

    "Lucha por la justicia, que no te venza nunca la venganza", escuchó también de aquella exánime boca.

     

    Estrecha mecánicamente la temblorosa mano del demandante de asilo

     

    "Soy su abogado de oficio. Pronto tendrá los papeles en regla", dice en su lengua vernácula al anciano, aquel juez que, treinta años antes, dictando su arbitraria condena, mató a su padre. El traidor que empujó a su familia al destierro. Víctima de otras bestias, más atroces si cabe.

     

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  • Imagen de perfilUN TALENTO INNATO

    Antonio Presencia Crespo 

    Ni lo elegí, ni lo busqué. Tenía esa capacidad desde niño y puse empeño en fomentarla, nada más.
    Al principio la gente me contaba sus cosas. Yo no podía evitar mirarles con atención, y de repente, ocurría. Pronto se convirtió en un hábito. Mis padres y vecinos me decían a menudo: ¡Cuánto ayudas!
    Fui creciendo y seguía viniendo gente a verme: amigos, personas ancianas e incluso niños. Me hice cooperante mientras estudiaba Derecho. En los campos de refugiados la gente me contaba sus sufrimientos en el mar, las ilusiones que se quedaron en las alambradas. Entonces, sin darme cuenta, ocurría. Me salía natural.
    Ahora soy abogado. Sigue pasando. Las personas vienen a mi despacho, me cuentan sus problemas. De primeras simplemente les oigo, pero luego, les miro más detenidamente, me acerco a ellos, pongo un poco de atención, y de pronto, ocurre; sin saber cómo… escucho con toda el alma.

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  • Imagen de perfilBIENVENIDO

    ISABEL FRAILE SANCHEZ 

    Refugiado, acurrucado bajo la manta amarilla, con los labios agrietados por el sol, por el viento, por el frio… por el agua salada, con los calambres que todavía estremecían su cuerpo por la forzada postura en la barcaza, solo podía pensar en los campos abandonados, en las casas abandonadas, en los muertos abandonados. Miraba más allá de la alambrada, más allá del mar que acababa de dejar tras la larga y penosa travesía. Como en un sueño, oía los lamentos de los que quedaron atrás; aún sentía el olor del miedo, de la injusticia y de la impotencia. Se sobresaltó cuándo le tocaron el hombro. Un joven en cuclillas ante él, sonreía. “Bienvenido, dígame su nombre y de donde procede. Trataré de ayudarle. Soy su abogado”.

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  • Imagen de perfilDamián

    Maria Jose Acuaviva 

    El corazón le sale por la boca esta mañana. Ha sido despertar en el campo de refugiados, la casa junto a los suyos, y mirar fijamente al sereno mar que los trajo a este maravilloso lugar que los acoge, volteados, enfurecidos con la vida, con el destino. La casa es el refugio, la infancia es la casa a la vez, y el carácter, el destino. Damián sonríe, los gruesos labios color rojo, señalados en esa tez aceituna. Los pequeños brazos, por la corta edad, ya fuertes por el destino, se agarran con fuerza a la larga alambrada sin fin, se le antoja, que lo protege del resto del mundo. Sonríe, con amplia sonrisa, al abogado que se les acerca despacio, ágil, con su figura acorde al saludo de sus brazos y su cara. Hoy puede ser un gran día para todos. Damián es feliz a pesar de la adversidad, inexplicablemente.

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  • Imagen de perfilEL REFUGIADO

    FRANCISCO MARÍN · ILLES BALEARS 

    Samir era un refugiado como tantos otros, con barba de dos semanas, cuerpo cansado y mirada triste. Había navegado en una patera minúscula durante dos días de mar brava, con un destino incierto, y ahora se hallaba en aquel campo de refugiados que más parecía un campo de concentración, rodeado con una alambrada llena de púas y puestos de vigilancia con policías armados. No le gustaba estar allí, a merced de la caridad de aquella gente extraña y desconfiada, pero no había tenido otra opción. En su país, las acciones represivas de las tropas golpistas se multiplicaban por doquier contra los que se habían significado como defensores de los derechos civiles y cuatro de sus colegas habían desaparecido recientemente. Él había podido escapar en el último momento, pero aún recordaba la voz de los militares preguntando a los vecinos con voz amenazante dónde se escondía el maldito abogado.

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  • Imagen de perfilPerseguir un sueño

    María Sergia Martín González- towanda 

    La mujer, que iba a mi lado en el furgón de refugiados, llevaba el rostro cubierto por un hiyab. Tras días, por campos tortuosos, perdimos de vista el mar y los humos de las aldeas. El conductor detuvo apresurado el vehículo y nos hizo bajar. El sol apuñalaba y el calor era asfixiante. «Madre, ¿y la frontera?», pregunté. «Tras la alambrada», respondió ella. La mujer que iba a mi lado tomó una piedra y la arrojó contra el vehículo que huía sumergiéndonos en una galaxia de polvo. Pude oler su impotencia y su rabia palideciéndole los labios. Nos dejó pocos días después. Cogió mis manos y, silenciosa, me confió su piedra. Esa noche tuve un sueño: era abogado y defendía a madre.
    Parece que hiciera un siglo... Hoy, en mi despacho, la piedra permanece junto a mis libros de Derecho, sobre demandas, querellas y contenciosos. Cerca del retrato de madre.

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  • Imagen de perfilEl caminante

    Cristina Palacios Cobos 

    Cierra los ojos. Lleva la toga que tantas veces ha visto en la televisión. Interroga a los testigos, recaba pruebas, persigue a los criminales que están matando a su pueblo… “Confía en ti”- le dice su madre mientras le da una mochila y un poco de dinero-. “No mires atrás, que nadie te diga que no puedes conseguirlo”. Es un camino largo. Atraviesa campos amarillos y le acompaña siempre el mar de fondo. A lo lejos divisa un montón de almas que esperan su turno en la alambrada. ¿Un refugiado más? “No, - se dice a sí mismo- soy un joven que sueña con ser abogado”. De momento espera. Tiene hambre, frío y sueño. Pero no se rinde. Recuerda las palabras de su madre. Abre la mochila y se le aparece Beccaria con sus delitos y sus penas. Empieza a leer.

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  • Imagen de perfilUn sueño roto

    Rosalía Pacheco de la Puente · Madrid 

    Venían del mar, Yoro los trajo. Dijo que los cuidaría porque él era pescador y conocía el Océano. Con dieciocho años asumió el mando y el riesgo, dejando atrás África y también todo cuanto amaba.
    Fue una lucha feroz y sin tregua. Sol abrasador, viento, incertidumbre, la desconfianza de los demás y su propio miedo. Sin cerrar nunca los ojos escrutando el mar de día, y de noche el cielo.
    Llegaron exhaustos. La frágil patera los dejó una tarde en la arena de Tarifa.
    Con el tiempo el sueño se había roto. Recordaba cuando vivía en el campo huyendo de la alambrada y también, casi tan duro como la travesía, el proceso de pedir asilo. El abogado de la Asociación lo había intentado, pero el juez dijo que no, en su sentencia desestimaba porque él no podía ser un refugiado. En Gambia sólo le perseguían el hambre y la miseria.

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