Benedicto Torres Caballer

Microrrelatos publicados

  • DEFENSA INFERNAL

    —¡A disfrutar! —dijo inexpresivo el gerente entregándome una bolsa con la documentación del viaje.
    Al comienzo, dudé sobre trabajar en aquel lúgubre bufete, pero la sustanciosa nómina y una extraña facilidad para conseguir absoluciones de crueles asesinos me animaron a proseguir durante años. Después de atravesar el escalofriante pasadizo que finalizaba en un pestilente callejón, me dirigí al aeropuerto. Ya en tierra, un siniestro hombrecillo de roja indumentaria me acompañó al todoterreno que condujo con furia por una trocha, atropellando despiadadamente cualquier animal que cruzaba.
    —¿No nota olor a azufre? —dije frotándome la nariz.
    De repente frenó ante una mansión en plena selva.
    —Loción para mosquitos... El rey le espera —dijo sonriente.
    Trasvasé una inmensa puerta barroca; dentro, innumerables puertas semiabiertas dejaban entrever simiescas figuras que gemían de dolor en ardientes fumarolas y lloré ante tamaña angustia. Entonces, grité desesperado: “¿A quién debo defender?”. Y resonó una carcajada con cerrojazo.

    | Enero 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 4

  • LA VACANTE

    Emisarios del rey, hombre de reconocida sabiduría, promulgaron la necesidad de cubrir un excelso puesto para el cual se requería ser letrado y pasar una dificilísima prueba. Sopesando inexperiencia y bolsillo ante centenares de preparados aspirantes y leguas de viaje, decidí presentarme. En un salón palaciego, tras una bellísima mesa ornamentada de caoba, cuatro consejeros: alquimista, constructor catedralicio, magistrada y escribana, realizarían, por turno, una pregunta que debía responder escuetamente.
    “¿Cuál es la transmutación más lenta?”, preguntó el primero. “Convertir el hierro carcelario en aire”, respondí inmediatamente.
    “¿La edificación más ardua?”, demandó el siguiente. “Construir la verdad del culpable”, expuse.
    “¿Las leyes más insondables?”, preguntó la magistrada. “Las de la Naturaleza”, indiqué.
    “¿Y el arcano poder de las palabras del oráculo: testificar, fallo, caja, inadmisión y ultrasonido?”. Tras pensar detenidamente la extraordinaria pregunta, sugerí: “Con otras 145 escogidas hábilmente conformarán fantásticos universos de abogados”.
    Y así conseguí ser Becario Real.

    | Octubre 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 28

  • LA TRAVESÍA

    Era abogado, de los buenos, sumido en la pobreza por la travesía, por no ejercer al no haber causas. Se dirigió a las afueras de la ciudad, hacia el campo. Deseaba despedirse de su amada, la que hubiera sido su mujer, sabía que nunca más hablaría con ella. Recorrido de ruinas, hierros retorcidos, pestilencia, miseria. La lápida, una bala de francotirador, amargos recuerdos con lágrimas de desconsuelo, las últimas palabras. Regresó a la ciudad, una furgoneta le llevaría hacia la costa. El inmenso mar, cuya belleza se apagaba por el terror de la travesía, impedía ver la tierra deseada. Su complexión atlética, sus dotes de nadador, lo mantuvieron a flote mientras escuchaba ahogados gritos de desastre. De pie, en el barco, con una manta que se humedecía lentamente, sentía el frío de la brisa, de la soledad, de la indiferencia. Tierra a la vista. Refugiados, alambradas, miseria. Él, uno más.

    | Junio 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 1

  • LA MILI

    Eran tiempos aciagos cuando finalicé Derecho. El vencimiento de la prórroga implicaba que sería llamado a filas, lo cual me condujo a cierta desesperanza. Aunque el destino sorteado no resultaba nada halagüeño, consideré que con mi titulación sobrellevaría apaciblemente lo que consideraba un largo año de experiencia baldía, aunque finalmente no fue así. Hacía un sol de justicia cuando entré en el destartalado despacho del sargento. Después del saludo, le entregué mi currículum con la esperanza de ser destinado a oficinas. El sudoroso sargento, sin mirarlo, ordenó con vehemencia que debía participar en su nuevo plan de seguridad del despacho del coronel, endilgándome una escoba y un Código militar. Perplejo ante ambos objetos pregunté sobre la escoba. “Hijo, la misión consiste en llegar a cero roedores”. “¿Y el Código, mi sargento?”, pregunté desconcertado. “Con sus conocimientos averiguará lo que ocurre cuando se objetan mis planes”, contestó con velada sonrisa.

    | Enero 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 6

  • VICISITUDES DE UN REFUGIADO OPTIMISTA

    Encuentro trabajo en un bufete después de afiliarme al partido y entonces comienza la guerra. Soy encarcelado por objetor, pero logro escapar mediante sobornos que me dejan sin blanca. En mi travesía, un piloto al que se le han debido caer las lentillas lanza una bomba sobre una depuradora de aguas fecales; afortunadamente, la metralla que me alcanza son limosos tropezones que me dejan en un estado deplorable pero sin heridas. Ya en la frontera, solicito gritando en ocho idiomas diferentes el derecho de asilo, pero el tufo que desprendo no solo empina cualquier subfusil a la misma velocidad con la que me acerco, tal órganos en celo, sino que además promuevo el baldonamiento y la lapidación. Alguien me lanza una botella de lejía y varias de agua que debo esquivar. Me desnudo para asearme y, mientras oigo increpaciones, observo un despliegue kilométrico de concertinas nada musicales. ¡Qué vida esta!

    | Octubre 2015
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 5

  • ESTRÉS

    El mes pasado me matriculé en una academia que por un módico precio ofrecía un curso muy sugerente cuyo programa llevaba como título: “Para ayudar a otros primero ayúdate a ti mismo”. Oratoria, inteligencia emocional, procedimiento administrativo sin estrés, Civil con optimismo, Penal con alegría y unos cuantos más formaban el temario, pero el que más me impresionó fue el de “cómo ser abogado Zen”. Los fundamentos de este se basaban en lo siguiente: por cada jefe o compañero que te increpe escribir una hojita con tus logros o virtudes; por cada caso o cliente complicado, quince minutos de yoga y si toca un juez hueso, roer un rosco de pan como símbolo de superación. Hoy he seguido las enseñanzas académicas: después de una hora de yoga he preparado un informe de varias páginas con mis bondades y en sala he devorado un pan de cuarto antes de ser expulsado.

    | Abril 2015
     Participante