Imagen de perfilVICISITUDES DE UN REFUGIADO OPTIMISTA

Benedicto Torres Caballer 

Encuentro trabajo en un bufete después de afiliarme al partido y entonces comienza la guerra. Soy encarcelado por objetor, pero logro escapar mediante sobornos que me dejan sin blanca. En mi travesía, un piloto al que se le han debido caer las lentillas lanza una bomba sobre una depuradora de aguas fecales; afortunadamente, la metralla que me alcanza son limosos tropezones que me dejan en un estado deplorable pero sin heridas. Ya en la frontera, solicito gritando en ocho idiomas diferentes el derecho de asilo, pero el tufo que desprendo no solo empina cualquier subfusil a la misma velocidad con la que me acerco, tal órganos en celo, sino que además promuevo el baldonamiento y la lapidación. Alguien me lanza una botella de lejía y varias de agua que debo esquivar. Me desnudo para asearme y, mientras oigo increpaciones, observo un despliegue kilométrico de concertinas nada musicales. ¡Qué vida esta!

 

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