VII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Imagen de perfilMENSAJE EN UNA BOTELLA

Julia A. García Navarro 

Querida madre, Estoy en una barcaza, frente a la frontera. Los guardacostas son extraños: nos amenazan con altavoces y fusiles de guerra, pero llevan comida y mantas para nosotros. Parecen confusos: como si sus jefes les ordenaran salvar nuestra vida y al mismo tiempo obligarnos a volver. Los que viajan conmigo cuentan leyendas. La mejor es la de una banda de hombres y mujeres que luchan como defensores de los que no tienen derecho ni país donde regresar. Los llaman abogados. No creo que sea cierto, sobre todo eso de las mujeres en sus filas, pero he tirado mi nombre al mar y los buscaré. Si existieran, les pediré asilo y te traeré conmigo. No queda agua, pero tengo la mejor botella para enviarte esta carta. Hace frío, las olas son altas y la luna ilumina una playa que se ve desde aquí. Adiós madre. Voy a saltar.

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El más votado por la comunidad

Imagen de perfilLA PROFESIÓN PRINCIPAL

Manuel de la Peña Garrido 

Cuentan que un anciano emperador chino, sin descendientes, decidió nombrar sucesor al súbdito más importante. - Sin mí mandando el ejército habríamos perdido todas las guerras. No seríais emperador –razonó el general. - Yo edifiqué grandes murallas para tener fronteras inexpugnables. Ahora proyectaré un palacio donde gozaréis larga vida -replicó el arquitecto. - Todo inútil si enfermáis. Soy el imprescindible –terció el médico. - Sin tratados de paz ni contratos, redactados por juristas, nadie respetaría vuestros dominios ni trabajarían médicos ni arquitectos –interrumpió una estudiante de Derecho. - Y como amante de la Ley, debo denunciar a estos cortesanos. Sé de buena tinta china que, aparentando disputar, conspiraron: el general os apresará y encerrará en un asilo construido por el arquitecto donde el médico os envenenará lentamente. El emperador hizo probar a los conjurados su propia medicina. Y guiñó el ojillo rasgado a la sagaz joven, matriarca de longeva dinastía.

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilLA MIRADA

    Manuel de Lorenzo Segrelles · Valencia 

    Había llovido durante seis días y no parecía que fuera a descansar el séptimo. Alvaro ajustó su abrigo, se frotó las manos intentando conjurar el intenso frío e inspiró profundamente. Llevaba seis horas escuchando solicitudes de asilo, en la Oficina de ACNUR en la frontera. Todas iguales, todas distintas. Ante él, desfilaban colas interminables de personas, en su peregrinaje hacia el derecho a volver a empezar, con esa indeleble marca que siempre deja la guerra, con ese intenso olor de la derrota y la huída.De pronto, un niño se paró enfrente suyo, un brevísimo instante, alzando sus enormes y suplicantes ojos negros. Pura vida por vivir, pura vida incierta. Un sólo segundo, un momento eterno. Alvaro apenas pudo esbozar una sonrisa, lo despidió con la mirada y, siguiéndolo en la distancia, pasó suavemente los dedos por su mejilla húmeda. Había dejado de llover hacía un rato.

     
  • Imagen de perfilLa chispa de la vida!

    Sonia Gómez Pardo 

    A punto de cruzar la frontera de los 40, con más de 15 años dedicándome al ejercicio de la abogacía, y aún me tiemblan las piernas cada vez que cruzo la puerta para entrar en Sala. No importa cuánto me haya preparado para esa posible guerra jurídica que pudiera acontecer con el compañero contrario, con el fiscal, con Su Señoría o con todos... Los nervios y la inseguridad parecen ostentar un derecho de asilo permanente dentro de mi cuerpo, que me engañan haciéndome creer que están dormidos, hasta que llega el día en que despiertan, y se manifiestan en forma de cosquilleo en el estómago y pulsaciones aceleradas, cada vez que tengo que acudir a un señalamiento. Pero pese a ello, pese a lo mal que puedo llegar a pasarlo en alguna ocasión, no lo cambiaba por nada. Es la chispa que da vida a mi profesión!

     
  • Imagen de perfilLe vi al enfilar el pasillo

    JOSÉ ENRIQUE IZQUIERDO REVILLA · Madrid 

    Le vi al enfilar el pasillo, junto al ventanal iluminado por un otoño macilento, arropado en su sillón con la manta a cuadros, regalo de Reyes. Siempre me duele verle así, marchito, en un triste asilo, solo. Tantos años de lucha, batallando una y mil guerras por defender el derecho de cualquier pobre miserable. "¡Julia, hoy ponme cocido que hemos ganado!" "Y cobraremos, ¿no?", contestaba mi madre. "Bueno... Sí, sí, claro", le mentía mientras ella fingía creerlo. Aún recuerdo sus últimas palabras antes de que perdiera la voz. Me pidió la mano, la estrechó todo lo fuerte que el ictus le permitió y dijo: “Gracias, mi pequeño Atticus”. Nunca más ha vuelto a hablar. Muerta mi madre, sin más fronteras que conquistar, yace en vida con los recuerdos que quizá conserve y con el beso que, día a día, le doy cuando paso a verle antes de ir al juzgado.

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  • Imagen de perfilRevelaciones

    Javier Hernández Lozano 

    Entérate bien, le dijo, esto es un despacho de abogados, no una ONG. Si quieres luchar por los derechos de los desarrapados vete a la frontera, a morirte de hambre y de asco tramitando asilos para los refugiados de guerra, le dijo. Pero mientras estés aquí, harás lo que yo te diga cuando te lo diga. Y lo que aquí hacemos es bien sencillo: ganamos dinero, para nosotros y para nuestros clientes. Somos abogados, no carmelitas descalzas, le dijo al fin y salió dejando tras de sí el estruendo de un portazo y un penetrante olor a perfume. Bastida, así le llamaban, por su apellido, recogió en silencio sus cosas, ordenó su mesa y abandonó para siempre la firma en la que ambos hacíamos la pasantía. Nunca en mi vida había presenciado tal ejemplo de dignidad y nunca tuve tan claro, como aquel día, qué clase de abogado quería ser.

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  • Imagen de perfilÉxodo

    Ulyses Villanueva Tomás 

    La columna de inmigrantes paró desordenadamente frente a la alambrada. Sus rostros desencajados y sus cuerpos famélicos apenas podían mantenerse en pie tras tantos kilómetros de huida. La frontera se interponía entre ellos y una nueva vida, lejos de una guerra que duraba años y que les había empujado a un obligado éxodo. Un grupo de militares armados les contemplaba en completo silencio desde el otro lado. El llanto de un niño sobrevoló entonces la enorme columna humana como una petición de asilo, como si el derecho a pasar se formulara en llantos y no en palabras, como si el único abogado que pudiera defenderles en ese momento fuera un niño moribundo y no un hombre de leyes.

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  • Imagen de perfilrefugio

    Lourdes García Huesca · barcelona 

    Hoy ha sido un día duro. Apago y bajo la pantalla de mi portátil, mientras intento olvidar los enfrentamientos a los que he tenido que plantar cara. Por suerte -pienso- mis clientes sólo tienen intereses comerciales, y sus derechos no son otros que aquellos que emanan del papel-dinero.
    Sobre la mesa, se encuentra él, dibujado (o desdibujado) en una hoja de periódico más: sin rostro, un cuerpo inerte ya sin vida.
    No encuentro razonamiento que me explique su guerra, y debato mentalmente las posibles soluciones, sentada en mi silla mientras miro su desdicha.
    Y mientras mi comodidad me abriga, asilo su desgracia en mi memoria, pues es la única forma de crear una frontera entre mi vida y su realidad, un asilo perfecto para que el alma duela sólo de aquí a la puerta. Y luego, el olvido.

     
  • Imagen de perfilORGULLO

    Enrique Centeno 

    Solamente buscamos huir de la guerra. El camino fue muy duro, campo a través muchas veces y evitando caminos. Pasamos hambre, frío, miedo, y lo más duro fue esperar al raso noche tras noche para intentar cruzar la frontera. Mi padre decía que era una excursión, una aventura, pero en sus ojos había miedo. Miedo a no conseguir una vida lejos del temor, a ser arrebatado de casa para ser ejecutado o. lo que más miedo le daba, que me llevaran a mí para luchar en uno o en otro bando. Eso daba igual, porque iría derecho a primera línea sin fuerzas suficientes para empuñar el arma.

    Por eso huimos para buscar asilo, y por eso, nieto mío, no debes olvidar nunca que yo fui refugiado en Francia, y estoy orgulloso de que, como abogado, ayudes a los refugiados de hoy.

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  • Imagen de perfilCIEN MIL UNO

    José Miguel Perlado Villafruela · Madrid 

    Yo huí para salvar la vida, señoría, la de mi familia y la mía. Los cortes de agua y luz, la falta de alimentos, el sonido de los bombardeos, a veces lejanos, otras horriblemente cerca, se convierten en lo habitual, hasta que una parte del cuerpo, o del alma, dice basta.

    Salir de casa para buscar comida, o noticias de los conocidos ya no podía hacerse con la seguridad de volver.

    Por eso crucé la frontera arrastrando a los míos, con lo puesto y el poco dinero que pude reunir. Para pedir asilo y saber que, si uno sale a la calle, volverá seguro a casa.

    Huí de la guerra buscando un país donde el derecho a la vida, a la seguridad, se respetaran, no fueran un sueño.

    ¿Y me dice, señoría, que hago el peticionario de asilo cien mil uno, y que el cupo pactado era de cien mil?

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  • Imagen de perfilMi viejo profesor

    María Antonia Lucas Amate 

    Desde mi ventana le veía llegar caminando despacito intentando mantenerse erguido, y le imaginaba renegando del paso del tiempo que le había obligado a encorvarse y de los dolores de huesos que siempre le habían dado guerra. Se sentaba todos los días en el mismo banco del jardín, entre sol y sombra supongo que por temor a constiparse. Muchas veces me imaginaba saludándole, preguntándole si se acordaba de mí, su fiel alumno de la facultad de derecho, pero me avergonzaba contarle mi vida, confesar que no lo había conseguido, que me había torcido como lo había hecho su espalda y que hacía mucho que había traspasado la frontera que separaba lo bueno de lo malo. En la soledad de mi celda, me quedaba quieto contemplándole y soñaba con salir algún día para poder visitarle en el asilo.

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  • Imagen de perfilALGO MÁS FUERTE

    PATRICIA DURÓ ALEU 

    Tras licenciarme en derecho e iniciar mi andadura profesional, sentí un orgullo sin precedentes. El sentido de la justicia había germinado tempranamente en mí, y la posibilidad de intervenir como letrada en el elevadísimo fin de hacerla efectiva se me antojaba un preciado desafío. Con la certeza de querer dedicar mi vida a ello, invertía largas jornadas en el estudio de cada caso, y buena parte del tiempo libre en mi formación. Mi motor: el convencimiento de que el orden jurídico se articulaba alrededor del ser humano, como eje vertebrador. Llegaron, entonces, las imágenes de los desheredados, desplazados por la guerra en huída hacia ninguna parte; las peticiones de asilo y el consiguiente regateo de los países de mi entorno confortable; el cierre de fronteras y la muerte feroz de quienes trataron de esquivarlas. Algo en mi interior me impulsó a abandonar… pero algo mucho más fuerte me mantuvo firme.

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  • Imagen de perfilNOCIONES BÁSICAS DE DERECHO INTERNACIONAL

    Guillermo Sancho Hernández 

    Pretendía hoy, queridos alumnos, tratar de explicarles cómo alguien que huye (por ejemplo) de una guerra y llega a las fronteras de la Unión Europea, puede ser reconocido como refugiado y empezar una nueva vida.
    Pero ese procedimiento les parecería ahora, visto lo acontecido en los últimos tiempos, un desagradable cuento. Por ello, como persona y como jurista, debo recordar lo siguiente:
    El derecho de asilo está consagrado en el artículo 14 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. No es ningún regalo, ni ningún objeto de libre disposición.
    En un continente que ha sufrido dos guerras mundiales, aquellas instituciones creadas precisamente para evitar que esos dramas se repitan deben ser ejemplares en su respuesta. Y rápidas. Para no vulnerar derechos humanos básicos. Para no ofender a sus propios ciudadanos empleando la palabra “cupo” referida a seres humanos indefensos.
    Para así aplacar nuestra vergüenza, y no confirmar nuestro fracaso.

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  • Imagen de perfilExilios

    Marta Trutxuelo García 

    Las ráfagas de personas que recorren de este a oeste la pantalla del televisor obligan al letrado a permanecer prisionero en su cómodo sillón. Maletas que transportan toda una vida, con billete sólo de ida. La frontera como primer destino, el asilo como eventual refugio. El abogado se incorpora con lentitud, cargando sobre sus hombros la responsabilidad que decidió llevar hace años. Se aproxima a su mesa de trabajo y toma entre sus manos una fotografía antigua: un niño, una maleta. La guerra se revela en instantáneas similares, hace 70 años o hace cinco minutos. El abogado toma su maletín y se dirige a la Oficina de Asilo y Refugio. Recuerda por qué decidió estudiar Derecho: "Hemos hecho lo que ustedes habrían hecho en nuestro lugar", resuenan en su mente las palabras de los padrinos que acogieron a su padre cuando estuvo exiliado en Francia durante la guerra civil.

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  • Imagen de perfilEl río Aqueronte

    Juan Manuel Chica Cruz 

    Acudía al frente provisto de citaciones, peritaciones, alegaciones, enmiendas y amparos. Armas que enfundaba en elegantes maletines. Guerra sin balas pero igual de cruenta. El cuartel general era un despacho a mil euros el alquiler y para conseguir tu parte del botín a veces había que luchar contra los clientes más ferozmente que contra sus enemigos. En el asilo, por fin, senil, con mente frágil y pulso tembloroso creí encontrar sosiego en vida para mí espíritu pero allí tampoco cesaban de preguntarme sobre herencias y eutanasias. La única paz me la dará Caronte y su barca cruzándome por el río que hace de frontera entre el reino de los vivos y los muertos, pero mis camaradas me han desplumado a las cartas y no me queda un sola moneda con que pagarle. Mi peor pesadilla de quedarme como alma errante vagando derecho o gibado por los juzgados se puede cumplir.

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  • Imagen de perfilCosas del derecho

    JULIO MONTESINOS BARRIOS 

    Fiel a la sentencia que da título a uno de mis viejos vinilos, "cuando la muerte me miró de frente, yo me puse de lao". Funcionó. Salvé el pellejo mientras a mi espalda granizaba una descarga de plomo y piedras que hizo jirones la toga que supuestamente iba a ser mi mortaja. Nadie me ha dado asilo, así que no quedó otra que atrincherarme en el despacho y convertirlo en la última frontera de resistencia. Una demanda de divorcio cogida al vuelo y la tapa frontal del viejo código civil usado en la facultad, sirvieron para taponar momentáneamente la dolorosa herida del costado por la que se me escapa la vida. Fuera, el pueblo entero ruge en pie de guerra. Todo porque gané el pleito contra la salvaje fiesta popular de la quema del sapo. Cosas del derecho…

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  • Imagen de perfilUn hermano inesperado

    José Manuel Pérez Pardo de Vera 

    Por “arriba”. Así me destronaron a mí. No fue un hermano pequeño, sino mayor. Un hermano cuya irrupción en mi mundo no tuvo lugar ni por naturaleza ni por adopción. Sucedió por obligación moral, como gustaba de apostillar mi padre.

    Con aquel hombre extranjero –que, según se me dijo, huía de la guerra en una lejana frontera– compartí habitación durante meses. Apenas podíamos comunicarnos. Pero mi perspicacia infantil me hizo testigo de que cada noche su última mirada se detenía en una foto.

    Años después conocí su historia. Y se adueñó de mi vocación de abogado. El derecho de asilo, a eso me dedico. Para mí, sinónimo de abrir camino a una nueva vida que sirva para compensar, siquiera en parte, esas otras que un día quedaron varadas en la playa de aquella foto, y que pudieron haber sido la de ese hermano inesperado, o, tal vez, la mía.

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  • Imagen de perfilVOLVER A EMPEZAR

    Belén Sáenz Montero 

    Revivo la despedida. Su carita preocupada, con la piel descamada por el sol y el salitre, se aleja en el pequeño embarcadero. Lloramos los dos al descolgar el título y ver en la pared un cerco grisáceo que nadie será capaz de enderezar. Nunca estuvo derecho, el marco, porque mamita se empeñaba en poner un ramillete de flores de papel en una de las esquinas y lo besaba ruidosa, como se besan los mofletes de un chiquillo. Una vez que hube cruzado la frontera, en este otro lado, he dejado de ser abogado. Han acabado las amenazas por mi defensa de los más desfavorecidos. Platos que fregar y camas que hacer son ahora mi guerra diaria. Tendré una nueva vida y nuevos horizontes si consigo que mis fuerzas no se ahoguen en este océano frío de burocracia. Sólo necesito un colega que me ayude a presentar la solicitud de asilo.

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  • Imagen de perfilDE CLIENTES E INVASIONES

    Eva María Cardona Guasch 

    De amiga ocasional se convirtió en la clienta más irritante de mi vida. Las llamadas esporádicas devinieron insistentes, a todas horas, cualquier día, al móvil, a casa. Confianza mal entendida. No sólo preguntaba por la marcha de su pleito, también pretendía que decidiera por ella en toda suerte de nimiedades. Tardé en detectar que, en mis respuestas, a menudo buscaba argumentos con los que atropellar derechos ajenos. Quise establecer frontera entre lo personal y lo profesional pero perdí la guerra, su amistad y una clienta. Hoy le he entregado su expediente. Sin tiempo de olvidar, leo que el Colegio organiza un turno de abogados voluntarios. Las solicitudes de asilo llegarán por miles. Tomo aire. Acuden a mi mente los rostros desconocidos que la actualidad informativa muestra a diario a nuestras conciencias. Fugitivos del horror. Probablemente nunca seamos amigos pero sé que necesitarán, de verdad, de una abogada.

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  • Imagen de perfilTRISTEZA INFINITA

    Isabel Morán Fernández · Lugo 

    Sus ojos, esos ojos grandes y profundos, denotaban una tristeza infinita. Al dolor por la guerra en la que se veía envuelto (irracional, inútil, desgarradora) se sumaba otro, quizás más grande aún. Debía partir ya. La frontera sólo estaría abierta unas horas y no debía dejar pasar la ocasión. Una nueva vida le esperaba al otro lado. Y allí estaba yo, junto con otros tantos abogados voluntarios, intentando llevar algo de humanidad a aquel lugar abandonado, perdido, repleto de refugiados. En pocas palabras, de un mal hablado inglés, intentó explicarme cuál era su situación. El derecho de asilo unió nuestras vidas desde ese momento. Redacté la petición necesaria para tramitar su solicitud. Al cabo del tiempo, recibí una resolución favorable. Se la transmití con gran alegría pero sus ojos, esos ojos grandes y profundos, que me miraban con gratitud, seguían reflejando el dolor por su tierra perdida

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  • Imagen de perfilABOGADA 1886

    María del Mar Díez Martín 

    “Miles de desplazados se hacinan en la frontera huyendo de…”
    ―La guerra que das, Javi. Haz menos ruido, por favor, que quiero oír las noticias.
    “Samir, sordo por las bombas, solicita asilo, solo quiere un futuro de paz para su…”
    ―Hijo, que no, que no hay helado a estas horas.
    “…los cadáveres aparecieron en la caja frigorífica del camión abandonado en el lado…”
    ―Derecho a la cama, venga, ya has jugado bastante por hoy.
    “El pequeño ya no jugará en ninguna playa, su cuerpecito sin…”
    ―Vida, lávate los dientes mientras mamá hace una cosa. Ahora subo.

    Abrió su portátil y rellenó el formulario de inscripción.
    Cinco minutos después, la abogada 1886 en el Registro, le daba un beso de buenas noches al niño y lo arropaba entre las mantas…
    “…y ropas de abrigo aportadas por donantes anónimos que desean un mundo mejor.”
    Lo mismo que ella. Apagó el televisor.

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  • Imagen de perfilRECUERDO DE LA DIGNIDAD

    EVA CORNUDELLA SAENZ DE VALLUERCA 

    Encontré a mi cliente sentado en el salón social del asilo donde estaba ingresado. Los trabajadores sociales habían promovido su incapacidad y yo fui designado de oficio para su defensa. Al parecer llevaba meses en que solo hablaba de la guerra del 36. Me senté a su lado y me explicó que había cruzado la frontera por los Pirineos, muerto de miedo. Que lo único que se llevó a Francia fue su propia vida y la compañía de su madre. Me dijo que les habían tratado razonablemente bien. Mientras me hablaba miraba la televisión, y noté que se le saltaban las lágrimas cuando veía las colas del pueblo sirio intentando huir de su penuria. No me pareció ido. En absoluto. Cuando me despedí me cogió de la mano y me dijo “Joven, recuerde que en ocasiones no es bueno el olvido. Todos tenemos derecho a la dignidad”.

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  • Imagen de perfilGÉNESIS

    Paloma Hidalgo D 

    Recuerdo que mamá acababa de servir la sopa cuando aparecieron en la pantalla de la tele sus caritas. Decenas de niños de mi edad, o eso supuse a mis diez años y medio, agolpados en la valla de una frontera, huyendo de un país en guerra. Niños con lágrimas y sin padres cerca, niños con hambre y sin impermeable bajo un diluvio; niños con una vida incierta por delante y sin pasado, enterrado entre los escombros de las casas que habían dejado atrás. Recuerdo también que el locutor dijo que buscaban asilo, y que yo pregunté a mi padre qué significaba eso y que él me lo explicó. Y que fue ese día cuando decidí ser abogado para luchar por sus derechos. Hoy, por primera vez, con todos estos recuerdos inundándome, saldré al estrado a confirmarle al mundo las ganas que tengo de demostrarlo.

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  • Imagen de perfilA LA ESPERA

    María Dolores Moya Gómez 

    Desde hace ocho años soy abogada especialista en Derecho Internacional. Las redes sociales son claves para poder contactar con compañeros de diversos países. Lo más gratificante es conocer a gente maravillosa a miles de kilómetros de distancia, como Arezu, abogada siria a la que siempre admiraré por su labor humanitaria. Nunca olvidaré su rostro a través de la temblorosa y rayada imagen en la pantalla de mi ordenador. Los bombardeos se acercaban a su ciudad. Intenté convencerla de que huyera de aquella guerra, yo misma la acogería en mi casa. Pero sus palabras fueron firmes: “Toda esta gente también tiene derecho a la vida, tienen que darles asilo. Pronto abrirán las fronteras, y entonces me iré con ellos. Seguiré a la espera”. Y la conexión se perdió. Arezu no ha logrado sobrevivir a las heridas provocadas por varios fragmentos de una bomba de barril.

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  • Imagen de perfilTIENEN DERECHO…

    ESTHER CUEVAS MONTAÑES · CASTELLON 

    Huyen de la guerra. Toda una vida llena de trabajo, sudor, sufrimiento… que se desvanece en un suspiro. Sin saber por qué, se enfrentan a algo que les hace escapar de su hogar, cruzar la frontera y buscar ayuda, desesperados, porque tal vez, no habrá un mañana si se quedan donde un día reían, jugaban, donde eran felices.

    Tienen derecho a buscar asilo, amparo, protección… un deseo de refugiarse, cobijarse y dejar que pase la tempestad. Solo quieren un abrazo, un gesto de cariño, un hombro donde llorar.

    Y es nuestra obligación darles esperanzas a seguir viviendo, esperanzas de que algún día volverán a reír, a jugar y volverán a ser felices.

    Porque tal vez mañana seamos nosotros quien les necesitemos, quien busque su cobijo, su abrazo y su cariño.

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  • Imagen de perfilLA PROFESIÓN PRINCIPAL

    Manuel de la Peña Garrido 

    Cuentan que un anciano emperador chino, sin descendientes, decidió nombrar sucesor al súbdito más importante.
    - Sin mí mandando el ejército habríamos perdido todas las guerras. No seríais emperador –razonó el general.
    - Yo edifiqué grandes murallas para tener fronteras inexpugnables. Ahora proyectaré un palacio donde gozaréis larga vida -replicó el arquitecto.
    - Todo inútil si enfermáis. Soy el imprescindible –terció el médico.
    - Sin tratados de paz ni contratos, redactados por juristas, nadie respetaría vuestros dominios ni trabajarían médicos ni arquitectos –interrumpió una estudiante de Derecho. - Y como amante de la Ley, debo denunciar a estos cortesanos. Sé de buena tinta china que, aparentando disputar, conspiraron: el general os apresará y encerrará en un asilo construido por el arquitecto donde el médico os envenenará lentamente.
    El emperador hizo probar a los conjurados su propia medicina. Y guiñó el ojillo rasgado a la sagaz joven, matriarca de longeva dinastía.

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  • Imagen de perfilVICISITUDES DE UN REFUGIADO OPTIMISTA

    Benedicto Torres Caballer 

    Encuentro trabajo en un bufete después de afiliarme al partido y entonces comienza la guerra. Soy encarcelado por objetor, pero logro escapar mediante sobornos que me dejan sin blanca. En mi travesía, un piloto al que se le han debido caer las lentillas lanza una bomba sobre una depuradora de aguas fecales; afortunadamente, la metralla que me alcanza son limosos tropezones que me dejan en un estado deplorable pero sin heridas. Ya en la frontera, solicito gritando en ocho idiomas diferentes el derecho de asilo, pero el tufo que desprendo no solo empina cualquier subfusil a la misma velocidad con la que me acerco, tal órganos en celo, sino que además promuevo el baldonamiento y la lapidación. Alguien me lanza una botella de lejía y varias de agua que debo esquivar. Me desnudo para asearme y, mientras oigo increpaciones, observo un despliegue kilométrico de concertinas nada musicales. ¡Qué vida esta!

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  • Imagen de perfilEl Elegido

    Maria Luisa Coves Vázqyez 

    Los inmigrantes de Siria morían por cientos en el mismo Mediterráneo que veía desde la ventana del despacho.
    Colaboraba con alguna ONG, pero necesitaba hacer algo más, como abogado, ante esta crisis humanitaria. Ante mi propia crisis personal.
    Cuando vi el Registro de abogados especializados en Derecho de Asilo, no dudé en apuntarme. En mi vida me he sentido más satisfecho.
    Mustafá, un chico sirio de veinticinco años, fue el “elegido”, (eso es lo que significa su nombre), para ser mi primer caso.
    Mustafá huye de la guerra, yo huyo de la indiferencia. Mustafá está asustado, yo también. Todo esto está pasando al otro lado de mi ventana.
    Cierro los ojos y sueño que la guerra se ha acabado y que Mustafá me invita a su despacho en la ciudad de las Mil y una noche. Despierto y pienso que hasta Dios puso fronteras en el Paraíso. Vuelvo al trabajo.

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  • Imagen de perfilPuerta a la esperanza

    Pablo Alvarez Castaño · Cádiz 

    Soy sólo un niño. Necesito que alguien me proteja. Este señor…. ¿Quién será? Traje, maletín, una expresión amable. ¿Habrá estado en guerra? Abogado, se dice. Habla mucho, y mucho no lo entiendo. Que tengo derecho de asilo. Derecho a empezar de nuevo, en una tierra nueva. Hace un año… no sabía qué eran las fronteras. Hoy lo que no sé es cuántas he cruzado desde que nos fuimos de Siria, ni la vida que me espera tras cruzar la última. Tampoco sé a cuantos he perdido entre la primera y la última, porque cruzaron una sin controles de la que no se puede volver. ¿Volveré algún día y, si lo hago, qué me encontraré? No puedo saberlo, pero, gracias a él, no estoy solo. Al menos ahora puedo contar con alguien que conoce esta tierra extraña y, por primera vez, una puerta se abre a la esperanza.

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