ANTONIO LUIS MIRANDA SANCHEZ

Microrrelatos publicados

  • LA RESISTENCIA

    Todo sucedió muy rápido, la súbita transformación de nuestro mundo nos pilló desprevenidos. Nadie vio las señales. El éxito nos cegó y quedamos embriagados por un sopor artificial que nos hizo creernos inmunes. Pero caímos al abismo. Los que quedamos, sólo sobrevivimos. Es el único desafío que nos mantiene en pie, resistir un día más. Resistir, por nosotros y por aquellos a quienes perdimos.

    Fue un quince de abril, ese día, él tomo conciencia de lo que era. Aterrados, intentamos detenerlo pero ya fue demasiado tarde. Aquel eficiente pasante asumió lo que todos sabíamos, que era un brillantísimo abogado, un talento natural para el Derecho. Abandonó el bufete, montó el suyo y la gran mayoría de los clientes le siguieron. Lo que vino después fueron despidos, dimisiones, así hasta seis compañeros y cuatro empleados. Hoy solo quedamos dos; compartimos un modesto despacho y la férrea voluntad de seguir resistiendo.

    | Abril 2019
     Participante
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  • TIEMPOS MODERNOS

    El aviso retumbó en su oído. -¡Lo estamos revisando¡

    Con un gesto sereno se llevó la mano al oído, desenredó el cable que se escondía bajo su camisa y, ajustando un pequeño micrófono, mantuvo una breve conversación. El juicio quedó interrumpido, comenzando a sonar en bucle los ya conocidos compases de viento y percusión. Mientras, una gran pantalla de plasma nos mostraba varios de los documentos del pleito y se trazaba una línea cronológica, destacando las fechas de cada uno de ellos. El juez miraba las imágenes e intentaba conciliar las indicaciones que le llegaban desde su auricular con mis tímidas protestas. En efecto, la acción de mi cliente contra la comunidad de propietarios estaba prescrita y se desestimó en aquel mismo momento nuestra demanda.

    Todavía añoro aquella época en la que los juicios se terminaban, se dictaba una sentencia y había, incluso, posibilidad de recurso pero, son tiempos modernos.

    | Febrero 2019
     Participante
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  • LA FOTO

    Mi primer libro “jurídico” fue la declaración universal de los derechos del niño. Tenía 9 años y me lo regaló mi padre. El libro no mostraba a niños en guerra o presos en campos de refugiados. Esos niños explicaban sus derechos y eran dibujados con la misma sonrisa. Todos aparecían felices, como yo. Al crecer, los vi en televisión encogidos de frío tras una alambrada o naufragando en el mar. Ya ejerciendo como abogado, aquellos niños tuvieron nombre, Ahmad y Mazen. Eran los hijos de mi cliente, pedía asilo y me enseñó una foto con su familia. Fue hecha antes de la guerra y salían sonriendo, como los niños de aquel libro. Con la estimación del recurso, el asilo fue finalmente concedido y, en agradecimiento, insistió en regalarme esa foto. Desde entonces la mantengo guardada en aquel viejo libro, como un ritual para que sus sonrisas no se borren jamás.

    | Junio 2016
     Participante
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  • ULTIMA CENA

    “Debo desestimar y desestimo la demanda…”. Llamo al cliente. ¿Un juicio ganado de antemano?, nunca dije nada parecido. La otra parte también cuenta. Hay varios criterios jurisprudenciales y Su Señoría estimó otros distintos. No se trata de impunidad, el Juez tiene libertad de interpretar la Ley. Tampoco diría que nos han dado una buena paliza. Al menos no hay condena en costas. No hemos salido tan mal en el intercambio de golpes. El abogado contrario habló más porqué la demanda se formula por escrito y él contesta verbalmente. Yo solo tenía que ratificarla. Este tipo de juicio es así. Lo del guardia de seguridad de tu empresa no tiene nada que ver. Le estimaron la demanda pero solicitaba otra cosa distinta…
    De acuerdo, ya hablaremos en la cena.
    Sólo hay algo peor que llevar un pleito a un familiar y es perderlo días antes de Nochebuena.

    | Abril 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 1

  • R.I.P.

    Mañana moriré. Se me antoja como algo placentero. Un descanso por fin. Cuando amanezca, solo podré disponer de mi propia vida. Lo perdí todo y mañana se ejecutará el desahucio. No es solo la pérdida de 50 metros cuadrados, es la condena a no ser nadie. Será un veintinueve de febrero, así solo me llorarán cada año bisiesto. Es el único legado que puedo dejar. Eso y esta vieja pluma. Con ella firmé aquel maldito documento como fiador y con ella escribo estas palabras. Que sea para él, para mi abogado. El nunca perdió la fe, peleó con fuerza cada revés. Con la guerra perdida siguió empeñado en ganar batallas, retrasando un final inevitable. Paralizó la ejecución una y otra vez, consiguiendo de la administración plazos de gracia. Mi única vergüenza es haberme rendido antes que él. Quizás mañana lo vuelva a conseguir, pero ya estoy muy cansado. Lo siento.

    | Febrero 2016
     Participante
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  • EL DÍA MÁS LARGO

    Suena el teléfono de madrugada, empezamos a jugar, hay un detenido en comisaría. El día de guardia empieza. Con el maletín y las ojeras acudo a la primera asistencia. Es un multirreincidente que conoce el derecho penal mejor que yo y se niega a declarar. Mejor, así me ahorro el interrogatorio policial y puedo llegar antes a otra actuación. La Guardia Civil tiene tres detenidos. Mientras espero en el cuartel contemplo el amanecer y me refugio en releer mi código penal pero ese fugaz momento de romanticismo jurídico se interrumpe y comienzan las declaraciones. Termino y salgo corriendo para el juzgado, me esperan para un juicio inmediato. Sólo tengo cinco minutos para repasar el expediente junto al cliente y entramos en sala. Se suspende la vista, hay que peritar unos daños. Vuelvo a irme para otra asistencia en comisaría. Doce horas más y terminará la guardia, el día más largo.

    | Septiembre 2015
     Participante
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  • LEGITIMA DEFENSA

    No lograba desconectarme de mi próximo juicio, vivía agobiado con ese asunto. Me veía como veinte años atrás cuando me enfrenté como jurista a mi primera vista. Pero ahora era diferente, no eran nervios, sentía terror a sentarme en el estrado de la defensa. Cualquier consulta del expediente me hacía dudar, lo releía a todas horas en el despacho, en la cocina mientras apuraba la rebanada del desayuno o viendo la televisión. No paraba de añadir nuevas notas y corregir de forma convulsiva las anteriores. Llegué a olvidarme del resto de mis clientes. Cuando al fin llegó el día salí de casa directo al juzgado, me temblaban las piernas y no paraba de sudar. Tuve que dar un rodeo y ganar tiempo para recomponerme. Ya en el pasillo, mientras esperaba la llamada del agente, me coloqué la toga, respiré hondo y juré que nunca más me defendería a mí mismo.

    | Julio 2015
     Participante