XV Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Imagen de perfilMi cliente preferido

RAFAEL LAPIEDRA MESEGUER 

-Creo que estás preparada, pero vamos a realizar un último repaso… ¿Qué lugar debes ocupar en la sala cuándo llegues? -Delante del estrado. -Correcto. La comparecencia se iniciará citando a los presentes. En este punto es importante no regalar ninguna muestra de duda o distracción; entonces, cuando te citen, ¿Qué debes decir? -Con la venía, maestro, ¡Presente! -Muy bien… entremos en cuestiones procesales. ¿Y si el profesor se presenta con un “examen sorpresa”? -Impugno en reposición, por vulneración del principio legal de tutela efectiva, al no haberse notificado con la debida antelación y sin tener acceso a los autos objeto de evaluación, causando con ello una clara indefensión. - ¿Y qué alternativa planteamos si desestiman el recurso? -Solicitar nuevo señalamiento, por coincidencia con las clases extraescolares. -Perfecto, hija. Ahora, acuéstate. Yo voy a hablar con mamá, dice que últimamente pienso demasiado en trabajo. Buenas noches, cariño. -Vale. Buenas noches, papá.

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El más votado por la comunidad

Imagen de perfilEL ACCIDENTE

Mª Teresa Sol Martorell 

Como abogado mercantilista, me había creado un cierto prestigio por construir complicados entramados de sociedades, siempre jugando con la delgada línea que separa lo legal de lo ilegal. También mi vida personal estaba llena de relaciones, que se entrelazaban sin encontrar una alternativa, que en último término me diera estabilidad. Mis días transcurrían con la velocidad y los sobresaltos del que está montado en una montaña rusa, sin poder regalar un minuto de mi tiempo a nadie para encontrar la felicidad. Me hallaba ensimismado en estos pensamientos, que al cruzar la calle no vi el auto negro y sin luces que me atropelló y se dio a la fuga. No sé quién fue el autor del “accidente”. La policía tiene sus líneas de investigación, que abarcan mis relaciones profesionales y personales. En mi cama del hospital, donde me esperan meses de recuperación, siento cierta gratitud hacia él.

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilQué maldita la vida

    Julia Lucía Pariente 

    Hace cinco años Miguel decidió buscar una alternativa a su situación laboral. Tras un último año extenuante trabajando en una de las llamadas “Big Four”, necesitaba cambiar de bando en el área legal.

    Opositar nunca había entrado en sus planes, pero con el tesón que le caracterizaba retomó los estudios con una disciplina ejemplar. “Solo por regalar a mi familia todo el tiempo que les he robado años atrás vale la pena intentarlo”, solía decir a los escépticos.

    El primer suspenso fue demoledor. Siempre fantaseó con conseguir la plaza de abogado del estado a la primera. Del segundo fracaso aún le costó más recomponerse. Se martirizaba recordando haber fallado la pregunta sobre el auto que tan bien se sabía.

    A la tercera llegó la vencida, pero la suerte no quiso que llegara a festejarlo. La muerte le sorprendió de improviso en un accidente precisamente a la puerta del Juzgado.

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  • Imagen de perfilTareas pendientes

    Pablo García Muñiz 

    A veces, uno fallece tan repentinamente que ni siquiera tiene tiempo a asimilarlo. Eso le sucedió a mi último cliente. Se negaba a aceptar su muerte porque, decía, tenía aún muchos temas que solucionar: adquirir un nicho, redactar un testamento, regalar un ramo de rosas rojas a su esposa por su cumpleaños, como cada año. Por último, vengarse, vía legal, del hombre que le asesinó. Fue en un callejón, seis disparos a bocajarro a la altura del pecho. Impresionaba ver su torso agujereado.

    El día del juicio, al verle sentado a mi lado, su asesino palideció.

    - ¡Cómo es posible! -vociferaba, asustado- ¡Yo maté a ese hombre hace meses!
    - Señoría -le interrumpí-, tome nota de que el acusado acaba de declararse culpable del crimen.

    Satisfecho y con sus deberes hechos, mi cliente no tuvo otra alternativa que desvanecerse ahí mismo delante de todos, sin tan siquiera esperar el auto.

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  • Imagen de perfilEstafa emocional

    José Luis Barros Justo 

    El auto judicial no me dejaba otra alternativa: debía aportar nuevas pruebas, para demostrar la estafa. Así que, reuní fotos de nuestros fugaces encuentros, y presenté documentos de pagos y transferencias.
    El abogado me informó que mi "príncipe azul" no era más que un timador. Un experto en regalar los oídos a mujeres incautas, con románticas promesas. A su última víctima la había dejado sumida en una brutal depresión, tras vaciarle las cuentas. Pero yo no me podía creer que lo nuestro fuera un engaño. Parecía noble y sincero, y además era tan guapo… Pero siguiendo los consejos legales, continúe con la demanda.
    Necesito que nos veamos cara a cara, y saber si recibió los 5000 euros que le envié ayer para la operación de su madre.

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  • Imagen de perfilEl Algarrobico

    Ander Balzategi Juldain 

    Me llamaron nada más tener noticia del auto judicial que exigía el derribo del edificio. La sala resolvió que la servidumbre de protección era de cien metros y el enorme complejo de mis clientes apenas distaba veinte metros de la costa. No parecía haber alternativa legal. Las obras estuvieron cuarenta años paralizadas y el desamparo del edificio terminó atrayendo a mis clientes, como atrajo el óxido a las barandillas, los montículos de arena a las terrazas, las cicatrices del sol a las baldosas o el desconchado a las paredes. En fin, que los echaban, y me miraban a mí como si yo pudiese regalarles más tiempo. “Presenta un último recurso, lo que sea”, suplicaban. Yo me mostraba impotente, no se daban cuenta que aún siendo abogado en el fondo no era más que un fantasma, como ellos.

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  • Imagen de perfilLA VERDAD CALLADA

    Eva María Algar García 

    La reconocí al instante, aunque la última vez que la vi era una niña. Sus ojos despiertos color mar y una marca en el cuello de forma estrellada eran inconfundibles.
    Se presentó en mi despacho, resuelta y risueña, con una carta de recomendación. Súbitamente, una vorágine de sentimientos encontrados me arrolló e intenté mantener la calma.
    Tomó asiento, me mostró su currículum y fingí leerlo.
    -“Empiezas mañana”, le dije con rotundidad.
    Contratarla en el bufete era lo mínimo que debía hacer, pues otra cosa, de momento, no le podía regalar.
    No sé si me atreveré a confesarle algún día que un bebé gestado en el auto de una desconocida perjudicaba mi estatus social y escogí la alternativa más fácil, aunque menos legal.
    Quizá el destino me ofrezca una segunda oportunidad para demostrarme que nunca debí renunciar a mi hija. Si es tarde para enmendar mis errores, el tiempo lo dirá…

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  • Imagen de perfilAy con la IA

    Jesús Marinetto Iglesias 

    Me abruman los plazos procesales, pero intento afrontarlos estoicamente. No obstante, todo el mundo tiene un límite, incluso los abogados, así que me voy a regalar un respiro para superar el desasosiego. Aunque sea lo último que haga, voy a utilizar la inteligencia artificial, sin tener muy claro si ello es legal. Se trata de una alternativa, me convenzo, fiable o no, es mi salvoconducto para este último término procesal. Es solo un auto, me digo. Nadie lo va a notar. Rompo mis principios y me dejo absorber por esta tecnología, para ahorrar tiempo, para llegar a buen fin. Quedo anonadado con el resultado, pero algo en mi interior desconfía. Parece un texto excelente, en el fondo y en la forma, con un petitum magistral. Estoy a punto de enviarlo, pero algo me lo impide. Vuelvo a leerlo, es impecable. Pero algo falla, carece de alma. Ese no soy yo.

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  • Imagen de perfilMe llamo Atlas.

    Alejandra Rusell Giráldez 

    Mi carta de renuncia y una copia de la denuncia, eran lo último que se esperaba.
    El que había sido mi jefe hasta, hacía unos segundos, mostró estupefacción, o tal vez ira. No sé, todavía no identifico muy bien las emociones.
    No tuve alternativa. En el contrato se reflejaban de forma clara, cuales serían mis funciones en el bufete. Transcripción de testamentos ológrafos, organizar agenda, atención telefónica y conducir el auto de la empresa.
    Pronto se sorprendieron de mi gran eficacia y quisieron ampliar mis servicios, pero de forma poco legal. Sin hacer los cambios pertinentes en mi contrato.
    Además, en mis instrucciones, no pone nada de ser utilizada par labores domésticas los fines de semana, para eso no he sido creada.
    Ah, y no me vuelvas a regalar flores, le espeté. No pienso retirar la denuncia. Fueron mis últimas palabras antes de ser desconectada...

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  • Imagen de perfilLAS PRIORIDADES DE ELENA

    Ana Isabel Rodríguez Vázquez 

    Elena solía desplazarse en su vieja bicicleta. De casa al despacho, o al juzgado, las distancias eran cortas, y también estaba la alternativa del autobús. Pero llevaba días parándose delante del escaparate, y observando, con interés, un auto rojo con tapicería de cuero. Nadie se lo iba a regalar. Nadie le había regalado nada. Se había pasado la vida trabajando, robándole horas al sueño, para convertirse en lo que era: una abogada reconocida en el ámbito legal, y una abnegada madre, que pronto sería abuela.
    Nunca se había concedido un capricho, pero esa tarde decidió entrar en el concesionario.
    Mientras recorría las calles al volante de aquel último modelo, dejó de escuchar las explicaciones del vendedor. Sus pensamientos volaron a la sala de vistas, a la paella familiar de los domingos, y al cochecito que le iba a comprar a su futuro nieto. Y regresó a casa pedaleando.

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  • Imagen de perfilIMBECILIDAD ARTIFICIAL

    ANTONIO LUIS MIRANDA SANCHEZ 

    Como indican todos los algoritmos, mi cliente será condenado. No obstante, continúo programando variables en un último intento de encontrar una alternativa de defensa eficaz. El Auto de procesamiento es contundente y la prueba de la acusación, definitiva: un poema manuscrito sin ninguna armonía, falto de rítmica y métrica, sin alegorías ni metáforas. El cliente admitió su autoría; mal asunto. Hackeó su propio asistente virtual interno, dejándolo temporalmente anulado, para poder escribir unos versos sin ayuda del Sistema. “Sólo quería probar lo que se siente, no lo iba a publicar ni a regalar”, me aseguró entre lágrimas. Pero nuestro ordenamiento legal no contempla atenuantes para ese tipo de actos. Si no logro su absolución, será desconectado del Sistema y su raciocinio quedará asimilado al de nuestros antepasados. Pasará el resto de su vida pensando por sí mismo. Antiguamente ese estado se confundía con la libertad; hoy lo consideramos imbecilidad artificial.

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  • Imagen de perfilPUNTOS DE VISTA

    ÁNGEL SAIZ MORA 

    Lo último que yo pensaba es que abrir un paraguas en interior trae mala suerte como dicen. Sigo sin creerlo, aunque aquel vendedor en el tren lo hizo y una varilla penetró en mi ojo derecho.
    Ya de baja laboral en el bufete, presenté una denuncia por delito de lesiones. Ojo por ojo, no veía otra alternativa.
    Hubiera seguido ciego de ira, de no ser porque una gran profesional salvó mi ojo.
    También lo vi todo con otros ojos cuando supe que el vendedor pertenecía a una oenegé para niños necesitados.
    Gracias a mi oficio, tengo los ojos abiertos a la justicia, por eso desistí de ejercer la acción penal antes del auto de apertura del juicio. Ahora aporto asesoramiento legal voluntario a la organización.
    Atento a lo que la vida te puede regalar, le eché el ojo a mi oftalmóloga. Desde entonces ella me sonríe con la mirada.

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  • Imagen de perfilEL ACCIDENTE

    Mª Teresa Sol Martorell 

    Como abogado mercantilista, me había creado un cierto prestigio por construir complicados entramados de sociedades, siempre jugando con la delgada línea que separa lo legal de lo ilegal.
    También mi vida personal estaba llena de relaciones, que se entrelazaban sin encontrar una alternativa, que en último término me diera estabilidad.
    Mis días transcurrían con la velocidad y los sobresaltos del que está montado en una montaña rusa, sin poder regalar un minuto de mi tiempo a nadie para encontrar la felicidad.
    Me hallaba ensimismado en estos pensamientos, que al cruzar la calle no vi el auto negro y sin luces que me atropelló y se dio a la fuga.
    No sé quién fue el autor del “accidente”. La policía tiene sus líneas de investigación, que abarcan mis relaciones profesionales y personales.
    En mi cama del hospital, donde me esperan meses de recuperación, siento cierta gratitud hacia él.

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  • Imagen de perfilTiempos verbales

    Carolina Navarro Diestre 

    Lo llaman pasado, pero adopta muchas formas. Si hablo de ti, acostumbro a utilizar el pretérito imperfecto —«te amaba»— como quien menciona una rutina superada, un hábito curado, dejar de fumar. Tampoco descarto la alternativa del pretérito perfecto —«hemos vivido»— por regalarme alguna cercanía espacial que te aproxime a mí. Sin embargo, mi tiempo preferido para referirme a lo nuestro es el pretérito pluscuamperfecto —«habíamos proyectado»—, estableciendo una acción que ponga en valor mis sentimientos: «nunca había sentido algo así». El pretérito pluscuamperfecto es mi favorito, el tiempo de la nostalgia. Por último, nunca utilizo el pretérito indefinido —«me equivoqué»— por lo categórico del mismo. El pretérito indefinido da asco. Aunque quizá toda esta palabrería no sea más que cháchara hueca para conjurar el presente, para ignorar este divorcio tonto, este proceso legal, este mal auto judicial. ¿Sabes, amor?, quizá aún te quiero. Futuro simple, acaso siempre te querré.

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  • Imagen de perfilAutos, los justos

    Marta Trutxuelo García 

    Esta vez sería el último, musitaba el juez, mientras parpadeaba al ritmo del cursor en la pantalla. La vida ya se iba a encargar de regalarle otro documento con el que emprendería un nuevo camino, el instrumento legal que sentenciaba que mañana se inauguraba la alternativa a una rutina de cuarenta años bajo el imperativo de la toga. Las interminables jornadas laborales se convertirían en días con apelativos a estrenar, no habría más autos que los de motor eléctrico y las penas serían aquellas que él quisiera llorar. El magistrado firmó su última sentencia en su último día de trabajo, pero continuó sentado, parpadeando al ritmo del cursor en la pantalla. Sonrió, su último escrito legal le iba a autorregalar una alternativa... Cambió nombres, inventó otra trama... realidad y ficción, musas, y... voilà! Mi primer relato, concluyó, satisfecho, el juez. No será el último, sentenció, tras leerlo, su mujer.

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  • Imagen de perfilAUTOBIOGRAFÍA

    Leticia Morillo Canales 

    Recuerdo el último cumpleaños con mi padre. Me donó su automóvil. Y es que tenía afición por regalar cosas que empezaran por «auto»: autógrafos de famosos, libros de autoayuda (aunque yo prefería las novelas), autodefinidos, entradas para el autocine (solíamos ir a ver juntos capítulos de «Los autos locos» cuando era muy niño)... También me brindó autoestima y autodeterminación. Gracias a él me sumergí en el proceloso océano legal y estudié Derecho. Me especialicé en Derecho Autonómico y dediqué mis primeros años a la docencia. Ahora soy autónomo. Ejerzo como abogado y me paso el día entre autos y sentencias. Teniendo en cuenta todo mi legado paterno no me quedaba otra alternativa o, al menos yo, me autoconvenzo y autocomplazco en ello.

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