Jesús Marinetto Iglesias

Microrrelatos publicados

  • EL PROBLEMA LEGAL

    Mi amigo Sherlock se puso a razonar con un elegante individuo de formación legal. Andaba tras una ambiciosa pista que se le estaba resistiendo. Una joven fiscal había huido con un magistrado entrado en años, abandonando la vocacional profesión de la noche a la mañana y sin ningún tipo de razón ni lógica alguna. Le preguntó al abogado sobre la validez de una confesión emitida bajo coacciones. El letrado realizó, entonces, una disertación y un alegato mediante un argumento harto manido y repleto de extrañas e incomprensibles justificaciones, eximentes y atenuantes. Estaba claro que sus argumentos jurídicos no satisficieron a mi socio que seguía cavilando sobre lo extraño de aquel desliz. Yo estaba convencido de que la confesión estaba viciada de amor, se trataba de un acto pasional, y cuando lo comenté con mi amigo el detective, sentenció el caso con un: «Elemental, querido Watson, ¡es culpa de la primavera!».

    | Abril 2024
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  • En Babia

    Sueño que llego tarde a un juicio, que el despertador no suena, que pierdo el tren y que, cuando llego a la sala de vistas, el juez ya se ha marchado. Un sueño recurrente, una pesadilla.
    En cuanto abro los ojos, me pongo en marcha y llego antes de que abran las puertas de la Ciudad de la Justicia. He tenido suerte, ni colas, ni retrasos, ni atascos.
    Mientras espero, intento recordar de memoria el decreto del letrado de justicia. Mientras desespero, me dispongo a afrontar un nuevo desafío para proteger a mi cliente, pero no aparece. Tampoco veo a los funcionarios o a los jueces entrar por la puerta de servicio preferente; tampoco a los procuradores ni a los colegas en la fila.
    El portero sigue sin aparecer. Pregunto a un transeúnte. Es sábado, dice sorprendido. Se me desploma la mandíbula.
    Los juicios, como los sueños, son algo efímero.

    | Febrero 2024
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  • Ay con la IA

    Me abruman los plazos procesales, pero intento afrontarlos estoicamente. No obstante, todo el mundo tiene un límite, incluso los abogados, así que me voy a regalar un respiro para superar el desasosiego. Aunque sea lo último que haga, voy a utilizar la inteligencia artificial, sin tener muy claro si ello es legal. Se trata de una alternativa, me convenzo, fiable o no, es mi salvoconducto para este último término procesal. Es solo un auto, me digo. Nadie lo va a notar. Rompo mis principios y me dejo absorber por esta tecnología, para ahorrar tiempo, para llegar a buen fin. Quedo anonadado con el resultado, pero algo en mi interior desconfía. Parece un texto excelente, en el fondo y en la forma, con un petitum magistral. Estoy a punto de enviarlo, pero algo me lo impide. Vuelvo a leerlo, es impecable. Pero algo falla, carece de alma. Ese no soy yo.

    | Octubre 2023
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  • El acertijo

    -Qué orgullo, somos adversarios en este pleito. Pero no enemigos, ¿eh?
    -Como mucho, colegas.
    -Déjate ayudar, somos amigos. Fuimos juntos a la facultad.
    -Entonces, colegas y excompañeros. Nada más.
    -Es fundamental que nos pongamos de acuerdo en esta litis, por economía procesal.
    -Me gusta pleitear, para eso estudiamos y nos colegiamos como abogados.
    -Tu concentración desmesurada no será suficiente para convencer al juez esta vez.
    -Siempre fui más listo que tú. Y lo sabes.
    -Tu turno, pues.
    -¿Qué quieres decir?
    -He utilizado cinco palabras en nuestra conversación, la segunda de cada una de mis frases. ¿Qué palabra puedes formar con sus iniciales? Solo hay una posibilidad.
    -Siempre fuiste un engreído. Déjame pensar… Está bien, me rindo.
    -Facto. De facto te voy a ganar y te van a condenar en costas.
    -Touché.
    -Compañero, la concentración es fundamental para ayudar en el turno con orgullo.
    -¡No! Has utilizado las cinco palabras, ¿verdad?

    | Julio 2023
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  • ABOGADO DE GUERRILLAS

    Me visto y siento el contacto con la toga, mi uniforme de combate. Subo al escenario bélico y hostil que constituyen los estrados. Una letrada va a documentar todo mi alegato y dará fe de todos mis argumentos, para la posteridad. En frente, el enemigo, al acecho, un bando tan inocente o culpable como el otro. Un juez dictará nuestro destino, una suerte en la que nadie gana todo y todos pierden algo. ¿Es posible perdonar en tiempos de guerra? Mantengo y defiendo mi posición afirmativa en el campo de batalla. Alzo la voz de forma vehemente, la palabra, mi única arma en el fragor de la contienda. Quizás sea una táctica abusiva, pero soy abogado, un superviviente, un mercenario de la justicia y un acérrimo defensor de la paz. Un anhelo por el que nunca estorban las palabras y siempre sobran las malditas balas.

    | Febrero 2023
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  • El Estado contra Pinocho

    Pinocho robó, presuntamente, el tarro de crema pastelera. Y acusó a su mejor amigo, pinche de cocina, de haber urdido el plan; provocando su despido. Geppetto le había advertido hasta la saciedad: «las marionetas de madera no pueden comer». Si quería convertirse en un niño de verdad, sólo había una forma: «Debes estudiar derecho y hacer el bien». Pero fue inútil, en aquél niño rebelde era imposible una renovación. Algo, no obstante, sí consiguió: rodearse de juristas. Allí estaban el abogado, el fiscal y el juez; pero para sentenciar su caso. Se le acusaba de un delito de robo con fuerza en las cosas, utilizando palancas de madera: todo él. El fiscal le preguntó por qué había mentido. Pinocho, haciendo caso omiso a los consejos de su abogado, no se acogió al derecho a no declarar; y su nariz creció y creció hasta el infinito y más allá.

    | Mayo 2018
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  • Caperucita y sus juicios

    La pérdida de la abuelita fue un varapalo para Caperucita, sus familiares y vecinos de la aldea. El primer asalto, después de un duro procedimiento penal, que acabó con la condena del lobo como autor de asesinato con alevosía, había llevado hasta la más absoluta fatiga. Litigar es para abogados, no para cazadores y leñadores. Aun así, en la aldea, se armaron de valor para afrontar el nuevo episodio judicial, en defensa de la pequeña de la capa roja: la impugnación de la herencia de la abuelita, que, para sorpresa de todos, dejaba la totalidad de sus bienes al feroz animal. Ni el más avispado abogado se atreve a especular sobre el final, pero una cosa está clara: ninguno será feliz ni comerá perdiz.

    | Febrero 2018
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