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Jesús Marinetto Iglesias 

Sueño que llego tarde a un juicio, que el despertador no suena, que pierdo el tren y que, cuando llego a la sala de vistas, el juez ya se ha marchado. Un sueño recurrente, una pesadilla.
En cuanto abro los ojos, me pongo en marcha y llego antes de que abran las puertas de la Ciudad de la Justicia. He tenido suerte, ni colas, ni retrasos, ni atascos.
Mientras espero, intento recordar de memoria el decreto del letrado de justicia. Mientras desespero, me dispongo a afrontar un nuevo desafío para proteger a mi cliente, pero no aparece. Tampoco veo a los funcionarios o a los jueces entrar por la puerta de servicio preferente; tampoco a los procuradores ni a los colegas en la fila.
El portero sigue sin aparecer. Pregunto a un transeúnte. Es sábado, dice sorprendido. Se me desploma la mandíbula.
Los juicios, como los sueños, son algo efímero.

 

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