X Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Imagen de perfilEl cuento de la abogada

Marta Trutxuelo García 

Desde hace un rato me sigue como un perrito faldero. Lleva una libreta y, lápiz en mano, mi hija es la viva imagen de la expectación. Comienza el bombardeo de preguntas: "¿Todas las sentencias son justas?" Y debatimos sobre el reciente fallo que reduce una violación a un simple abuso. "¿La justicia es igual para todos?" Y comentamos la grabación que muestra cómo unas cremas aparecieron en el bolso de una representante pública sin pasar por la caja del supermercado. "¿En los juicios siempre se dice la verdad?" Entre los infinitos ejemplos hoy, primero de mayo, sólo recuerdo eufemismos como apelar a la imposibilidad de renovación de contratos para amparar despidos improcedentes. "¿Crees en la justicia?", es su última pregunta. Y llega el momento de sentenciar: cuando mi hija me lee su redacción sobre lo que significa ser abogada me recuerda por qué aún quiero, pese a todo, seguir siéndolo.

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El más votado por la comunidad

Imagen de perfilJUEZA Y MADRE

Ana Isabel Rodríguez Vázquez 

Me despido con un fugaz beso en la frente; como siempre llego tarde al juzgado. Desde la puerta observo como se acurruca bajo su chal color crema, con la mirada perdida en el infinito. Mi impuntualidad no es herencia materna, pero si soy abogado es porque ella supo infiltrar en mis cuentos infantiles palabras como ley o tribunal. Empapó mi adolescencia de sumarios, vistas y recursos, hasta hacer germinar en mi la semilla de su propia vocación. Su pasión por la justicia la hacía sentenciar con seguridad y aplomo, nunca hubo dudas ni titubeos en sus decisiones. Mi madre se fué tras su último juicio, pero ella no lo sabe, y a veces regresa para confirmar la renovación de su autoridad. A modo de mazo, golpea la mesa con una cuchara, mientras ordena " silencio en la sala".

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilPENSAMIENTOS DE IDA Y VUELTA

    BEATRIZ MUÑOZ REINÓN 

    Y aquí estoy, tumbada en la arena, embadurnada en crema solar,
    y oyendo este mar infinito que va y viene, como mis pensamientos.
    Era necesario salir del despacho, los papeles me están enterrando en vida.
    No, no es momento de pensar...Voy a dejar la mente en blanco y a disfrutar de este plácido momento. Huelo a libertad. Oigo niños chapoteando y riendo.. Como los niños de Ana...
    Me pregunto en qué trabajará tras su despido. 20 años dedicados a la empresa no han sido suficientes para sentenciar su desdicha. Respiro hondo... Ahora estoy aquí. Qué bonito es el mar. Tengo que aprender a desconectar, esto no es sano.
    Miro al horizonte y, en la lejanía, un barco se adentra en el puerto sobrevolado por gaviotas. Debe llevar pescado.
    He olvidado recordarle que pronto vence el plazo para la renovación del desempleo. Recojo mi toalla. Vuelvo al despacho.

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  • Imagen de perfilFactor 30

    JESÚS LLOP PUIG 

    El hombre se presentó con un maletín y una carta de despido. Me resumió los hechos: veintisiete años en “Hierros Sobral Hnos”, ningún problema —que recordase— con la gerencia y, de pronto, cuando esperaba la renovación, una hoja DIN A4 cuyas líneas parecían converger en la frase “prescindir de sus servicios”.
    —Por lo que leo aquí, el juez debería sentenciar a nuestro favor, pero, claro...
    —Usted haga lo que pueda. En todo caso, tengo plan B.
    Del maletín sacó un frasco de crema solar.
    —Si perdemos, cogeré esto y volaré a una isla del Pacífico, hasta que el cuerpo aguante, o hasta el infinito. Me da igual.
    Pero ganamos. Mi cliente estaba contentísimo. Hasta me regaló la crema como recuerdo.
    Fui feliz. Lo había sido siempre como abogado, treinta años ya. Era el momento.
    Ahora tengo que apagar el móvil. Mi avión (de Polynesian Airlines) tomará tierra en breve.

     
  • Imagen de perfilLa espera

    María Teresa Morales Martín · Las Palmas 

    Cubro mis agregados labios con crema labial. Mi mano derecha empieza a temblar.
    Llega el momento de escuchar a su señoría sentenciar mi despido.
    No hay ninguna posibilidad de renovación. Al parecer, no cabe el embarazo en la vida profesional de una deportista. Cláusulas anti-embarazos las llaman.
    El espacio en la sala se torna infinito. Los minutos parecen horas. Hoy juego el partido más importante de mi vida.
    Puestas todas las cartas sobre la mesa, queda esperar la sentencia.
    El abogado, quién me estrecha su mano, se despide; pero antes, me recuerda estas palabras : "Si tenéis la fuerza nos queda el derecho (Víctor Hugo)".

     
  • Imagen de perfilBloqueo

    Susana Revuelta Sagastizábal 

    Se levanta a las siete puntual cada mañana. Mientras sorbe en silencio el café, termino de anudarle la corbata. Su mirada divaga perdida en el infinito cielo crepuscular. Por disimular su tristeza, asegura que le emociona el frágil equilibrio del tráfico. «Un ecosistema perfecto» suele sentenciar. Habla así desde que engaña las horas en algún parque viendo afanarse a hormigas y arañas, o pelearse patos y palomas por las migajas del pan que cuando no miro se guarda.
    Antes de salir con su maletín descolorido, me cuenta que hoy toca juzgados. Ayer tenía la renovación del DNI. ¿Qué inventará mañana? Lleva desde el despido fingiendo, y sollozando a escondidas en el baño. A mí no me quedan lágrimas ya.
    Le veo subirse al autobús que va en sentido contrario. Ni siquiera en eso repara. Ni en que la chaqueta crema que lleva puesta no combina con la corbata de rayas.

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  • Imagen de perfilHambre de gol

    Rocío Souto Iglesias 

    Tras la enésima reunión salgo a tomar el aire. Jamás negociar una renovación me ha resultado tan difícil; el argentino se muestra reticente. Dejo el maletín en la silla de al lado y revuelvo distraídamente el café con crema que acaban de servirme, con la mirada perdida en el infinito. Recuerdo cuando dije a mi familia que quería especializarme en derecho deportivo recién terminada la carrera. Y cuando el despido de un compañero del despacho hizo que me asignaran el contrato con Cruyff en el ’73, y me bastó una pequeña conversación con Johann y su mujer para sentenciar el asunto y traer al holandés al Club. Sé que hasta ese momento no me habían tomado en serio por ser una mujer, y eso que ni siquiera sabían que no me gustaba el fútbol. Desde entonces veo todos los partidos desde el palco. Sonriendo, decidida, regreso al trabajo.

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  • Imagen de perfilSu primer juicio

    MCarmen LLopis 

    Me encontraba ya en Sala. Mi vestido crema contrastaba con la toga negro azabache que me cubría como una armadura ante cada batalla legal. Estábamos celebrando un juicio por despido en el que se discutía principalmente si había habido renovación tácita o no del contrato. El abogado de la empresa repetía hasta el infinito el mismo argumento. Por su parte, la Juez daba golpecitos en la mesa hastiada ante tanta verborrea y con ganas de terminar y sentenciar rápido. Unos lloros desconsolados llegaron del exterior. El agente judicial entró con mi bebé de quince días y me lo entregó con cierto apuro. Con el permiso de Su Señoría lo enganché a mi pecho y seguí con el juicio como si tal cosa. El abogado contrario se quedó tan fuera de juego que perdió el hilo de su argumentación.
    Se puede decir que mi hijo ganó su primer juicio.

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  • Imagen de perfilTRANSFORMACIÓN

    JUAN MANUEL RUIZ DE ERENCHUN ASTORGA 

    Regentaba una charcutería, y al ofrecerme aquella crema, dudé de su bondad. Glosaba que tras un mes de uso, te convertías en el profesional escogido. Finalmente compré la de abogado laboralista. La renovación no se hizo esperar. A los treinta días, empecé a recitar el Estatuto de los Trabajadores como antes alababa las virtudes del jamón. Algunas jornadas después, afloraban en mi mente convenios colectivos e infinitos contratos de trabajo. Transformé mi tienda en despacho: donde antes había latas de conservas ahora brillaban libros de jurisprudencia. En poco tiempo realicé juicios de despidos con gran soltura y brillantez. La debacle ocurrió cuando a un Juez, le dio por sentenciar que el milagroso cosmético no tenía los permisos sanitarios pertinentes. Ordenó destruir el género y cerrar el laboratorio. Sin existencias, he vuelto a ser el charcutero de siempre. Al menos las hojas de los libros me servirán para envolver el salchichón.

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  • Imagen de perfilLa carta de despido

    Joan Canela Barrull · València 

    Y la carta de despido llegó. La verdad es que no le preocupó. Ni tan siquiera le sorprendió. En cierto sentido lo había estado buscando y, en todo caso, era una situación mucho mejor que la no renovación. La (escasa) indemnización era su billete de salida de aquel agujero infame. Y ahora qué? Ahora a volar. “¡Hasta el infinito y más allá!” que diría Buzz Lightyear. Quizás lo único que echaría en falta sería aquella crema de aguacate que Marisa tenía en la neverita colectiva y que le afanaba cuando nadie miraba.

    El chupatintas de recursos humanos firmó los papeles como si acabara de sentenciar a alguien al cadalso y él le devolvió una sonrisa cuando cogió su cheque. Después se puso la chaqueta de cuero y las gafas de sol y subió a su moto. Quizás quedó raro que un abogado laboralista no recurriese su propio improcedente.

     
  • Imagen de perfil¡ADIÓS PAPÁ!

    Miguel Ángel García Rodríguez 

    Lejos de alcanzar la renovación, mi despido fue fulminante. ¿La razón? Mi jefe no soportaba que mangara cremas caras contra las arrugas.
    Tras sentenciar el juez que el despido había sido improcedente, a mi jefe no le quedó más remedio que readmitirme. Desde ese momento, mis problemas con él fueron infinitos y la atmósfera, tanto en el trabajo como en casa, resultaba irrespirable. Y es que ya no sé si a mi padre le había cabreado más que su propia hija le denunciase, que hubiera empleado su dinero para pagar a mi abogado o que mangara de su tienda cremas anti-edad con apenas veintipocos años.

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  • Imagen de perfilEL EPITAFIO

    Manuela Fernández Manzano 

    Cuentan que Bartolomé Ardid, jurista del siglo XVII, debía sentenciar la propiedad del epitafio:

    “A la vida quité la capa fútil,
    me relamí con la crema y el guirlache
    y aunque resbalé en este infausto bache,
    la queja de la muerte será inútil…”

    El pobre hombre quedó sumido en una infinita zozobra. Las dos partes de la disputa eran maestros del verso y de la rima. Les había manifestado a ambos su efusivo respeto, pero fracasó como heraldo de la paz entre ellos. Acordó resolver el pleito en una taberna de un arrabal madrileño. Dicen que tres caballeros de indudable prestancia, uno de ellos con jubón y calzas a la francesa, abandonaron la tasca a una hora oscura.

    Aquellos versos se olvidaron. Pero años más tarde, sin haber tolerado renovación ni extravío, aparecieron impresos en una tumba. Además, podía leerse:

    “… Orgulloso, colmado y complacido,
    Bartolomé Ardid firmó el despido.”

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  • Imagen de perfilEl futuro siempre llega

    Patricia Collazo González 

    Que lo llamasen con el eufemismo “renovación de plantilla” no hacía más fácil aceptar que el despido era cuestión de días. Llevaba trabajando en aquel despacho desde que, recién terminada la carrera, era una joven abogada cargada de un entusiasmo infinito, que había conquistado a Don Eduardo, el socio fundador. Primero en lo profesional, más tarde en lo personal.

    Pero él había muerto, y eran sus hijos los que tenían en las manos sentenciar su futuro. Esos mismos que de pequeños habían sido la excusa para aplazar el momento de dejarlo todo por ella. Ese momento que nunca había llegado.

    Ella era ahora una mujer que gastaba fortunas en crema para las arrugas, y llegaba cada día a trabajar pensando que sería el último. Como cuando él le juraba que ese sería el último verano que pasarían separados. Solo que esta vez, el futuro se haría verdad.

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  • Imagen de perfilEspejo conciliador

    Esther Estornell Canovas 

    Tras minutos delante del espejo, consigo mirarme. La crema que me arrojo a la cara no consigue esconder las arrugas de mi infinito dolor. No hay antídoto ante los fantasmas que he creado.
    Recuerdo que cuando conseguí el titulo de abogacía tuve una renovación del orgullo. Orgullo que ha quedado enterrado tras defender a gente manchada de sangre. Ahora las cadenas no me dejan huir de mi mismo.
    Me intento relajar viendo una peli. John Wayne acaba de sentenciar a muerte con su mirada a un indio. Así me siento yo...como el indio.
    Pero trato de reaccionar. No soy yo quien elige a sus clientes, son ellos quienes me eligen.
    Me despido de toda pesadumbre. Vuelvo a situarme frente al espejo. Ya consigo mantenerme la mirada.

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  • Imagen de perfilABOGADO CUENTISTA

    Margarita del Brezo 

    El juez solo necesitará mirarte para sentenciar que el despido es procedente. ¡¿Pero a quién se le ocurre depilarse, hacerse un tratamiento de ortodoncia y echarse crema hidratante con aroma de vainilla?! ¡Qué eres el lobo, por Dios! Además, enamorarte de la abuela de Caperucita no te va a ayudar. Ni tampoco haberles pedido a los tres cerditos que sean tus damas de honor. Mira, no voy a engañarte, ahora mismo sería más fácil que yo consiguiera resolver un logaritmo de esos que tienden a infinito que encontrar algún argumento en el que sustentar tu defensa. Me temo, amigo, que a partir de ahora vas a tener que estar pendiente de que no se te pase la fecha de renovación de la tarjeta del paro. Y yo contigo como en el próximo juicio no consiga convencer al jurado de que a la Bella Durmiente la drogaron.

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  • Imagen de perfilSUPERWOMAN

    Esteban Torres Sagra 

    Acabo de saludar a Polimnia, mi amiga de la Facultad, en la presentación de su saga literaria: “Ladronas de crema”, basada en antiguas vivencias comunes. Llevábamos años sin vernos, aunque la sigo a diario en los medios de comunicación. Precisamente ayer terminé la lectura de su último ensayo: “El despido infinito”, que ha supuesto una auténtica renovación del concepto. Cuando le he dicho que no entendía de dónde sacaba tiempo para hacer tantas cosas, me ha dejado de piedra al informarme que había aprobado las oposiciones a la Abogacía del Estado y a Judicatura este mismo año, tras alumbrar a su tercer hijo y terminar el MIR como especialista en Medicina molecular. Para sentenciar mi paroxismo me explicó que también se había doctorado cum laude en Derecho y, al anunciarme el título de su tesis: “Lagunas legislativas en la clonación humana”, se me ha encendido una luz.

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  • Imagen de perfilSIN PERDÓN

    Eva María Algar García 

    Aquel juicio me marcó. Lo recuerdo como si fuera ayer, y sin embargo han transcurrido más de veinte años. Defendí a numerosas mujeres ante un despido colectivo encubierto. Habían perdido sus trabajos simplemente por pretender equiparar sus sueldos a los de sus compañeros varones, por intentar conciliar sus horarios con su vida familiar, por anhelar ser madres…Y allí estabas tú. Impasible. Con un traje color crema y mocasines de cuero, cetrino semblante y altiva mirada hacia el infinito desde el banquillo de los demandados. Tras arduas y tediosas sesiones, el Magistrado decidió sentenciar a mi favor. La empresa rehusó optar por la renovación de las empleadas, asumiendo elevadas indemnizaciones. Lo confieso. Fui el germen de tu ruina y tu divorcio. Mas ahora que al fin me permites acercarme, deseo decirte que mi victoria resultó pírrica, sí, pero lucharía aquella batalla nuevamente sin dudarlo. Siempre te quise. Descansa En Paz, papá.

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  • Imagen de perfilDERECHO A DEFENSA

    M.Salvador Muñoz 

    Tras enfrentarse en frenética batalla, mis emociones y sentimientos habían tomado una decisión: la no renovación de mis votos sacerdotales. Estaba hastiado de defender a pecadores, de sentenciar las penas. Retomaría mis estudios de derecho y defendería el pecado ante el hombre.

    Trabajo en un prestigioso bufete. Esgrimo mi retórica y mis punzantes silencios, perfeccionados durante años en el púlpito, ante miradas que siempre intentaron ver sombras en mi rectitud de vida.
    Vivo bien, me codeo con la crema y la nata de la sociedad, acojo los placeres de la vida sin aspavientos, y no me despido de volver al sacerdocio si el todopoderoso insiste en llamar de nuevo a mi corazón.
    Sentado en el porche de mi chalet con un buen vino bendecido por el tiempo, oteo el infinito. Sé que voy acumulando pecados en mi balanza, pero estoy convencido de que llegado el momento sabré defender mi alma.

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  • Imagen de perfilFinal de ciclo

    Esperanza Tirado Jiménez 

    A veces me siento preso, ahogado por un vacío infinito a mi alrededor. Y doy vueltas en mi sillón, delante del estrado, queriendo escapar. Hay días en que estoy hasta más allá de las puñetas de escuchar declaraciones, de sentenciar y mandar redactar informes que nadie leerá; que acabarán dando vueltas por las estanterías del juzgado hasta que algún documento se traspapele y ya no sirvan.

    Me pesan los años, la carrera, la toga… Hasta el mazo parece el Martillo de Thor cuando doy por finalizada alguna sesión.

    En ocasiones sueño que me despido y me voy volando con mi toga extendida al viento para liberarme. Sin esperar papeleos ni homenajes con tartas de crema y cava barato. Porque el fin de una carrera no la dicta la cifra de tu nacimiento, ni las estadísticas, ni un informe ambiguo.

    El momento de renovación vital llega sin notificación previa sellada.

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  • Imagen de perfilJUEZA Y MADRE

    Ana Isabel Rodríguez Vázquez 

    Me despido con un fugaz beso en la frente; como siempre llego tarde al juzgado.
    Desde la puerta observo como se acurruca bajo su chal color crema, con la mirada perdida en el infinito.
    Mi impuntualidad no es herencia materna, pero si soy abogado es porque ella supo infiltrar en mis cuentos infantiles palabras como ley o tribunal.
    Empapó mi adolescencia de sumarios, vistas y recursos, hasta hacer germinar en mi la semilla de su propia vocación.
    Su pasión por la justicia la hacía sentenciar con seguridad y aplomo, nunca hubo dudas ni titubeos en sus decisiones.
    Mi madre se fué tras su último juicio, pero ella no lo sabe, y a veces regresa para confirmar la renovación de su autoridad.
    A modo de mazo, golpea la mesa con una cuchara, mientras ordena " silencio en la sala".

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  • Imagen de perfilEl Estado contra Pinocho

    Jesús Marinetto Iglesias 

    Pinocho robó, presuntamente, el tarro de crema pastelera. Y acusó a su mejor amigo, pinche de cocina, de haber urdido el plan; provocando su despido. Geppetto le había advertido hasta la saciedad: «las marionetas de madera no pueden comer». Si quería convertirse en un niño de verdad, sólo había una forma: «Debes estudiar derecho y hacer el bien». Pero fue inútil, en aquél niño rebelde era imposible una renovación. Algo, no obstante, sí consiguió: rodearse de juristas. Allí estaban el abogado, el fiscal y el juez; pero para sentenciar su caso. Se le acusaba de un delito de robo con fuerza en las cosas, utilizando palancas de madera: todo él. El fiscal le preguntó por qué había mentido. Pinocho, haciendo caso omiso a los consejos de su abogado, no se acogió al derecho a no declarar; y su nariz creció y creció hasta el infinito y más allá.

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  • Imagen de perfilLA JARDINERÍA

    Amparo Martínez Alonso 

    Tras mi despido del bufete, por reducción de plantilla, el abuelo me exhortó a enfocar la derrota desde un prisma positivo y razonable: “Ahora podrás intentar esa renovación vital de la que tanto hablas”. Aunque no comulgaba con términos políticamente correctos, vuestro abuelo nunca alimentó lástimas ni culpas ajenas (dentro o fuera de los tribunales), en su larga carrera judicial. Desde que se jubiló, además de sopas y cremas de verduras, el abuelo masticó (hasta el infinito) multitud de recuerdos procesales. El cese de su actividad laboral no mermó su vocación por la justicia, la equidad y la razón. Por eso, tras pronunciar uno de aquellos refranes con los que solía sentenciar cada suceso que ocurría a nuestro alrededor: “¡A Dios rogando y con el mazo dando!”, mi padre salió al jardín, se agachó con dificultad, y comenzó a arrancar las malas hierbas, allanando el terreno de mi verdadera vocación.

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  • Imagen de perfilCARTAS MARCADAS

    Javier Puchades Sanmartin 

    El juez del juzgado de lo social nº 17, harto de tanta palabrería, mandó callar al abogado y refirió: Letrado Martínez, deje de exponer majaderías. Como sabe usted, son hechos probados que su cliente cogió un papel de su bolsillo, lo hizo añicos y lo lanzó sobre su público enardecido. Después, mirando al infinito, proclamó: ¡Jamás volveré a pasar hambre! Luego, descendió de su mesa entre vítores de la turba, se dirigió al despacho del jefe de RR.HH. y lo roció con crema de afeitar al grito de: ¡Que te den!

    Pese a lo expuesto, me solicita sentenciar la reincorporación y posterior renovación del actor de los hechos, alegando enajenación mental transitoria. Porque, al descubrir que en lugar de la carta de despido había roto el boleto premiado, suplicó perdón de rodillas. ¿Cree que soy tonto?

    Aconsejo a su cliente que en la próxima ocasión juegue con las cartas marcadas.

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  • Imagen de perfilPor ella

    laura pilato rodríguez 

    Dejé sobre la mesita un vaso de leche caliente y sus tostadas favoritas, con crema de cacao.
    Sara era todo lo que tenía, y aunque buscaba trabajo "de lo mío", aquellas duras jornadas en la fábrica de conservas me garantizaban un sueldo con el que podíamos subsistir.
    Llevaba tres meses en el turno de noche, a punto de firmar la renovación, y no podía arriesgarme a un despido, así que, muy a mi pesar, la dejaba sola.
    Mi jefe solía sentenciar sobre la irresponsabilidad de los jóvenes, y ponía al límite mi infinito aguante, gritándome:
    "Venga nena, que para esto no hay que ir a la universidad".
    Lo que él no sabía, es que bajo aquel delantal de plástico había una abogada.
    La abuela hizo un gran sacrificio para pagarme la carrera, y ahora que me necesitaba, debía estar a su lado para cuidarla.

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  • Imagen de perfilEL BAÑO

    Paloma Hidalgo D 

    Antes de acostarme sigo dándome esa crema hidratante, la que huele a mar. Continúo mordiéndome las uñas, pero ya no fumo. Ni uno, tal y como te prometí. Eso sí, aún llevo gafas, creo que con mis infinitos miedos voy a sentenciar al olvido a las lentillas. Me he apuntado a clases de taichí, y a un taller para entretener la memoria, no me acostumbro a esto de la jubilación, a no tener que devanarme los sesos pensando en cómo defender a mi cliente. Ya he anunciado a nuestra hija su renovación al frente del bufete, y a su ex marido, el despido, y tenías que ver lo felices que están los dos. Y no falla, cada vez que limpio el polvo a las fotos de la cómoda, termino hablando contigo, como cuando te destinaban a esos sitios remotos, aunque ahora, además, casi siempre te baño en lágrimas.

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  • Imagen de perfilEL COLEGIADO 13124

    JUAN LOZANO GARROTE 

    Era el abogado colegiado 13124. Iba justo después del 13123 y antes del 13125. Clonado por iniciativa del Ministerio en el enésimo plan de renovación de la justicia. Valía lo mismo para un divorcio o para un despido, para una demanda de responsabilidad civil por una crema defectuosa del súper o para un expediente expropiatorio. Lo sabía todo, plazos, contenidos, procedimientos. Incluso, había jueces que tenían problemas para sentenciar, porque el colegiado 13124 siempre les encontraba un pequeño defecto de forma.
    Poco le importaba formar parte de un número infinito de letrados clonados, que llevara 739 años ejerciendo la profesión, o que incluso hubiese clientes que le encontrasen frío y distante. Él era el 13124 y era lo único por lo que merecía la pena seguir ejerciendo.

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